Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

En 1990, cuando un cáncer de próstata le estaba devorando, Ed van der Elsken decidió realizar su último film al que tituló, consciente de su final, “Bye”, adiós. Se retrató durante meses luchando contra la enfermedad y no escatimó ni un sólo detalle que pudiera endulzar su batalla. La frase final fue su despedida, como persona y como artista:”Enseñad al munod lo que sois”.

No sólo era un consejo vital. “Enseñad al mundo lo que sois” reflejaba a la perfección la filosofía y la obra de un artista polifacético, desgraciadamente no muy conocido fuera de su Holanda natal, pero que marcó sobremanera a toda una generación de fotógrafos: desde la estadounidense y reverenciadísima Nan Golding, al japonés Nobuyoshi Araki, pasando por Anton Corbijn, Valérie Jouve y Paulien Oltheten.

 

 

 

 

En Holanda lo recuerdan como el mejor fotógrafo neerlandés del siglo XX y el primer “street photographer” del país. Pero reducirlo a una simple categoría o intentar encasillar su obra bajo una sola etiqueta es un ejercicio en vano. Por no decir un error mayúsculo. Su estilo, como su propia biografía, evolucionó con el tiempo. Como recuerda la historiadora de la fotografía Hripsimé Visser, que ha estudiado la obra de Elsken durante cuarenta años: “Fue sombrío en los cincuenta, rebelde en los sesenta, emancipado en los setenta, reflexivo en los ochenta”. En resumen: reflejó —y fue parte activa—del Zeitgeist de la época, desde las miserias de la postguerra en Europa, al resurgir contracultural de décadas más tarde.

A Ed van der Elsken lo recuerdan en Holanda como el mejor fotógrafo neerlandés del siglo XX y el primer “street photographer” del país. Pero reducir su obra a una simple categoría o etiqueta es un ejercicio en vano

Y es que Elsken fue un bohemio que documentó su vida privada, en su propio lecho, con su primera, su segunda y su tercera esposa. Que deambuló por las calles de multitud de ciudades en su juventud, retratando la belleza y también la rebeldía, la voluntad de romper toda norma preestablecida y experimentar así nuevos horizontes, tanto en el amor como en las drogas. Pero también fue un fotógrafo y un cineasta comprometido socialmente, con una fuerte dimensión política, que retrató a brutalidad de la matanza de elefantes en África, que fotografió la segregación social en la Sudáfrica del Apartheid, que inmortalizó la demolición del barrio judío de Amsterdam y que incluso documentó la vida de los músicos de jazz.

 

 

Por todo ello se le ha comparado con multitud de fotógrafos, de muy diversa índole. Lo más rápido es ponerlo al mismo nivel que Robert Frank y William Klein, y es cierto que comparte con ambos la actitud contestataria, la voluntad de romper moldes fotográficos y retratar la sociedad con todas sus luces, sombras y aristas. También se podría hablar de Weegee, el fotógrafo que retrató los bajos fondos de Nueva York y que estaba obsesionado con el lado oscuro de la vida urbana. A su modo, Elsken formó parte también de todo este grupo de fotógrafos que no se conformaron con retratar lo bonito en su versión más cursi y no apta para diabéticos, que decidieron ponerse el mundo por montera y experimentar con nuevos derroteros.

Ed van del Elsken se negó a retratar la realidad en su versión más idealizada. Él, como Robert Frank, William Klein o Weegee, quería fotografiar a la gente “que realmente existía”.

Elsken, de hecho, siempre decía que fotografiaba a la gente “que realmente existía”, no necesariamente a la gente guapa y famosa, sino a los “vivían o luchaban por vivir”. En suma, lo que él denominaba “mi tipo de personas”. Y detrás de ellas fue toda la vida, como “un cazador”, como se describía a sí mismo. Tal obsesión tuvo con esta idea de “cazar” personas que llegó a decir que “mi ideal hubiese sido tener una pequeña cámara dentro de mi cabeza con una lente que se extendiera fuera y grabase “artísticamente” veinticuatro horas del día”.

 

 

La “caza”, como tal, comenzó en Amsterdam, haciendo fotos por las calles. Pero en la década de los cincuenta se trasladaría a París donde Elsken, al principio, se tuvo que conformar con trabajar en el cuarto oscuro de la agencia Magnum, eso sí, revelando fotografías de los mismísimos Robert Capa y Cartier-Bresson. Pronto le llegó su momento: en 1953 el sacrosanto Edward Steichen, responsable de fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York, seleccionó dieciocho de sus fotos para la exposición “Fotografía europea de postguerra” y luego, en 1953, una instantánea para “Family of Man”, la familia del hombre, la exposición de 1955 que comenzó en el MOMA y luego recorrió Europa.

Fue entonces cuando pudo dejar Magnum y adentrarse en la bohemia más auténticamente parisina, la que poblaba el barrio de Saint Germain des Près. Allí se deja seducir por la belleza de la juventud y retrata la rebeldía tanto en las calles como en la intimidad de los dormitorios. Por iniciativa de Steichen, transforma sus fotografías de ese período en su primer libro, “Love on the Left Bank”, el amor en la ribera izquierda, publicado en 1956. El libro se proclamaba como la obra que reflejaba realmente la bohemia, el hedonismo y también el comportamiento convulso, errático, no siempre acertado: retrata “a los que comen tan sólo la mitad de una tostada, fuman hachís, duermen en parkings o sobre bancos debajo de árboles, o a veces consiguen compartir una habitación de hotel con algún amigo afortunado que cobija su amor”.

 

 

 

Love on the Left Bank”, de hecho, era mucho más que un mero libro de fotografías, por muy innovadoras que éstas fuesen. Era una novela en imágenes el cuento de un amor condenado al fracaso entre una mujer parisina, Ana, y un hombre mejicano. Alrededor de estos dos personajes, Elsken retrató la trastienda social, la revolución contracultural, pero también sentimientos íntimos, incluso rozando lo puramente erótico.

 

El libro daría la vuelta al mundo y lo consagraría. Cuando Nan Golding lo vio por primera vez supo que estaba delante de “su predecesor” —más que un predecesor, de hecho, “un hermano”. Eran fotografías llenas de “ternura, increíblemente sensibles, llenas de amor”. Incluso los desnudos “eran tan desnudos que podía sentir su carne”. Al otro lado del mundo, en Japón, un jovencísimo Nobuyoshi Araki, en sus veinte añitos, también dio con esta obra y tal impacto le produjo que, al cabo de los años, le rindió un homenaje: “Love on the Left Eye” (Amor en el ojo izquierdo).

Después de su periplo parisino decide dejar a capital del Sena atrás y junto a su segunda mujer, Gerda can der Veen, vende todo lo que se posee y en 1960 pone rumbo a un viaje de 14 meses por todo el mundo. De ahí saldría “Sweet Life”, para muchos una de sus grandes obras.

 

 

En el libro se ve a la perfección su técnica. Su estilo arriesgado, nada convencional. También que, más que cazar momentos al azar, sabía crear una instantánea. Sabía dirigir la escena, como si fuera un director en una película. Distribuía a los personajes y ordenaba poses para realmente captar instantáneas únicas. Luego, en el estudio, perfeccionaría las imágenes. A pesar del tono informal de su obra, pocas cosas se dejaban al azar. No era un diletante, ni tampoco un bohemio sin rumbo. Era un artista perfectamente consciente de la trascendencia de su obra.

En las fotografías de Ed van Elsken hay belleza y también tristeza; odio, desesperación y también esperanza. Él siempre decía que disfrutaba del “amor, el coraje y la belleza”, pero que también se fijaba en la “ira, sangre, sudor y lágrimas”.

Lo vemos en sus fotografías, y también es sus vídeos, quizás su faceta menos conocida, pero no por ello menos interesante. Es quizás en los vídeos donde el compromiso social mejor se ve. En su película “Margins of Life”, los márgenes de la vida, donde retrata a pobreza de Amsterdam en los sesenta; o en la película sobre la demolición del distrito judío de la ciudad.
Son obras eclécticas, como todo en su trayectoria. Hay belleza y también tristeza; odio, desesperación y también esperanza. Elsken decía: “Gozo de la vida, no soy complicado y disfruto de todo. Amor, coraje y belleza. Y también: ira, sangre, sudor y lágrimas”. Su obra lo demuestra.

Al final de su vida se refugió en su tierra natal, en una granja en Edam, con su tercera esposa, la fotógrafa Anneke Hilhorst. Allí acabaría sus días, pero antes de despedirse, recordó su leitmotiv vital: “Enseñad al mundo lo que sois”. No dejéis de innovar, de indagar, de romper fronteras. “Enseñad al mundo lo que sois”.

Tags : Fotografía

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