El día en que Ivo Andric entrevistó a Goya

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Ivo Andric odiaba el pronombre personal “yo”. Tanto le disgustaba que cuando tenía que referirse a sí mismo optaba por el “nosotros”. Y no, no era un tic mayestático o aires de grandeza, porque Ivo Andric, a pesar de la fama y el prestigio, y de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en 1961, era de una humildad abrumadora, rozando la introversión patológica. Pero consideraba que el escritor como persona no tenía interés alguno: era un simple amasijo de músculos y huesos que algún día se pudrirían. Lo único importante era la obra, tan sólo valían sus palabras. Eso es lo único que quedaría en el futuro, lo único que se salvaría. 

Dado ese desapego de lo más prosaico, Andric nunca entendió porqué había alguien interesado en cuestiones tan mundanas como saber cómo era el apartamento donde él vivía o, peor, las casas donde había vivido en el pasado. De ahí, por ejemplo, que siempre le sorprendió —o, más bien, le producía una mueca de desgana— que alguien quisiera transformar el lugar donde nació en un museo. “No hay nada que ver”, comentaría, “no es que sea Tolstoy y viviera en Yasnaya Polyana”. 

La misma indiferencia mostraba por las ideas particulares, las opiniones vertidas a título personal, lanzadas al vuelo en un momento concreto. Ivo Andric defendía que una opinión aislada, de un individuo, no tenía valor, o tenía un valor escaso, de significación limitada. Lo único que importaba era si esas opiniones se podían engarzar con otras; fusionarse en una idea más elevada y potente; encauzarse hacia un pensamiento capaz de trascender el espacio y el tiempo. 

"Goya" de Ivo Andric -- Acantilado

Trascendencia: ésa era la clave, la obsesión de Ivo Andric. Saber qué queda cuando ya no queda nada. Saber qué recordarán en el futuro cuando ya no estemos. O, mirando hacia atrás, saber qué  se mantiene intacto de tiempos pretéritos y personajes ya desvanecidos. ¿Qué es lo que ha configurado realmente nuestro presente? ¿Qué nos moldea, nos pulsiona y nos explica?

De ahí que su obra esté plagada de leyendas que han pasado de generación a generación. De hechos históricos cuyas heridas todavía supuran. Y de arte: de las obras maestras que iluminan el saber y el talento, cuya grandeza es imperecedera. 

No es de extrañar, pues, que Ivo Andric sintiera fascinación por los artistas. Y no es raro tampoco que, de todos ellos, su favorito fuese un español, aragonés para más señas, llamado Francisco de Goya. Él fue, al fin y al cabo, el pintor intelectual que mejor comprendió el mundo que le rodeaba, que con más atino y ojo avizor analizó los factores que subyacían en un presente convulso. El hombre que advirtió del futuro. Que nos avisó y nos previno de todo lo que iba a llegar: del totalitarismo, de las guerras por mero fanatismo, de las ideologías tóxicas y perversas que, bajo grandes palabras y conceptos emocionales, escondían consecuencias trágicas y execrables que iban a pagar millones de inocentes. 

Goya y Andric compartían alma y espíritu: la misma voluntad de escudriñar una sociedad compleja, de poner en valor la tradición sin desmerecer la modernidad, de buscar el porqué de un conflicto, de indagar sobre la razón y, sobre todo, de la locura. 

Tanto le gustaba Goya a Andric, de hecho, que por él abandonó su aversión al “yo” y por fin apareció en una de sus obras. Pero, claro estaba, lo hizo por una gran causa: Ivo Andric iba a entrevistar al mismísimo Goya. O, mejor dicho, se iba a transformar en él.

***

Durante mucho tiempo, demasiado sin duda, Goya fue un perfecto malentendido. Su obra se encasilló y malinterpretó, y él fue desdeñado como un artista con un talento discreto. El propio Ortega y Gasset llegó a calificar al artista como un mero “obrero”, un “ebanista”, porque creía que Goya pintaba de manera mecánica, sin verdadero intelectualismo. Sin reflexión, sin análisis. Era una simple superficie sin relieve ni capas. Una mera fachada sin mayor importancia. 

Visto ahora, lo de Ortega parece, más que un comentario poco atinado, un verdadero insulto. Porque si hay alguien que pintase “con intelectualidad”, ése fue Goya. Más allá de las majas y de los cuadros costumbristas —que son lo menos interesante de su obra, todo sea dicho—, Goya fue un pintor de ideas. Uno de los mejores artistas que engarzaron pintura y filosofía. El pensador que vivió la Ilustración, pero que llegó más lejos. El filósofo francés de origen búlgaro Tzvetan Todorov lo resumió a la perfección en su magnífico libro “Goya. A la sombra de las luces”: Goya fue un pensador profundo y fascinante, al mismo nivel que su contemporáneo Goethe. Fue “un revolucionario al representar los espíritus que habitan el inconsciente y espantan al ser humano”.

Seguramente, esa capacidad de captar la verdad a través de los instintos más primarios fue lo que más atrajese a un joven diplomático yugoslavo que, en la década de los veinte, aterrizó en Madrid. Su nombre era Ivo Andric y acababa de ser nombrado vicecónsul.

Andric descubriría en la capital el museo del Prado y la obra del aragonés. «Goya nos atrapa, nos aturde, nos sobrecoge y nos deja sin aliento», describirá Andric. «Y el visitante abandona el museo para seguir recorriendo mundo y contemplando otras obras, pero jamás olvidará a Goya, quien al realizar sus distintas series sobre las debilidades humanas, las pasiones y los vicios, no sólo elaboraba las líneas y las sombras, sino también la dimensión dramática de la profunda piedad, la ironía y la crítica feroz».

Tanto asombro le causó que incluso Andric escribió un análisis sobre el pintor en 1928, cuando se cumplían cien años de su fallecimiento. Titulado simplemente «Goya«, describe sumariamente su vida y su obra, desde su nacimiento en Fuentedetodos en 1746 hasta su muerte en Burdeos a los ochenta y dos años. Andric demuestra una total simpatía por el artista, un hombre al que describe como mujeriego y pendenciero, con espíritu revolucionario, pero siempre ligado a las clases populares, a quienes inmortalizó fielmente. Habla de sus amantes y amoríos, incluida la Duquesa de Alba, y también de su enfermedad y su destierro.

Sobre todo, relata su profunda intelectualidad, aunque ésta no fuera abstracta ni teórica, puramente especulativa, sino eminentemente práctica, centrada en el análisis crítico, sin apriorismos ni sesgos. Quizás por ello –por su falta de rimbombancia y dogmatismo–, Goya no pasó a la historia como un pensador. Y sin embargo lo fue. Pero era un tipo cuyo espíritu indómito no le iba a permitir caer en esa arrogancia de la que con frecuencia pecan los eruditos.

Ahora podemos leer este texto en el librito, una pequeña delicia, que nos ha traído la editorial Acantilado con traducción de Miguel Rodríguez. Pero sin duda lo más apasionante de esta obra es el segundo texto, escrito originariamente en 1936, y titulado «Una conversación con Goya«.

En él, Andric (por fin empleando el «yo») se encuentra con Goya en las calles de Burdeos y allí, en una cafetería cerca de un circo (la semiótica es importante), el anciano artista le habla de cómo entendía el arte y su función, comenzando por el consejo que siempre seguía al pintar. Era lo que le decía un difunta tía a su hija para enseñarle a tejer a su hija: «Aprieta, ¡aprieta más! ¡Sin miedo! ¡Aprieta más fuerte!». Así pintaba él: seleccionando los hilos, condensando y apretándolos como si de un tapiz se tratara.

Pero, ¿quién hablaba era realmente Goya? Ésa es, para mí, lo más interesante del libro. Goya no es descrito físicamente con detalle, más allá de un retrato minucioso de las manos, las verdaderas creadoras. Y así, al no ponerle realmente cara, puedes creer que, más que el pintor zaragozano, quien habla finalmente es el escritor serbio. Es como si ambos se encontrasen, dialogasen y, a través de la palabra, se fuesen mimetizando. Al final, Andric le cede su posesión más preciosa: sus palabras, el arte que el domina. Ambos genios se regalan con generosidad sus talentos. Goya aporta una mirada radical; Andric, su talento para inmortalizarla sobre un papel.

Y con esa simbiosis perfecta, asistimos a un derroche de talento intelectual. Por ejemplo, cuando hablan de la importancia de que en los retratos no hubiese palabra o anotación alguna, para que lo que primase fuese la imagen por sí misma. Ésa penetración psicológica, auténtica disección del carácter, que mezcla lo triste y lo alegre, para dar vida a toda la modalidad de sentimientos. Daba igual si se trataba de un vulgar mozo o de un noble: Goya los pintó a todos, y con igual rigor. «Pinté a personas de todo tipo. Y cuando retrataba a alguien veía el momento de su nacimiento y la hora de su muerte. Ambos momentos están tan cerca que apenas hay espacio entre ellos para nada, ni para un suspiro ni para un gesto. Pero hay un lugar ante el que debemos detenernos, resignarnos a una sublime incomprensión y a un respetuoso silencio; y ese lugar es el mundo de las ideas. Porque el mundo de las ideas es la única realidad en este remolino de alucinaciones y espectros llamado mundo real».

A partir de aquí están las reflexiones sobre la sociedad, la impotencia frente a las miserias, lo inevitable de la tristeza y de la desazón. La condena del pesimismo. Precisamente, de ahí la búsqueda de la razón a través, irremediablemente, de la locura. «En las peores épocas vi toda la insensatez de los ignorantes que detentaban el poder, de los «hombres de acción», así como la ineptitud, la debilidad y la confusión de los literatos y profesores. Vi principios y sistemas que parecían más sólidos que el granito desvanecerse como la niebla ante los ojos indiferentes o recelosos de la multitud (…). Y ante todo aquello me preguntaba cuál era el significado de los cambios, a qué plan obedecían y adónde conducían. Y por más que observara, escuchara y pensara no le encontraba sentido, plan o propósito a nada de todo aquello. Lo único que conseguí fue llegar a una conclusión negativa: que nuestras ideas personales, por más que nos esforcemos, no significan demasiado ni sirven de nada; y a otra positiva: que debemos prestar atención a las leyendas, esos vestigios del empeño de la humanidad a lo largo de los siglos, y tratar de extraer de ellas, en la medida de lo posible, el sentido de nuestro destino».

Goya, demuestra este libro, tenía algo de alma eslava. O Andic, alma castiza. Seguramente, fue una fusión de ambas. Porque, al menos en este libro, ambos acabaron siendo sólo uno.

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso


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