Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

Victo Ngai (Victo es por Victoria) cree que la ilustración le permite “crear su propio mundo mágico” y, desde luego sus obras, detalladas y luminosas, llenas de simbología y referencias mitológicas, te transportan de inmediato a un mundo fabuloso y onírico poblado por criaturas imaginarias. Son obras de una riqueza visual extraordinaria, trabajadas a mano con una minuciosidad asombrosa (aunque coloreadas por ordenador) y que enseguida te hacen soñar en aventuras asombrosas. Tienen esa cualidad cinematográfica, ese dinamismo interno que hace que te estén contando una historia completa aunque tan sólo estés viendo una sola imagen.

Para Victo Ngai, precisamente, “la ilustración es usar elementos visuales para contar una historia y crear un mundo en el que las personas pueden acceder y pueden perderse en él”. Un mundo, habría que añadir, que en su caso incluye multitud de referencias a la ilustración tradicional japonesa y china. Son como imágenes sacadas de películas de Hayao Miyazaki, incluso más recargadas y más saturadas de simbolismo. Se mezcla el pasado y el presente, lo tecnológico y lo natural, el surrealismo y el realismo, la mitología clásica y la ciencia ficción, la tradición y la modernidad. Pero a pesar de la aglomeración y el obsesivo detallismo, hay una gran fluidez en sus composiciones, un increíble dinamismo interno que aporta movimiento a las imágenes y que realmente ayuda a recrear narraciones o historias fabulosas.

 

 

Le encantan los colores brillantes, con pinceladas valientes y perspectivas insospechadas, muy en la línea de artistas como Vicent Van Goh, Henri Matisse, Paul Gauguin o Mary Blair. Sin embargo, su paleta de color, como en caso de Utagawa Kuniyoshi o Hiroshige, otros de sus grandes referentes, es limitada y suave, lo que permite la yuxtaposición de elementos visuales sin recargar la vista.

La lista de artistas que han marcado su trabajo es inacabable: las formas en Andrew Wyeth y Eyvind Earle, la luz y la atmósfera en John Singer Sargent y William Turner, el detallismo de Yoshitaka Amano, Gustav Klimt, Virginia Fraces Sterret, Kay Nielsen y Aubrey Beardsley.

Con semejante elenco, no es de extrañar que, a pesar de su corta edad (nació en 1988), sus ilustraciones hayan poblado ya las páginas de las publicaciones más prestigiosas, del “New York Times” al “New Yorker”, pasando por los libros de “Folio Society”, “Abrams” y “Tor Forge”. Compañías como McDonald’s, Lufthansa y General Electric han contado con ella para sus campañas publicitarias. Forbes la ha destacado como una de las ilustradoras menores de treinta años más prometedoras del mundo y la Sociedad de Ilustradores de Nueva York le concedió una medalla de oro.

 

 

Quizás esta capacidad de asombro, esta imaginación prodigiosa, le venga de su infancia. Victo nació en la provincia de Guandong y se crió en Hong Kong, la hija única de una familia de clase media, con unos padres que no paraban de trabajar. Creció en una era donde Internet todavía no había irrumpido y los móviles, ni muchos otros dispositivos electrónicos, no abundaban. Con lo que la imaginación se cultivaba con el cerebro y no con pantallas táctiles y juegos adictivos. En el caso de Victo Ngai, la inspiración le venía con hojas sueltas y lápices de colores. Simplemente, dibujaba y dibujaba durante horas y así, con el tiempo, fue creándose un mundo mágico personal, poblado con criaturas fantásticas y amigos imaginarios. Sus aventuras eran ilustraciones en un papel.

En su familia no había nadie que se dedicase al arte, pero por parte de madre había una clara vena artística. De pequeña, iba con su madre a galerías de arte y museos. Uno de sus tíos abuelos, que era cirujano, tenía pasión por las ilustraciones chinas a tinta; pintar con él fue una de los primeros encuentros artísticos de Victo.

 

Rigurosa y metódica

Victo llega a un nivel técnico absolutamente virtuoso, prueba de que, aparte de imaginación y de inspiración, se requiere trabajado duro, horas y horas de concentración y esfuerzo. Y de determinación personal.

Con el tiempo, Victo ha creado un método de trabajo riguroso y eficiente cuando trabaja con clientes. “La ilustración no sigue el mismo camino que la pintura artística o que una obra para una galería”, reconoció en una entrevista. “No nos sentamos y soñamos en lo que queremos pintar o en lo que queremos expresar. Normalmente, nos entregan indicaciones y una fecha límite. Lo que más me interesa de cada proyecto son los conceptos clave. Comienzo aprendiendo lo que mis clientes quieren que comunique: ¿cuál es el concepto o el aspecto más importante que hay que destacar de este objeto?”

 

 

 

 

Lo primero que hace es leerse los “briefings” una y otra vez hasta que es capaz de identificar correctamente la esencia. Tiene que poder resumir toda la información en unas pocas frases cortas que sinteticen a la perfección todo el proyecto. Una vez establecidas, Victo toma distancias. “Me he dado cuenta que la mayoría del tiempo las mejores ideas vienen cuando no las estás pensando intensamente. Cuando estás pensando en ello, las imágenes que creas son excesivamente literales. Estás demasiado constreñido”. Con distancia, puedes dar con una idea que mejor exprese las ideas que quieres trasladar. A veces son ideas más abstractas, a veces son elementos que, en principio, no tienen nada que ver con el proyecto en cuestión. Pero esa fluidez de pensamiento lleva a creaciones más sofisticadas.

Con la idea en mente es cuando comienza un proceso de braimstorming y una búsqueda de elementos visuales que mejor reflejen el simbolismo o la metáfora que quiere comunicar. Hay una historia que contar y hay que seleccionar los elementos clave que ofrezcan al espectador todos los ingredientes para establecer correctamente la narrativa.

Cuando el concepto está definido y trabajado visualmente, Victo normalmente presenta a sus clientes tres versiones distintas, aún en fase de sketch. Uno es seleccionado y, a partir de ahí, se pule, se modifica, se mejora. Luego se elaboran diseños más elaborados, a lápiz o a tinta. Su técnica es híbrida: traza las líneas con plumilla, a veces también con pinceles o rapidográficos (Rotrings). Para las texturas en papel emplea lápices, ceras o pinturas. Después trabaja con Photoshop. El coloreado siempre es con ordenador.

El proceso es detallado y le da igual importancia a cada una de las fases. “Un buen dibujante no es necesariamente un buen diseñador”, reconoció en una ocasión. “Un gran pintor no es necesariamente un buen diseñador. Un buen pensador no es necesariamente un buen diseñador. Ser un buen diseñador significa que tienes que ser el mejor en ambos mundos: tienes que pensar y también ejecutar”.

 

 

 

 

Desafiar la tradición

Dedicarse a la ilustración no es el camino que pensaba que adoptaría cuando era pequeña. En Hong Kong todavía pervive la impresión de que el diseño gráfico no es una carrera seria; los estudios de Bellas Artes se consideran sólo apropiados para personas que no hayan destacado académicamente.

Los padres de Victo, de hecho, esperaba que se dedicara a las finanzas o a la abogacía, opciones que le hubiesen ofrecido seguridad y cierto prestigio social. El instituto donde estudiaba también la presionaba en este sentido: era un centro donde los profesores esperaban de sus alumnos grandes logros en términos cuantitativos (dinero, estatus social). Médicos, banqueros y abogados; ésas eran las ocupaciones que se potenciaban.

Victo aceptó muy pronto que iba a ser la oveja negra. En su adolescencia descubrió que el dibujo podía ser más que un hobby. Estaba harta de prepararse para exámenes repetitivos que sólo priorizaban la memorización exhaustiva; ella quería una salida a todo su talento creativo.

Como en Hong Kong no había ninguna escuela destacada de diseño, le preguntó a un amigo de un amigo que estudiaba en Yale que qué universidad le recomendaba. El consejo fue RISD, la Escuela de Diseño de Rhode Island, una de las más prestigiosas del país. Fue la única opción que puso a la hora de escoger universidad. Si no la hubiesen aceptado, se hubiese resignado a seguir el camino tradicional que sus padres y profesores habrían preferido: hubiese ido a la Universidad de Hong Kong a estudiar Derecho.

 

 

Pero la aceptaron en el RISD y puso rumbo a Estados Unidos. Los años en el RISD no fueron un camino de rosas: no tenía formación en dibujo y no conocía a multitud de artistas que se suponía que debía conocer. Se sintió perdida y desorientada; probó diferentes estilos, se fijó en diferentes referentes que le gustaban; durante un tiempo se dedicó, simplemente, a imitar a otros.

Fue un profesor, Chris Baselli, quien le animó a encontrar su voz, su propio estilo. Y para conseguirlo, no tenía que mirar fuera, sino dentro de ella. Aquel consejo cambió su vida e hizo que se centrase en crear un portfolio propio, amplio y coherente, con un estilo que la identificase.

Hubo otro consejo que también siguió –y sigue—a rajatabla: la frase de Paul Arden de “no se trata de lo bueno que seas, sino de lo bueno que quieras ser”.

 

Victo Ngai siempre cita una frase de Paul Arden: “no se trata de lo bueno que seas, sino de lo bueno que quieras ser”.

 

Fue ese trabajo de portfolio lo que ayudó a su carrera a despegar muy rápido justo después de graduarse. Durante la carrera había conseguido publicar su primera obra: fue en el primer año y para la revista “Plansponsor”. Originariamente, era un trabajo para la clase de Chris Buzelli, pero la mujer de éste, SooJin Buzelli, era la directora creativa de la revista y, al verlo, decidió publicarlo.

Aquella publicación para un medio prestigioso dentro del mundillo hizo que otros clientes apostasen por ella. Lo cual le vino muy bien, y no tan sólo profesionalmente. Como extranjera, sólo tenía un año para conseguir un visado de trabajo después de graduarse. Aceptar un trabajo en una compañía era el camino más sencillo. Pero ya había aceptado un par de internships en empresas de diseño y la experiencia le había demostrado que no tenía el talante para aguantar en una oficina. Demasiado cabezota y perfeccionista, reconoció. Convertirse en “freelance” era la opción correcta, aunque mucho más arriesgada.

Hoy trabaja desde su casa, en Nueva York, acompañada por Dawson, un perro que adoptó en Texas. No le gusta ser supervisada y no se siente cómoda enseñando su trabajo cuando no es definitivo.

 

 

Le encantan los trabajos de Christoph Niemann, Chris Sickle (Red Nose Studio), Jillian Tamaki y John Hendrix. Cuando la inspiración no le acompaña, o pasa por un bache, Victo se fija en sus obras. A veces, también, los mira para recordarse de lo maravillosa que es la ilustración. El puro placer de mirar imágenes y crear historias en la cabeza. Construir un mundo mágico y perderse durante horas en él.

Victo siempre está buscando nuevos retos. Ha trabajado en publicidad, el mundo editorial y en prensa. También ha participado en el corto animado “The wound and the Gift”, una maravilla visual en la que trabajó durante dos años con un equipo (una experiencia muy distinta a su rutina habitual).

¿Qué le depara el futuro? Le gustaría trabajar en el mundo de la moda. Y quiere seguir disfrutando con el trabajo. No quiere que la magia se apague.

 

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