Alejandra Acosta: sutil, surrealista, sublime

La editorial zaragozana “Jekyll and Jill” nos tiene malacostumbrados: todos los libros tienen unos estándares de calidad insuperables y cada elemento –de la tipografía a la traducción, de la portada a la calidad del papel– está perfectamente cuidado, con un mimo y primor difícilmente igualables.

Sin embargo, con “Del enebro”, se  superaron incluso a sí mismos. Que ya es decir. Es un libro prácticamente artesanal, con una delicadeza sutil, poética, refinada y elegante que no enmascara la dureza de la historia. Es una proeza estilística que recupera el mejor oficio de vieja escuela y que nos recuerda que el de editor es uno de los oficios más bellos del mundo.

Una de las claves del éxito es que Del enebro contó con una ilustración excepcional y no es casualidad: Víctor Gomollón buscó y rebuscó hasta que encontró a la persona perfecta.

Un buen día, en Santiago de Chile, a doce mil kilómetros de la sede de Jekyll and Jill en Zaragoza, la chilena Alejandra Acosta recibió un email de un tal Gomollón, contándole que eran una editorial independiente, pequeña, que querían editar una obra de Grimm.

Y qué obra. “Del enebro” es un cuento popular de los hermanos Grimm que relata una terrible historia de maltrato, infanticidio y canibalismo. También hay dulzura y esperanza, y muchos pájaros de por medio, comenzando por el ave sobre una carabela y los dos pájaros al lado de un corazón sangrante que presiden la portada. 

Seguramente fueron los pájaros los que unieron a Grimm, Víctor Gomollón y Alejandra Acosta. Las aves están muy presentes en la obra de esta ilustradora: representan fragilidad y delicadeza, dos elementos que resumen su estilo. Observad, por ejemplo, sus ilustraciones para “Aventuras y orígenes de los pájaros” (Editorial Catalonia, 2011, con textos de Sonia Montecino y Catalina Infante), donde da vida a chincoles, cóndores, chunchos, tue tue y diucas.

Ilustración de Alejandra Acosta para Pajarario.

O deleitaros con “Pajarario” (ilustraciones superiores), su primer libro de autor, que publicó con la editorial independiente chilena Quilombo en 2015 y en donde ilustra a más de cincuenta tipos de pájaros chilenos. Unas ilustraciones particulares, claro, donde a través de la mezcla de transparencias y tinta roja intenta encontrar la personalidad de las aves. Hay pájaros con cara de un gran martillo, otros tienen tijeras en vez de picos.

En conjunto, es una obra deliciosa, por la que Acosta entró en la lista de honor de los Premios IBBY y por la que recibió la Medalla Colibrí IBBY, a la categoría Infantil y Juvenil del 2015. Una obra que apuntaba ya al estilo que acabaría por perfeccionar: es un libro sereno y elegante, con esa fragilidad y dulzura que inspiran las aves, y con puntos surrealistas que aportan humor al conjunto.

Podríamos añadir dos rasgos más a sus creaciones: detallismo y afán constante de perfección.  Acosta se reconoce “obsesiva” con su trabajo, hasta el punto que prepara maquetas de los libros en que está trabajando para saber exactamente dónde va el texto. Lo primero que hace al comenzar un proyecto es partir de la intuición, creando una imagen en su mente y luego tiene que ir a la búsqueda de elementos que le den forma. El proceso puede ser largo: Acosta busca en bibliotecas antiguas, mira libros de anatomía, repasa libros de botánica. Todo tiene que encajar a la perfección.

Del enebro”, por ejemplo, tardó meses en elaborarse. Alejandra Acosta quería collages que transmitiesen inquietud, y se centró en los grabados del renacentista Durero y del maestro francés Gustave Doré. Acosta se implicó tanto en el proyecto que acabó colaborando con los editores para decidir cuestiones gráficas y de tipografía. Incluso aportó ideas sobre el tamaño del libro y las características del papel. Tanto esfuerzo y trabajo en equipo valió la pena: pocos libros hay hoy, si es que hay alguno, que presente ilustraciones con hilos rojos. Es una prueba más de la auténtica obra de arte que es esta edición.

Del niño con bigote a la cámara sangrienta

Del enebro” fue la primera colaboración que Acosta hizo con una editorial europea y gracias a ella conocimos por estas tierras la obra de esta ilustradora nacida en Santiago de Chile en 1975 y que comenzó su andadura profesional lejos de tijeras y lápices.

De hecho, lo suyo fue un salto al vacío que salió bien. Y desde aquí agradecemos que diera el salto.

Alejandra Acosta, diplomada en Comunicación Visual, tenía un muy buen trabajo como Directora de Arte de Elle y Lat.33 con el que estaba ganado prestigio y reconocimiento. Y que le aportaba mucha seguridad. Pero se dio cuenta de que no paraba de incluir contenidos gráficos propios. Necesitaba crear, dar rienda suelta a su imaginación.

La vocación de crear historias le venía desde pequeña, cuando pasada tardes enteras llenando cuadernos con dibujos y fabricando muñecas de papel. Desde entonces no ha parado de crear historias en su cabeza y de intentar darles forma.

Ilustración de Alejandra Acosta para "La cámara sangrienta" (Editorial Sexto Piso)
Ilustración de Alejandra Acosta para "La cámara sangrienta" (Editorial Sexto Piso).

De ahí que las ganas de dibujar fueran más fuertes que los convencionalismos y cambió de profesión. Tenía que partir de cero: no tenía formación en ilustración ni mucho menos un portafolio. Se propuso crear uno en tres meses y, a partir de ahí, fue a buscar trabajo. Comenzó poco a poco, haciendo ilustraciones para revistas con las que tenía contacto. Dos años más tarde, ya estaba colaborando con editoriales.

De aquellos primeros pinitos han pasado ya años, y su estilo ya no es el mismo. En su trayectoria hay una evolución clara en donde ha probado muchas técnicas distintas. De un dibujo figurativo inicial, de gran colorido, ha ido madurando hacia el collage, con una presentación detallista y elaborada, barroca y elegante, con toques victorianos, prácticamente monocromática y con tan sólo algunos puntos de color (sobre todo, de rojo, color al que le reconoce un gran poder narrativo).

El estilo de Alejandra Acosta ha evolucionado de un dibujo figurativo inicial, de gran colorido, a composiciones detallistas y elaboradas, barrocas y elegantes, con toques victorianos y prácticamente monocromática.

Para ver esta evolución, tan sólo hay que leer “El niño con bigote” (escrito por Esteban Cabezas y publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2010), un libro al que Acosta tiene especial cariño por ser con el que se dio a conocer dentro del medio editorial. Un libro, además, divertido y muy original (a pesar de ser solo un niño, Juan se despierta un día con un grandísimo bigote. ¿Serán suficientes unas tijeras para solucionar el problema?).

También hay que mirar “En algún lugar” (Zig-Zag, 2016), un libro infantil que invita a reflexionar acerca de la muerte y la melancolía de manera sensible. O Gremlins (diario de una madre)”, publicado en Reservoir Books en 2015, una deliciosa autobiografía que reproduce la relación con sus hijos.

Después, comparad estas ilustraciones con las de “La cámara sangrienta”, una colección de diez relatos basados en cuentos tradicionales que la inglesa Angela Carter publicó originariamente en 1979 y que la editorial española Sexto Piso recuperó en 2014. Este libro, como con “Del Enebro”, fue el resultado de otra maravillosa casualidad: Acosta no había leído nunca a Angela Carter, pero cuando le llegó la propuesta de Sexto Piso y comenzó a leer los cuentos, descubrió a una autora que encajaba a la perfección con su estilo.

Carter transforma inocentes cuentos de hadas y leyendas populares en historias de sexo y muerte. Aunque más que “transformar” el verbo adecuado sería “recuperar”, porque la versión original de estos relatos, antes de que Disney los llenase de azúcar y purpurina, estaban llenos de sangre y terror.

En los textos de Carter hay, sobre todo, una sexualidad desbordante, potente, pero asumida desde la naturalidad. Y este elemento, esta carga sexual omnipresente y silenciosa, es lo que plasmó Acosta a la perfección. Hay en sus collages un equilibrio fascinante entre lo femenino y lo perverso, entre el deseo y la lujuria.

Y luego está el simple placer estético, la pura elegancia compositiva de las ilustraciones, con ese dominio del blanco y negro para añadir atemporalidad a la imagen y esas notas en rojo, exquisitamente dispersas en puntos escogidos que parecen rescatar a la ilustración de un tiempo pretérito.

Del árbol a la mujer de la guarda

Hay más ejemplos destacados de su obra. Están las ilustraciones para “El árbol”, un libro de la chilena María Luisa Bombal, una las escritoras favoritas de Acosta. Es una narración compleja, con saltos cronológicos, donde conocemos a Brígida, la menor de seis niñas, a la que sus padres tratan como disminuida psíquica, y que acaba transformándose en una mujer sin amigos, sin autoestima, avergonzada de su ignorancia. Para evadirse, Brígida observa un árbol desde la ventana. Es un gomero que cambia según las estaciones y cuya presencia la consuela y protege. Y, al final, la historia del árbol se acaba entrecruzando con la suya.

Ilustración de Alejandra Acosta para "El árbol"
Ilustración de Alejandra Acosta para "El árbol"

También es más que destacable “La mujer de la guarda”, de la editorial colombiana Babel (2016), donde ilustró el texto de Sara Bertrand. Es un texto de gran dulzura, pero también de una profunda tristeza, en donde Jacinta ha de crecer sin su madre y asumir responsabilidades que no le corresponden por su edad. Una mujer a lomos de un caballo azul velará por ella en los momentos de mayor dificultad.

La gran editora María Osorio quería renovar los paradigmas de la literatura y apostó, en la colección “Frontera ilustrada”, con una edición muy cuidada y estilísticamente sorprendente: el libro se inicia con ocho dobles páginas de ilustraciones a modo de prólogo, luego vienen cincuenta y dos de texto y después ocho doble páginas finales en donde, gracias a la genialidad de Acosta, se conecta con la narración visual del principio y se consigue redondear la historia. La primera de las ilustraciones es ya toda una declaración de principios: el cuerpo tumbado de una mujer rodeada de flores. Le siguen bosques en blanco y negro con toques de azul y allí, entre árboles, se observa  una niña y a un caballo azul.

Ilustración de Alejandra Acosta para "La mujer de la guarda".

Metáforas visuales

En alguna entrevista, Alejandra Acosta ha reconocido que, más que leer prosa, a ella lo que le encanta es la poesía y que ha sido la poesía lo que le ha ayudado más a pensar en y a trabajar con metáforas. De ahí el simbolismo de cada composición que no acaba de trasladar fielmente el texto que acompaña, sino que lo dota de nuevos matices. Abre nuevas posibilidades, explora nuevos caminos.

También se observa, y cómo, una influencia intensa de la obra de Leonora Carrington y de Remedios Varo, las grandes pintoras surrealistas. (Nota: Acosta ha reconocido que uno de sus sueños sería ilustrar algún cuento escrito por Carrington; esperamos que algún día se haga realidad). 

La lista de influencias puede continuar: los pintores prerrafaelitas, los simbolistas (Xavier Mellery en especial), los grabadores del Renacimiento (Durero, sobre todo). Acosta también explicó en una ocasión que le encantan los cuentos de hadas clásicos, de Lewis Carroll a Perrault, pasando por Leprince de Beaumont, la autora de “La Bella y la Bestia”.

Este conjunto de influencias dan como resultado a Alejandra Acosta, una ilustradora y autora con un estilo elegante, misterioso, onírico, de fuerte simbolismo. Sutil, surrealista y sublime.

Sobre Courbett

COURBETT es una revista online sobre Libros, Arte, Cultura y Diseño con una mirada muy internacional.

CONTACTO

contacto@courbettmagazine.com

Más artículos
Conspiraciones, fake news e histeria en las redes sociales: «Sabrina», la obra que mejor explica nuestra era

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies