Doris Lessing

Doris Lessing, una mujer libre

Autora
Ana Polo Alonso

Por Ana Polo Alonso.

Courbett Magazine

La llamaron “La Nobel rebelde”, aunque lo verdaderamente apropiado hubiese sido llamarla “la Nobel que entendió realmente lo que era la libertad”. Hoy, Doris Lessing, la indómita y controvertida, singular y extraordinaria Premio Nobel de Literatura, hubiese cumplido cien años. Como se dice en estos casos: se fue ella (en 2013 para ser exactos), pero siempre nos quedarán sus obras, y ojalá esta efeméride sirva para que la gente vuelva a leer sus libros. 

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Porque Doris Lessing habló ya de todos los temas que hoy son de candente actualidad (feminismo, democracia, capitalismo, comunismo, racismo), pero lo hizo, sin duda, mucho mejor. Nunca se dejó llevar por convencionalismos, odió toda clase de dogmatismo, aborrecía el sectarismo y era libre, libre, libre para pensar por sí misma. Lo cual sigue, a día de hoy, siendo un auténtico lujo. 

Lo suyo, desde luego, no era el postureo de cara a la galería y no tengo ninguna duda que hubiese aborrecido la “era Instagram”. Ella se dedicaba a sus libros y no se inmutó demasiado ni siquiera cuando se enteró que le habían concedido el Nobel. Por cierto, lo supo saliendo de un taxi: había ido a comprar unas cosas y volvía a su casa de Londres. Al acercarse a su destino, vio a periodistas congregados en la acera. Bajó con dignidad del vehículo y, cuando le confirmaron el premio, simplemente dijo “Oh, Christ” con desagrado, dejó las bolsas en el suelo y espetó: “Ahora supongo que ustedes esperan algunos comentarios inspiradores”. 

Ella era así: modesta, humilde, con un humor seco y los pies firmemente en el suelo. Sin ínfulas de ninguna clase. Además, nunca creyó que le darían tal preciado galardón: antes que a ella, el Nobel solo había recaído en diez mujeres. Su discurso de aceptación fue una crítica a Internet y a la pérdida del hábito de lectura (por cierto, no asistió a Estocolmo para recoger el galardón y pronunció el discurso por videoconferencia).

Lessing era, ante todo, una buena persona y un espíritu libre. Cuando murió, Margaret Atwood recordó que coincidió con ella varias veces cuando Atwood era una simple estudiante en París. Lessing siempre se mostró educada, atenta y con ganas de ayudar a escritoras nóveles. No se puede decir de todos los de su gremio. 

Además, Lessing fue lúcida y visionaria. Leerla ahora es una bocana de aire fresco en medio de un mundo lleno de humos. Y no es una visión aislada. Cuando se cumplieron cincuenta años de la publicación de su gran obra de referencia, El cuaderno dorado (1962), la escritora Rachel Cusk reconoció que las obras de Lessing han ganado en relevancia con el paso del tiempo. “Ahora “El cuaderno dorado” es un texto más franco, más abierto, más intelectualmente, político y personalmente revolucionario que cuando apareció por primera vez”, dijo Cusk. Lo que significaba, entre otras cosas, que “lo que escribimos en nuestra era parece cursi y puritano en comparación”. Y no le falta razón. 

Cuando Lessing murió, en el 2013 a los 94 años, el diario inglés “The Telegraph” apuntó que, a pesar de su impacto en toda una generación, “quizás su tiempo todavía no ha llegado”. Es posible: Lessing se avanzó décadas a debates que, aún a día de hoy, se exponen de manera superficial.

Su obra más famosa, la que más influencia ha ejercido, “El cuaderno dorado”, fue publicada en 1962, antes del feminismo de segunda ola, antes de la expansión de los métodos anticonceptivos, antes de la minifalda. 

Considerada la “Biblia de la liberación de la mujer”, su poderoso mensaje resonó con fuerza, lo cual causó más de un escándalo. No fue el único tema candente del libro: Lessing también criticó al comunismo, la guerra fría y la amenaza de la guerra nuclear. Habló de ansiedad y de salud mental. Habló de la menstruación, del orgasmo y de la frigidez. Y no de manera tímida precisamente: enfrenta estos temas de manera directa, explícita y brutal. 

Lessing habló claro de la satisfacción sexual de las mujeres, de orgasmos femeninos (concluyó que los vaginales eran los mejores)  y también de la eyaculación precoz. En una ocasión, la protagonista reconoce sin tapujos: “todas las mujeres reconocen en el fondo de su corazón que si un hombre no la satisface ella tiene el derecho a buscarse a otro. Ése es su primer y más fuerte opinión, con independencia de cómo lo suavice más tarde por pena o conveniencia”. Cuando fue publicado, el libro fue criticado en círculos conservadores por “castrador”. 

“El cuaderno dorado” es la historia de la escritora Anna Wulf. Está dividida en los cuatro cuadernos en los que documenta su vida. Lo de el cuaderno dorado viene por un quinto cuaderno, de ese color, que es donde Anna intenta unir todos los cuadernos anteriores, atarlos de algún modo. 

Anna tiene una gran amiga, Molly. Ambas viven en el Londres de finales de los cincuenta y de principios de los sesenta. Viven solas, son independientes económicamente gracias a sus trabajos y se dedican a la política. Anna es una escritora de cierto éxito que publicó una novela, tiene amantes, luchó contra el racismo en África y tiene un hijo. En teoría debería ser feliz, pero no lo es. De hecho, entiende que su independencia tiene un precio en términos de felicidad. En el fondo, busca encontrar un nuevo amor y casarse. En una ocasión reconoce que si un hombre no la satisface se busca a otro. Pero en otro momento, se encuentra preparando con mimo un suculento menú para un hombre al que ama y al que sabe que va a perder. Es casi doloroso leer sobre la escalopa de ternera con champiñones en salsa agria que le cocina. Y más sabiendo que el tipo en cuestión no se va a molestar en aparecer. 

El primero de los cuadernos del libro se titula “Mujeres libres”: Lessing reconoció que era claramente irónico.

La disyuntiva entre la independencia económica y la dependencia emocional. El sexo como vía de escape y mecanismo de control, de generar ataduras. Los hombres que se encuentra en su vida (los hombre poderosos, políticamente brillantes, famosos y profundamente egoístas y narcisistas). La inseguridad masculina (un tema al que Lessing volverá una y otra vez). La emancipación política como fuente de frustración, más que de realización personal. O, como dice la protagonista: 

“Ambas nos centramos en que somos fuertes… Un matrimonio que se rompe, bueno, nos decimos, nuestro matrimonio fue un fracaso, no es tan malo. Un hombre nos abandona, no es tan malo, nos decimos, no es importante. Criamos a nuestros hijos sin hombres —no hay nada, nos decimos, con lo que no podamos. Nos pasamos años en el Partido Comunista y luego dijimos, bueno, bueno, cometimos un error, tampoco es tan grave”. 

“El cuaderno dorado” fue publicado un año antes de “La mística de la feminidad”, el famoso libro de Betty Friedan que dio pie a la segunda ola del feminismo. A diferencia de éste, Lessing no fue tan optimista sobre el futuro de las mujeres. Ella no ofrecía recetas fáciles y le horrorizaba la idea de convertirse en una teórica o, incluso peor, en una gurú. 

Además, le molestaba que la gente leyese “El cuaderno dorado” simplemente para buscar soluciones y se obviase la estructura del libro, su calidad literaria. Que la tiene: es una estructura fragmentaria y compleja, experimental en el sentido más inteligente y fascinante del término. Hay una búsqueda de la identidad, de análisis de la psique que entronca con Tolstoy y Stendhal, unido a un realismo político y personal. En los sesenta ninguna novela anglosajona, por muy experimental que fuese, había llegado tan lejos. 

¿Era una escritora modernista? A Doris Lessing le fastidiaba el término, como le molestaban todas las etiquetas que quisieron imponerle. Entre ellas, la de feminista. “El cuaderno dorado”, insistió Lessing una y otra vez, no fue creado para convertirse en, cito textualmente, “un arma útil en la guerra entre sexos”. 

Tan explícita quería ser en este punto que, en junio de 1971, aprovechando una nueva edición del libro, escribió un nuevo prólogo donde dejaba claro que no lo había escrito como libro feminista, ni mucho menos. Es una opinión que repitió en una entrevista al New York Times en 1982: “lo que querrían las feministas es que dijera: “Ei, hermanas, estoy aquí con vosotras, mano a mano en vuestra lucha hacia el amanecer dorado donde esos hombres horrorosos ya no existan”. ¿En serio quieren que haga comentarios tan simplificadores sobre hombres y mujeres? Creo que sí. Lamento mucho haber llegado a esta conclusión”. 

Desde luego, lo suyo no era la corrección política.


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