Caroline Lamarche

Anoche, en sueños, me topaba con una muerta

Manual de emergencia para leer a Caroline Lamarche

“Anoche, en sueños, bajaba por un barranco poniendo en riesgo mi vida y, al fondo, me topaba con una muerta. Estaba tendida sobre una alfombra de hojas caídas, envuelta en un sudario. Yo levantaba la sábana blanca y dejaba al descubierto su rostro de ojos cerrados. Tenía las mejillas rosadas, la tez magnífica, no aparentaba su edad que, no había duda, era la mía (espero morir antes de envejecer). Esta muerta, sí, tenía mi edad, de eso estoy segura, y sin embargo se parecía a la que yo era hace más de veinte años, como si hubiera estado en letargo desde entonces, como si hubiera pasado todo este tiempo muriéndome. Qué pasó hace veinte años; ya no me acuerdo. Sea como fuere, incluso sin vida, la muerta parecía estar muy presente”. 

Courbett Magazine

Dice la escritora belga Caroline Lamarche (Lieja, 1955) que “me enseñaron que siempre hay que sonreír, no se pide nada sin sonreír, de hecho debe pedirse lo menos posible, no se debe molestar”. Ni aunque te duelan las entrañas por un crimen horrendo. Ni aunque estés en un calvario de amor tóxico del que crees que no puedes salir. Ni aunque estés muerta por dentro. Muerta como ese cuerpo inerte, esa suerte de Ofelia tendida en un lecho que Lamarche se encuentra en sus sueños y que es ella en realidad: muerta por dentro desde el día en que su pareja la golpeó y la violó. “Si gritas, te mato”. 

La herida del silencio. Su madre le advirtió que lo olvidase (“no es más que una molestia pasajera, que a fin de cuentas pasa bastante rápido”). Pero no se puede olvidar el dolor, la desesperanza, el total desamparo, la absoluta soledad y asfixiante terror. Esas heridas nunca se curan por dentro. 

"La memoria del aire", de Caroline Lamarche. Editorial Tránsito. Traducción de Raquel Vicedo.
Portada de “La memoria del aire”, de Caroline Lamarche, editado por Tránsito Editorial con traducción de Raquel Vicedo.

“Dicen que el cuerpo cuando es sometido a un dolor muy grande, produce su propia morfina; yo creo que el alma también”. Lamarche vivió un calvario demasiados años: estuvo atrapada en una relación cruel basada en la total sumisión de ella y el sempiterno egocentrismo narcisista de él. Una relación sadomasoquista que basculaba entre brotes continuos de violencia, un carácter irascible y fácilmente incendiable y una necesidad patológica de su marido de ser reverenciado y absolutamente adorado como si fuera un dios mítico de la Antigüedad. 

Lamarche acabó anulada por ese marido iracundo, un escritor frustrado, que la atemorizaba (“nada como el miedo para atarse a alguien”). Hasta el punto que llegó a no saber reconocer la realidad; no era capaz de saber a ciencia cierta si algo había pasado o no. En un reconocimiento médico rutinario pidió un certificado que atestiguase que tenía un brazo amoratado a causa de los golpes que le había asestado su marido: “quería un certificado por si alguna vez lo necesitaba […], una prueba, un recuerdo, algo que mirar, que releer cuando Deantes me repitiera, si algún día volvía a verlo, que me lo había inventado todo”. 

Un día, su pareja, “Deantes”, no solo la golpeó, sino que la culpó de haberlo hecho. Aquel fue el detonante para poner fin a una espiral destructiva que la había llegado a destrozar por dentro. 

Años después, Caroline Lamarche miró atrás, a aquel cadáver que se le apareció en un sueño, para entender porqué había muerto. Porqué ella misma había fallecido en vida. Y se dio cuenta que la memoria no puede ser silenciada aunque le impongas el silencio. La memoria es como el aire: invisible, inapreciable, pero omnipresente y, a veces, una pequeña ráfaga apenas perceptible desmorona todo a nuestro alrededor. 

De ahí que Caroline Lamarche titulase al libro donde volcó sus recuerdos “La memoria del aire”. 

***

Courbett Magazine

Aún recuerdo el día que vi el libro por primera vez, en la página web de la editorial Tránsito, con esa portada rojo granate y un collage de Donna Solama que reproducía a una mujer partida. 

No conocía a la autora y me tuve que hacer un rápido retrato con la somera información biográfica que facilitaba la editorial: 

“Novelista, poeta y autora de piezas radiofónicas, Caroline Lamarche nació en Liège y pasó su infancia y juventud en España y Francia. Tras viajar a África para enseñar francés e inglés, se instaló en Bruselas. Ha publicado recientemente con Gallimard Carnets d’une soumise de province (2004), Karl et Lola (2007), La Chienne de Naha (2012), La mémoire de l’air (2014) y Dans la maison un grand cerf (2017). 

Me quedé con ganas de más, así que me tocó bucear por Internet. Comenzamos de nuevo: Caroline Lamarche nació en 1955 en Lieja, una ciudad que no le gusta en absoluto. Familia burguesa (industriales del acero y el tabaco). Madre religiosa que le obliga a ir a misa y le lee las historias de la Biblia como si fueran cuentos (hoy, Caroline no es prácticamente, aunque reconoce el valor literario inmenso de la Biblia). Se casa en 1979. Vive unos años en Nigeria, donde enseña francés. De vuelta a Bélgica, trabaja como secretaria hasta el nacimiento de su segunda hija, en 1983. Desde el año 2008 vive en una granja a las afueras de Bruselas: no es difícil verla pasear o haciendo footing alrededor del lago Genval mientras recita los “Djinns” de Victor Hugo.  

Lamarche adora los espacios naturales protegidos, como Bousval o Chaumont-Gistoux. También los bosques de Glabais y, sobre todo, el parque Solvay en la Hulpe. Digo todo esto para entender la importancia de la naturaleza en su obra: la presencia de hojas, de plantas, de espacios al aire libre alcanzan en sus libros un valor totémico, embriagador, casi redentivo. Además, están los animales. “La mayoría de mis relatos sobre animales son autobiográficos: la gran mayoría representan experiencias personales”. A veces, los animales son un presagio. “Cuando sueño con animales, es que tengo un gran sufrimiento. Desvelan mi parte más salvaje, sin duda”. 

Esa obsesión por lo natural hace, además, que Lamarche se centre en los signos del tiempo como ritos de pasaje, de tránsito. No es raro que sus obras duren un día o den saltos históricos de varias décadas. El tiempo fluye irremediablemente –es muy consciente de ello–, pero no quiere decir que no deje huella. El tiempo, las memorias y recuerdos van dejando una constelación, un poso que sedimenta y que, a veces, se desborda y supura.

"El día del perro", de Caroline Lamarche. Editorial Nórdica, con traducción de Blanca Gago Domínguez.

Caroline Lamarche comenzó a publicar bastante tarde, cuando ya tenía más de cuarenta años. Durante años se negó a escribir: tan sólo mantenía un diario sobre sus sueños que no enseñaba a nadie. Pero, cuando en 1988 finalmente puso por escrito lo que llevaba dentro no paró. Tenía una urgencia irrefrenable por contar y explicar. 

No deja de ser curioso que el inicio de aquella frenética voluntad coincidiera con el fin de una molesta enfermedad. Desde que era estudiante universitaria había sufrido un insomnio horroroso. Pero al comenzar a escribir en serio, el insomnio se esfumó.  

A los veinte años descubrió a Kafka; a los cuarenta, a Don Quijote. Ahora, Caroline Lamarche admira a Annie Ernaux y, sobre todo, a Yoko Ogawa. “Es una auténtica maestra”, comenta, “sus relatos son generalmente más interesantes que sus novelas”. También ha leído todas las historias de Flannery O’Connor, de Raymond Carver, de Flaubert, por supuesto (prefiere “Trois Contes” a “Madame Bovary”) y de Yourcenar. Cita “La muerte de Ivan Ilitch” de Tolstoy y “L’Abécédaire” de Goffredo Parise

Su autor de culto, no obstante, es André Baillon (“todo es autobiografía en su obra”, dice, “en obras como “Un homme si simple”, la historia de un hombre entre muchas mujeres, ves un trabajo increíble con el lenguaje”). 

Lamarche primero comenzó con poemas que escribía en las largas noches sin dormir. Luego vinieron novelas eróticas, como “La nuit l’après-midi”, de 1995. En 1996 aparece un conjunto de relatos,“J’ai cent ans”. La consagración como escritora llegó con “Jour du Chien”, con el que ganó el Prix Rossel en 1996, y que ahora aparece por primera vez en castellano con una edición de Nórdica y una traducción de Blanca Gago Domínguez.

***

“El perro –dijo ella–, el perro que hemos dejado. No consigo olvidarme de ese pobre perro”. La sinceridad de su pena me sorprendió porque nosotros nunca habíamos tenido perro”.

Vladimir Nabokov.

HISTORIA DE UN CAMIONERO

Los del Journal des Familles deben de estar contentos por haber recibido una carta de un camionero. Seguro que no les ocurre muy a menudo. He escrito: “El otro día, en la autopista, un perro abandonado corría por la mediana. Eso es muy peligroso, podría haber creado un accidente mortal”. Luego pensé, después de haberlo escrito, que quizá crear no era la palabra exacta, pero la dejé porque no encontré otra mejor, y porque crear es mi curro, aunque añadí: “Curro de camionero”. Después dije que los perros abandonados eran un gran problema, que no era la primera vez que veía algo así, y quería dejar constancia de ello, no solo para que los lectores se dieran cuenta, sino también por mis hijos, para que sepan que un camionero puede ver más cosas en la vida que un tipo que no sale de la oficina, y tiene cosas que decir, aunque nunca haya estudiado.

***

Courbett Magazine

En la autopista E411, un perro abandonado ha invadido la calzada en dirección hacia la nada. Los conductores han frenado en seco y han bajado de sus automóviles: unos contemplan atónitos la escena mientras otros intercambian breves comentarios. Estos seis conductores tienen sus propias historias y en este justo instante, al ver a aquel perro, se nos desvela lo que discurre bajo aquellos rostros anónimos. Está un camionero que nunca conoció a sus padres y que se inventa sus vidas a través de cartas que envía a periódicos y revistas. Está un párroco enamorado de una mujer. Una joven que ha sido abandonada por su amante. Un homosexual que ha perdido su trabajo y ha sido abandonado por sus amigos. Una viuda y su hija enfermas de pena.

El día del perro” habla del abandono a través de estos seis registros, cada uno con un tono distinto, pero todos con la misma melancolía. La sensibilidad de Lamarche para desgranar y explicar un abanico tan amplio de sentimientos es exquisita, con una cualidad poética portentosa. Hay una ternura refinada y elegante en todo el relato que no enmascara la dureza de los testimonios, de su angustia existencial. Es una obra de una gran humanidad que, a partir de un instante fortuito, recrea un universo de vivencias. Y luego todos siguen su camino. Sin que se sepa nada más de ellos. Como si se evaporasen como meros fantasmas en la inmensidad de una autopista.

***

“El día del perro” sirve como prólogo perfecto para otra obra imprescindible que ahora tenemos en castellano: “Estamos en el borde“, de nuevo con Tránsito editorial y de nuevo con traducción de Raquel Vicedo. Es una obra con la que Lamarche ganó el premio Goncourt de Relato el año pasado, un conjunto de relatos que entrelazan humanos y animales: ambos interactúan, ambos se apoyan y atan, ambos buscan la protección del otro.

FRUFRÚ

Hace menos de seis meses que la conozco y es mi historia de amor más hermosa. A veces pienso que está muerta, pero eso no va con su temperamento. Entonces prefiero imaginarla libre, aunque en cierto sentido despareció. A menos que esté ahí, todo el tiempo, ante mis ojos, entre los demás, en las ondas, el reflujo, bajo el viendo que comienza a soplar fuerte y las hojas que caen y se posan. No lo sé.

La llamé Frufrú. Porque es agraciada, se asea varias veces al día, con vivacidad y precisión, un poco torpe del costado izquierdo, el costado herido. Frufrú, porque tiene unos hermosos ojos que te miran un poco de soslayo, atentos y huidizos. Y el cuello como el tallo de una flor. Frufrú porque es nerviosa, lo dijo todo el mundo, hasta Pierre, el director del refugio, hasta Marion, la jefa de los voluntarios. Yo dijo que es imprevisible. A ratos, cabezota, hace como que no me conoce. A ratos capaz de correr detrás de mí a una velocidad asombrosa, como si, literalmente, yo tuviera un imán. Sin lugar a dudas, me quiere para ella, es mi voz lo que le gusta, las ondas que emito.

***

"Estamos en el borde", de Caroline Lamarche. Editorial Tránsito con traducción de Raquel Vicedo.

El título, en francés Nous sommes à la lisière”, viene de una frase que el escritor Pierre Gascar empleó en “Las bestias”: “a cada instante, la bestia puede cambiar: estamos en el borde”. A Lamarche le pareció perfecta para representar las relaciones entre humanos y animales, esa frontera híbrida donde los animales demuestran más humanidad, sentido, proximidad y racionalidad.

Los animales como metáfora y símbolo. Lamarche celebra aquí todos los detalles del mundo natural para explorar el mundo secreto detrás de las apariencias. Habla de la vida, la muerte, el amor, la gloria, el fracaso, la vanidad, por citar sólo algunos temas. Así consigue textos plásticos, de una elegantísima prosa poética, repletos de experiencias sensoriales. Pero caer jamás en un sentimentalismo absurdo, fortuito, excesivo.

Las historias de “Estamos en el borde” tienen diferentes edades: algunas tres años, otras cinco. “Mesonge” la escribió hace más de veinte años y la volvió a reescribir. Algunas, como “Elie”, sobre una mariposa, son increíblemente breves y las escribió muy rápido (“narra un capítulo autobiográfico, un momento en que sucede una cosa dentro del cuerpo que hace que te plantees que vas a morir”). 

Todas, sin embargo, comparten un mismo espíritu y una misma forma: “me gustan las formas breves incluso en la música. En Mozart, por ejemplo, lo que más me gusta es “l’air de Barberine” de las Bodas de Figaro, que dura menos de dos minutos, pero que cuenta una pequeña historia completa”. 

“Me gusta escribir relatos cortos porque me permite profundizar más en las emociones que las novelas, porque la forma es más más íntima, más concentrada, lo que demanda una técnica más depurada. Detrás de cada palabra de mis relatos sé exactamente lo que hay. Es verdad que hay muchas interpretaciones posibles. Es como las parábolas de la Biblia, aparentemente sencillas pero llenas de significado. Es lo que intento: nunca explico nada, dejo que el lector busque su propia interpretación”. 

En este libro tenemos a Caroline Lamarche en su máxima expresión. Aquí, Caroline Lamarche nos demuestra, una vez más, que es una maestra de lo breve e intenso, una autora que no tiene miedo a bucear en lo más profundo del alma, sea humana o animal.

Courbett Magazine

Courbett Magazine es una revista digital y plataforma transmedia dedicada a la edición independiente, el diseño y la promoción del talento.

Más artículos
Librerías míticas: Marks and Co. del 84, Charing Cross Road

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies