Diderot y el arte de pensar libremente

Autora
Ana Polo Alonso
Courbett Magazine

En el Quartier Latin de París, sobre la colina de Sainte-Geneviève y muy cerca de los Jardines de Luxemburgo, se alza majestuoso le Panthéon, el lugar de descanso eterno de los hombres y mujeres más ilustres de Francia, incluidos Voltaire y Rousseau, los cuales se odiaban a muerte pero ahora están prácticamente juntos, en tumbas adyacentes, unidos (muy a su pesar, sospechamos) para toda la posteridad.

A pesar de que el número de enterrados es más que notable y que se siguen incorporando muertos ilustres (la última, Simone Weil en el 2018), sorprende que falte uno de los más destacados filósofos franceses de todos los tiempos.

En un lugar destacado del impresionante edificio neoclásico hay un conjunto escultórico, titulado «À Diderot et aux Encyclopédistes«, pero curiosamente los restos de Denis Diderot (1713-1784), el eminente filósofo de la Ilustración, principal autor de la Enciclopedia, no se encuentran en el recinto.

La historia cuenta que en 1793 unos ladrones entraron en una pequeña iglesia, abrieron la tumba donde Diderot yacía y esparcieron los huesos por el suelo. Los encargados de la limpieza los tiraron a una fosa común, y ahí siguen los restos –si es que aún queda algo– de uno de los más destacados filósofos de la historia.

"Diderot y el arte de pensar libremente", de Andrew S. Curran, publicado por Ariel.

Diderot, sin duda, se hubiese merecido un final mejor. Y también se hubiese merecido que se le conociera y se le reconociera más. No es que la Historia se haya olvidado de él, ni mucho menos, pero sólo lo recuerda como el principal impulsor, editor y voraz articulista de la Encyclopédie, esa obra titánica que recogió todo el saber de su época. Sin embargo, reducir a Diderot a esta contribución, por brillante e histórica que fuera, es menoscabar todo su talento.

A pesar de que Voltaire y Rousseau sean hoy los más conocidos de los Ilustrados (siempre he sospechado que son más citados que leídos), Diderot sigue siendo el más interesante del Siglo de las Luces francés. Incluso podríamos decir que fue el mejor. Al menos, fue el más moderno y avanzado. Sin duda, el más rupturista y radical. Él fue quien con más fuerza y precisión –y jugándose el pellejo– desafió a los sacrosantos estamentos y las inapelables creencias de su época. Diderot lo cuestionó todo, se enfrentó a todos y a todo: a Dios, la moral imperante, la represión sexual, la aristocracia y la monarquía. No hubo tabú que no quisiera abordar.

Comparado con el resto de filósofos del siglo XVIII, su obra es la más valiente y arriesgada. Diderot fue un ateo convencido mientras que el resto de los Ilustrados siguieron creyendo en Dios. Fue un republicano acérrimo en un tiempo en que se defendía la monarquía ilustrada. Creyó que la soberanía residía en el pueblo. A pesar de su racionalismo, comprendió la importancia del libre albedrío. Muchos años antes que el resto, defendió la libertad de las mujeres y su emancipación.

Diderot fue el filósofo del siglo XVIII que con más clarividencia intuyó el futuro. Seguramente, fue el más difícil de clasificar. También el más poliédrico y, sin duda, el más lúcido.

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A Diderot la historia no le ha hecho justicia. Por eso, hacía falta recuperar su obra, su espíritu inconformista y volver a analizar a este hombre increíblemente moderno y revolucionario al que debemos más de lo que pensamos. Al menos, así lo pensó el profesor Andrew S. Curran, profesor de Humanidades de la Universidad de Wesleyan y, por ello, se puso a escribir una de las mejores biografías de Diderot. Con una claridad y profundidad magistrales, y una prosa elegantísima sin ínfulas de ninguna clase, «Diderot y el arte de pensar libremente» (publicado ahora en castellano por Ariel con traducción de Vicente Campos González) explica el itinerario vital e intelectual de este filósofo que había que volver a reivindicar.

Andrew S. Curran no partía de cero, por supuesto. Ya existían dos biografías de Diderot canónicas: la monumental (más de mil páginas) de Arthur Wilson, quien dedicó toda su vida académica al filósofo francés, y el elegante «estudio crítico» que hizo P.N. Furbank. Pero ambas son antiguas (la primera es de 1973 y la segunda, de 1992) y demasiado académicas. Se necesitaba un enfoque más fresco que explicase para un público más amplio la perfecta relevancia del pensamiento de Diderot en el mundo actual. Eso es lo que Curran ha conseguido con nota: un trabajo en profundidad pero ameno, con un análisis inteligente y sagaz, que rescata a Diderot del pasado y lo injerta en los debates contemporáneos.

Lo más destacable es que el libro defiende –con razón– que Diderot llegó más lejos que Voltaire y Rousseau. Fue él quien más hizo por concretizar ideales abstractos en realidades tangibles. Fue él quien sentó las bases prácticas de la Ilustración, quien marcó lo que ahora llamaríamos un «programa de acción». Fue él quien personificó mejor que nadie la libertad de opinión y expresión, quien más rebatió ideas pétreas de la religión, quien tuvo una visión más clara de lo que era la soberanía popular, la verdadera democracia. Fue él también quien más abogó por una justicia basada en la igualdad humana.

Uno de los grandes aciertos del libro es explicar la evolución intelectual de Diderot, cómo consiguió esa libertad de análisis crítico que le permitió desafiar y rebatir todo el status quo.

Hijo de unos padres católicos fervientes, Diderot nació el 5 de octubre de 1713 en Langres. Su padre era un próspero forjador de cuchillos que quería que su hijo fuese cura, pero el destino le empujó por otro camino. Mientras estudiaba en París, en uno de los grandes colegios jesuitas, el Louis-le-Grand, en donde también estudiaron Molière y Voltaire, se enamoró de una dependienta de lencería, Toinette. Horrorizado, su padre lo mandó encarcelar en un monasterio carmelita de Langres para evitar que se casase, pero Diderot se escapó, regresó a París y contrajo matrimonio.

No solo abandonó la vía eclesiástica, sino también los estudios legales (el plan B de su padre si el camino religioso no surgía efecto) y cuando le preguntaron a qué se quería dedicar dijo que a nada. «Sólo quiero dedicarme al estudio», anunció, con lo que su padre concluyó que su hijo se había vuelto loco y decidió cortar su manutención.

Pero no se había vuelto loco. Diderot comenzó a centrarse en sus escritos y a codearse con otros filósofos en los famosos salones parisinos, sobre todo en el que organizaba el barón d’Holbach en la rue Royale.

Dado el esquizoide fervor religioso en el que se había criado, Diderot centró sus primeros esfuerzos en criticar a la Iglesia Católica en particular y a todo pensamiento religioso en general. Si Voltaire destacó como un anticlerical convencido (aunque siguió siendo creyente), Diderot se alzó como un ateo en toda regla. De hecho, en el verano de 1749 publicó un librito de 90 páginas, titulado «Carta sobre los ciegos«, en el que afirmó que el Dios cristiano no era más que un invento de la imaginación. Inmediatamente fue acusado de herejía y condenado a pasar tres meses en prisión.

No sería la única vez que tuviera problemas con la Iglesia. De hecho, muchos de sus escritos fueron quemados y otros tantos acabaron en el Índice Católico de Libros Prohibidos. Algunos poderosos amigos y seguidores –como la mismísima Madame de Pompadour, amante de Luís XV— tuvieron que interceder más de una vez para que salvara el pellejo.

Aún bajo continua amenaza, Diderot no abandonó París y se dedicó a su obra. En concreto, se centró en sacar adelante la Encyclopédie (17 volúmenes, unos 74.000 artículos): le dedicó un cuarto de siglo, del 1751 al 1772. En ella, no sólo recopiló el saber universal, sino que defendió una nueva manera de entender el conocimiento: a través de la observación y la razón, y no a través de la revelación y la tradición, como era normal hasta entonces. Diderot asumió la ciencia, el pensamiento racionalista a través de la evidencia práctica, como la base del proyecto ilustrado.

Ahora este planteamiento puede parecer obvio, pero en aquel momento fue revolucionario, rupturista, absolutamente radical. Y por tanto, para muchos estamentos –léase Iglesia y Estado– lo que Diderot proponía era muy peligroso. Porque cuestionaba todo el conjunto de normas morales, e incluso jurídicas, sobre las que se construía el sistema. En un artículo, por ejemplo, se cuestionaba que existiese el alma; en otro, se criticaba abiertamente el absolutismo. En un tercero se decía claramente que un «anti-cristiano» (es decir, un ateo) podía ser un buen padre y un buen ciudadano.

No es de extrañar que, no sólo la Iglesia, sino el mismísimo Luís XV quisiera encerrarlo en la Bastilla. De hecho, cuando se publicó el volumen en que se desafiaba tan abiertamente al sistema regio, el monarca ordenó que se confiscaran todos los artículos que aún quedaban por publicar. Diderot no tuvo más remedio que esconderlos y las pasó canutas para que finalmente se imprimieran y comenzaran a circular.

Además de proteger su gran proyecto, Diderot escribió al mismo tiempo obras sobre temáticas increíblemente variadas. Incluso llegó a crear un tratado sobre cómo actuar que sirvió de inspiración para Konstantin Stanislavsky. Era tan versátil que podía escribir sobre música china por la mañana, sobre el comercio de algodón al mediodía y terminar con una obra de teatro por la noche después de cenar.

Muchas de sus creaciones, sin embargo, son tan claramente subversivas (novelas y sátiras, básicamente) que decidió no publicarlas y ordenó que algunas no apareciesen hasta después de su muerte. Muchas de ellas no fueron descubiertas hasta 1951, cuando un profesor alemán que trabajaba en Harvard, de nombre Herbert Dieckmann, descubrió las copias que Diderot le había dejado a su hija.

Sorprende la absoluta modernidad de muchas de ellas. En «El sueño de Alembert«, por ejemplo, ya habla de la evolución humana, anticipándose a Darwin. Hay historias en las que condena la desigualdad económica en términos tan enérgicos que parecen escritas por Karl Marx. Por no decir que ya habló de la represión sexual, siglos antes de Sygmunt Freud. Además, en el libro «La historia de dos Índias«, escrita con su amigo el ex-jesuita Guillaume Raynal, denunció el colonialismo europeo y el tráfico de esclavos.

En el libro de Andrew Curran se analizan al detalle todas estos libros (sobre todo, «El sueño de Alembert«). Pero no todo es un estudio sobre la obra, también hay un gran espacio dedicado a la personalidad de Diderot, sobre todo a sus contradicciones. Al fin y al cabo, era un gran conversador, pero no sabía escuchar. Se nos muestra como un amigo leal, aunque llegó a enemistarse con algunos colegas (sobre todo, con Rousseau). Intentó ser un padre cariñoso, pero tardó años en llevarse bien con la única hija que sobrevivió, Angélique. Defendió los derechos de las mujeres, pero fue infiel numerosas veces a su esposa (tuvo una relación increíblemente estrecha con una de sus amantes, Sophie Volland, desde 1755 hasta la muerte de él en 1784).

Según Curran, todas estas incoherencias vitales y de pensamiento, lejos de crearle un problema existencial, son la fuente de su genialidad. Porque Diderot destaca, sobre todo, por saber moverse en un mundo de cacofonías, sin verdades absolutas ni dioses –laicos o religiosos– a los que adorar. Fue el filósofo de la duda y la incertidumbre, del matiz continuo. Su gran acierto –y su gran contribución histórica– fue negarse a aceptar cualquier forma de fanatismo, cualquier afirmación taxativas e inapelables. Él personificó mejor que nadie ese valiente «Sapere Aude» de Horacio años antes de que lo popularizase Kant.

Además, Diderot también destaca por no haberse quedado como un mero salonnière, un filósofo de diván y champán recluido en lujosos salones aristocráticos. Él intentó llevar sus ideas a la práctica, aunque el resultado fue un desastre y acabó enormemente decepcionado.

Se sabe que Diderot admiraba profundamente a Catalina la Grande, zarina de Rusia, a la que consideraba la mayor monarca ilustrada. Por ella realizó varias veces el largo viaje a San Petersburgo (más de 3.200 kilómetros) e intentó instruirla para que sacara a Rusia de la situación feudal en la que se hallaba. Diderot y Catalina solían reunirse tres veces por semana en el «Pequeño Hermitage«, una mansión cercana al impresionante Palacio de Invierno. Ella bordaba mientras él criticaba la persecución religiosa, la superstición y las desigualdades económicas. También le hacía recomendaciones prácticas: crear escuelas y universidades, incluso trasladar la capital a Moscú.

Pero Catalina no puso en práctica sus consejos. Cuando Diderot le preguntó por qué, ella se limitó a decir que sus ideas eran fabulosas sobre el papel, pero que no se podían poner en marcha. Diderot entendió que su tiempo en Rusia se había acabado y, aunque le prometió que nunca publicaría nada malo sobre ella (y cumplió su palabra), se marchó profundamente desilusionado.

Eso sí, en cuanto regresó a Francia, puso por escrito sus pensamientos sobre Rusia (se le enviaron a Catalina cuando Diderot murió, en 1784). La zarina debió quedarse de piedra: la acusaba abiertamente de ser una tirana y defendía claramente que los rusos debían tener el derecho de condenarla a muerte.

Lo mismo, con seguridad, creyó de Luís XV y su heredero, Luís XVI. Años antes de la Revolución Francesa, Diderot fue de los primeros en advertir que había una amplia clase totalmente empobrecida que estaba más que justificadamente indignada.

Sus pensamientos políticos, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo sorprendentemente pertinentes y relevantes hoy en día.

En un mundo como el actual, sin matices, rico en opiniones pero pobre en argumentos, dominado por lo taxativo y lo sectario, su pensamiento es más necesario que nunca. Su valentía intelectual se echa de menos.

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