Russian dancer Rudolf Nureyev (1938 - 1993) performs George Balanchine's 'Apollo' during a run of 'Nureyev and Friends' performances at the Uris Theatre, New York, New York, January 25, 1975. (Photo by Linda Vartoogian/Getty Images)

Descubriendo a Nureyev

Cuando era pequeño, a Rudolf Nuyerev lo apodaron “el cuervo blanco”, una expresión que en ruso equivale a nuestro “gato verde” o “perro de tres patas”, es decir, alguien raro y no precisamente para bien. Ralph Fiennes, sin embargo, optó por esta descripción de poco gusto para titular su película sobre el bailarín más famoso de la historia (“The White Crow” en inglés, aunque en español la película ha optado por el sucinto “El bailarín”, sin más). 

Pero, la verdad,  lo de “cuervo blanco” es el título adecuado para este film que intenta explorar una pregunta increíblemente complicada: ¿qué se requiere para que un genio sea realmente un genio? ¿Es la técnica depurada, el virtuosismo en la ejecución, la innovación? ¿O hay algo más? ¿Qué es lo que te hace distinto, diferente, mejor al resto?

La película “Nureyev”, la tercera que dirige el exquisito actor inglés Ralph Fiennes, se puede ver de muchas maneras. Lo más fácil es quedarse con lo obvio y con lo que centra la mayor parte del film: aquellos instantes del 17 de junio de 1961 en que el joven bailarín Rudolf Jamétovich Nuréyev, por entonces de 23 años y miembro del ballet del Teatro Mariinsky, decidió dar “seis pasos exactamente” en el aeropuerto de Le Bourget de París y dijo a dos guardias franceses que deseaba desertar de la Unión Soviética y pedir asilo en Occidente.  

Es fácil, desde luego, quedarse en este plano. En la vida de ese joven que va a Francia, a uno de los grandes templos culturales europeos como es la Opera Garnier de París, porque las autoridades soviéticas querían demostrar la superioridad intelectual rusa y decidieron emplear el ballet como propaganda. En la vida de un joven que admira el arte (lo primero que hace al pisar París es ir al Louvre), que entra en contacto con la intelectualidad y la bohemia parisina y decide que no puede volver a la monótona, gris y claustrofóbica Unión Soviética. 

Es fácil, insistimos, centrarse en ese aspecto de la película. Porque, desde luego, aquellos breves instantes en el aeropuerto parisino le cambiaron la vida a Nureyev y le catapultaron a la fama mundial de la noche a la mañana. Fue el momento en que un bailarín del cual muy pocos habían oído hablar fuera de Rusia se tornó una celebridad mundial, tan reverenciado como una estrella de cine. Triunfó en los escenarios de todo el mundo, se codeó con personalidades como Jacqueline Kennedy, Mick Jagger y Freddie Mercury, y fue una presencia habitual del mítico Studio 54, donde coincidía a menudo con Truman Capote. 

Aquellos breves instantes en Le Bourget crearon una leyenda. 

Méritos, desde luego, no le faltaban. Nureyev revolucionó la danza clásica: nadie, desde Vaslav Nijinsky, innovó tanto el estilo de ballet masculino. Nureyev, simplemente, parecía flotar: el público se deleitaría con la sinuosidad y la energía de sus movimientos, sus altos saltos y elaboradas piruetas, la portentosa presencia que desplegaba en el escenario. Su carisma desbordaba los teatros y dotaba de una nueva vitalidad a un arte centenario. Aunque, es cierto, técnicamente no era el mejor ni el más dotado; más bien al contrario. En la película, un bailarín francés, Pierre Lacotte (interpretado por Raphaël Personnaz), le revela a Nureyev que “tu técnica es torpe, pero tu espíritu es perfecto”. Es un resumen atinado. 

Entre la perfección y la ira

Ralph Fiennes ha reconocido que lo que le atraía de Rudolf Nuyerev era precisamente esa presencia descomunal, ese carisma desbordado y la impronta sexual, la pura sensualidad, con los que deslumbraba a los espectadores. Su fuerza interpretativa era tan adictiva y subyugante que un crítico británico dijo que Nureyev era “como dejar libre a un depredador en medio del cuarto de estar”.

Sin embargo, para el coreógrafo Frederick Ashton, Nureyev era una “mezcla de un fauno y un erizo”: pensabas que era una criatura fantástica y majestuosa, pero su personalidad estaba llena de púas. Acercarte a él, a la persona no al personaje, era peligroso. No en vano, el también coreógrafo Jerome Robbins dijo de él que era “un artista, un animal y un gilipollas”. 

Esta parte de Nureyev, la creación de su indómita personalidad, poliédrica y llena de sombras, es de hecho lo más interesante de la película. 

Nureyev era, desde luego, un auténtico déspota y egocéntrico al que no le importaba pegar chillidos en medio de un restaurante si consideraba que no le habían servido como merecía. Era un obseso de la perfección, un arrogante con un genio desbocado que una vez, en 1973, en medio de un ataque de rabia, empujó de malos modos a la bailarina Natalia Makarova en plena actuación. Sus insultos a otros bailarines eran bien conocidos. 

Fiennes no ha querido ocultar, dulcificar ni mucho menos justificar, esa inestabilidad de carácter, la grosería, la impulsividad, la ira insufrible. Pero lo que sí que hace es contextualizarlas, psicoanalizar al personaje. Quiere demostrar que su rabia, su cólera, no venían de un supuesto narcisismo o sentimiento de superioridad. Más bien su arrogancia era una coraza para disimular su profundo sentimiento de inferioridad, el pánico a fracasar, a quedarse atrapado para siempre en la pobreza en la que nació y se crió. 

Su rebeldía era un mecanismo de defensa para demostrar que no pensaba atajar las órdenes de un destino que, en su caso, tendría que haber sido nefasto. En medio de toda la desgracia que le rodeaba, él había sido ungido con un don que le podría salvar de una vida anodina, anónima y triste. Tenía que aprovecharlo, demostrar al mundo lo equivocado que estaba al condenarlo inexorablemente a la marginalidad.

Su talento era lo único que tenía. Nureyev, como tantos otros que han nacido en lo más bajo y han tenido que luchar lo indecible para superar toda suerte de obstáculos hercúleos, sabía mejor que nadie lo efímero que podía ser el éxito. Y no quería, por nada del mundo, volver atrás. Pero sabía que si daba un paso en falso, si un solo movimiento no era perfecto, todo a su alrededor se derrumbaría. 

De ahí la insoldable armadura con la que se recubrió. No era narcisismo; era frustración, pura desesperación. 

Desde los orígenes más humildes

Rudolf Nureyev nació en 1938 en un tren en el cual su madre viajaba desde la ciudad de Ufa para unirse con su marido, que luchaba en el Ejército Rojo. Su infancia la vivió en la pobreza, supo lo que era pasar hambre y se convirtió en un ser solitario desde muy pequeño. 

Todo cambió el día en que su madre le coló en el teatro de Ufa para ver un ballet. “Supe”, escribió en su biografía, “que aquello era mi vida”. Pero dedicarse a la danza no iba a ser fácil. Tuvo que comenzar con clases de bailes regionales y no fue hasta los diecisiete años que consiguió una beca para estudiar en la prestigiosa Academia Vaganova, donde fue alumno del afamado Alexander Pushkin (interpretado en la película por el propio Ralph Fiennes con un acento ruso, por cierto, bastante impostado). 

Después de tres años de duros entrenamientos entró a la compañía de ballet del Kirov (hoy Mariinsky) y conoció pronto el éxito en una Rusia donde a los bailarines clásicos se les admiraba como a héroes nacionales. 

Pero la rebeldía ya estaba ahí y a punto estuvieron los directivos del Kirov de no contar con él para una importantísima gira por París y Londres en 1961 con la que la Unión Soviética quería deslumbrar al mundo. Pudo ir porque, en último momento, el bailarín principal, Konstantin Serguéyev, sufrió un accidente y Nureyev tuvo que substituirlo. 

El film “Nureyev” se centra en ese viaje a Francia y en cómo toma la decisión de desertar. Para el guionista de la película, el dramaturgo británico David Hare, es el momento cúspide de la vida de Nureyev y por si sola hubiese justificado el largometraje. Pero Ralph Fiennes consideraba que el espectador tenía que conocer más al personaje, y sobre todo su formación, y de ahí que haya constantes saltos temporales para conocer la biografía del bailarín. 

No fue una decisión errónea: el propio David Hare acabó reconociendo la importancia de demostrar que la perfección sólo se alcanza a base de muchísimo esfuerzo. Nureyev, consciente de sus limitaciones técnicas, trabajaba más duro que nadie, durante más horas. Tenía una fuerza de voluntad y una determinación extraordinarias,  y una insaciable curiosidad que le llevaba a explorar nuevos caminos y a romper todas las reglas. 

No es de extrañar que su personalidad, compulsiva y obsesiva, perfeccionista hasta el extremo, y también rebelde y contestataria se desarrollase precisamente en medio de un mundo tan desquiciantemente competitivo e individualista, pero también sublime, refinado y creativo, como el de la danza clásica. 

Nureyev también se movía por alcanzar el nivel sublime que requiere toda obra de arte. El arte, en su acepción más asceta, de pura contemplación y deleite, le conmovía. Un aspecto importante de la película es ver cómo el joven Nureyev, al pisar París, se refugia en el Louvre y se queda embelesado con “El rapto de Medusa”, de Géricault, pintado en 1819 y en donde se representa la escena del naufragio de una fragata francesa. El suceso tuvo lugar realmente en 1816 y se sabe que al menos 147 personas quedaron a la deriva en una frágil barca, de las cuales sólo sobrevivieron quince. Eso sí, los que salvaron la vida tuvieron que soportar el hambre, la deshidratación e incluso el canibalismo.

No es de extrañar que Nureyev se sintiera tan atraído por ese cuadro de amplias proporciones que retrata a la perfección el miedo, la desesperación y también el aferrarse contra viento y marea a la supervivencia frente a las peores calamidades. En el fondo, debió sentirse retratado él mismo. 

Encontrar a otro Nureyev

La película funciona porque es capaz de aglutinar todos estos elementos (formación, deserción, personalidad), pero también porque Ralph Fiennes se empapó del personaje y dio con la persona adecuada para interpretar a Nureyev. 

La película, de hecho, se basa en la biografía que la periodista Julie Kavanagh escribió en 2007. Kavanagh, que había estudiado ballet durante años, investigó la vida de Nureyev durante una década, accediendo a archivos desclasificados de la URSS y entrevistando a más de una docena de personas que lo conocieron. 

La que acabaría siendo la productora del film, Gaby Tana, fue quien primero leyó el libro y quien le comentó a Ralph Fiennes que los seis primeros capítulos, hasta la deserción en Francia, podían ser una muy buena película. Y Fiennes tiró adelante con la idea, sorteando no pocos obstáculos. Contrató como guionista a David Hare (que había trabajado en “Collateral”, que emitió la BBC Two en 2018). De la fotografía se encargaría Mike Eley (“Mi prima Rachel”) y el montador sería Barney Pilling (“El gran hotel Budapest”, “An Education”). 

Dar con el actor adecuado fue un quebradero de cabeza. Como el presupuesto era limitado, contratar a alguien y enseñarle a bailar resultaba demasiado caro. Tenía que ser un bailarín que pudiese interpretar. El elegido fue el ucraniano Oleg Ivenko, de 22 años y que no había actuado antes. De hecho, ni siquiera hablaba inglés. Pero era el primer bailarín del Teatro Estatal de la Ópera y Ballet de Tatar, en el oeste de Rusia, a 800 kilómetros de Moscú. Además, la cámara parecía adorarlo. Y, sobre todo, logra sumergirse en el personaje y dotarlo del equilibrio exacto entre determinación y extrema vulnerabilidad. 

Es una lástima que no lo veamos bailar más. Aunque hay que decir que grabar las escenas de ballet siempre es técnicamente complicado. De hecho, muy pocas películas han conseguido reproducir lo que se siente al ver bailar en directo (“El cisne negro” de Darren Aronovsky y la clásica “Las zapatillas rojas” de  Emeric Pressburger vienen a la mente). En Nureyev las escenas de baile son escasas y siempre que se ha podido se han empleado grabaciones reales de archivo del bailarín. 

Es una de las pegas de la película. La otra, y quizás más importante, es que a veces la película es excesivamente aséptica, mecánica. Por separado, los actores realizan un trabajo loable al que quizás le faltaba exprimir un poco más. Pero al conjunto, al ballet entero,  le falta una dosis de pasión, de esa fuerza escénica que hizo famoso a Nureyev. 

Es, quizás, el gran problema que tienen las películas de Ralph Fiennes: son muy buenas a nivel técnico pero les falta alma y dinamismo. No es no traten de temas interesantes, al contrario. Su primera, “Coriolanus” (2011), se atrevió a modernizar al mismísimo Shakespeare; la segunda, “La mujer invisible” (2013), dio una vuelta de tuerca muy interesante a Charles Dickens. 

Toda la filmografía es de una gran belleza plástica, con guiones inteligentes y muy buenas interpretaciones. Pero demasiado constreñidas, demasiado técnicas. 

Fiennes debería olvidar la técnica y centrarse en el alma. Es lo que le hubiera recomendado Rudolf Nureyev. 

Sobre Courbett

COURBETT es una revista online sobre Libros, Arte, Cultura y Diseño con una mirada muy internacional.

CONTACTO

contacto@courbettmagazine.com

Más artículos
La verdadera historia detrás de Matilda, la niña que adoraba los libros

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies