Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

Es la meca de escritores y poetas, el refugio intelectual y la musa de creadores y artistas. París ha sido el escenario de novelas, poemas, películas y un sinfín de obras de teatro. Es imposible nombrarlas a todas, pero aquí os dejamos una selección muy particular para viajar con la imaginación, a través de las palabras, a la ciudad de la luz:

 

Restif de la Bretonne, Las noches revolucionarias

Una de las mejores crónicas de la Revolución Francesa, contada por un escritor que recorre las calles de París, que pregunta, indaga y observa, y pone por escrito todas sus impresiones. Y de ellas surgen las dos caras de una moneda: las ansias de libertad que enarbolan unos ciudadanos cansados de las carestías y de la opresión; y, por otro lado, la baja moral de todos aquellos que pretendían simplemente sacar ganancia de las aguas revueltas.

 

Madame de Staël, Consideraciones sobre la Revolución francesa

No se puede entender a Francia sin su famosa Revolución y una de las mejores manera de acercarse a ella es a través de las reflexiones de Madame de Staël, una mujer de una inteligencia exquisita y de quien Stendhal dijo que era “la mujer más extraordinaria que se haya visto nunca”. Fue hija de Jaques Necker, financiero y ministro de Luis XVI, y destacó como autora de éxitos novelísticos, ensayos y, sobre todo, de sus memorias personales en donde exponía sus reflexiones políticas. “Consideraciones sobre la Revolución Francesa” fue publicado postumamente en 1818 y recorre el período que abarca desde el final del reinado de Luis XVI hasta la restauración borbónica de 1814. Es el testimonio privilegiado de una mujer excepcional que creó en los ideales de la ilustración, y que defendió un sistema pragmático y moderado, basado en el sistema inglés, para salir del atolladero de las convulsiones revolucionarias.

 

Anne-Louise Germaine Necker, madame de Staël

 

Eugène Atget, Paris, Taschen.

París ha sido fotografiada hasta la saciedad, pero sin duda fue Eugène Atget (1857-1927) su mejor retratista. Aunque él nunca se consideró un fotógrafo, mucho menos un artista, fue él quien inmortalizó los rincones perdidos y las calles, los escaparates, las esclaeras, las estatuas, los jardines y todos los detalles que hacen única a París. Una obra imprescindible para descubrir el París de principio de siglo XX.

 

 

 

 

Honoré de Balzac, Las ilusiones perdidas

Entre 1835 y 1843 aparecieron tres obras que acabarían por conformar con el tiempo una sola novela, “Las ilusiones perdidas”. Eran “Los dos poetas”, “Una gran hombre de provincias en París” y “Los sufrimientos del inventor”. Balzac las compuso en la pequeña habitación de su casa en el pueblecito de Saché; estaba acuciado por grandes deudas, su salud era delicada y se pasaba días enteros escribiendo sin parar. Sin embargo, a pesar de tales contratiempos, Balzac daría forma a una de sus grandes obras maestras. Probablemente la más emblemática de todas.

En “Las ilusiones perdidas”, conocemos a Lucien Rubempré, un joven de provincias, poeta en ciernes y con cierto talento que sueña con triunfar en París. Recorremos su vida, desde su infancia y juventud en Angulema hasta su fracaso en la madurez. Viajamos con él al París de principios de siglo XIX y sufrimos con su inocencia e ingenuidad, lo que le hace caer preso de intrigas y sufrir el cinismo y la hipocresía que le rodea (“La santa criatura ignoraba que donde empieza la ambición cesan los sentimientos espontáneos y desinteresados“).

En conjunto, es una visión cruda y descarnada del mundo editorial de aquellos años y también de los primeros pasos del periodismo. Además, es un retrato fidedigno y realista de las miserias y dobleces morales de la vida en la gran ciudad y de la burguesía que ostentaba realmente el poder.

 

Honoré de Balzac, El pobre Goriot

París, 1817. En una pensión «de clase media», regentada con economía por una viuda, coinciden los desechos de la sociedad parisina y los jóvenes que sueñan con entrar en ella. En el último piso, el más barato, viven puerta por puerta un anciano que amasó una fortuna fabricando fideos y que, habiendo casado espléndidamente a sus hijas, ahora es menospreciado por ellas, y un estudiante de provincias que apenas tiene para unos guantes amarillos con los que triunfar en un baile. Un tercer huésped, el misterioso Vautrin, que detecta la ambición del estudiante, le propone un tortuoso crimen que podría enriquecerlo de la noche a la mañana.

 

Guy de Maupassant, Bel Ami

Pasamos al París de finales del siglo XIX. Una de las novelas que mejor refleja la sociedad, la política y el mundo intelectual de aquel momento es “Bel Amí” de Guy de Maupassant. Georges Duroy, su protagonista, es un arribista apuesto, audaz, vanidoso y sin escrúpulos que quiere triunfar a toda costa y que se valdrá de sus dotes de seducción para trepar sin descanso. Llega a París sin un duro ni profesión ni apenas contactos, pero enseguida se introduce en círculos adinerados a través de una serie de mujeres a las que seduce, utiliza y luego deshecha sin conmiseración.

Guy de Maupassant analiza magistralmente el egoismo y el orgullo, el ansia desmedida de poder e influencia, la ambición compulsiva sin lugar para la ética ni ningún titubeo moral. Y también describe con detalle el París elegante y frívolo de la “Belle Epoque”: la ciudad que construye los grandes boulevares, se reune en salones literarios y organiza fiestas donde los coqueteos y adulterios son la norma.

 

Imagen de la película “Bel Ami” de 1939

 

Gustave Flaubert, La educación sentimental

Publicada en 1869, fue la obra más personal de Flaubert y estuvo trabajando en ella cinco años. Aunque la crítica del momento la deshechó sin piedad, recibió alabanzas de escritores como Émile Zola, George Sand o Henry James. Décadas más tarde, el mismísimo Franz Kafka dijo que el libro era una de las pocas cosas de la vida que le interesaban, “junto a unos pocos seres humanos”.

“La educación sentimental” narra las andanzas del jovencísimo Frédéric Moreau, quien llega a París cargado de sueños. Pero pronto su mundo se desmorona cuando se enamora perdidamente de Marie Arnoux, casada con un editor y madre de dos hijos. Ese amor platónico, obsesivo, le acompañará toda su vida y le impedirá ser feliz.

El libro es también una sucesión de estampas del París de mediados del siglo XIX. A través de Moreau descubrimos el arte, la política y, sobre todo, la Revolución de 1848 y la fundación del Segundo Imperio francés.

 

Emile Zola, El paraíso de las damas

Obsesionado con los avances de su época, Emile Zola quería dejar constancia de todos los cambios vertiginosos que estaba viviendo Francia en las postrimerías del siglo XIX. En esta novela en concreto recogió la aparición de los primeros grandes almacenes franceses.

A través de Denise, una joven huérfana que llega a París desde las provincias y comienza a trabajar en un gran almacen regentado por un tal Octave Mouret, conocemos la abrupta transición del comercio tradicional a las técnicas modernas de consumismo obsesivo en donde el sueldo dependerá de las ventas a comisión. Vemos la irrupción de las rebajas y las devoluciones, y también el inicio de la publicidad, los catálogos de venta. En conjunto, es la irrupción del consumo –y el consumismo– moderno.

Al mismo tiempo, a pesar del obvio entusiasmo de Emile Zola por todos estos avances, en la obra no se esconde la parte más oscura de este progreso vertiginoso: las pésimas condiciones laborales, los bajos salarios, la competencia que se establece por las ventas a comisión, los despidos en masa en las temporadas de ventas bajas y la ruina de los pequeños fabricantes, que tienen que producir al precio que marcaban los nuevos comerciantes.

 

Guillaume Apollinaire, El paseante de las dos orillas

Aunque Apollinaire haya pasado a la historia básicamente por dos libros de poemas, Alcoholes (1913) y Caligramas (1918), fragmentarios y experimentales, también nos legó una importante, aunque exigua, obra en prosa. “El paseante de las dos orillas” es, quizás, la más interesante.

En tiempos de Apollinaire (1880-1918), París acaba de sufrir una imponente transformación urbanística, obra del barón Haussmann, que había cambiado la faz de la ciudad. Apollinaire pasearía continuamente por ese París alterado y nos legaría sus impresiones sobre los más ínfimos detalles.

 

Louis Aragon, El aldeano de París

Obra maestra de Louis Aragon, cofundador del surrealismo con André Breton, “El aldeano de París” es un libro de culto, escrito en 1926, que renueva la literatura de los “flâneurs” pero desde una perspectiva nueva, donde se esquiva la razón y se ensalza el azar, “la única divinidad que ha sabido mantener su prestigio”.

El título original es “Le paysan de París” y se ha solido traducirlo como “El campesino de París”, aunque aldeano es mucho más exacto. No es que el protagonista sea un hombre de provincias, sino que Aragon decía que los aldeanos, cuando llegaban a la ciudad, miraban con los ojos bien abiertos y todavía mantenían intacta la capacidad de maravillarse, incluso asombrarse, de cuanto veían. El autor quiere recuperar este espíritu más primario y emocional; de ahí que aplique esta mirada inédita a objetos cotidianos: escaparates, pasajes, parques e incluso urinarios, carteles enganchados en las fachadas y recortes de diario.

Es un libro extraordinario, de una inteligencia, plasticidad y originalidad innegables y fascinantes. Una obra que impresionó a Walter Benjamin y dio pie al mítico “El libro de los pasajes”.

 

Léon-Paul Fargue, El peatón de París

Una obra excepcional de un autor que merecería más fama. Desgraciadamente, este poeta francés nacido en 1876 y fallecido en 1947 no ha pasado a la posteridad a la altura de escritores con los que se codeó en aquel París de principios de siglo poblado de artistas que cambiaron el rumbo de la literatura. Fargue coqueteó con muchas vanguardia. Tuvo como profesor a Mallarmé, fue amigo de Ravel, Satie y Paul Valéry entre otros, y murió en brazos de Picasso. Casi literalmente: estaba cenando en un bistró con el pintor cuando sufrió un derrame cerebral del que no se repuso. La única excepción a todos sus contactos fue el surrealismo, dado que acabó bastante mal con los autores cumbres de esta corriente, como André Breton o Louis Aragon.

En “El peatón de París”, Fargue nos refleja el París intenso de una época fascinante. Retrata la luz, los olores y los sabores de multitud de barrios, del Montmartre a Saint-Germain-des-Prés. Nos trae los cafés y las terrazas, y también revive historias, y detalles históricos, en lugares que pasarán a la posteridad.

Fargue escribió “El peatón en París” en 1939, cuando tenía 63 años y conocía a la perfección todos los rincones de una ciudad, tanto de su presente como de su pasado. Por su libro pasean teatros actuales y algunos que ya no existían, como el restaurante llamado “Mouton Blanc”, donde se reunían La Fontaine, Molière y Racine. No está mal para un hombre que, en su momento, fue acusado de ser un provinciano que nunca había salido de París, lo que a él le molestaba profundamente y siempre insistía en que conocía gran parte de Europa, Rusia y que algún día iría a China.

Insistimos: éste es un libro excepcional del cual el mismísimo Mallarmé llegó a decir que, de todos los que habían descrito París, Fargue era el que mejor había ajustado su corazón a los ritmos de la ciudad.

 

Walter Benjamin, El libro de los pasajes

Durante 13 años, de 1927 hasta su muerte en 1940, el filósofo alemán Walter Benjamin trabajó incansablemente en lo que iba a ser una filosofía de la historia del siglo XIX. “El libro de los pasajes” es una obra monumental de referencia donde, tomando como escenario la ciudad de París, se habla de arte, política, intelectualismo e urbanismo. Por sus págunas circulan desde descripciones de Víctor Hugo y Baudelaire a disertaciones sobre el viejo París y la intervención del barón Haussmann.

 

Colette, Claudine en París

Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) fue una mujer que se empeñó en romper todas las reglas y, durante décadas, no paró de escandalizar a la conservadora sociedad francesa. Sus primeras obras fueron firmadas por su marido, Henry Gauthier-Villars, apodado Willy. Estos primeros libros se centraron en el personaje de Claudine y tuvieron un éxito abrumador. El primero de la saga fue “Claudine en la escuela”, basado en las vivencias de la misma Colette en un colegio de provincias; luego vino “Claudine en París”, donde la joven Claudine acompaña a su padre a la capital para que éste entregue un estrafalario tratado sobre malacología, es decir, la rama de la zoología que estudia a los moluscos. Será en la ciudad del Sena donde Claudine conocerá el amor platónico y descubrirá los sinsabores de las primeras decepciones amorosas.

 

Gertrude Stein, Autobiografía de Alice B. Toklas

Bajo el pretexto de escribir las memorias de su compañera y amante, secretaria y confidente, Alice B. Toklas, la indómita Gertrude Stein, mecenas de artistas y protectora de escritores, también plasma la historia de su propia vida. Es una crónica de sus treinta años en París, una evocación magistral de aquel París mítico lleno de vanguardias artísticas.

 

Scott Fitzgerald, Regreso a Babilonia

Publicada por primera vez el 21 de febrero de 1931 en el “Saturday Evening Post”, “Regreso a Babilonia” es un cuento corto de Scott Fitzgerald situada temporalmente en París, justo un año después del crack de la bolsa de 1929. Estamos en el ocaso de la era del Jazz y, a través de flashbacks, el autor nos recuerda la frivolidad de aquellos años de bohemia desenfrenada que poblaron a París de los mejores artistas y escritores del momento.

 

Ernest Hemingway, París era una fiesta

Publicado postumamente en diciembre de 1964, es una recopilación de las memorias de Ernest Hemingway en la capital del Sena, en un momento en que eran “muy pobres, pero muy felices”. Allí convivirá con la llamada “generación perdida” y se codeará con personajes como Gertrude Stein.

 

George Orwell, Sin blanca en París y Londres

Publicada en 1933, fue la primera novela del escritor británico George Orwell y en ella narra vivencias entre pobres y vagabundos en las dos ciudades. Es un auténtico tratado de la psicología humana en donde describe a París y a Londres no desde la visión idealizada y bohemia de los cafés, sino desde los bajos fondos, desde las calamidades y el hambre. Es, además, una crítica amarga a dos ciudades que se las daban de tolerantes, abiertas y cosmopolitas, pero que no querían ver las miserias en las que vivían muchos de sus conciudadanos.

 

Irène Némirovsky, Suite francesa

El descubrimiento de un manuscrito perdido de Irène Némirovsky causó una auténtica conmoción en el mundo editorial francés y europeo. Se trata de una novela excepcional que llegó a recibir el primer Renaudot en otoño de 20014, la primera vez que se otorgaba a un autor fallecido.

La historia se inicia en París los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad. Enseguida, tras los primeros bombardeos, miles de familias tratan de escapar en coche, bicicleta o a pie. Némirovsky describe con precisión esas angustiosas escenas –algunas conmovedoras, otras grotescas–que se suceden en el camino. A medida que los alemanes van tomando el país, se vislumbra como el orden social imperante sucumbe. La presencia de los invasores despertará odios, pero también muestras de colaboracionismo. Con extrema lucidez, y sin atisbos de sentimentalismo, Némirovsky refleja fielmente a una sociedad que ha perdido su rumbo.

 

Simone de Beauvoir

 

Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal

La famosa escritora nos narra aquí su infancia y educación en una familia burguesa, católica y conservadora. A través de sus vivencias, podemos reconstruir la Francia de su tiempo y, sobre todo, el ambiente opresivo para las mujeres del cual Simone luchó por librarse.

 

Simone de Beauvoir, Los mandarines

La obra con la que Simone de Beauvoir ganó el prestigioso premio Goncourt en 1954 y que está considerado la mejor de la autora, junto con “El segundo sexo”.

Es una novela que habla de Enrique Perron (escritor y prestigioso editor de diario) y Ana Dubreuilh (destacada psicóloga). A través de la relación entre ambos, se reconstruye la Francia de la posguerra y, sobre todo, el ambiente intelectual altamente politizado de la época.

 

Patrick Modiano, En el café de la juventud perdida

Novela breve e intensa, para adentrarse en el París de los años sesenta de la mano de este portentoso escritor que ganó el Novel de Literatura en 2014. En el café Condé se reúnen poetas malditos y estudiantes; de todos ellos destaca la enigmática Louki, hija de una trabajadora del Moulin-Rouge y personificación de un inalcanzable objeto de deseo. A través de este personaje, y de todo el misterio que le rodea, Modiano recrea el París de sus memorias y recuerdos de juventud. Es una obra sobre la búsqueda de la identidad, de las ilusiones y obsesiones, cuando todo crees que está perdido.

 

Georges Perec, La vida instrucciones de uso

Publicada en 1978, es trata de una obra compleja y ambiciosa que le ha valido ser una obra de culto y estar reconocida como uno de los mejores libros del siglo XX. Simplificando mucho, la novela cuenta las vidas presentes, pasadas, y ocasionalmente futuras, de las numerosas personas que habitan, o han habitado, un antiguo edificio parisino, en la calle Simon-Crubellier número 11 del barrio de la Plaine Monceau, en el distrito 17. Cada historia surge de una exhaustiva descripción de alguno de los aposentos del edificio, los cuales son retratados en un mismo momento, el 23 de junio de 1975, instantes antes de cumplirse las ocho de la tarde.

 

Anne Wiazemsky, Un año ajetreado

Tras haber protagonizado su primera película con Robert Bresson, después de tres encuentros fortuitos e infructuosos con Jean-Luc Godard, un día de junio de 1966 Anne Wiazemsky le escribió una breve carta en la que le decía que le había gustado mucho su última película, Masculino Femenino, y le decía también que amaba al hombre que se hallaba detrás de aquello, que lo amaba a él.

Y, pocos días más tarde, Godard visita a la jovencita de diecinueve años en Montfrin, donde Anne pasa sus vacaciones en una hermosa villa junto a su amiga Nathalie. Es el inicio de un apasionado romance. Pero el verano llega a su fin. Y para Anne comienzan tiempos difíciles y excitantes: ¿cómo conciliar su intenso deseo por ese hombre singular, diecisiete años mayor que ella, con las exigencias de una familia autoritaria liderada por su abuelo, el muy católico escritor François Mauriac, que repudia la relación entre el cineasta y la joven?

 

Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca

Tal como reza la página de Anagrama, “ésta es una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta”. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando redactó su primera novela, “La asesina ilustrada”, en una buhardilla de París cuya atípica casera era nada menos que Marguerite Duras”. También narra como Vila-Matas quiso imitar al Hemingway de “París era una fiesta”, lo que dio pie a un sinfín de anécdotas, algunas cómicas y otras melancólicas.

 

 

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