Agripina, primera emperatriz de Roma

«Agripina, primera emperatriz de Roma«, de Emma Southon. Editorial Pasado y Presente.

En la traducción al castellano del título se han cortado un poco. En el inglés original, el libro se llama «Agripina: Empress, Exile, Hustler, Whore. A biography of the most extraordinary woman in the Roman World«. Es decir: «Agrippina: Emperatriz, Exilio, Estafadora, Puta». Aquí se nos presenta como «Agripina, la primera emperatriz de Roma». Mucho más elegante, dónde va a parar, pero pierde matiz. Y sentido.

Al fin y al cabo, su autora, Emma Southon, doctora en Historia Antigua por la Universidad de Birmingham, se autodefine en su página web como una persona «que dice muchos tacos» y, entre otras cosas, ahí reside su gracia a la hora de escribir. Nada de prosa casposa, con vocabulario críptico, jerga académica por doquier y expresiones que no comprende más que una élite con un par de doctorados. Aquí se aúna rigor con amenidad, citas de historiadores antiguos con referencias a la cultura popular contemporánea (los Beckham y David Cameron incluidos). Y sí, bastantes tacos.

Southon, que reconoce profesar una obsesión por los «tipos malos» del Imperio Romano y, en especial, por Calígula (para gustos, colores), abandonó el mundo académico porque era adusto y aburrido y ella quería disfrutar con lo que hacía, que es básicamente escribir sobre Roma Antigua y divulgar, de manera culta pero distendida, sobre Historia.

Por eso ahora presenta con Janina Matthewson un podcast, «History is Sexy«, y ha publicado dos libros. El primero, «Marriage, Sex and Death: The Family and the Fall of the Roman West» (Amsterdam University Press, 2017) es una adaptación de su tesis doctoral. El segundo, sobre Agripina, aparecido en inglés el año pasado, vio la luz gracias a la plataforma de micromecenazgo editorial «Unbound» y desde aquí damos sinceramente las gracias a las 350 personas que apoyaron el proyecto.

Porque, más allá del rimbombante título original, lo interesante del libro es que rescata al personaje del mito y la leyenda y, sobre todo, de los estereotipos maliciosos. Desde que el historiador romano Tácito la retratara como un símbolo de corrupción y depravación, Agripina pasaría a la Historia como una malvada asesina que mató a su esposo, urdió maquinaciones e intrigó en mil y una conspiraciones políticas para proteger sus intereses y, sobre todo, los de su hijo, el infame Nerón, a quien consiguió situar en el trono.

Aunque, todo hay que decirlo, el vástago no es que se lo agradeciese precisamente; más bien al contrario. Nerón acabó enviando a varios sicarios para que la mataran. Agripina, en el año 59 después de Cristo, fue asesinada a los 44 años de edad. Un trágico punto y final para la apasionante historia de la que fue descendienta de Augusto, hermana de Calígula, esposa de Claudio y madre de Nerón.

Para ser sinceros, los asesinatos, envenenamientos y demás crímenes y conspiraciones fueron ciertos. Desde luego, sus memorias hubiesen sido interesantísimas de leer. Y, de hecho, existieron, o al menos así lo aseguró el historiador Tácito. Pero desgraciadamente se perdieron.

Memorias de Agripina de Pierre Grimal

El historiador y latinista francés Pierre Grimal, profesor emérito de la Sorbona y uno de los mejores divulgadores de la Roma Antigua se imaginó cómo podrían haber sido en sus «Memorias de Agripina«, publicadas en 1993. Desde luego, es un volumen magnífico, exquisito, si bien algo denso en ocasiones, que retrata a la perfección el período turbio, corrompido, enfermizo, criminal y sangriento entre el reinado de los dos emperadores más crueles de Roma: Tiberio y Nerón.

Sin embargo, a pesar de dar título al libro y de poner voz a la narración, Agripina no deja de caer en el estereotipo o sanbenito que la Historia le impuso: el de femme fatale criminal.

En el libro de Southon, en cambio, su personalidad se muestra en toda su complejidad. Southon nos muestra a una mujer inteligente, astuta y ambiciosa, que quería tener poder y, sobre todo, quería ejercerlo. Nos presenta a una mujer que, ciertamente, fue la primera emperatriz de Roma en el sentido que se negó a ser comparsa o mera figurante de su propia biografía. Quiso tener voz y la tuvo. Gran diplomática y política, fue la primera mujer en el Imperio Romano que estuvo realmente cerca de ostentar el liderazgo absoluto.

«Southon nos muestra a una mujer inteligente, astuta y ambiciosa, que quería tener poder y, sobre todo, quería ejercerlo. Nos presenta a una mujer que, ciertamente, fue la primera emperatriz de Roma en el sentido que se negó a ser comparsa o mera figurante de su propia biografía. Quiso tener voz y la tuvo. Gran diplomática y política, fue la primera mujer en el Imperio Romano que estuvo realmente cerca de ostentar el liderazgo absoluto.

Además, la Roma de entonces no es que fuese especialmente escasa de crímenes de toda guisa. Sólo hay que leer a Tácito y a Suetonio para comprobar que los complots, incestos, asesinatos, envenenamientos y todo tipo de depravaciones estaban a la orden del día.

Agripina sabía bien que se movía en un mundo peligroso y, desde que nació, en la poderosa estirpe de los Julia, descendientes directos de Julio César, fue consciente que muchos querían darle muerte. Y en un mundo de amenazas y arpías, inmersa en un nido de víboras, ella decidió convertirse en la mejor conspiradora de Roma.

No fue maldad; fue instinto de supervivencia.

Busto de Agripina, la primera emperatriz de Roma.
Busto de Agripina

Agripina vivió en un mundo que había alcanzado el cenit de su gloria, pero que, sin darse cuenta, estaba al borde del precipicio. La caída sería mortal, pero en el año 16, cuando nació, nadie era consciente de que la catástrofe estaba tan cerca.

Agripina era hija de Germánico, un popular y admirado general, respetado por toda Roma y sobrino-nieto del emperador Augusto, de quien se suponía heredero directo.

Pero Germánico era demasiado humilde y honesto, y ni sabía conspirar ni tenía tiempo para ello. Su vida era la conquista de nuevos territorios y cayó víctima de las malas artes de Tiberio, que le usurpó el trono.

Germánico moriría poco después, cuando Agripina tenía sólo cuatro años. Celoso de su prestigio y amenazado por el poder simbólico de su estirpe, que en cualquier momento podrían reclamar y conseguir el máximo poder, Tiberio acabó desterrando a la viuda de Germánico, Vipsania Agripinia, la cual acabaría sus días en la pobreza y el hambre.

Tiberio también mandó eliminar a dos hijos de Germánico: Druso y Nerón. Sólo sobrevivieron Calígula y sus hermanas, Agripina, Livila y Drusila, los cuales aprendieron muy pronto a sospechar de todos y de todo. Entre ellos se establecería una extraña relación: nadie duda que hubo relaciones incestuosas entre los hermanos desde que eran muy jóvenes.

Cuando murió Tiberio, Calígula se hizo con el poder, pero la situación de Agripina, aunque mejorada, tampoco dejó de correr peligro. Su hermano, al fin y al cabo, no dejaba también de ser un sádico, soberbio y tirano, que acabó enloqueciendo y que no dudó en desterrar a sus hermanas por una conspiración que nunca existió; sólo en su cabeza.

Agripina, por aquel entonces, ya se había visto obligada a casarse con Cneo Domicio Enobardo, un hombre cruel, despiadado, tirano y autoritario. Un auténtico psicópata, vaya, que disfrutaba viendo sufrir a los demás. Con él tardó diez años en procrear un vástago, a quien pusieron de nombre Lucio Domicio Enobargo, aunque más tarde sería conocido como Nerón.

Se dice que el propio padre de la criatura no intuyó nada bueno de aquel nacimiento, alegando que «no es posible que nazca nada bueno de mí y de esa mujer». También se comenta que un oráculo aseguró a Agripina que su hijo llegaría a emperador, pero que también la mataría, a lo que Agripina presuntamente contestó: «Que me mate, con tal de que reine».

Cuando Calígula enloquece, envía a Agripina al exilio a Córcega (Nerón quedó a cargo de su tía Lépida, aunque en realidad le cuidaron un peluquero y un bailarín). Pero la pesadilla no duraría mucho: Querca, un tribuno de la guardia pretoriana, asestó un hachazo a la cabeza de Calígula mientras éste asistía a una representación.

Los pretorianos propusieron a Claudio, tío de Agripina, como nuevo emperador y éste decretó enseguida una amnistía. Agripina pudo volver de su exilio.

De nuevo en la corte, Agripina se vuelve una maquina de confabulación y conspiración. Sabe que la mujer de Claudio, Messalina, bella y ambiciosa como ella, tiene un hijo, el pequeño Británico, al que quiere ver en el trono. Las posibilidades de Nerón parecían desvanecerse. Además, Mesalina intentó asesinar a Nerón. Una noche, mandó a sus sicarios matar al crío, aunque justo cuando alzaron su espada, una víbora salió milagrosamente de debajo del lecho y detuvo la mano que blandía el arma.

Mesalina cometería otros errores de juicio que le saldrían caros. El peor fue cuando se enamoró perdidamente de un hombre al que nombra cónsul y con el que llegó a casarse en secreto, lo que le acarreó la acusación de adúltera y la pena de muerte.

Agripina, que por aquel entonces se había vuelto a casar, decide que su futuro tiene que estar ligado al de Claudio y un buen día su segundo esposo, Cristo, apareció casualmente muerto. Con el camino despejado, consiguió que Claudio la tomase por esposa.

Dado que Claudio era un tipo afable pero débil de carácter, fue Agripina quien en realidad gobernó el Imperio. Y fue entonces cuando desplegó tomas sus habilidades de liderazgo y gestión implacables.

Aunque para ella, claro está, lo más importante seguía siendo asegurar el futuro de su hijo. Y también consiguió que sus planes llegaran a buen puerto: no sólo consiguió que Claudio adoptara a Nerón como hijo propio, sino que lo nombrara su sucesor. Después, para que Nerón llegase realmente al trono, sólo faltaba que Claudio muriese y Agripina también se hizo cargo de este detalle. Convenció al catador de comida Haloto, al médico del emperador y a la guardia pretoriana que lo envenenase y así lo hicieron una noche del año 54 después de Cristo.

Nerón finalmente ascendió al trono, pero para desgracia de su madre, éste no quería reinar sino ser artista y despreciaba su trabajo. Tan agrias se volvieron sus relaciones, que Nerón finalmente decidió matarla. Una noche, tres sicarios, Aniceto, Hércules y Obarito, se encargaron de hundir una espada en el vientre de Agripina.

Nerón explicó al Senado que se había tratado de un atentado.

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