Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handLa noche del 14 de febrero de 1962, día de San Valentín, tres de cada cuatro telespectadores estadounidenses sintonizaron la CBS o la NBC, por entonces las cadenas más vistas, para ver un documental que, tan sólo hacía un par de años, habría sido totalmente inconcebible.

Con una dulzona melodía de Alfredo Antonini de fondo, una voz susurrante y aniñada, con marcado acento de la clase alta de Nueva Inglaterra, comenzó a explicar unos grabados antiguos: “Este dibujo hecho en 1799, antes de que la Casa Blanca estuviera completada, muestra el diseño original, con un piso añadido. George Washington, por motivos económicos, convenció al arquitecto para eliminar el tercer piso…”

Durante cinco minutos, la voz en off ofrece una introducción histórica detallada sobre la mansión presidencial, en el 1600 de la Avenida Pennsylvania, la casa más importante del país, y seguramente el edificio más famoso del mundo. No se escatiman datos, ni planos, ni nombres de presidentes, ni fechas. El tono es académico, increíblemente erudito, como si fuera una conferencia universitaria y la audiencia estuviera formada por futuros historiadores. Luego vuelve a sonar con fuerza la melodía de Antonini y la cámara se centra en la galería central de la planta baja de la Casa Blanca.

Al fondo aparece la Primera Dama, vestida con un traje rojo de lana, de dos piezas, hecho por Chez Ninon (y copiado del modelo “Passeport” de Dior). Lleva zapatos negros de tacón bajo y un collar de perlas de tres vueltas. Avanza por la galería y, después de unos pasos, la profunda voz en off de Charles Collingwood, de la CBS, la presenta la público: “La señora de John F. Kennedy, la tercera esposa más joven de las treinta y nueve primeras damas que han vivido en la Casa Blanca”. Jackie Kennedy sigue por la galería hasta llegar a una sala llena de antigüedades. La música para de golpe y comienza la entrevista que catapultó a Jackie Kennedy.

 

Jackie Kennedy

 

Visto ahora, más de cinco décadas después, el “Tour por la Casa Blanca con la señora Kennedy”, de una hora de duración, todavía sorprende. Técnicamente es antigua, los cortes ahora serían impensables y la iluminación es, cuando menos, mediocre. Pero la composición y el ritmo narrativos son impecables y Jackie Kennedy, con su voz sigilosa, como si le faltara el aire, ofrece un recital televisivo: domina la cámara como pocas y despliega un conocimiento de experta, con un aluvión de datos, fechas y nombres, sin necesitar teleprompter alguno. No es difícil de creer, por tanto, que causara una brillante impresión en los ochenta millones de espectadores que la vieron esa noche (y la que lo vieron cuatro días más tarde, por la cadena ABC).

 

 

vintage handJackie Kennedy había triunfado y había hecho historia. No es que fuera la primera vez que los estadounidenses veían la Casa Blanca por dentro. El 3 de mayo de 1952, el Presidente Truman había aparecido en la CBS paseando por las diferentes salas con los periodistas Walter Cronkite, Bryson Rosh y Frank Bourgholtzer y explicando los detalles de la decoración (incluso tocó una pieza de Mozart en el piano).

Pero era la primera vez que una mujer era la narradora principal de un documental, y también era la primera vez que un programa de estas características se dirigía a una audiencia principalmente femenina. Del 1960 al 1962 habían proliferado los documentales, sobre todo de política internacional, pero estaban hechos íntegramente por hombres y se pensaba que las mujeres no estarían interesadas por temas tan sofisticados. Jackie Kennedy, aunque se centró en temas decorativos (un tema, para los estándares de la época, sólo para las mujeres), lo hizo con tal abundancia de referencias históricas y artísticas que acabó dando solemnidad y profundidad a la retransmisión.

Había un segundo motivo, claramente político. A Jackie Kennedy le habían recomendado no tocar la Casa Blanca bajo ningún concepto. Podía ser una bomba política.

“Me avisaron, me imploraron, me amenazaron políticamente”, reconoció Jackie años más tarde, “que no cambiara nada. Me repetían que era un símbolo de los americanos y que, por tanto, cualquiera que tuviese la audacia de alterarla sufriría la ira de toda la nación y dañaría políticamente al presidente”.

Además, estaba la cuestión de que iba a costar un pastizal y no había fondos suficientes, ni ganas en el Congreso de autorizarlos. Un capricho de María Antonieta —era lo que todos temían que le echaran en cara. Pero Jackie Kennedy no se amedrentó.

 

 

Los baños rosas de Mamie Eisenhower

vintage handLa primera vez que Jackie Kennedy pisó la Casa Blanca tenía once años y no le gustó en absoluto. “Recuerdo que su aspecto exterior me impresionó”, reconoció al periodista Hugh Sidey. “Pero de su interior lo único que quedó en mí fue el recuerdo de haber pasado por él. Nadie me enseñó nada. Ni siquiera nos dieron un folleto explicativo. Mount Vernon, la Galería Nacional y el FBI me impresionaron más. Me acuerdo del FBI porque me tomaron las huellas dactilares”.

 

Jackie Kennedy

 

Si se hubiese acordado, tampoco se hubiese impresionado. La Casa Blanca tiene una fachada imponente obra del arquitecto James Hoban en 1792, pero el interior es un laberinto no siempre decorado con buen gusto ni tratado con delicadeza. Se sabe que, alrededor de 1800, Abigail Adams, mujer del Presidente Adams, el primer presidente en habitar en la Casa Blanca, colgaba sus ropas para que se secaran en la Sala Este. En 1814, los ingleses prendieron fuego a la mansión. El presidente James Monroe tuvo que restaurar y redecorar toda la casa. Pero las desgracias siguieron: el presidente Jackson llevó un queso de mil cuatrocientas libras para su fiesta de despedida, lo que perfumó las estancias solemnes durante meses, y los soldados de Lincoln, durante la Guerra Civil, no tuvieron reparo alguno en llevarse trozos de la tapicería como recuerdo.

binocular vintageHubo varios intentos de devolverle la grandeza a la mansión. El presidente James Monroe fue el primero, pero también el republicano Chester Arthur, a principios del siglo XIX, contrató a Louis Comfort Tiffany para amueblar las habitaciones, que acabaron pareciendo salas de transatlánticos. El Presidente Theodor Roosevelt llamó a la firma McKim, Mead and White en 1902 para reformar la mansión (fue cuando se creó el Ala Oeste) y la administración de Calvin Coolidge, en la década de los veinte, recuperó muchos muebles antiguos que habían sido vendidos. Grace Coolidge, muy interesada en Historia y en Arte, estudió fotografías y documentos antiguos con la intención de recuperar piezas de valor y creó un comité asesor para supervisar las obras que debían entrar en la Casa Blanca. Pero el comité no consiguió gran cosa.

Harry Truman llevó a cabo una minuciosa restauración de la Casa Blanca. La mansión, que estaba hecha de madera, se estaba cayendo literalmente a trozos y se temió que llevase a derrumbarse. Se tuvo que desmontar la Casa Blanca pieza a pieza, instalar vigas de hierro, tender cableado y cañerías modernas, y volver a unir todas las piezas una vez más.

 

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Durante la Administración Truman se temió que la Casa Blanca se derrumbase. Fue necesaria desmontarla íntegramente (sólo se dejó intacta la fachada) y substituir las antiguas vigas de madera por nuevas de hierro.

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Durante los años de Eisenhower, la decoración de la Casa Blanca no fue considerada una prioridad. Todo lo más, Mamie Eisenhower pintó muchas paredes de rosa, su color favorito. Tanto rosa llegó a introducir que la prensa empezó a la llamar a la Casa Blanca “el palacio rosa”. Por no decir que el rosa se puso de moda en la decoración, sobre todo en los baños, lo que explica la horrenda proliferación (y todavía existencia) de baños con baldosas rosas por doquier. La única excepción a tan dudoso gusto fue la mejora de la “Sala de Recepción”, en el primer piso, y sólo se produjo porque un grupo de interioristas donó un conjunto de muebles de época en 1960.

Cuando Jackie llegó a la Casa Blanca para encontrarse con Mamie y realizar el tradicional “tour” entre primera dama saliente y futura primera dama, Jackie se quedó horrorizada. Las habitaciones privadas tenían alfombras con manchas, el papel de las paredes estaba hecho jirones y las cortinas estaban andrajosas.

“En las habitaciones históricas el verde de las paredes parecía de vómito, los espejos victorianos eran horrorosos”, se quejó Jackie. “El primer piso parecía el despacho de un dentista. Y no había ni una sola lámpara de lectura en toda la Casa Blanca”.

 

Lo que era peor: algunos lavabos no funcionaban e incluso no se podía tirar de la cadena en algún water. “Parecía la decoración de un motel. Era el mayor monumento del mundo al mal gusto”, refunfuñó. Su marido no parecía tampoco impresionado. “Parece decorada con muebles de Sears”, dijo JFK en referencia a la cadena de supermercados de precios baratos.

 

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Jackie Kennedy el día de la Inauguración de su marido como Presidente de Estados Unidos

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El día de la Inauguración, instalarse en su nuevo hogar fue un desastre. “Todo lo que nosotros teníamos iba llegando en pequeñas cajas”, le dijo Jackie a Hugh Sidey. “Yo no sabía qué hacer. Se estaba pintando el segundo piso y tuvimos que trasladarnos al otro extremo del piso inferior. El olor a pintura era insoportable. Intentamos abrir las ventanas de las habitaciones y no lo conseguimos. Hacía años que estaban siempre cerradas. Cuando quisimos encender las chimeneas, el piso se llenó de humo: estaban obstruidas por la falta de uso”. A  los pocos días de prestar juramento, el presidente Kennedy miró un armario y le dijo a un colaborador, el economista John Kenneth Galbraith: “Ken, mira, ni siquiera es auténtico. Ni siquiera es una buena reproducción”. No le faltaba razón: después de la renovación de Truman, el 75% de los muebles que había en la Casa Blanca habían sido adquiridos en los grandes almacenes B. Altman de Nueva York, especializados en recrear (con más o menos atino) piezas suntuosas.

Nadie sabía de dónde sacar el dinero para mejorar la mansión. La Casa Blanca sólo contaba con un presupuesto de 50.000 dólares (unos 300.000 dólares actuales) para redecorar las habitaciones privadas, una suma sustancial pero que Jackie se gastó en tan sólo dos semanas. Tres días después de llegar en la Casa Blanca, Jackie había llamado a Sister Parish, la decorada más reputada y refinada de Estados Unidos, para ayudarla a transformar las habitaciones privadas en lugares habitables, y a mezclar lujo con encanto. Sister Parish ya había decorado la casa de los Kennedys en Georgetown y se suponía que era la persona perfecta, pero el resultado no acabó de funcionar. A pesar de que incluso se copiaron las cortinas que los Kennedys tenían en su casa particular, el resultado no era cálido ni luminoso. Las dos mujeres tuvieron una fuerte discusión y partieron relaciones. Incluso se rumorea que Sister Parish llegó a pegar una patada a un mueble antes de irse.

 

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El West Sitting Hall antes de la renovación de Jackie Kennedy

 

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Jackie Kennedy quería que el West Sitting Hall se pareciese lo más posible a la sala de estar de su casa en Georgetown. Sister Parish se encargó de recrear la atmósfera acogedora y, para reforzarla, incluyó una “zona de conversación” cerca de la ventana. Foto de la John F. Kennedy Library.

 

Después de este contratiempo, Jackie se puso manos a la obra. Semanas antes de convertirse en Primera Dama, había dado a luz a su hijo John John, pero el parto había sido muy complicado y tardó muchos días en convalecencia. Aprovechó para llamar a la Librería del Congreso y pedir que le enviaran toda la documentación que tuvieran sobre la Casa Blanca.  Se pasó semanas devorando unos cuarenta libros sobre el tema, además de publicaciones, como la “Gazette de Beaux Arts”, en cuya edición de enero de 1946 se daba cuenta detallada de las piezas que el Presidente Monroe había encargado a París para decorar la Casa Blanca después de que los ingleses le prendiesen fuego. La que sería la “Social Secretary” de la Casa Blanca, y Jefa de Gabinete de facto de Jackie, Letitia “Tish” Baldridge, dijo más tarde que Jackie le enviaba continuamente informes, escritos de su puño y letra y en papel amarillo con rayas, sobre posibles ideas para la futura Casa Blanca (a la que Jackie se refería en francés, “la Maison Blanche”, aunque siempre prefirió usar el término “la mansión presidencial”). Baldridge explicó que todas aquellas lecturas ayudaron a Jackie a definir su misión como Primera Dama:

“cuidar a su familia, ofrecer entretenimiento con estilo y elegancia, renovar la Casa Blanca y transformarla en el foco de la historia americana, y elevar el estatus cultural del país”.

 

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La habitación de Jackie Kennedy en la Casa Blanca

 

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Habitación de Caroline Kenendy, hija de Jackie y del Presidente John F. Kennedy

 

“Decidí que la renovación de la Casa Blanca sería mi gran proyecto”, reconoció Jackie años más tarde. “Soy de las personas que escogen sus proyectos cuidadosamente, pero una vez decido cual va a ser, me entrego en cuerpo y alma, trabajando día y noche para conseguir mis objetivos. Dado que sufro insomnio y no suelo poder dormir por las noches, me levanto y comienzo a escribir. El insomnio tiene algunas ventajas. Amplia mi tiempo de trabajo y así puedo crear más ideas. En el silencio de la noche, mientras mi querido marido roncaba (siempre tuve envidia de lo fácil que caía dormido en el momento de tocar la almohada), no hubo un cenicero o jarrón que no escudriñara”.

 

Pero la renovación histórica —que no redecoración, concepto que ella detestaba— tenía que cumplir un alto estándar académico para ser creíble. Tenía que parecer el trabajo de un profesional de museos, no de una persona sólo interesada en cambiar la tapicería y el color de las cortinas. Por aquel entonces, la preservación de monumentos históricos estaban en boga, pero no los interiores. A pesar de que desde 1924 el Museo Metropolitano de Nueva York tuvo una ala dedicada a artes americanas, con muebles y textiles, y a pesar de que estaban surgiendo iniciativas, como el museo Winterthur, donde se promocionaban las artes decorativas estadounidenses, darle importancia a los interiores era una tendencia minoritaria.

 

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El comedor de gala. Fotografía de Robert Knudsen, White House, in the John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

 

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La “East Room” fue una de las pocas salas que no se tocó. Fotografía: Robert Knudsen, White House, in the John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

 

Además, seguía el tema de la falta de dinero, y la oposición política. Ni el mismísimo Presidente Kennedy estaba al principio conforme con aquel dispendio y fue él quien llamó al eminente abogado de Washington Clark Clifford, su abogado personal, para que supervisara el proceso y recomendara el mejor medio para conseguir fondos. La primera conversación que mantuvieron Jackie y Clark cambiaría el rumbo de la Casa Blanca:

— Clark—dijo Jackie—¿cuánta gente visita la Casa Blanca cada año?

— Un montón. Quizás uno o dos millones. Podríamos saber la cifra exacta. ¿Por qué lo quieres saber?

— Antes de que te conteste a tus preguntas, contesta tú las misma. ¿Alguna de esas personas deja dinero en la Casa Blanca?

— No, la Casa Blanca es un edificio público. Las personas no pagan por entrar. ¿Por qué deberían hacerlo?

— No deberían. Pero deberíamos ofrecerles algo tangible que pudieran comprar como recuerdo. Podríamos usar el dinero para conseguir mi objetivo de hacer de la Casa Blanca el Primer Hogar del País.

— Bien, es un objetivo muy loable. He leído sobre tu proyecto de renovación, Jackie, y estoy contigo. Pero tengo que seguir pensando sobre el tema.

— No sigamos pensando. Hagamos algo.

— No puedes hacer cambios en la Casa Blanca, Jackie.

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Portada de la guía que ideó Jackie Kennedy para sufragar la restauración de la Casa Blanca

Jackie había tenido la idea de realizar una guía, y usar las ganancias de su venta (un dólar por guía) para pagar la renovación. Clifford, finalmente, creyó que la idea de una guía era buena y la ayudó a crearla. Jackie se implicó tanto que editó la guía personalmente, añadiendo cambios página por página. La primera edición, de 250.000 copias, se agotó en tan solo tres meses.

Luego vino el tema de rodearse de personas de alta reputación académica. Jackie llamó a su amiga de Palm Beach, Florida, la señora Jane Wrightsman, esposa del millonario tejano del petróleo Charles Wrightsman. Juntas se fueron a ver a Henry du Pont, heredero de una increíble fortuna, y uno de los mayores especialistas en mobiliario y decoración estadounidense. Du Pont había remodelado Winterthur, la vieja casa de su familia en Delaware, que abrió al público en 1951 para enseñar sus habitaciones llenas de obras de arte y unos jardines delicadamente cuidados. Con du Pont, por aquel entonces un octogenario (y políticamente republicano), Jackie estableció los pasos a seguir.

Primero, se tenía que crear un “Fine Arts Committee”, un Comité de Bellas Artes, con personas distinguidas que tuvieran las conexiones sociales suficientes para hacer adquisiciones de obras de arte de alto nivel. Dupont presidiría el Comité, pero los miembros incluían un descendiente del Presidente Adams, Charles Francis Adams, y a la esposa del filántropo Paul Mellon. Este comité estaba apoyado por un “comité asesor”, con profesionales de museos y académicos.

En segundo lugar, se tenía que contratar a un “curator” para catalogar todas las piezas y supervisar toda la restauración. Du Pont estaría en Nueva York o en Delaware,  y no en Washington, y necesitaba alguien in situ. Lorraine Waxman Pearce, conocida de Dupont a través de Winterthur, fue la elegida.

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Jackie Kennedy y Lorraine Waxman Pearce

 

 

Jackie, Lorraine Pearce y una secretaria formaron una especie de “grupo de exploración” que recorrió las cincuenta y cuatro habitaciones y los dieciséis cuatros de baño de la Casa Blanca en busca de tesoros escondidos. En un taller encontraron una mesa que había pertenecido a Monroe; en un baño hallaron los bustos de Andy Jackson, George Washington, Cristóbal Colón y Américo Vespuccio. En los sótanos, abarrotados de objetos, descubrieron sillas y parte de un servicio de mesa, en oro, que el Presidente Monroe había encargado a Francia en 1817.

Cuando se hizo público el proyecto de renovación, empezaron a llegar objetos antiguos. Muebles que habían pertenecido a George Washington, Abraham Lincoln, James MonroeMartin van Buren, entre otros, regresaban a la Casa Blanca. El secretario del Tesoro, Douglas Dillon, regaló el sofá de Dolly Madison. La señorita Catherine Bohlen, de Pensilvania, envió una silla que había pertenecido a James Monroe. En sólo un año, tan sólo de museos de todo el país llegaron 150 obras de arte. En los tres años que estuvieron los Kennedys en la Casa Blanca, unas 240 obras de arte y mobiliario fueron donadas gratuitamente.

 

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Salón amarillo después de la renovación. Foto del Museo de la Casa Blanca.

 

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El comedor privado del Presidente, después de la restauración

 

Con las nuevas adquisiciones, se tuvieron que decidir los principios que guiarían la restauración de la Casa Blanca. Y aquí comenzaron los problemas. Jackie Kennedy quería devolver la Casa Blanca a 1800, cuando fue construida. Nadie en el Comité estaba de acuerdo. Al final, se decidió que la mansión tenía que reflejar el paso del tiempo e incorporar piezas de diferentes presidentes y épocas. Jackie quería que las habitaciones tuvieran un alto valor estético, como los palacios europeos; Du Pont sólo quería reproducir fielmente habitaciones tal como habían sido en el pasado.

 

 

El decorador secreto

vintage handJackie y du Pont tenían tantas ideas confrontadas que Lorraine Pearce recibía constantemente órdenes contradictorias. Por si fuera poco, Jackie contrató los servicios de un decorador francés, Stephane Boudin, presidente de Maison Jansen, una firma de decoración de referencia en París. Como era extranjero, la presencia de Boudin se ocultó a los medios. Boudin tuvo una influencia increíble en la decoración del Salón Rojo y el Salón Azul y a la señora Kennedy le gustaron tanto los resultados que maniobró para que Boudin tuviera la última palabra en la decoración de todas las salas, para consternación de du Pont.

A veces, cuando du Pont visitaba la Casa Blanca, cambiaba los muebles de sitio; luego Jackie los volvía a mover. Boudin intentaba influir en el Comité de Bellas Artes, presentaba ideas para la renovación de algunas habitaciones; du Pont bloqueaba sus movimientos, pero Jackie acaba haciendo lo que decía el decorador francés.

Aparte, Jackie cambiaba de opinión con frecuencia. “Pensaba y volvía a pensar donde poner los candelabros”, reconoció la propia Jackie, “y los movía de una habitación a otra. Constantemente hacía pintar las paredes y luego las volvía hacer pintar hasta llegar al punto que los pintores se escondían si me veían llegar. Cambiaba muebles y cuadros cada día hasta dar con los lugares que más les favorecían”.

La tensión llegó a ser tan alta entre todos los involucrados que Lorraine Waxman Pearce dimitió en agosto de 1962. Rápidamente se tuvo que buscar un sustituto. William Voss Elder II fue el escogido y, aunque las tensiones persistieron y las órdenes contradictorias continuaron, al menos consiguió navegar las aguas turbulentas y llevar el proyecto a buen puerto.

 

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El Salón Rojo

 

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El Salón Rojo

 

Boudin acabó llevando la voz cantante, aunque lo negó a la prensa una y otra vez. Oficialmente, sólo era un amigo francés de los Kennedy que ofrecía consejo si se lo pedían. En realidad, era quien supervisaba el proceso y determinaba incluso qué cortinas tenían que ponerse. Y, la mayoría de las veces, no eran de tejidos estadounidenses. La empresa estadounidense Scalamandre, especializada en tejidos de lujo para decoración, y que había trabajado para la Casa Blanca desde los tiempos de la presidencia de Herbert Hoover, había sido la seleccionada para proporcionar sedas para cubrir las paredes del Salón Rojo y el Verde. Pero a Boudin no le gustó el tejido y lo pidió a Tassinari & Chatel, en París. La empresa francesa lo fabricó en el mayor de los secretos y los tejidos llegaron a Washington en baliza diplomática. Tanto secreto hubo que Scalamandre pudo decir públicamente que las telas eran suyas y nadie en la Casa Blanca pudo salir a rebatirlo.

 

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El Salón verde. Fotografía de la John F. Kennedy Library.

 

La posición de los cuadros provocó otra batalla campal. Se había creado un comité especial para conseguir cuadros para la Casa Blanca. Algunos museos cedieron algunos, pero la mayoría vino de donaciones de particulares. Boudin los quería agrupados, como si fueran paneles, para dar dinamismo a unas paredes que, antes de la renovación, solían estar vacías. Du Pont los quería poner individualmente, como si estuvieran en un museo, y que tuvieran una coherencia temática. La batalla duró meses.

Tal fue la influencia de Boudin que el estilo Imperio, típicamente francés, y el estilo Luís XIV dominan varias salas nobles y muchos muebles imperio fueron adquiridos. La Casa Blanca tuvo que decir que respondía al gusto de los primeros Presidentes estadounidense, que odiaban a los ingleses y, por eso, se habrían decantado por un estilo francés. Desde luego, como excusa era original.

 

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El Cross Hall: Fotografía de la John F. Kennedy Library

 

Al final, la pugna entre Boudin y duPont logró que la Casa Blanca acabara con un batiburrillo de estilos. Du Pont tan sólo se salió con la suya en el Salón Verde, pero la mano de Boudin se nota claramente en el Salón Azul, en el Rojo, en el Comedor de Gala, en la Sala de Tratados y en el mismísimo Despacho Oval. De hecho, Boudin había cambiado el esquema de color de ésta última y el día 11 de noviembre de 1963, mientras el Presidente y la Primera Dama estaban en Dallas, se instaló una nueva alfombra roja y cortinas blancas. El Presidente nunca llegó a verlas.

 

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Boudin rediseñó el Despacho Oval. John F. Kennedy no llegaría a ver los cambios. Fotografía: Robert Knudsen/White House, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston

 

 

No puedo ni ir al baño sin encontrarme muebles carísimos”

vintage handAl principio, la prensa criticó el proyecto sin ningún miramiento. El presidente Kennedy se cabreaba de lo lindo cada vez que salían noticias sobre lo costoso del proceso. Y, desde luego, el dinero se gastaba a espuertas. El papel de las paredes que Boudin había seleccionado para el  Salón para las Recepciones Diplomáticas había costado 12.500 dólares de la época, una auténtica fortuna. Pero los “caprichos” de la Primera Dama no habían acabado ahí. En la Salón de Recepción de la primera planta, que es por donde entran y salen todos los invitados, se había instalado un papel en las paredes que recreaba escenas de los Estados Unidos:  el puerto de Boston, la Academia Militar de Estados Unidos, el puente de Virginia… Los paneles se habían hecho en Francia, por la compañía Zuber and Cie, en 1834. El problema es que los paneles habían sido arrancados, literalmente, de una casa histórica de Maryland para ser entregados en la Casa Blanca. Y, lo que era peor, existían a la venta los mismos paneles, impresos en Estados Unidos en épocas más recientes, a precios mucho más reducido. “En mi propia defensa”, dijo Jackie años más tarde, “diré que la casa históricamente más importante del país se merecía paneles que fuesen realmente de la misma época en que se construyó la Casa Blanca. La Casa Blanca se merece lo auténtico, no las copias”. A pesar de las explicaciones, el Presidente puso el grito en el cielo.

 

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Operarios instalando el papel en la Sala de Recepción Diplomática. Fotografía: Robert Knudsen/White House, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston

 

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Sala de Recepción Diplomática una vez restaurada por Jackie Kennedy. Fotografía: Robert Knudsen/White House, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston

 

El Washington Post también comentó que había planes para pintar el histórico “Salón Azul”, la sala más noble de la mansión, de blanco. Boudin había pensado quitar el empapelado de azul oscuro y substituirlo por un empapelado beige que realzase el color azul de las cortinas y de las sillas (como finalmente sucedió). La Sala había vivido muchos cambios a lo largo de su historia: en tiempos de Monroe era roja y sólo se pintó de azul en tiempos del presidente Van Buren. El tono de azul había pasado del “azul violenta” en tiempos de Grant al azul verdoso, casi turquesa, en tiempos de Arthur, al azul cerúleo con Harrison, el azul metálico de Roosevelt y, finalmente, el azul “royal” por el que optó Truman y que era el que Jackie, y sobre todo Boudin, querían cambiar.

 

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El Salón Azul antes de la restauración. Fotografía del Museo de la Casa Blanca.

 

Como los fondos para cambiar la sala habían venido de un cliente de Boudin, el decorador se creyó con la potestad de hacer lo que quisiera en la sala. Du Pont había querido que se pusiera una mesa de caoba, con una cubierta de mármol, que había pertenecido a Monroe, en el centro de la sala. Boudin encontraba que la mesa era horrorosa y la cubrió con un mantel de damasco. Que se cubriera una pieza histórica causó una nueva ola de indignación y los periódicos se quedaron a gusto al publicar que “esta administración está cubriendo todo lo que está a la vista”.

 

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El Salón Azul después de la restauración

 

El Presidente Kennedy se volvió a unir a las críticas. “¡Por el amor de Dios, Jackie!”, le espetó un buen día. “No hay un sólo rincón que no hayas tocado”. Se quejaba de que el Salón Azul ahora fuese blanco, que el Salón Rojo ahora fuese de color frambuesa y que el Salón Verde, su sala favorita, tuviese un tono excesivamente fluorescente. Por no decir que no podía entender porqué toda alfombra, cortina y cojín había tenido que ser substituido por elaboradas creaciones en seda y brocados pintados a mano. Se habían instalado por doquier candelabros de cinco mil dólares la pieza y había alfombras del siglo XVIII que habían costado treinta y cinco mil dólares. “No puedo ni ir al lavabo sin encontrarme muebles carísimos”, se quejaba.

Jackie entendió que necesitaba publicitar sus esfuerzos si quería seguir adelante. Llamó personalmente a las revistas “Look” y “Life”, las de mayor tirada del país para explicarles el proyecto, posó disciplinadamente para sesiones de fotos y contestó amablemente las preguntas de periodistas curiosos. Un buen día el vicepresidente de la CBS, Blair Clark, contactó a la Casa Blanca con una idea original: hacer un documental que explicase la renovación. Al principio Jackie dudó (no le gustaba que hubiese cámaras en su casa), pero acabó convenciéndose cuando la cadena de televisión le ofreció donar cien mil dólares al proyecto de restauración.

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Jackie Kennedy posó para la revista Life para mitigar las críticas por el coste de la renovación de la Casa Blanca.

 

Pero rodar en la Casa Blanca un programa de una hora de duración no iba a ser sencillo. Se tuvo que evacuar toda la casa durante un fin de semana para que los 54 técnicos instalasen las nueve toneladas de equipo necesario. Jackie se pasó todo el sábado y domingo repasando sus notas para aprendérselas de memoria y no necesitar así un teleprompter (“odio cuando la gente lee discursos”, reconoció, “si alguien se tiene que dirigir a una audiencia, les debe la cortesía de saberse el material lo suficientemente bien como para hablar sin notas”). Por si acaso, la señora Kennedy grabó también trozos de información leídos y que luego se sobrepondrían a imágenes.

El lunes por la mañana, Jackie se enfundó su traje favorito y apareció en la primera planta, donde ya le esperaban el corresponsal de la CBS, Charles Collingwood, el director de Hollywood Franklin Schaffer y el productor de la CBS, Perry Wolff. La cadena le había ofrecido los servicios de una maquilladora, pero ella lo había rechazado.

“Sólo tengo tres horas. Supongo que será suficiente”, dijo Jackie, que tenía previsto ir de cacería. Educadamente, le indicaron que, como mínimo, grabar el programa llevaría todo el día (finalmente, fueron ocho horas). Jackie tuvo que cancelar la cacería.

Jackie llevaba un micrófono colgado del cuello y escondido debajo de la chaqueta; las baterías estaban en la espalda. Pamela Turnure, secretaria de prensa de la Primera Dama, había aprendido a arreglar aquel chisme por si acaso fallaba (“nadie quería tener que tocar a la Primera Dama de los Estados Unidos”).

 

 

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Cuando el director dijo “acción”, Jackie se mostró como una auténtica profesional. Demostró un auténtico conocimiento de experta de cada candelabro, cuadro, sofá y alfombra que se iba encontrado. A esas alturas, no había ni un cenicero en la Casa Blanca que no pudiera explicar. “Me di cuenta que probablemente me había convertido en la mayor experta en los muebles de la Casa Blanca”.  Sólo una toma tuvo que repetirse: Jackie había confundido un sofá de Dolly Madison con uno de Nelly Curtis.

El resultado fue ejemplar. Incluso su marido se sintió orgulloso. “Lo que usted ha hecho me parece tan bien como mal lo que hace su marido” le escribió una persona. Al cabo de poco, incluso le concedieron un Emmy.

“Por un breve momento, me sentí en la cima del mundo”. Sin duda, lo había estado.

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