Amos Oz, el escritor que amaba los libros y odiaba los fanatismos

vintage handDe pequeño era un lector omnívoro, hasta el punto que devoraba no sólo libros, diarios, revistas y cómics, sino también anuncios publicitarios y programas electorales. ¡Hasta el manual del calentador! “Leía novelas que estaban por encima de mi comprensión, leía poesía cuya melodía me podía gustar pero cuyo significado me era remoto”.

Amos Oz, aquel niño judío de Jerusalén que ni era atlético, ni alto, ni buen estudiante, ni sabía bailar ni hacer reír a la gente, tenía sin embargo un talento sensacional para leer todo lo que caía en sus manos y para contar historias. Así se convirtió en escritor antes incluso de saber escribir: en la guardería los niños se reunían alrededor de él para escuchar aquellas historietas llenas de acción. Luego les añadió emoción, incluso violencia, y consiguió que los chavales de la escuela elemental lo oyeran con atención (¡incluso aquellos que, antes o después de las historietas, le propinaban alguna que otra paliza!). A los seis años, colocó un cartel en la puerta de su habitación que lo presentaba al mundo: “Amos, autor”. 

Era difícil que no acabase siendo un escritor sensacional, cuyo héroe –y antihéroe— literario era Don Quijote (“la primera novela moderna y la primera novela postmoderna y, además, la primera novela deconstructionista”). Eso sí, si hubiese podido, hubiese pasado media hora con Anton Chejov, a quien le hubiese invitado a tomar un trago y con quien hubiese hablado, no de libros, sino de personas.

Al fin y al cabo, él fue un gran creador de personajes. No de extrañar que, en los últimos años de su vida, desarrollara una obsesión insaciable por las memorias y biografías “bien escritas”, daba igual el personaje. Devoró, por ejemplo, “Stalin” de Simon Sebag Montefiore, “Kafka” de Reiner Stach y “Nikolai Gogol” de Nabokov

Con semejante bagaje se explica que su última novela, publicada en 2014, se centrara en resolver las dudas tan extendidas sobre un personaje crucial en la historia, aunque increíblemente mal entendido: Judas Iscariote. En “Judas”, aquí publicada por Siruela, refutó la idea que fuese un traidor. “No tenía sentido”, explicó en una entrevista a The Guardian. “Se supone que Judas era un hombre rico. ¿Por qué iba a traicionarlo por treinta piezas de plata (unos cuatro cientos euros en la actualidad? Además, ¿por qué tenía que identificarlo? Jesús era famoso en el Jerusalén romano”. 

En la novela, a través de los personajes, se desgranan estas dudas, pero se analiza un trasfondo mucho más problemático. “La historia de Judas no es en absoluto inocente. Es tratar a un judío de traidor al cristianismo. Esta historia es responsable, más que cualquier otra historia, de ríos de sangre, de generaciones de odio y persecución e inquisición y masacres y posiblemente el Holocausto”. 

“Judas” queda ahora como testamento del autor y un resumen de todos los temas que hilvanan su obra: la necesidad de explicar, estudiar y analizar sus raíces y las de su país, el sentimiento de desarraigo, el dolor y los conflictos familiares. La desdicha y el sufrimiento de los personajes que, sin embargo, y aunque nunca hay finales felices, siempre encuentran alguna fuente de consuelo. 

Son los temas que vemos en sus grandes obras. En “La caja negra”, por ejemplo, publicada en 1987, donde nos presenta a Alec e Ilana, divorciados y que no se hablan desde hace siete años. Son padres de Boaz, un joven inquieto y violento a quien su padre ignora como ofensa a su madre. El libro es un tapiz de agravios en donde los personajes se hieren a sí mismos y a los demás mientras se hunden en sus propios fracasos. 

Destaca también “Tocar el agua, tocar el viento”, que transcurre en 1939, cuando los nazis invaden Polonia, y el matemático y relojero judío Elisha Pomeranz se ve forzado a huir y abandonar a su esposa, Stefa. 

Otra de sus joyas es “Una pantera en el sótano”, de 1994, donde disecciona el dilema entre la lealtad y la traición a través de la relación que surge entre un niño judío, Profi, y un sargento de la policía británica en la Jerusalén de finales del Mandato Británico en Palestina

Podemos hablar de “Conocer a una mujer” (1989), un relato desgarrador sobre un hombre viudo que deja el trabajo y se va a vivir con su hija adolescente, su madre y su abuela. También podemos destacar “Fima” (1991), sobre un hombre que ha triunfado como historiador y poeta pero cae en desgracia. 

Y, sobre todo, podemos subrayar la que quizás es su gran obra: sus memorias, “Una historia de amor y oscuridad”, de la que hablaremos un poco más tarde. 

 

amos oz una historia de amor y oscuridad

 

Son sólo una parte de su producción, porque Amos Oz también destacó como escritor comprometió políticamente y autor de obras de no ficción donde destaca “Contra el fanatismo” (2006), un libro que dejó perlas de sabiduría como: 

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera.

Oz fue un hombre comprometido con la solución de los dos estados para Palestina e Israel, defendió la retirada de los territorios ocupados y fundó, en 1978, el movimiento “Shalom Ajshav” (Paz ahora). 

Escritor y hombre comprometido convivían tranquilamente. En 2007, cuando recibió el premio Príncipe de Asturias, explicó su ritual diario: “Me levanto a las cinco de la mañana y paseo por el desierto. Eso me viene bien para mantener cierta distancia frente a la grandilocuencia de algunas palabras (nunca, para siempre, jamás). La mañana la dedico a mi obra literaria, luego hago una siesta y por la tarde me toca batallar por la paz. Escribo a mano, con bolígrafos diferentes (uno azul, otro negro) según sea una novela o un artículo contra el Gobierno. Nunca los mezclo”. 

 

El escritor que comenzó odiando el mundo de los escritores

vintage handLo más irónico es que, durante años, Amos Oz odió el mundo de los libros y los escritores. Incluso abandonó su ciudad natal, y a su familia, para alejarse de un ambiente intelectual que le ahogaba. O, al menos, esa fue la explicación que se dio a sí mismo. 

Nació en 1939 en Jerusalén en una familia acomodada de clase media llena de literatos frustrados y grandes intelectuales. Sus padres habían llegado a Palestina, todavía un protectorado británico,  en los años treinta provenientes de Europa del Este. Se integraron enseguida en la élite local, multilingüística, competitiva y cosmopolita, que se rebelaba contra los ingleses y que anhelaba la creación de un “nuevo Judío”. 

Su adaptación a su nuevo hogar no fue en absoluto sencilla. Su madre, Fania Mussman, tenía una alma romántica y rebelde y se inclinaba por el misticismo yiddish; su padre, Yehuda Klausner, se ceñía al racionalismo. Ambos eran europeos intentando construir un país con unos ideales tan puros y ambiciosos como inalcanzables. Nunca acabaron de dominar el hebreo. 

Su matrimonio fue un fracaso y, en la noche del cinco al seis de enero de 1952, su madre se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. Amos tenía doce años. 

La pérdida de la madre, el mito de Edipo, la mujer inalcanzable, el desarraigo familiar y las desavenencias matrimoniales son temas recurrentes en la obra de Oz. Siempre hay desdicha y sufrimiento, aunque también consuelo. No cuesta entender porqué. 

Años más tarde, en 2003, se enfrentó con la tragedia familiar. En sus extraordinarias memorias, “Una historia de amor y oscuridad”, narró la depresión de su madre e intentó entender, o al menos reconstruir, todos los elementos que la condujeron al suicidio. Es una mezcla de tristeza y humor a través de un portento narrativo y una prosa que roza el lirismo y que entrelaza historias personales con el trasfondo social y político de la Europa y el Oriente Medio de aquellos años de profundos cambios. Los expertos en su obra apuntan que es su mejor libro. 

La tragedia familiar, además, provocó que Amos diera carpetazo a su vida. Cambió su apellido de Klausner a Oz (fuerza en hebreo) y, cuando tenía quince años, abandonó el hogar familiar, claramente de derechas, para instalarse en el kibbutz Hulda, de inspiración socialista, donde trabajó como conductor de camiones, agente de seguridad y trabajador de la cantina. Residiría en el kibbutz durante treinta años, allí se convertiría realmente en escritor y muchos de sus compañeros “kibbutzniks” inspiraron muchos de los personajes de sus libros. 

Allí también viviría las guerras que asolaban a la región. Tenía diecisiete años cuando estalló la Guerra del Sinaí; a los veintiocho fue movilizado en la Guerra de los Seis Días, y también sería movilizado en 1973 en la guerra del Yom Kippur. En 1982 viviría la guerra del Líbano, luego las intifadas, la segunda guerra del Líbano y los sangrientos ataques contra Gaza

Al principio, escribir le producía una sensación extraña: había abandonado su hogar, en gran parte, para abandonar aquel mundo literario e intelectual. Él quería ser un hombre popular y alto, exponente del trabajador socialista esforzado. Pero el impulso de escribir pudo más y comenzó a escribir poemas y luego prosa. 

Una de las primeras obras que consiguió publicar fue “La forma en que sopla el viento”, un cuento corto que apareció en la prestigiosa revisa “Keshet”. Era la historia de un paracaidista que aterriza en cables eléctricos y estaba basada en una tragedia que se había vivido en el kibbutz cuando, en el Día de la Independencia, se organizó una exhibición de paracaidismo. Tres años más tarde, el cuento ya era lectura obligatoria para los exámenes oficiales de literatura que organizaba el Ministerio de Educación. 

Su primer libro de cuentos, “Donde aúllan los chacales”, apareció en 1965. A partir de ese momento, cuando ya estaba claro que era escritor, decidió pedir permiso al secretariado del kibbutz para poder dedicar un día a la semana a escribir. Después de un debate airado, se lo concedieron, con la condición de que el resto de los días trabajase el doble. 

Su obra “Mi querido Mijael” la escribió en el baño por las noches. Vivía en un apartamento minúsculo donde el baño tenía el tamaño “de un lavabo de avión”. Escribía y fumaba allí hasta media noche o la una de la madrugada. Se sentaba en el water con un álbum de Van Gogh que le servía de apoyo para la libreta y allí escribía con un bolígrafo en una mano y un cigarrillo en la otra. 

Con el éxito de “Mi querido Mijael”, pidió dos días a la semana para escribir. Así escribió un libro detrás de otro, y fue incrementando el número de días destinados a la escritura. Alrededor de 1975, el kibbutz le permitió escribir en un pequeño despacho. Adiós a las sesiones literarias en el baño. 

Otro cambio fue también bienvenido. En 1969 sus obras se comenzaron a traducir al inglés y el éxito internacional fue inmediato.

 

Un cambio radical de vida a los cuarenta y siete años

vintage handCuando tenía cuarenta y siete años, tuvo que dejar el kibbutz y trasladarse a Arad, en medio de las montañas. Su hijo Daniel, que tenía asma, no podía soportar los fertilizantes que empleaban en el campo. Además, su mujer, Nily, no era feliz allí; sus hijas, Fania y Galia, tampoco. En su libro “Entre amigos”, aquí publicado por Siruela en el 2013, explica la desdicha de su familia en aquel lugar que obligaba a los niños a vivir alejados de sus padres para que no se contaminaran de la maldad de los adultos. 

El cambio no fue, en absoluto, sencillo. No tenía dinero (sus ganancias por los libros los había donado al Kibbutz) y tuvo que trabajar en cuatro sitios distintos al mismo tiempo para pagar la hipoteca y salir adelante. Se convirtió en profesor eventual de a Universidad Ben Gurion en Beersheba y en el Sapir College, escribía una columna semanal (a veces, dos por semana) para el periódico “Davar” y viajaba por todo el país dando conferencias. También iba a Estados Unidos a impartir seminarios; pasó por Berkeley, Boston y Princeton. Ocasionalmente, también se dejaba caer por Oxford. 

A pesar de la prolífica actividad, los ingresos eran escasos y estuvo al borde de la pobreza durante varios años. Que la Universidad de Ben Gurion le hiciera fijo le sacó del atolladero. Poco a poco su fama se fue acrecentando y consiguió vivir holgadamente de sus libros. 

Recibió numerosos premios internacionales, pero se le escapó el Nobel de Literatura.

Sin duda alguna, lo tenía más que merecido. 

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