Ohio Stephen Markley

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Autora
Ana Polo Alonso

«Dentro del féretro no había ningún cuerpo. En su lugar, sobre el ataúd Star Legacy de acero calibre 18 y color platino rosado, entregado en préstamo por la sucursal local de Walmart, habían desplegado una gran bandera estadounidense. El féretro se desplazaba por la calle principal sobre un remolque de plataforma plana arrastrado por una Dodge RAM 2500 del color de una cereza excesivamente madura. Un adelanto del frío invernal había invadido el mes de octubre y una racha de aire glacial barría New Canaan con la impredecibilidad de un berrinche infantil. Lo que en un momento podía ser una brisa tranquila y tolerable se convertía de pronto en un helado chillido espectral que atravesaba la calle, congelando y dispersando la basura suelta y las hojas que un instante antes habían estado juntas, ahogando los comentarios superficiales, elevando las voces al cielo. Nadie se había molestado en sujetar bien la bandera antes de que la camioneta y su cargamento salieran de la estación de bomberos, el punto de partida de todos los desfiles de New Canaan desde el Día de Acción de Gracias hasta el 4 de julio, y cuando el ataúd de exhibición llegó al centro, una ráfaga de viento se la llevó. La insignia de barras y estrellas flameó, aleteó y se hinchó como un paracaídas en esa brisa enloquecida, mientras unos tristes gemidos escapaban de la multitud. 

***

Courbett Magazine

Así comienza “Ohio”, la primera novela de Stephen Markley y una auténtico prodigio de narración. Empieza con un funeral —o un “espectáculo jingoísta”, según uno de los protagonistas— de una antigua estrella del fútbol en el instituto, Rick Brinklan, muerto en la guerra de Irak, “el tercer hijo que New Canaan había perdido en el actual conflicto bélico”. A partir de ahí conoceremos las andanzas de un pueblecito perdido (un lugar «esclerótico», pobre y abiertamente racista) en el mapa de Estados Unidos: uno de esos villorrios que un día fueron prósperos, que representaron el sueño americano (o, al menos, la prosperidad de la clase media) y que han acabado simbolizando la decadencia de los ideales que los inspiraron. Porque donde antes había valores conservadores férreos, familias que los domingos iban a la iglesia y comunidades cohesionadas, ahora hay paro, violencia, crisis de opiáceos y muchos secretos que se han mantenido ocultos durante décadas. 

Ohio de Stephen Markley -- Alianza
Alianza publica «Ohio» en castellano con traducción de Eduardo Hojman.

Quizás la explicación más sencilla a semejante metamorfosis cruel fue que aquella imagen ideal que se proyectaba nunca fue real y debajo de las capas de barniz se escondía una realidad mucho más compleja y sórdida. Quizás, también, las promesas a toda una generación nunca se materializaron y donde antes surgía la esperanza ahora sólo se engendra la frustración. 

Desde luego no hay una explicación rápida y fácil, o al menos Stephen Markley huye de presunciones maximalistas y análisis simplistas. En esta novela explora la intrahistoria de los Estados Unidos en todos sus matices para ofrecernos uno de los mejores mosaicos de la compleja sociedad estadounidense.

Ohio” es inteligente y realmente ambiciosa en su trama y presentación. Con una estructura compleja y una prosa exquisita y lírica, es una arquitectura de piezas sueltas que, poco a poco, y con una maestría indudable, van convergiendo y encajando hasta llegar subrepticiamente a un clímax final que te deja sin aliento. No era fácil conseguir lo que ha hecho Stephen Markley en este libro—y sus esfuerzos son aún más loables si cabe teniendo en cuenta que es su primera novela. 

«Ohio» de Stephen Markley es una novela inteligente y ambiciosa. Con una estructura compleja y una prosa exquisita y lírica, es una arquitectura de piezas sueltas que, poco a poco, y con una maestría indudable, van convergiendo y encajando hasta llegar subrepticiamente a un clímax final que te deja sin aliento.

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Stephen Markley comienza su novela en un punto muy concreto —la guerra de Irak y sus consecuencias más inmediatas— para luego dar un salto en el tiempo, avanzar seis años, y plantarse en una noche del 2013. En esa sola noche se vertebrará toda la trama de “Ohio”.

Markley nos presenta a cuatro personajes principales y un elenco de secundarios que irán descubriendo progresivamente sus más íntimos secretos a través de una cadena de revelaciones. Los cuatro protagonistas son antiguos compañeros de instituto que vuelven a “New Canaan”, su antiguo hogar en el noreste de Ohio. Sus nombres son Bill Ashcraft, Stacey Moore, Dan Eaton y Tina Ross

Bill es un naïf apasionado —y también adicto a las drogas— cuyos ambiciosos y elevados ideales lo han llevado de Camboya al Nueva Orleans destrozado por una catástrofe ecológica. Ahora lleva un misterioso paquete escondido en su coche, cuyo contenido desconoce, y que se ha comprometido ha transportar de Louisiana a Ohio. Una vez en New Canaan se encuentra con antiguos compañeros de instituto (personas triunfadoras en su día, atractivos, atléticos y con un cuerpo esculpido en mármol, y a los cuales la vida no ha tratado como debía). 

Stacey es una estudiante de doctorado que ha ido al pueblo a encontrarse con la (muy homofóbica) madre de una ex-amante, una tal Lisa Han de la que no ha sabido nada desde hace años (y cuya desaparición, precisamente, desencadenará un misterio que atrapa toda la novela). También tenemos a Dan Eaton, un soldado que perdió un ojo en Afganistán y que vuelve a casa a visitar a sus padres y a una antigua novia a la que todavía no ha podido olvidar. Y, por último, está Tina, cuya vida está marcada por la tragedia: sufrió abusos por parte de su novio del instituto, un jugador de rugby llamado Todd Beaufort, y hora vuelve a New Canaan a enfrentarse con un pasado que no ha dejado de atormentarla. 

Cada uno explicará su historia, cada uno irá dejando pequeñas pistas que, una vez unidas, llevarán a un final que pocos podrán intuir. El libro es, en realidad, un compendio de cuatro novellas en las que todos rememorarán sus días de instituto, las historias de aquel pueblo perdido cuyos secretos han sido escondidos durante décadas y que ahora, en una sola noche, aflorarán abruptamente. Todos explicarán episodios de una adolescencia cruel y un presente aciago. Episodios traumáticos cuyas heridas aún supuran pasados los años. 

Con estos cuatro antiguos compañeros, y todos los protagonistas que van apareciendo en la trama, se va construyendo un tapiz de narraciones con pequeños detalles estratégicamente situados que irán desvelando un final tan violento como sus vidas. Detalles cuyo único punto de conexión es, aparentemente, Rick, aquel chico muerto en la guerra de Irak cuyo funeral se celebra en las primeras páginas del libro.

Lo majestuoso de esta novela —y esto da fe del talento desbordante del autor— es que es capaz de construirse a partir de pequeños hilos conductores que no tendrán coherencia ni sentido hasta el final. Hay una narración de ritmo constante y fluido, sin altibajos ni errores. Stephen Markley sabe, desde luego, mantener el suspense hasta las últimas páginas de una manera magistral.

***

Adam Boretz, editor del prestigioso blog literario «The Millions» dijo de «Ohio» que «ésta es la clase de libros que la gente ya no se atreve a escribir, una gran novela americana que intenta explicarnos dónde vivimos ahora». La crítica, aunque un tanto hiperbólica, no deja de ser pertinente. Porque desde luego aquí nos encontramos con un autor que busca explorar la psyque de la sociedad estadounidense en la era de Trump. Las pulsiones de un país que, desde el 11 de septiembre y la guerra de Irak ha experimentado cambios drásticos y convulsos que se observan (dolorosamente) en muchos pueblos del interior.

«Ohio» es, desde luego, una muy buena radiografía del denominado «Rust Belt«, el cinturón del óxido, una región desde la costa atlántica hasta el este de Wisconsin y que en su día fue próspera gracias a una boyante industria pesada y de las manufacturas. Desgraciadamente, en las últimas décadas la decadencia ha sido rápida y pronunciada. Detroit, por ejemplo, perdió a la mitad de su población y vio cómo los índices de criminalidad se disparaban. Michigan ostenta el peor índice de desempleo de todo Estados Unidos. La pobreza más desesperante es visible allá donde mires.

En los últimos años, la prensa ha vuelto ha centrarse en esta región abandonada y prácticamente proscrita. Básicamente, porque el «Rust Belt» fue el que declinó la balanza y determinó la victoria de Donald Trump y, rápidamente, muchos analistas cosmopolitas giraron sus cabezas hacia aquellos pueblos y ciudades a los que no habían prestado la más mínima atención durante décadas.

Ha habido una obsesión –que ha rozado el mal gusto en más de una ocasión– por parte de urbanitas ultrasofisticados y ultraprogresistas de vaso de Starbucks y apartamento en Manhattan (aquí los llamaríamos postmodernos) para entender cómo viven y piensan unas personas a las que no han tenido el menor reparo en tildar abiertamente de catetos.

Semejante tendencia comenzó con la publicación en el 2016 de «Hillbilly Elegy» de J.D. Vance, unas memorias sobre cómo viven los pobres de los estados del Rustbelt y que, aunque con tono meramente descriptivo, no dejó de caer continuamente en un tono crítico (los pobres, venía en decir en alguna ocasión, lo son porque tampoco se esfuerzan demasiado en salir de la pobreza). El autor, aunque provenía de una familia de allí (o precisamente por ello) no negó que aquellos estados estaban infestados de racismo, homofobia, una clara ignorancia y un odio prácticamente visceral hacia todo lo intelectual.

«Hillbilly Elegy» es un libro que ha leído todo politólogo estadounidense de pro (fue traducido al castellano por Ramón González Férriz para Planeta con el título «Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis«). También fue el pistoletazo de salida a un sinfín de artículos, documentales e incluso algún que otro proyecto de política sobre los «hillbillies» que facilitaron la victoria a Trump.

No es que antes no hubiera habido un interés en la decadencia del sueño americano y en la trastienda de las vidas supuestamente felices. Creo que «Ohio», en este sentido, le debe mucho a «Las correcciones» de Jonathan Frazen y también a «Libertad«. Nos podemos ir mucho más lejos, claro: ya en la obra «Winesburg, Ohio» de Sherwood Anderson, ese Chéjov americano (aquí publicada por Acantilado), nos encontramos la vida cotidiana y ciertamente gris de los habitantes de un pequeño pueblo que luchan por salir de la pobreza y ampliar horizontes.

Hasta cierto punto, se pueden establecer también paralelismos con otra obra más actual, «Florida«, de Lauren Groff (publicada por Lumen), donde la novelista explora magistralmente en historias breves la situación económica y social de un ecosistema de personas de su estado natal.

Las comparaciones son múltiples y en este caso no odiosas. Porque «Ohio» realmente se erige como una obra de una gran relevancia, elegancia y maestría narrativa. Una obra que demuestra que estamos delante de un escritor con un talento descomunal.

Artículo de Ana Polo Alonso.


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