Así se creó Europa

por Ana Polo Alonso

Aunque Theresa May se había opuesto —tibiamente, eso sí— al Brexit, fue ella la primera en tener que defenderlo ante Bruselas. Y para dejar claro que compartía el credo de los brexiters más enfervorecidos se mofó en un discurso de los “cosmopolitas”, los supuestos grandes enemigos del Reino Unido: considerarse “ciudadano del mundo”, comentó con sorna, equivalía a ser “ciudadano de ningún sitio”. Y sonrió complacida en cuanto soltó el eslogan, convencida de que con aquella frase había dejado claras sus impolutas credenciales como buena Little Englander de pro. 

Los europeos, de Orlando Figes. Editorial Taurus.

Los Little Englanders: así llaman, con bastante asco por cierto, muchos escoceses a ese prototipo de inglés que representó a la perfección el Brexit. Personas orgullosas de ser nacionalistas, patriotas, imperialistas y de seguir a rajatabla las buenas y antiguas costumbres de Inglaterra. Y de vivir en una isla que no ha sido invadida desde los tiempos de Julio César. Personas para las cuales Bruselas es sinónimo del demonio y Alemania todavía es el enemigo. Gentes para las cuales cualquier referencia a Europa excluye necesariamente a Inglaterra. Individuos que no admiten siquiera que les llamen británicos (¿ellos en el mismo saco que escoceses, galeses o irlandeses? For goodness sake!). 

Para un Little Englander, Inglaterra está siempre —y siempre lo ha estado— por encima de los demás. Cultural, intelectual, económica e incluso moralmente. 

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Para el profesor de Historia Orlando Figes, aquella maldita frase de Theresa May fue sin embargo la gota que colmó el vaso. Absolutamente atónito por los debates populistas —y bastantes soeces— que se estaban llevando a cabo entorno al Brexit, y profundamente asqueado por lo que él consideraba un suicidio histórico, decidió tomar una decisión radical y tajante: renunciar a su ciudadanía británica y hacerse ciudadano alemán. Algo que podía hacer sin excesiva burocracia de por medio —tan sólo le costó cuatro meses—porque su familia había tenido que huir de los Nazis en 1939. 

Pero no fue su único gesto de protesta: también se encerró en su despacho y acabó de teclear, probablemente con rabia, las más de quinientas páginas de un texto monumental y brillante en el que llevaba trabajando unos años. Una obra descomunal sobre cómo, precisamente, algunos “ciudadanos del mundo” dieron forma a esa Europa que supo derribar fronteras y crear una conciencia común. Algo superior a cualquier país. Algo más inmortal, revolucionario y profundo que una simple cultura nacional ensimismada en sí misma y obsesionada por cavar sus propias trincheras. 

Y para que no hubiese duda alguna de que estamos delante de un manifiesto, de un auténtico tributo a Europa, Orlando Figes puso un título que no dejaba margen a la interpretación: “Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita”. 

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Siempre que hablamos de Europa, de esa gran Europa cultural, sibarita e intelectual, tendemos a pensar en la Europa Central de entreguerras. Esa Europa de Stefan Zweig y la República de Weimar, de los elegantes hoteles y de las vanguardias revolucionando todas las artes. La Europa de los cafés, cuya verdadera capital espiritual era Viena. 

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Pero, como demuestra Orlando Figes en esta obra extraordinaria, el sentimiento cultural europeo, de sentirse como parte de un acervo intelectual y creativo común, surgió mucho antes, en el siglo XIX para ser exactos. De hecho, tiene una fecha de nacimiento concreta: el 13 de junio de 1846. 

Ese día, a las siete y media “de una soleada mañana de sábado”, partían de la Gare Saint Lazare, en París, a la entonces rapidísima velocidad de 30 kilómetros por hora, los primeros trenes con destino a Bruselas. “Sus mil quinientos pasajeros habían sido invitados por el barón James de Rothschild para celebrar la apertura de la línea de ferrocarril París-Bruselas, que su compañía, Chemins de Fer du Nord, había completado hacía poco”. Entre sus ocupantes, viajaban nada menos que Alexandre Dumas, Victor Hugo, Théophile Gautier y el pintor Jean-Auguste-Dominique Ingres.

Cartel publicitario del tren del siglo XIX que unió Paris con Bruselas. Imagen para Los europeos, de Orlando Figes.

Se inauguraba con ello, sin duda, una nueva era. “No era el primer ferrocarril internacional”, nos informa Figes. “Pero la línea París-Bruselas tenía una importancia especial porque abría una conexión de alta velocidad entre Francia y los Países Bajos, Reino Unido (a través de Ostende o de Dunkerque) y los territorios de habla alemana”. 

Aquello iba a cambiar Europa. Se trataba de una auténtica revolución. 

Figes defiende que los cambios tecnológicos —y, más concretamente, la extensión de la red ferroviaria— precipitaron cambios vertiginosos en la manera de entender Europa. Las fronteras se difuminaron, los contactos se intensificaron y los individuos (y la información) comenzaron a viajar a un ritmo nunca visto hasta entonces. 

Pero no sólo los europeos se comenzaron a conocer mejor: las industrias culturales también evolucionaron, nuevos productos de consumo emergieron y nuevos patrones de conducta se consolidaron. De aquellos contactos que promovieron los trenes nació por tanto una nueva cultura, plenamente cosmopolita, cien por cien europea. 

Sin embargo —y aquí está uno de los grandes hallazgos del libro—, a pesar de lo esmerado y revolucionario de esta nueva producción cultural, esa cultura “cosmopolita” no fue elitista, sino todo lo contrario. La cultura del siglo XIX fue más bien popular —o, mejor dicho, burguesa—, movida por los deseos de una clase media deseosa de disfrutar de nuevos estímulos. “Cosmopolitismo”, nos explica Figes, no equivale a elitismo inaccesible o a un vulgar postureo que desdeñe la producción cultural propia y extendida (hoy hablaríamos de mainstream), sino que es sinónimo de contactos, de querer aprender y crear juntos, de generar algo común que puedan entender y disfrutar personas en varios países distintos. 

Es una distinción clave en el libro. Porque, como bien explica Figes, aunque ahora nombres de escritores como Victor Hugo nos parezcan “altísima cultura”, en su época fueron autores de bestsellers y, de hecho, el lanzamiento de obras cumbres como “Los miserables” estuvo acompañado de campañas publicitarias bastante agresivas. Por no decir que, para adaptarse mejor a los hábitos de lectura del público, las novelas aparecían primero como “folletines”. La mismísima “Madame Bovary”, sin ir más lejos, apareció por “fascículos” en La revue de París entre octubre y diciembre de 1856. 

Y no hablemos ya del arte: nada de academicismo forzado o conceptos rebuscados, sino preciosos paisajes au plein air en tonos pastel y con una paleta suelta. No es de extrañar que el siglo XIX nos trajera el impresionismo y, también, una fascinación por lo exótico en su vertiente más insulsa, estereotipada e incluso cursi (es la cúspide del orientalismo). 

Leyendo Los europeos, sorprenden los paralelismos con el mundo actual. Entonces, como ahora, nuevas plataformas revolucionaron la manera en que las noticias, la música, los libros y el arte eran creados, compartidos y consumidos. Un burgués de París, otro de San Petersburgo y un tercero de Viena o Estocolmo podían, tranquilamente, leer los mismos libros y, con toda probabilidad, lo harían siempre en francés, la auténtica lengua internacional. Hubo, como bien asegura Figes, una auténtica “globalización” en el mercado de arte y también de lo que hoy llamaríamos industrias de entretenimiento. 

Además, los avances en la tecnologías de reproducción mecánica hicieron que más gente pudiera disfrutar de las nuevas modas literarias: fue cuando nacieron y se consolidaron la novela realista y los relatos cortos, las historias de detectives, fantasmas y romances imposibles, temas todos ellos mucho más cercanos a los gustos populares de la época. La venta por correo —o más moderno, por telégrafo— se disparó, generando una especie de Amazon primitivo. Todo el mundo se tomaba fotografías (los retratos estaban en voga) y coleccionaba postales de lugares de veraneo (era el Instagram decimonónico). Fue, también, el momento en que nació el turismo estival, sobre todo a balnearios (el casino y los “spas” de Baden-Baden eran lo más). Aparecieron las guías de viaje tal como las conocemos hoy en día y los pósteres anunciando las bellezas de los lugares más concurridos. 

Interior del Casino de Baden-Baden en el siglo XIX. Es el lugar donde Dovstoievsky se dejaría una auténtica fortuna. De sus experiencias surgiría su obra "El jugador".
Interior del casino de Baden-Baden en el siglo XIX.

Orlando Figes le dedica bastante tiempo a un tema fascinante por lo original del tratamiento: la emergencia y plenitud de las “celebrities”, el famoseo de la época. Los estándares morales del siglo XIX evolucionaron tanto y tan rápido que las figuras tradicionales de autoridad, prestigio, reverencia y respeto (véanse familias reales y el militar de turno) fueron rápidamente substituidas por artistas aupados y coronados por la prensa del momento. Cantantes de ópera y muchos escritores alcanzaron una fama internacional que hoy sólo disfrutan los actores de Hollywood. Fue entonces cuando comenzaron a surgir —y a venderse como churros— biografías de personajes famosos y las peregrinaciones a casas de escritores se convirtieron en una forma muy extendida y lucrativa de turismo. 

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Pauline Viadot, la soprano más famosa del siglo XIX. De origen español, está considerada la Callas de la época.
Pauline Viadot, la soprano más famosa del siglo XIX

Orlando Figes tiene un don asombroso para sintetizar millones de datos, referencias, nombres y fechas en textos increíblemente amenos. Lo que en otras manos acabaría siendo un tratado histórico denso, infumable e ilegible, plagado de jerga incomprensible y frases grandilocuentes, en las suyas termina convirtiéndose en una obra increíblemente inteligente pero muy amena. Un auténtico festín, vaya, recubierto de anécdotas y con una prosa magistral que se lee de un tirón, como un agradable folletín. 

Orlando Figes es, de hecho, uno de los mejores exponentes de la mejor tradición de alta divulgación anglosajona: eruditos académicos que son capaces de escribir como novelistas. 

Lo ha demostrado una y otra vez. Su primer libro, A People’s Tragedy, sobre la Revolución Rusa, ya deslumbró a todos los críticos al ser capaz de narrar la historia de 1917 desde el punto de vista humano (y no escatimar, por cierto, detalle alguno a la hora de describir la absoluta violencia que se vivió). En otra de sus grandes obras, “La danza de Natasha. Una historia cultural de Rusia” (2002) lo volvió a hacer: describió con una elocuencia magistral cómo la cultura popular, de los siervos y campesinos, había conformado una “alma eslava” que, a su vez, había dado forma a una alta literatura única en el mundo. Y lo hizo como siempre lo hace él: seleccionando una serie de personajes cuyos destinos entrelaza y emplea como excusa para explicar toda una historia mucho más compleja. 

El baile de Natacha. Una historia cultural rusa, de Orlando Figes.

Sus personajes favoritos, no hay duda, son los rusos. Orlando Figes se mueve con gran facilidad entre centenares de nombres de literatos, músicos y pintores eslavos. Pero, sin duda, hay un escritor que le fascina: el escritor Turgenev, un personaje que ya tuvo un papel más que destacado en “La danza de Natasha” y que años más tarde recuperó para “Los europeos”. 

Sin embargo, “Los europeos” supone un punto de inflexión en su obra. Si en “A People’s Tragedy” y “La danza de Natasha” Figes se esforzó por demostrar lo que hace único a un país, a subrayar su particular idiosincracia, en “Los europeos” trata de demostrar precisamente lo contrario: aquí explica lo que nos une y nos iguala más allá de las diferencias. 

Para ello, Figes usa las historias de tres personajes que, en pleno siglo XIX, disfrutaron de una fama descomunal: el propio Turgenev y el matrimonio Viardot, formado por la soprano y pianista de origen español Pauline (nacida Paulina García) y su marido, el empresario Louis Viardot. Sin duda, el escritor ruso es el gran protagonista pero a mí, personalmente, el que más me ha interesado es Louis, un tipo que fue escritor, gran crítico de arte, ayudó como pocos al teatro y, encima, fue un excelente traductor que resultó clave para que las literaturas y las pinturas rusas y españolas se conociesen en Francia. 

Louis se acabó dedicando casi en exclusiva a la carrera de su mujer, la gran Pauline, que a pesar de que hoy no es recordada, en su momento tuvo tanta fama como la Callas en su día. Se decía de ella que no era guapa, pero que resultaba increíblemente atractiva. Su voz dejaba que desear, pero su presencia en los escenarios era magnética, adictiva. Tanto, que un jovencísimo Turgenev se enamoró perdidamente de ella cuando la escuchó interpretando “El barbero de Sevilla” en San Petersburgo, en 1843. 

Casa del escritor ruso Turgenev en Baden-Baden.
Casa de Turgenev en Baden-Baden

Pauline fue la musa que inspiró a muchos de los mejores creadores del momento: de Hector Berlioz a Frédéric Chopin, de Camille Saint-Saëns a Meyerbeer. Con Charles Gounod y Berlioz tuvo, eso sí, más que una relación profesional: sus romances fueron sonados y su marido era perfectamente conscientes de ellos, pero prefirió mirar a otro lado. 

Sin embargo, la relación que más ha trascendido fue la que Pauline mantuvo con aquel joven Turgenev a quien dejó completamente embelesado. Después de conocerse en San Petersburgo (a Turgenev se lo presentaron como “un buen cazador y un mal poeta”), tuvieron una relación entre erótica y materno-filial que duró hasta la muerte de él, en 1883. De hecho, Turgenev siguió, literalmente, a los Viardot por toda Europa y acabó viviendo incluso con ellos. Bajo su abrigo escribiría, además, la obra que le lanzaría al estrellato: Memorias de un cazador, un libro que criticó con fuerza al régimen tiránico de servidumbre que imperaba en Rusia. 

A partir de estos tres personajes, Orlando Figes va explicando toda la historia cultural europea del siglo XIX y, sobre todo, las interacciones  entre sus más destacados creadores. También va narrando cómo, a partir de todos esos contactos, se va conformando una nueva mentalidad donde los orígenes nacionales se esfuman y se impone un pensamiento “europeo”. Turgenev, su mejor amigo (el francés Flaubert) y su amante Pauline serán exponentes de esos nuevos “ciudadanos del mundo” que viajan en tren, envían telegramas, disfrutan de fama mundial y veranean en la elegante Baden-Baden. 

Pero no todo podía ser tan bonito, claro, y Figes es perfectamente consciente de ello. Si se hubiera quedado simplemente en este plano tan idílico la obra “Los europeos” hubiese sido formidable, pero sesgada. Hubiese pecado de una gran ingenuidad. Porque al mismo tiempo que existían estos “grandes europeos” también se estaban gestando los movimientos que darían al traste con esa Europa dorada de la era del ferrocarril: el nacionalismo más recalcitrante, los extremismos políticos más sectarios, el odio más ruin y sanguinario. 

Orlando Figes —seguramente teniendo presente lo que había pasado en la Inglaterra del Brexit— dedica muchos párrafos a advertir de los peligros que acechan en los momentos de —supuestamente— más esplendor. Porque aquella Europa de los Turgenev y los Viadot acabó abruptamente con la Primera Guerra Mundial, un conflicto de una violencia espeluznante. 

Hoy, en Europa, volvemos a ver, desgraciadamente, el mismo odio atávico al “otro”. Y, como advierte Figes, no deberíamos bajar la guardia ante lo que pueda pasar. 

Escrito por Ana Polo Alonso.

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