El hombre que le devolvió la vida al rey Arturo

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Cuando se reconstruyó el edificio del Parlamento de Westminster después de que un fuego lo arrasara en 1843, se dedicó una de sus salas principales al mayor héroe de Inglaterra, el rey que todo inglés hubiese deseado y el mejor político que podría haber existido: el rey Arturo

A nadie le sorprendió esta decisión. Al fin y al cabo, desde tiempos inmemoriales a Arturo se le ha utilizado en Inglaterra como arma política y propagandística. La dinastía Plantagenet dijo que descendía de él para justificar su presencia en el trono y Enrique VII, el primero de los Tudor, no sólo defendía ser pariente directo, sino que incluso empleó su estandarte (un dragón rojo) y bautizó a su primer hijo con el nombre de Arturo. 

"El rey que fue y será", de T.H.White
La editorial Ático de los Libros publica por primera vez en castellano la obra «El rey que fue y será», de T.H. White, en donde se recuperó la figura del rey Arturo y se le dio la forma que hoy conocemos.

El mítico rey ha sido también —para qué negarlo— una gran máquina de hacer dinero, un perfecto recurso de marketing y merchandising patriótico. Ya a finales del siglo XII, los monjes de Glastonbury quisieron atraer peregrinos y se inventaron la tumba de Arturo y Ginebra. En el siglo XIII, el conde Richard de Cornwall, hermano del rey Enrique III, compró la isla de Tintagel (un pequeño islote en la costa de Cornualles), porque se supone que allí estaban los restos del castillo donde Arturo fue concebido. 

Algunos fueron aún más originales: Ricardo I le regaló a Tancredo de Sicilia una espada asegurándole que era la mismísima Excalibur y Enrique VIII —y más tarde, Isabel I— reclamaron territorios para Inglaterra aduciendo que habían pertenecido a Camelot.

De poco servía alegar que el tal Arturo nunca existió, porque para muchos ingleses, incluso hoy en día, debería haberlo hecho. En distintas épocas (sobre todo, en plena época victoriana donde había verdadera obsesión por él) Arturo ha sido más que un mito: ha sido un símbolo de orgullo y patriotismo, la evocación de una Inglaterra mítica que ojalá hubiese tenido lugar. 

Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda.

De hecho, durante siglos se creyó realmente que sí había habido un gran rey valiente, sabio y generoso que había unido a todos los pueblos de la Bretaña y que había ostentado los mayores dones de la Europa medieval. 

La prueba, aducían, era que Arturo era uno de los principales protagonistas de la Historia Regum Britanniae, la Historia de los Reyes de Bretaña, publicada en 1136 por un tal Geoffrey de Monmouth, un clérigo galés que vivió en Oxford y cuya originalidad e imaginación dio a Inglaterra dos grandes personajes qua aún perviven en el imaginario colectivo: el rey Arturo y el rey Lear que inmortalizó Shakespeare. 

Rey Arturo

Arturo aparece en el libro como un jovencísimo monarca de tan sólo quince años, pero dotado de tal inteligencia y gallardía que expulsa de Bretaña a los temidos sajones, une el país (derrota a los escoceses) y crea un gran imperio (conquista Irlanda, Islandia, Noruega, Dinamarca y Francia). Por si no fuera poco, luego se dedica a restaurar “la gran gloria” de Bretaña y establece un gobierno piadoso y justo. Más tarde se enfrenta a la mismísima Roma y derrota a uno de sus máximos representantes (un tal Lucius Hiberius, procurador para más señas). Pero justo cuando parte para asestar el golpe definitivo al Imperio romano, una deleznable traición en su propia familia hace que su gran reino sea derrocado desde dentro: su mujer y el sobrino de Arturo se hacen amantes, el sobrino usurpa el trono y se alía con los sajones a cambio de tierras en Bretaña. Arturo regresa para reclamar lo que es suyo, pero en la batalla de Camblam es herido de muerte y trasladado a la isla de Avalon, un lugar cuyo paradero es desconocido. 

A partir de ese fatídico momento, los sajones invaden de nuevo el país y ninguno de los cinco reyes que suceden a Arturo puede expulsarlos. El último de éstos, Cadwallader, derrotado y abatido, decide abandonar Bretaña. Antes departir hacia Francia, una voz angelical se le aparece y le asegura que algún día aquel gran imperio al que Arturo dio vida regresaría. 

Desde entonces, todos los reyes de Inglaterra han intentado hacer realidad la profecía. 

Rey Arturo y Excalibur

Un nuevo Arturo para cada tiempo

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Cada época ha utilizado al rey Arturo como le ha convenido. De ahí que su imagen haya evolucionado y su historia haya sido alterada miles de veces para adaptarse a las necesidades políticas de cada momento. Cada nueva relectura, eso sí, ha ido acompañada de nuevos elementos fantasiosos, a cada cual más grandilocuente y poético. Así, Arturo ha acabado rodeado de magos, hechiceros, brujas, damas del lago, caballeros puros, historias de amor, tragedias y una espada mítica de nombre Excalibur

"El cuento del Grial", de Chrétien de Troyes.

A partir del relato de Monmouth, otros autores comenzaron a desarrollar el ciclo artúrico. En 1155, un autor anglo-normando llamado Wace escribió el “Roman de Brut”, una adaptación de la Historia de los reyes de Bretaña, e introdujo a los caballeros de la Tabla Redonda y también el amor trovadoresco. Luego, un poeta francés, Chretien de Troyes, creó Camelot, Lancelot y los ligó a la leyenda del Santo Grial. Además, desarrolló personajes como Gawain (que originalmente era el caballero más famoso) y Perzibal. Otro francés, Robert de Boron, identificó el Santo Grial con la copa de la Última Cena con la que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en la cruz. Unos cuantos monjes ciscercienses del siglo XIII se centraron en la oposición entre el bien y el mal: los caballeros de la Mesa Redonda comenzaron a jurar hacer el bien a la humanidad, mientras que el amor pecaminoso entre Lancelot y Ginebra se ve como el principio del fin de Camelot. 

"Sir Gawain y el Caballero Verde", novela ligada al ciclo del rey Arturo.

A partir de aquí, algunos autores comenzaron a centrarse en algunos personajes secundarios. A finales del siglo XIV, por ejemplo, aparece «Sir Gawain y el Caballero Verde«, en donde se pone a prueba la adhesión de Gawain al código de caballería y a las estrictas reglas del amor cortesano (J. R. R. Tolkien, por cierto, hizo una magnífica adaptación al inglés moderno).

En el siglo XV llegó Sir Thomas Malory y su “La morte d’Arthur”. Malory revisó todos los documentos anteriores y los fusionó en un solo texto que sirvió de referencia durante siglos hasta que llegó otro gran autor, T.H.White, ya en el siglo XX, y le dio a Arturo la imagen definitiva que hoy conocemos. 

El rey Arturo, por tanto, es un trabajo en equipo, aunque todas las versiones tienen algo en común: todas hablan de cómo ejercer el poder de la mejor manera, cómo dotar a un país del máximo esplendor. 

"El Caballero de la Carreta", de Chrétien de Troyes.

En realidad, la leyenda del rey Arturo no es sólo un libro de aventuras, por entretenido que sea (que lo es y mucho): es un tratado de alta política, un manual de liderazgo sobre el triunfo, la justicia, la dominación y el fracaso. Sí, el fracaso, porque aunque Arturo representa los ideales más elevados, es traicionado y su reino, destruido. 

¿Qué hace que un país prospere y triunfe y qué provoca su caída y ocaso? Ésta es la gran pregunta que el rey Arturo, en diferentes siglos, ha intentado contestar. Las respuestas, por supuesto, no han sido siempre las mismas: para algunos autores la clave estaba en el código de honor de la caballería, para otros en la lealtad al rey. Luego vino el énfasis en la religión cristiana. Más recientemente se puso el foco en las facultades individuales, en los defectos y, sobre todo, las virtudes de las personas. 

Lo importante, sin embargo, es que todos los libros insisten en volver a preguntar. De hecho, no es de extrañar que cada versión del rey Arturo, cada capa que se añadió a su leyenda, haya coincidido con los períodos más convulsos de la historia de Inglaterra. 

La propia “Historia Regum Britanniae” de Geoffrey de Monmouth fue escrita en un momento de verdadera anarquía en Inglaterra. Stephen de Blois había usurpado el trono de su tío, Enrique I, el cual se lo había dejado a su hija, Matilda, por lo que se desencadenaron revueltas y guerras entre partidarios de ambos lados que duraron cerca de veinte años. 

"El rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda", de Roger Lancelyn Green.

La versión de Sir Thomas Malory coincidió con otra situación tumultuosa: la última década de Enrique VIII y el brevísimo reinado de su hijo, Eduardo. El país estaba completamente arruinado, las divisiones religiosas laceraban el país y una posible guerra civil se atisbaba en el horizonte. 

Y ni que decir tiene cómo estaba el país en 1938, cerca ya de la Segunda Guerra Mundial, cuando T. H. White publicó el primer volumen de lo que años más tarde, en 1958, se volvería a publicar en un solo título como “The Once and Future King”. 

La tumba del rey

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El título del libro viene de la inscripción en la (supuesta) tumba del rey Arturo: “Hic iacet Arthurus rex quondam rexque futurus”, aquí yace Arturo, rey una vez y rey que será. El escritor británico T. H. White lo transformó en “The once and future King”, que en castellano se ha traducido como “El rey que fue y será”. 

El libro, en realidad, son cuatro libros en uno: en 1938 salió “The Sword in the Stone”, un año más tarde se publicaría “The Queen of Air and Darkness”, en 1940 apareció “The Ill-Made Knight” y en 1958, cuando se iba a editar el cuarto (“The Candle in the Wind”), T. H. White decidió revisar todos los libros anteriores y optó por condensar toda su obra artúrica en un solo volumen: “The Once and Future King”, el rey que fue y será. 

Dicen que los escribió como un acto de resistencia contra Hitler (T. H. White se negó a luchar en la guerra y se mudó de Inglaterra a Irlanda para no ser reclutado) y desde luego el mensaje pacifista está claro: T. H. White advierte que la humanidad siente pasión por las guerras y la violencia, que la tiene incluso idealizada, pero que no dejan de ser catástrofes barbáricas. ¿Dónde acaba la gloria que persiguen los caballeros en el campo de batalla?

En principio, el libro (sobre todo el primer volumen) estaba pensado para un público juvenil. De hecho, varias generaciones de ingleses —y también de americanos— disfrutaron leyéndola en su infancia o juventud. J. K. Rowling reconoció que le gustó tanto que le sirvió de “padre espiritual” para Harry Potter (hay más de un paralelismo entre Merlín y Albus Dumbledore). Ursula K. Le Guin dijo que “he reído y llorado con esta maravillosa novela artúrica. Es un clásico con el que he disfrutado toda mi vida”. 

"The Sword in the Stone", de T. H. White

El libro, desde luego, puede verse como un libro fascinante de aventuras. Un libro sensacional, de hecho, con una prosa elegantísima y unos personajes muy bien construidos, por el cual T. H. White merecería más fama y prestigio del que tiene (que no se le recuerde junto a los grandes de la ciencia ficción, como Tolkien o C. S. Lewis es algo que se me escapa). 

Sin embargo, el libro es mucho más que un compendio de aventuras. Personalmente, creo que el Arturo de White es el más interesante de todos: el más humano, el más poliédrico, el más psicológico, el más ideológico, el más político y, sobre todo, el más pacifista. 

El libro cubre por primera vez su infancia en detalle y su educación con el mago Merlín (Arturo acaba transformado en varios animales). Luego se centra en cómo Arturo construye un sistema político ajustado a un nuevo tiempo: uno que deshecha el poder feudal, aborrece los sistemas absolutistas y prefiere impartir justicia a través de lo hoy denominamos “Estado de Derecho”. 

También el libro advierte contra la corrupción, en el sentido moral del término: cada sistema de gobierno que Arturo propone solo acaba incitando lo peor de las personas, que retuercen el espíritu original para sacar beneficios. Al final, y por culpa de las pasiones humanas, Camelot sucumbe frente a las guerras. La humanidad, reflexiona T.H. White, siempre ha estado extrañamente fascinada por la violencia, por la sed de conquistas y el afán de destrucción, pero las guerras —advierte— no son románticas, sino puras catástrofes que destrozan inclusos los más potentes mitos y los más fabulosos reinos de leyenda. 

La única solución pasa por la más alta educación en los más elevados valores. Pero el mismo White entiende que conseguirlo es prácticamente una quimera. Porque ni siquiera Arturo llega a ser tan puro y honrado. Una de las cuestiones más interesantes del libro es que él mismo es un hombre con fallos, que ha cometido graves errores, incluso un incesto con su hermanastra, Morgana (a pesar de que, en muchas versiones del libro, él no es consciente del parentesco). De su unión nacerá Mordred, a quien más tarde Arturo acabará matando en una batalla. 

El mago Merlín en un grabado de Gustave Doré.
El mago Merlín en un grabado de Gustave Doré.

La historia de dos hombres solitarios

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T. H. White quiso que su libro no fuera de una moralidad asfixiante y absurda porque entendía que sería hipócrita. Para él lo importante era reflejar el alma humana en toda su complejidad: exponer sus pasiones y también sus vicios. 

Él lo sabía bien. La investigadora Elisabeth Brewer, una de las mayores expertas en la obra de White, defiende que en “El rey que fue y será”, el escritor reflejó “su propia naturaleza proteica: es el trabajo de un hombre triste que también era capaz de ver el lado divertido de las cosas”. 

White era, desde luego, un ser triste y melancólico, acosado por una depresión bipolar desde prácticamente la infancia. 

El escritor T. H. White, autor del libro "El rey que fue y será", sobre el rey Arturo.
T. H. White

Terence Hanbury White nació en Bombay en 1906. Su padre era un alcohólico que odiaba a su mujer y a su hijo. La relación entre madre e hijo tampoco es que fuera mejor. White sufrió palizas y fue constantemente humillado. “Es tan increíblemente fácil”, dice Lancelot en el libro, “hacer que los jóvenes crean que son horribles”. Estaba hablando de él mismo. 

A los cinco años, fue enviado a Inglaterra para curarse de una infección de estómago. Allí iría a una escuela interno, el Cheltenham College, donde el trato sería prácticamente inhumano: los castigos físicos eran frecuentes y las vejaciones, continuas. Fue allí donde comenzó a desarrollar tendencias sádicas. También descubrió que era homosexual, algo que en la opresiva sociedad inglesa del momento, lo atormentaría de por vida. No se le conocen amantes, ni tampoco excesivos amigos. 

En 1925 ingresó en el Queen’s College de Cambridge, donde desarrollaría su interés por un libro que había leído en el colegio: “La Morte d’Arthur”, de Sir Thomas Malory. Después de graduarse, dio clases en un internado de élite y comenzó a probar suerte en la escritura. Publicó alguna novela de detectives y en 1936 apareció “England have my bones”, un libro de memorias que fue muy popular y que le permitió dejar la enseñanza y dedicarse íntegramente a escribir. 

Se compró una pequeña cottage, se alejó de todos sus conocidos y comenzó a dar forma a su gran obra: la revisión de los libros del rey Arturo. En paralelo, ilustraba, tradujo bestiarios medievales, pintaba, pescaba, pilotaba aeroplanos y crió (e intentó educar, sin demasiado éxito) a un halcón. Obviamente, White no había educado a un halcón antes en su vida, ni conocía a nadie que lo hubiese hecho, pero quería hacerlo porque pensó que si participaba en cacerías podría satisfacer sus instintos sádicos de un modo en que no se sentiría culpable. Por eso hizo lo que siempre hacía: volcarse en libros con una curiosidad obsesiva. Adquirió tres manuales y los estudió a fondo, sobre todo uno de 1619, pero resultó ser una mala guía, White no aprendió nada útil, comenzó a maltratar al pobre animal y el halcón acabó huyendo (sus experiencias fueron publicadas en 1951 en un libro titulado «El halcón«).

T. H. White, "The Goshawk".

La anécdota ilustra hasta qué punto White necesitaba compulsivamente aprender cosas nuevas. De algún modo, era su terapia frente a sus enfermedades mentales: el contacto con animales, la proximidad a la naturaleza y las ganas de estudiar lo mantenían vivo. Aunque también le generaban momentos de gran ansiedad y angustia: ver el marchitar de las flores, por ejemplo, lo sumía en una profunda melancolía. 

La importancia del estudio la trasladó al joven Arturo (apodado “Verruga” en su infancia y juventud): la primera parte de “El rey que fue y será”, dedicada a su formación, es una auténtica preciosidad repleta de referencias a la Historia natural de Inglaterra, a plantas y flores, y a técnicas de halconería antiguas. Y a magia, por supuesto. 

En la tercera parte del libro, centrada en la figura de Lancelot, la formación del carácter también tendrá un gran protagonismo. Lancelot, de hecho, emerge como el gran alter ego de White, el hombre en donde deposita muchas de sus frustraciones, deseos y represiones. 

Lancelot había sido un ideal de masculinidad para Chrétien de Troyes: su amor por la reina Ginebra se consideraba noble y puro, y ninguno de los dos sentía culpa alguna por traicionar a Arturo. Sin embargo, en la versión de Sir Thomas Malory, Lancelot aparece como una figura trágica, torturado por su amor prohibido. T. H. White seguirá esta línea: Lancelot aparece aquí más atormentado que nunca, un hombre lleno de dudas y culpas, un ser que sabe que su gran destino –y su gran sueño– no se van a cumplir jamás. El autor lo dota de secretos inconfesables que nublan su conciencia, pero también que actúan como acicate para superarse cada día: «sentía en su corazón crueldad y cobardía», dice el texto, «lo que le hacía valiente y noble».

Sir Lancelot

Sabemos por las notas de T.H. White que éste estuvo a punto de decir explícitamente que Lancelot era gay, pero al final cambió de opinión, aunque en algunos pasajes del libro deja entreverlo (su amor por Arturo, por ejemplo, va más allá de la pura admiración). Lancelot, en el fondo, sirvió a T. H. White para intentar comprenderse a sí mismo y justificarse. Los dos eran seres avergonzados que acabaron solos y aislados, centrados en sus propios mundos : White en una cabaña escribiendo y Lancelot totalmente obsesionado con la caballería.

La idea de la pureza virginal adquiere una relevancia extrema en el texto: Lancelot, a pesar de su gran secreto, considera que puede convertirse en el mejor caballero del mundo si se mantiene casto y virgen. Así que, cuando una criada lo droga y lo viola, Lancelot queda moralmente destruido: sus sueños se han esfumado para siempre. Su relación con Ginebra se ve entonces más como un acto de desesperación, que como un verdadero y profundo amor.

"El rey que fue y será", de T. H. White.

Pero será precisamente este acto de traición el que desencadenará el principio del fin de Camelot. Lancelot, el caballero que buscaba la pureza extrema, acaba siendo un ser con mácula, roto y sin futuro. La lectura filosófica –la total falta de esperanza en la humanidad– no deja de ser extremadamente triste.

Aunque sería un error creer que el libro es triste. Lo curioso –lo irónico, mejor dicho– es que una obra con grandes dosis de humor y paisajes de gran calidez humana. También ternura, sobre todo en los pasajes de la infancia de Arturo.

En conjunto, es una delicia de obra: entretenida, absorbente, reflexiva, elegante. Un libro que, como escribió Beatrice Sherman para el New York Times cuando se publicó: «es un libro excelente, una gran obra».

«El Rey que fue y será», de T. H. White, sale publicado el 26 de febrero. Edita Ático de los Libros con traducción de Fernando Corripio y Enrique Hegenwicz.

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso, creadora de Courbett Magazine.


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