Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

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A Mark Bridges nunca se le habría ocurrido centrar la atención en los pies del personaje, pero en cuanto Daniel Day-Lewis le enseñó unos calcetines largos, color púrpura, de Gammarelli, la firma de Roma que hace los calcetines del Papa y de la curia vaticana, entendió perfectamente que daban el relieve perfecto al personaje de Reynolds Woodcock, el obsesivo modisto británico protagonista de “El hilo invisible”.

Al fin y al cabo, todos los caballeros inmaculadamente bien vestidos de Inglaterra tienen alguna suerte de excentricidad elegante que demuestra su abolengo. Y el personaje de Woodcock –elitista y refinado, inspirado en los grandes modistos de alta costura de los años cincuenta– necesitaba alguno de estos pequeños detalles. O, al menos, Day-Lewis, que daría vida al diseñador, así lo entendía. Y a Mark Bridges, encargado de crear el vestuario de la película, le pareció una magnífica aportación.

En la (excelente, magistral) película de Paul Thomas Andersen, un destacado modisto de la alta sociedad, tóxico y asfixiante, se obsesiona con la joven Alma (Vicky Krieps), que se ve inmersa en el sofisticado, aunque hipócrita, universo de un artista genial pero maníaco. La película narra las obsesiones y las manipulaciones entre el modisto, su dominante hermana Cyril (una brillante Lesley Manville) y su joven amante, Alma.

La idea se le ocurrió al director Paul Thomas Andersen hace tres años, cuando cayó enfermo y estuvo postrado en la cama por unos días. El tener que depender de los cuidados de su compañera, la actriz Maya Rudolph, le hizo pensar en las relaciones de dominación entre un hombre, su hermana y su amante. Unos meses más tarde, en un aeropuerto, compró una biografía del modisto Balenciaga. Decidió que el protagonista sería un modisto con una vida casi monástica.

Habría más referencias que acabaron de perfilar el guión. Anderson es un gran admirador de películas como “Rebecca” (1940) y “Gaslight” (1944) que mezclan romance y suspense, y quiso que el modisto de su historia adoptase los aires de “debonair”, de tipo elegante pero oscuro, que tan magistralmente retrató Laurence Olivier.

Se requería un ambiente refinado y un vestuario suntuoso y elegante. Mark Bridges fue el encargado de recrear, no sólo las obras de un refinado modisto, sino de revivir la distinción y el don aire, ese savoir faire exquisito pero elusivo, de toda una época pasada. También tenía que diseñar como lo haría un diseñador de los cincuenta, y Bridges quiso reproducir al detalle la distinción, la calidad suprema de las telas, la perfección de los patrones, la artesanía de cada puntada.

Mark Bridges contaba con varias bazas para este reto: para empezar, es uno de los mejores diseñadores de vestuario de la industria (ganó un Óscar con “The Artist” en 2011) y, además, ha trabajado con Paul Thomas Andersen desde su primera película, Hard Eight, que contaba con un exiguo presupuesto de tan sólo 10.000 dólares. Juntos han estado en multitud de películas, de “Boogie Nights” a “Pozos de ambición”, pasando por “Puro vicio”, “Magnolia” y “The Master”.

Cuando Andersen se embarcó en “El Hilo Invisible” llamó a Mark Bridges y le dijo: “¿Qué sabes de Charles James?” James, en cuestión, fue un modisto, nacido en Surrey, Inglaterra, pero que desarrolló su carrera en Estados Unidos. Se le conoce como el primer gran “couturier” de Estados Unidos, y sirvió de inspiración a los grandes maestros Christian Dior y Cristóbal Balenciaba. Dior dijo de él que era “el mayor talento de mi generación”, y Balenciaga no se quedó atrás: “James es el único modisto que ha elevado la moda de arte aplicada a arte puro”.

A Charles James se le conoce como el primer gran “couturier” de Estados Unidos y sirvió de inspiración a los grandes maestros Christian Dior y Cristóbal Balenciaga”.

Cada año, el Costume Institute del Metropolitan Museum de Nueva York celebra una exposición con motivo de la famosa gala de la moda que reúne a todo aquel que es alguien en el mundo de la moda (y a todas las celebrities del momento). Sólo en contadas ocasiones, un solo diseñador es el tema central. En 2011 fue Alexander McQueen y en el 2014 fue Charles James. No era para menos: ha inspirado a generaciones de diseñadores, de Christian Lacroix a Gianni Versace y, más recientemente, a Zac Posen. El cineasta Ardensen también se inspiró en él.

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Modelo de Charles James

Bridges se empapó de la obra de Charles James, pero Andersen también le hizo fijarse en Cristóbal Balenciaga como posible inspiración de la película. El personaje de Reynolds Woodcock compartía rasgos con el maestro español: la absoluta dedicación a su trabajo, la obsesión por los detalles, la pasión combinada con la más absoluta delicadeza. Aunque el estilo de Reynolds no iba a tener nada que ver con el del gran Balenciaga (arquitectónico, volumétrico, rupturista), ambos construyen trajes, no los diseñan. Balenciaga no cosía; esculpía los trajes. Y, como también hará Reynolds, cincelaba y daba forma a las telas sobre las modelos (cosa que, por ejemplo, Dior nunca hacía). En la película se reproduce un ritual casi religioso, una liturgia mística, en la manera en que se acarician los tejidos y se moldean las telas. La precisión de la puntada y la suavidad con que doblan los pliegues recuerdan a una caricia delicada que roza lo erótico.

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Cristóbal Balenciaga

Mark Bridges admiraba este ceremonial “balenciaguista” que Daniel Day-Lewis, uno de los actores más meticulosos y perfeccionistas que han existido, reprodujo a la perfección. Si para su papel de “El último mohicano” aprendió a construir canoas, en esta ocasión, mientras se estaba acabando de escribir el guión, Day-Lewis aprendió moda, corte y confección de la mano de Marc Happel, el director de vestuario del Ballet de Nueva York. Para saber si estaba preparado, recreó un traje de coctel de Balenciaga él sólo, teniendo como referencia únicamente una fotografía. Hizo los patrones, cortó las piezas, tomó a su mujer (la directora Rebecca Miller) como modelo de pruebas, y cosió el vestido, 100 botones incluidos. Rebecca Miller lo ha lucido en público, prueba de que estaba bien hecho y de que Day-Lewis sabe hacer sus deberes.

Bridges no quería construir un “couturier” tan sofisticado como Balenciaga, ni como Dior o Hubert de Givenchy, los grandes popes de la costura en los cincuenta. Se fijó, en cambio, en los modistos británicos del momento y, sobre todo, en los materiales que empleaban. Por aquel entonces estaban John Cavanagh, centrado en los tejidos de lana; Norman Hartnell, modisto de la reina, que se decantaba por los bordados; y Digby Morton, quien catapultó los “Aran jumper”, los cardiganes irlandeses de color blanco. También estaba el modisto inglés Charles Creed, que trabaja sobre todo en lana y tweet, y que se centraba en colores oscuros, con bordados discretos.

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Modelo de Charles Creed. Colección del Victoria and Albert Museum.

A partir de todos ellos, Bridges creó un estilo particular para Woodcock: elegante pero no ostentoso, rico en colores, con profusión de encaje y centrado en la belleza del tejido. El negro quedó prácticamente descartado desde el principio: Bridges siempre piensa en cómo los objetos quedarán en pantalla y no le gusta cómo queda el color negro. La única excepción fue el esmoquin que luce Day-Lewis.

Todos los trajes se hicieron con las técnicas propias de la alta costura. El equipo de vestuario estudió meticulosamente trajes del Victoria and Albert Museum de Londres (trajes de Balenciaga, Victor Stiebel y Norman Hartnell) para conocer a la perfección la estructura y ensamblaje de las piezas. Un traje de Hubert de Givenchy, el modelo “Lily of the Valley” de 1955, fue prácticamente diseccionado.

Luego crearon un estudio propio, en el edificio que había sido la prestigiosa escuela de diseño St. Martins, en Londres, donde estudiaron Steve McQueen y John Galliano. Había una patronista, Cecile Van Dijk, que cortó las telas como si fuera a hacer un auténtico Balenciaga, y también trabajaron doce personas en la confección. Consiguió encajes de Londres y Roma; algunos también de Nueva York y de Lión. El más destacado de todos fue el encaje de Bruselas del siglo XVII con el que decoró un traje color lavanda.

Crear los trajes que vestiría el propio Day-Lewis fue un episodio al que se prestó especial atención porque el propio actor tenía ideas muy claras de cómo quería al personaje. Day-Lewis proviene de una acaudalada familia inglesa y se crió en el afluente barrio de Kensington. Su padre era el distinguido poeta Cecil Day-Lewis, un auténtico gentleman. Por tanto, el actor no es ajeno a la ropa hecha a medida, ni a las telas de lujo. Daniel quería que sus trajes se hicieran en Anderson & Sheppard, una exclusiva tienda de Savile Row fundada en 1906, a la que acudía su padre (y Cary Grant).  Las corbatas vinieron de Hilditch & Key y de Drake’s, en el sofisticado barrio de Mayfair; el pijama color lavanda que sale varias veces en la película fue escogido por el propio Day-Lewis en “Budd Shirt Makers”.

La sincronía entre Day-Lewis y el director Anderson es tan buena que necesitaban poco diálogo para saber cómo querían una escena determinada. Pero, cada mañana, durante el desayuno, tenían largas conversaciones sobre cómo Reynolds tenía que vestirse. Day-Lewis decidía personalmente incluso el color de las corbatas.

Llegó un punto en que, de tanto profundizar en el personaje, Day-Lewis se mimetizó con él.


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