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Anne Lister: pionera, diarista, lesbiana

En julio del año pasado, en una pequeña parroquia de Goodramgate, en el condado de York, tuvo lugar un acontecimiento que aquí en España sería, simple y desgraciadamente, impensable. En la entrada de la iglesia de la Santa Trinidad se instaló una placa conmemorativa, bordeada con la bandera del arco iris, donde destacaba que, en aquel recinto sagrado, en la Semana Santa de 1834, se habían casado “de facto”, aunque la ley lo impedía, dos mujeres: Anne Lister y Ann Walker.

¿Quiénes eran estas dos mujeres? Para conocer mejor su historia, lo mejor es leer los diarios de una de ellas, Anne Lister (1791-1840), que ha recuperado en castellano la editorial Ménades con traducción de Carmen Álvarez Hernández

Son unos diarios extraordinarios de una mujer que fue pionera en muchos ámbitos: fue empresaria de éxito, viajante incansable, lectora voraz y montañera indómita. Además, nunca tuvo reparo alguno en hablar abiertamente de su lesbianismo y en escribir explícitamente sobre sus experiencias sexuales con otras mujeres. Aunque no usaba la palabra “lesbiana”, reveló en sus diarios que “amo y sólo amo al sexo más hermoso y, así, siendo amadas por ellas, mi corazón se rebela contra cualquier otro amor que no sea el suyo”. 

Anne Lister se la conoce en Inglaterra como “la primera lesbiana moderna”, aunque en su época fue apodada “Caballero Jack”, un insulto relacionado con su gusto por vestir ropas negras, casi como si fuera un hombre. 

Se sabe que recibió amenazas físicas y correos insultantes en su mansión estilo Tudor de Shibden Hall, en el bucólico condado de Halifax. Y se sabe también que tales humillaciones no le afectaron en exceso: siempre aceptó su lesbianismo, lo que no deja de sorprender en una mujer de su época y, sobre todo, de profundas creencias cristianas. 

Portada de "Caballero Jack. Los diarios de Anne Lister (1791-1840)" de la editorial Ménades.

Era cierto que reconocía su “rareza”, en el sentido que no se amoldaba a los estrictos cánones que marcaba la sociedad para una mujer, pero ella entendía que esa singularidad se la había creado Dios, con lo que no estaba en disputa con su religiosidad. 

El resto de la sociedad, sin embargo, no fue tan abierto y tolerante. Al menos, no públicamente. 

Los diarios de Anne Lister, de hecho, tuvieron que ser “redescubiertos” en un par de ocasiones antes de hacerse públicos.  Lister había escrito 24 volúmenes: comenzó cuando tenía 15 años y no paró hasta su muerte, en 1840, a los 49 años de edad, en Rusia, a causa de fiebres provocadas por la picadura de un mosquito.

En total, legó más de cuatro millones de palabras en donde se habla desde economía a geoestrategia mundial, de medicina a libros, de la situación de Prusia al cuidado de las uñas. Algunos extractos fueron publicados en el “Halifax Guardian” décadas después de su muerte, bajo el título genérico y neutro de “La vida social y política de Halifax hace cincuenta años”.

Lo que no se publicó hasta muchísimo más tarde fueron los trozos (aproximadamente una sexta parte del total de sus diarios) escritos con un código que ella misma había creado mezclando álgebra con el alfabeto griego. 

Son textos donde explica y detalla sus encuentros sexuales con otras mujeres, hasta el número y calidad de orgasmos que alcanzó. Narra sus tácticas para atraer a mujeres, incluso comenta lo que le gusta de ellas. Y la lista de amantes es ciertamente larga: flirteó y tuvo relaciones con muchísimas mujeres, incluso mujeres casadas. 

Su primera relación fue en el internado a la que la enviaron. Anne se reconocía como “un auténtico genio” desde la infancia y llegó a escribir que la enviaron pronto a una escuela interna porque “no podían hacer nada conmigo en casa”. Así acabó en el “Manor House School” de York, donde destacó en Matemáticas, Ciencia y Latín, y se enamoró por primera vez. Fue de su compañera de habitación, Eliza Raine, nacida en Madrás, en la India. Ambas tenían quince años y se sabe que descubrieron la sexualidad juntas.

A partir de ahí comenzó una sucesión casi interminable de amantes. En alguna ocasión, incluso el marido era conocedor de esta relación. Fue, por ejemplo, el caso del marido de Marianna Lawton, una señora con la que Lister mantuvo una relación durante muchos años y que seguramente fue el gran amor de su vida. 

Cuando puso punto y final a su historia con Marianna, Anne comenzó otra con Ann Walker, una rica heredera del condado de Halifax. Con ella se “casaría” y, gracias a su fortuna, ampliaría su mansión en Shibden Hall, en la que vivieron juntas. 

Lo del matrimonio es realmente sorprendente. Escribe en los diarios: “Miss W me ha dicho que si accedía a mis deseos otra vez eso debería significar un compromiso. Debería ser lo mismo que un matrimonio. No puso objeción a mi propuesta: le pedí que declarara sobre la Biblia y que aceptara sellar el sacramento en Shibden o en la iglesia de Lightcliffe”.

De todas estas relaciones, Ann hablaba en un código que creía que nadie sería capaz de descifrar. Pero se equivocaba.

A finales de 1890, cuando John Lister se hizo con todas las propiedades de la familia, descubrió los diarios secretos y, con ayuda del anticuario Arthur Burrell, descodificó el contenido. Pero lo que había escrito Anne era tan sexualmente explícito que volvió a esconder los diarios. Además, Johnera gay, aunque no lo hizo público y no quería que se rumoreara sobre su orientación sexual. Publicar descripciones detalladas de sexo de una de su antepasada con otras mujeres iba a despertar indeseadas sospechas.

Así que John escondió los diarios en una pared, detrás del empapelado, en lo que había sido la habitación de Anne y, probablemente, también su estudio. No fue hasta muchos años más tarde que una fortuita casualidad los sacó a la luz.

Un buen día en la década de los ochenta, la historiadora Helena Whitbread, que había comenzado los estudios universitarios cuando tenía cuarenta y cinco años, merodeaba por Shibden Hall (actualmente es un museo) en busca de algo sobre lo que escribir. Cual sería su sorpresa cuando topó con aquellos diarios en código. Intrigada, se propuso descifrarlos, y al conseguir leer el contenido, quedó fascinada. 

Helena Whitbread publicó en 1988 “I know my own heart: The Diaries of Anne Lister, 1791-1840” (editorial Virago), una edición de extractos que muchos pensaron que eran falsos. ¿Cómo podría haber escrito una mujer en el siglo XIX con tanta franqueza y naturalidad sobre el sexo y, sobre todo, sobre sexo lésbico? 

Tuvo que pasar mucho tiempo, y la autora tuvo que aportar muchas pruebas, para demostrar la veracidad de los textos. Además, lo del detallismo y la emotividad tampoco debería sorprender tanto. Ann Lister seguramente se basó en las “Confesiones” de Rousseau, un libro donde el filósofo francés también se centra en “sus sentimientos” y en donde reconoce que “es diferente a todos los demás”. 

Por no decir que era una mujer con una sólida formación intelectual que dominaba el Griego y Latín antiguos y que, aparte de leer a Demóstenes y Sófocles, había leído (en privado) las “Sátiras” de Juvenal, donde se habla de homosexualidad. La antigua Grecia y Roma, en donde el lesbianismo se aceptaba con más naturalidad que incluso ahora, le sirvió seguramente de modelo para entender que, aunque era distinta a lo que la sociedad esperaba de una mujer, no era una enferma ni una depravada. 

Sus diarios, desde luego, son un hito en la historia. Es la primera narración conocida que explica en primera persona la sexualidad lesbiana y, por ello, las Naciones Unidas incluyeron los diarios en el “Registro de la Memoria del Mundo”. 

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