1902 was a banner year for Edith Wharton: The year she turned 40, she not only published her first novel, The Valley of Decision, she also moved into The Mount, her beloved estate in Lenox, Mass.

Cuando Edith Wharton aún no se creía escritora

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La magistral Edith Wharton. La brillante y majestuosa, elegante y aguda Edith Wharton. La primera mujer que ganó el Premio Pulitzer de Literatura (en 1921, por “La edad de la inocencia“). La primera mujer en ser nominada al Premio Nobel tres veces. La escritora sin cuya obra no se puede entender la literatura estadounidense, a pesar de que durante décadas se la oscureció y infravaloró, tachándola de escritora “snob”, “superficial” o “excesivamente conservadora”. De ella se decía que era una tradicionalista, que sus personajes femeninos representaban virtudes y actitudes del pasado, que defendía normas sociales rancias y caducas. Incluso se llegó a criticar que su técnica narrativa, aunque excelente, resultaba artificial y mecánica. Cuánto daño se ha hecho en nombre de una modernidad mal entendida.

Menos mal que en los últimos años se están recuperando sus novelas y relatos, y con ellos descubrimos que fue un error, un tremendo error, etiquetarla tan fácilmente. Porque sus libros, de una maestría técnica pocas veces vista, son superiores a los de muchos autores de su generación y también de generaciones venideras. A pesar de que siempre se la consideró una mera copia de Henry James, en realidad fue mucho más. Incluso, en algunos aspectos, mucho mejor.

Edith Wharton fue clave para transformar la literatura estadounidense. Ella la dotó de unas cotas de realismo social a las que ni siquiera Henry James llegaría. Fue la principal cronista y socióloga de un estrato social –la afluente clase alta neoyorquina– cuyo apogeo vivió en primera persona, pero cuyo ocaso estaba a la vuelta de la esquina. Era lo único parecido al feudalismo que ha vivido Estados Unidos: un estamento privilegiado plagado de códigos, rituales y férreas jerarquías de poder. Pero en tiempos de Wharton, entre finales del siglo XIX y principios del XX, las normas que cimentaban aquella casta encumbrada se estaban desgarrando: nuevos aires surcaban el horizonte reclamando cambios seísmicos. La meritocracia exigía su primacía en el reino de los abolengos; nuevos códigos culturales se imponían.

"La piedra de toque" de Edith Wharton

Ella, a pesar de que provenía de una de las familias más destacadas de la Costa Este y se declaraba conservadora sin ambages, no tuvo inconveniente alguno en revelar el complicado sistema de normas no escritas que regía aquel Olimpo inaccesible y todos los intentos desesperados por mantenerlo intacto a contracorriente.

Pero no fue una simple guardiana de una clase social y su particular idiosincracia. En realidad, no dudó en criticar sin piedad los excesos y la hipocresía de la clase alta. A pesar de que ella siempre defendió las tradiciones sociales a las que pertenecía por su distinguido apellido, fue también la mayor sátira de la afectación y el exceso que profesaban muchos de los que se creían especiales sólo por tener el pedigrí adecuado.

Además hizo más, mucho más. A pesar de que durante muchos años se le criticó duramente que no fuera feminista, ni que defendiera el sufragismo, Wharton en realidad fue una de las que más hizo para reclamar más cuotas de libertad de las mujeres. Ella misma, en contra de los deseos expresos de su familia, se hizo escritora y llegó a ser independiente económicamente (algo inaudito para una mujer de su clase social). Es más: cambió el estatus de las mujeres escritoras en Estados Unidos. Edith Wharton se convirtió en una profesional consumada: se impuso unas rutinas rígidas de trabajo y se tomó muy en serio la vertiente de negocio del mercado editorial. Exigía sin remilgos lo que le correspondía como pagos y compensación. No dejaba al azar ningún aspecto de la publicidad.

En sus obras, además, habló sin tapujos de los cambios en las relaciones afectivas, incluso sexuales. Relató los efectos de una sociedad cada vez más basada en el consumo; de comunidades rurales y, sobre todo, urbanas, que estaban cambiando de tez a una velocidad de vértigo.

Pero no eran relatos y retratos asépticos, puramente descriptivos, mucho menos románticos. Lo que hace apasionante la obra de Wharton es la dimensión moral que impone a sus personajes, la capacidad de elección personal que les ofrece. Los protagonistas de sus novelas, además de unos modales generalmente exquisitos, ofrecen un abanico de valores, pulsiones, deseos e instintos muy bien delineados. Wharton los pone delante de dilemas complicados y los hace responsables de sus actos, aunque muchas veces sus situación escape al libre albedrío.

Muchas veces se ha dicho que Edith Wharton tuvo la mala pata de escribir en un momento en que las vanguardias estaban en su apogeo. En los años en que el modernismo de James Joyce o de Virginia Woolf opacaron su talento. Pero siempre he creído que era una crítica injusta e insulsa. Es cierto que Edith Wharton siempre se negó a adoptar un estilo de prosa más experimental, pero en el fondo ella también adoptó ese análisis interior, esa consciencia interior, de la que harían gala los modernos de su tiempo. Creó, sobre todo en sus últimos años, personajes sin brújula interna moral, sin valores a los que agarrarse, con un relativismo salvaje que los condenaba a deambular sin rumbo. En el fondo, fue mucho más vanguardista que algunos que presumían de serlo.

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La indómita y genial Edith Wharton. Su talento fue aplaudido nada menos que por Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Con éste último, por cierto, protagonizó uno de los encuentros más patéticos de la historia de la Literatura. Wharton le invitó a tomar el té, él apareció borracho, no paró de deambular por el salón y se dedicó a explicar una historia que se acababa de inventar sobre una pareja americana que pasa unos días en un burdel de París pensando que era un hotel. Tan lamentable resultó la visita que Wharton anotó en su diario: “He tomado el té con Scott Fitzgerald, el novelista –ha sido horroroso“.

Anécdotas aparte, Edith Wharton, a pesar de su destacado palmarés y su asombrosa prodigalidad (escribió veinticinco novelas, 86 relatos, tres libros de poesía, un libro de diseño de interiores, literatura de viajes, una autobiografía e innumerables artículos), no publicó nada más allá que relatos hasta casi los cuarenta años. De hecho, en 1900, cuando tenía treinta y ocho, Wharton aún no se consideraba escritora y seguiría así hasta una década más tarde, en 1911 para ser exactos, cuando publicó “Ethan Frome” y decidió que su tiempo de aprendizaje –su “apprenticeship” como ella decía– había acabado.

Era una exageración supina, por supuesto, y la mejor prueba de ello son sus primeros relatos y un libro bastante especial, una “novella” hablando en términos técnicos, que nos trae la editorial Contraseña con traducción de Laura Naranjo Gutiérrez: “La piedra de toque“, el primer libro que publicó (en 1900), una obra sobre la culpa, la madurez, la redención, las relaciones sociales y los lazos maternos mal resueltos. Una obra deliciosa, con personajes muy bien perfilados que ya nos descubre todos los elementos que harán famosa a Wharton: un estilo literario consumado, un realismo social desbordante y unas incisivas críticas sobre la vida social de la alta sociedad en los Estados Unidos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

En “La piedra de toque“, el protagonista, Stephen Glennard, un joven de la alta sociedad aunque pobre y sin recursos, encuentra en un periódico un anuncio de un tal profesor Joslin en el que solicita a quien la posea cualquier información sobre la vida de la difunta y famosa escritora Margaret Aubyn.

Glennard, por supuesto, tiene información de sobras, puesto que durante años mantuvo una relación secreta con ella y Margaret le escribió cartas de amor. Después de pensarlo bastante, Glennard decide quitar su nombre de las cartas (no quiere que nadie sepan que fueron amantes) y las vende por una fortuna. Aparentemente, su motivo principal es obtener los recursos suficientes para casarse con su amada, la señorita Alexa Trent.

Las cartas se publican en dos volúmenes y se convierten en un superventas. El escándalo es mayúsculo y los rumores y chismorreos se acumulan. Pronto, todo el mundo se pregunta quién ha podido ser tan mísero y ruin como para exponer la intimidad de una mujer muerta y traicionar sus sentimientos. Con lo que Glennard comienza a tener serias dificultades para seguir como si nada sabiendo que ha traicionado la memoria de una mujer que le amó sinceramente aún sin ser correspondida. Margaret le empezará a parecer una madre a la que no ha sabido honrar, una figura materna cuyo fantasma y recuerdo le perseguirá allá donde vaya. Y así, carcomido por la culpa, Glennard emprenderá un cambio vital y espiritual para buscar su redención. Y hasta aquí puedo leer.

El libro es de una madurez impresionante para alguien que, como Edith Wharton, no se consideraba ni tan siquiera escritora cuando lo publicó en 1900. Pero más allá de comprobar que Wharton era excesivamente dura consigo misma, “La piedra de toque” es interesantísima para todos los amantes de su obra por muchas razones.

La primera: aquí vemos a la escritora en ciernes con un talento desbordante pero todavía insegura de su habilidad. Ya tenemos su estilo depurado que en obras posteriores, sobre todo en “La edad de la inocencia“, llegaría a cotas consumadas. Wharton, elegante y suntuosa como pocas, supo absorber toda la tradición victoriana y le insufló un nuevo espíritu, más irónico, más vanguardista. Supo unir una prosa rica y envolvente con un estilo más evocador, profundamente ingenioso. Sus frases no se leen, se degustan. Sus personajes se construyen con pulso firme. Sus tramas se desvelan con aplomo y seguridad.

Tenemos también toda su crítica social descarnada a una clase social que se movía por apariencias. Pero no todo fueron juicios indolentes: Edith Wharton ironizó con inteligencia sobre esa clase a la que pertenecía y, al mismo tiempo, se solidarizó como pocas por el dolor humano. Fue una gran observadora de la psyque humana y supo explicar como pocos escritores todos los recovecos y registros del alma, desde las pulsiones más bajas a los ideales más elevados. Quizás por ello, en su obra siempre hay una reflexión constante sobre la moral, en su sentido más espiritual: de hacer el bien, de transformarse, de perfeccionarse como individuo. Está la búsqueda de la redención frente a pecados o vaivenes. La idea de la penitencia, de buscar el perdón.

Otra razón para leer esta obra, quizás la más importante, es que es un libro donde Edith Wharton se implica mucho a nivel personal. La “novella”, de hecho, se puede leer como Edith Wharton reflexionando sobre sí misma. Sobre lo que quería llegar a ser como escritora. Sobre cómo reaccionarían los demás ante una mujer con fama y talento. Y, también, sobre su relación con su propia madre.

Esa Margaret Aubyn de la novela es, en realidad, Edith Wharton en múltiples facetas: una mujer llena de dudas, tímida y con poca autoestima que no se cree merecedora del amor de un hombre y que acaba mendigando el cariño de un niñato inmaduro. La mujer con ansias de triunfar en la literatura y ser independiente económicamente en un mundo en que las mujeres sólo podían aspirar a casarse. La mujer que ha sufrido una infancia complicada con una madre castradora que nunca la apoyó en nada.

Hay que tener en cuenta que, en pleno cambio de siglo, cuando publicó “La piedra de toque”, Wharton estaba mutando de vida, estrenando un nuevo “yo”, convirtiéndose poco a poco en la escritora que siempre había querido ser. Pero todavía debía hacer frente a fantasmas del pasado. A rémoras que la atrapaban en su vida anterior. En especial, tenía que hacer frente a su –complicada, compleja– relación con su madre porque ya quedaba muy poco tiempo. Su madre vivía completamente paralizada en una casa de París. A pesar de que Edith viajaba con frecuencia a Europa, raras veces la visitaba.

Sin embargo, no lo consiguió. Para cuando reunió las fuerzas necesarias para enfrentarse con la reprobación a la que sería sometida, ya era demasiado tarde. Su madre murió en 1901. Se fue a la tumba sin que hubiesen podido solventar sus diferencias. Edith Wharton se sumió en una profunda depresión.

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Edith Wharton nació en un mundo donde los buenos modales reinaban, las apariencias eran todo y en donde una mujer de alta alcurnia sólo debía aparecer tres veces en un periódico: en su nacimiento, boda y entierro. Era un mundo de tradiciones y normas férreas no escritas donde las mujeres tenían un destino marcado: ser devotas esposas y lucir lo mejor posible. Tener cerebro era peor que una temeridad o una lacra: era un pecado mortal.

Nació en 1862 con el nombre de Edith Newbold Jones, de la prestigiosa familia Jones, repleta de banqueros y abogados. Su padre, George Frederic Jones, no era millonario ni mucho menos, pero era bienestante, lo que se llamaba educadamente “well-off“. Es decir: tenía el suficiente dinero para disponer de una mansión entre la Quinta Avenida y Madison Square, un lugar de veraneo en Newport, siete sirvientes, fondos para organizar cenas y bailes y dar el preceptivo donativo a un sinfín de obras de caridad.

De su madre, Lucretia, se decía que era la mujer mejor vestida de Nueva York y el origen de la expresión “keeping up with the Joneses“, ahora tan ligada a celebrities de baja estofa, y con muchísimo menos gusto en el vestir.

De Lucretia también se decía que era una verdadera snob, alguien insufrible que vivía obsesionada con las apariencias. Para ella, el nacimiento de Edith (su tercer vástago y primera niña) fue una sorpresa y un agobio. Tenía treinta y siete años cuando se volvió a quedar embarazada (entonces considerada una edad excesiva para concebir). Los rumores no tardaron en aparecer: muchos pensaron que la niña era, en realidad, hija del tutor de sus hijos mayores. Años más tarde, también dijeron que el verdadero padre era un escocés, Lord Brougham, rector de la Universidad de Edimburgo, a quien Lucretia y su marido habían conocido veraneando en el sur de Francia. La verdad es que Edith y Lord Brougham tenían un gran parecido físico, pero nada se pudo demostrar.

Cotilleos aparte, Edith fue una niña solitaria y retraída, muy consciente de que era “la menos agraciada de la familia”. Tenía un labio protuberante que siempre le generó mucha inseguridad personal y unas manos excesivamente grandes. Desde pequeña siempre quiso ser aceptada, ser bonita y una vez, cuando le preguntaron qué quería ser de mayor, simplemente contestó que emular a su progenitora y “ser la más elegante de Nueva York”. Edith sólo quería encajar y ser querida, sobre todo por una madre que nunca le demostró el más mínimo interés, mucho menos cariño.

Lo que es mucho peor: desde muy pronto le hicieron creer que era una anomalía, alguien diferente. Sus apetitos intelectuales, sobre todo sus ganas de escribir, no encajaban en lo que se esperaba entonces de una mujer de alta alcurnia. Nunca conseguiría que la aceptasen: a excepción de un solo primo, todo el resto de la familia siempre la consideró una aberración, incluso cuando triunfó en la literatura y la aplaudió la crítica y el público. No es de extrañar que en uno de sus relatos más famosos, “The mission of Jane“, tratase precisamente de una joven precoz que no responde a la estrecha idea de decoro femenino que defienden sus padres.

Aunque hay que decirlo: a pesar de que con su madre la relación siempre fue mala, con su padre fue bastante buena. Tanto, que se convirtió en el modelo para muchos de sus protagonistas masculinos: hombres afables y de cierta cultura, pero sin ningún tipo de ambición personal, totalmente insípidos.

Los Joneses decidieron abandonar Nueva York durante unos años y marcharon a Europa (París, Roma, España). Allí Edith desarrollaría un gusto para las artes y las lenguas. De vuelta a Manhattan, Edith se encontró con una ciudad totalmente transformada, fea y provinciana. Los nuevos ricos se construían mansiones de poco gusto arquitectónico, mientras que en la parte baja de la ciudad, donde antes se concentraban algunas de las mayores fortunas, se acumulaban ahora centros comerciales. Miles de inmigrantes llegaban a diario. Nuevas fábricas abrían cada semana. Nuevas fortunas nacían o morían sin cesar. Este contraste entre el Nueva York aristocrático de sus padres y abuelos y el nuevo Manhattan burgués y emprendedor fue el escenario perfecto para su posterior obra literaria.

Edith no fue a la escuela y tuvo una educación deficiente con una institutriz que sólo se suplió con las lecturas que la propia niña conseguía en la biblioteca de su padre y que devoraba tumbada en el suelo sobre la alfombra. Se inventaba historias sin parar. Como no le daban papel suficiente para que escribiese recogía los envoltorios de los paquetes. A los once años ya había escrito su primer relato: su madre, cuando se lo leyó, consideró que era una somera tontería.

Lo único, realmente, en que su madre le ayudó fue en el uso del lenguaje. Lucretia, dentro de su obsesión por las apariencias, consideraba que el inglés británico era el único apropiado para su clase y condición. Ella misma había tenido institutrices inglesas y sus hijos varones habían recibido lecciones privadas con un tutor de Cambridge. Lucretia insistía en que las palabras se empleasen con esmero y rigor, evitando como la peste el uso de americanismo u otros “slangs” de baja estofa. Si Edith pronunciaba mal un vocablo o empleaba un término poco apropiado se la ridiculizaba sin piedad.

Para asegurarse de que aprendía un inglés pulido y elegante, los libros infantiles americanos fueron prohibidos: no hubo Mark Twain y tan sólo se permitió una dosis de Louisa May Alcott. Aunque tampoco es que a Edith le apasionasen esos libros: de pequeña, prefirió “Alicia en el País de las Maravillas“.

Las novelas también fueron prohibidas, incluso las victorianas, por miedo que le descubriesen la sexualidad. Pero, lejos de ser un problema, aquello fue una ventaja: a cambio de no leer novelas, su madre le permitió leer a los clásicos, filosofía e historia, incluso sociología, aunque le indicó que no le contara a nadie.

Llama la atención su lista de lecturas en su adolescencia: ahí están los libros de Herbert Spencer, Darwin, Nietzsche, Max Weber, James Frazer o Thorstein Veblen. No es de extrañar, con semejante bagaje, que sus novelas sean a veces verdaderos tratados de etnografía: Edith analizaba el mundo que la rodeaba como una científica social, como una antropóloga, diseccionando cada estructura social, cada sistema cultural, con el rigor metodológico de un experimento de laboratorio.

En su adolescencia, dos mujeres ayudaron a Edith a avanzar: una fue su cuñada, Minnie, y otra una amiga, Emelyn Washburn, hija de un progresista reverendo que defendía la educación de las mujeres. Gracias a Emelyn descubrió la poesía anglosajona y la obra de Goethe. También a Keats, Shelley, Browning, Tennyson y Ruskin. Además, fueron Emelyn y su padre los que la animaron a comenzar a publicar, para absoluto horror de su familia, que le obligó a emplear un pseudónimo. Su primera publicación fue la traducción de un poema alemán de Heinrich Brugsch; le pagaron cincuenta dólares.

Desesperados por que abandonara aquel camino, sus padres accedieron en 1878 a publicarle privadamente un volumen con algunos de sus poemas. Pero la treta no surgió efecto: a Edith le enganchó el gusto y siguió publicando poemas en revistas de prestigio, como “The Athlantic Monthly“. A los quince años ya había producido una historia larga, una “novella”, titulada “Fast and Loose“, que hizo circular con el pseudónimo de David Olivieri.

Exasperados, sus padres tomaron una decisión radical: la presentarían en sociedad antes de lo esperado, con el objetivo de casarla lo más rápido posible. A los diecisiete años fue su puesta de largo y las aventuras amorosas comenzaron para ella. Pero todas fueron un sonoro fracaso, lo que le causó una inmensa inseguridad personal. Primero se prometió con Harry Stevens, pero éste la acabó abandonando. Luego ella se fijó en Walter Berry (el verdadero hombre de su vida), pero él nunca le pidió matrimonio.

La muerte de su padre cuando ella tenía diecinueve años hizo que la búsqueda de marido se acelerase. Su madre se decantó por Edward “Teddy” Wharton, trece años mayor que Edith, rico pero sin intelecto alguno. Se casaron en 1885 y el matrimonio fue un desastre desde el principio. Edith se sumió pronto en una profunda depresión que le causaba un malestar profundo. Años más tarde explicaría que “durante doce años no supe lo que era estar más de una hora seguida sin náuseas intensas, o con tal sentimiento de fatiga que cuando me despertaba estaba más cansada que cuando me acostaba”.

Los problemas se acumularon: su marido era infiel y, además, comenzó a mostrar problemas mentales. Su madre partió a París, donde moriría. Edith cada vez se sentía más sola, marginada y agobiada.

Seguramente, fue la literatura lo que la sacó adelante. Contra todo pronóstico y luchando contra toda su clase social, decidió volver a escribir: primero relatos breves y luego una novelita breve, “La piedra de toque”. Aquellas creaciones le dieron oxígeno y esperanzas. Pero aún quedaba un largo camino por delante.

Edith Wharton, en 1900, era una mujer en transición. Quizás lo intuía, pero lo que le venía por delante era espectacular. Algo por lo que valía la pena arriesgarse.

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso.

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