Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage hand“Cualquier cosa que hemos hecho, André Kertész lo hizo antes”, reconoció el mismísimo Henri Cartier-Bresson. “Todos le debemos algo”. Y por el “todos” se refería al Olimpo de la fotografía: él mismo, Robert Capa, Brassaï. Podríamos añadir más nombres: Lee Friedlander, Garry Winogrand, Robert Frank, Berenice Abbott, Helen Levitt, Lisette Model…  Todos los popes de la fotografía fueron influenciados por este artista húngaro que siempre llevaba una cámara encima y que tenía un solo credo: “Aquello que siento, lo hago”.

 

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Con esta sencilla máxima, Kertész creó un estilo propio: elegante, claro, exquisito, con un dominio excelente de la composición geométrica, encuadres inesperados y un lenguaje pictórico dominado por las emociones. Lo dijo el fotógrafo húngaro Brassaï: “Kertész tenía dos cualidades esenciales para un buen fotógrafo: una insaciable curiosidad por el mundo, por la gente y un sentido preciso de la forma”.

Se puede ver ya en su primera fotografía conocida: “Jeune homme endormi” (Joven adormecido), de 1912, donde un hombre retoza, baba a punto de caer, con la cabeza firmemente apoyada sobre el brazo, un periódico apoyando el codo y diarios sirviendo de telón de fondo.

 

 

Se puede ver en las fotos que tomó en las trincheras, en plena Primera Guerra Mundial, y, sobre todo, se puede ver en algunas de sus grandes obras maestras. En la “Bailarina burlesca” (1926), donde retrata en el estudio del pintor Béöthy a la cantante de cabaret Magda Fôstner, sinuosa y deformada, mofándose de la estatua que tiene al lado. O en “Chez Mondrian” (1926), donde imprime la personalidad del pintor al emplear una flor artificial, pintada de blanco, que Mondrian tenía en su recibidor y que sirve de punto de apoyo a toda la composición. Con ella, Kertész puede reflejar la obsesión por la composición de Mondrian, porque incluso la luz que proyecta el jarrón es geométrica: rotunda, con líneas definidas.

 

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“Les mains et les lunettes de Paul Arma”. André Kertész (1928).

 

Es quizás en otra de sus maravillas, “Les mains et les lunettes de Paul Arma” (1928), donde mejor se resume el lenguaje propio de Kertész: en una imagen sencilla, una mano se apoya encima de otra mientras sujeta unas gafas de cristal ancho y monturas de pasta. Vemos el respaldo de una silla y el principio de una manga de camisa y de chaqueta, sin gemelos ni reloj. Fondo neutro. Nada más. Lo que podría haber sido una perfecta ñoñería (un gesto cotidiano, sin ninguna importancia), nos ofrece un retrato psicológico: la elegancia de las manos, la sutileza con que sujeta las gafas, la fuerza discreta que imprimen la venas. Paul Arma era pianista (se formó con Béla Bartók) y aquí Kertész rinde un homenaje exquisito a un hombre de sensibilidad elevada. Y lo hace con pocos elementos, sin rostros. No ha necesitado nada más. Así de bueno era.

 

camera vintagePara recorrer la obra de este fotógrafo hay libros de sobra, pero en español faltaba una obra que, aunque no recoge sus mejores fotografías, sí resume a la perfección su filosofía. Fue publicada en 1971 en Nueva York por Grossman Publishers y reeditada en 2011 por WW Norton; aquí hemos tenido que esperar más de cuarenta años para ver el libro traducido.

La editorial Periférica y Errata Naturae unieron fuerzas para traernos esta pequeña joya, titulada en español, simplemente, “Leer”. El prólogo lo ha puesto el magnífico Alberto Manguel; el texto es de Robert Gurbo, un auténtico especialista en el fotógrafo.

 

Son sesenta y seis fotografías, la primera tomada en 1915 y la última, en 1970. La primera, con tres niños pobres en Esztergon (Hungría); los tres con pantalones raídos y sucios, dos de ellos sin zapatos, todos concentrados en la lectura de un libro. A partir de ahí, Kertész captura lectores en terrazas y parques públicos, bares y calles, delante de escaparates o incluso siendo observados por una vaca. Hay un niño leyendo un cómic encima de una pila de periódicos; una niña que abandona a su muñeca por un libro; hombres delante de libros tirados por el suelo; jóvenes recostados en un vestuario; señoras mayores vistas desde una ventana.

 

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Y el verbo capturar es el correcto, porque la lectura es un acto privado, íntimo, solitario aunque se dé en público. Los lectores se aíslan de su entorno y se recogen –absortos, embelesados, enfrascados, atrapados e incluso obsesionados– delante de las páginas. No son conscientes de que están en un escenario o que pueden ser inmortalizados.

Kertész roba momentos íntimos, pero no se queda en un simple hurto puntual. Kertész plasma aquí la dicotomía constante entre la fotografía en sí (que implica mirar hacia fuera, observar alrededor) y el placer de la lectura (que requiere abstraerse del mundo exterior); la dicotomía entre la quietud de una imagen y la velocidad a la que va el cerebro cuando lee; la dicotomía entre la historia que propone la instantánea y la historia que cuenta el libro.

 

Es uno de sus libros más sencillos, pero más hermosos y también más humanos de Kertész. Y no es fácil quedarse con un solo libro humano de Kertész, porque el humanismo es, quizás, su principal signo de identidad.

No es extraño. Kertész fue un autodidacta de la fotografía y más que fijarse en los aspectos técnicos, se fijaba en las personas. Su propia biografía le empujó a hacerlo.

 

 

Kertész nació en Budapest en 1894 con el nombre de Andor y estaba predestinado, al parecer, a dedicarse a ser corredor de bolsa (un trabajo serio que le aportaría una vida burguesa, plácida y cómoda, o eso pensaba su familia). Pero se topó con la fotografía, adquirió una pesada cámara, una ICA rectangular, en 1912, y abandonó el camino que le habían diseñado.

Le tocó vivir en primera persona la Primera Guerra Mundial, en las trincheras, junto al ejército austrohúngaro. Ahí plasma la vida en la trastienda, la miseria, el frío, las largas caminatas y también el compañerismo entre soldados que saben perfectamente que podrían estar viviendo sus últimos días. A Kertész le hirieron, y estuvo un tiempo convaleciente, primero en un hospital militar de Budapest y después en Esztergom, donde había una piscina. Las imágenes distorsionadas de los nadadores en el agua empezaron a obsesionarle.

maquina escribir vintageLuego se fue París, el gran París artístico e intelectual, donde se codearía con los grandes: Mondrian, Chagall, Colette, Calder. Pero su vida no fue fácil al principio y tuvo que vender fotografías por 25 francos para sobrevivir.  Fue en París donde adquirió su primera Leica, una Leica I de 1927, con cámara de 35mm, pequeña y mucho más manejable, que le permitía llevarla a todas partes. Y fue allí donde comenzó su obsesión por retratar personas anónimas, en situaciones cotidianas, en lugares públicos.

 

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Pronto llegan las colaboraciones con revistas, y su primera exposición individual, en la galería “Au Sacre du Printemps”, y unos años más tarde, imbuido de surrealismo, se dedica a su serie más célebre, las “Distorsiones”, donde modelos rusas parecen retorcer sus cuerpos frente a espejos deformantes. Publica libros, la prensa alemana y francesa le encarga continuamente retratos y reportajes, y acaba convirtiéndose en uno de los principales colaboradores de la revista “Vu”, una auténtica institución por aquel entonces.

Pero las circunstancias históricas hace que tenga que poner un océano de por medio y emigrar a Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, con un contrato con la agencia fotográfica Keystone, la más más grande en aquella época. Todo tendría que haberle sido fácil, al fin y al cabo venía con un pedigrí artístico de primer nivel. Pero no fue así. Puso fin pronto a su colaboración con Keystone y los trabajos con diferentes revistas (Vogue, Harper’s Bazaar) no acaban de llenarle. Los críticos no le reconocían y no encuentra su sitio entre los fotógrafos de vanguardia. Se llega a sentir tan incomprendido que, en 1962, decide poner fin a su carrera profesional.

 

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Nunca dejó de fotografiar, por supuesto, ni a deambular por las calles, ni a observar a personas desde su ventana, pero el gran reconocimiento no le llegó hasta que ya era mayor, en 1964, cuando el director de fotografía del MOMA, John Szarkowski, decide organizar una exposición junto a la Biblioteca Nacional de París, y rendirle un merecido homenaje. Se sucederán entonces honores, publicaciones, retrospectivas hasta el día de su muerte, en 1985.

Quizás fue demasiado tarde. La crítica estadounidense le jugó una mala pasada al no saber reconocer mucho antes su valor. Le habían dicho que su estilo era demasiado sencillo. No lo habían entendido en absoluto.

Kertész supo ser rupturista y vanguardista, pero dentro de unos márgenes de pura elegancia y sobria composición. Y grandes dosis de humanismo. El libro “Leer” lo demuestra.

 

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