El otro Tocqueville

Acantilado rescata la profética advertencia del Marqués de Custine sobre Rusia, el despotismo en general y el totalitarismo

En enero de 1843 se publicaba en París, en cuatro volúmenes, un libro titulado “La Russie en 1839”. El autor, Astolphe Louis Léonor, marqués de Custine,  era un aristócrata francés, de distiguido abolengo, cuya familia había sufrido en carne propia la guillotina y la cárcel cuando, después de la Revolución (con la que simpatizaron), se instauró el Terror. La obra trataba de sus impresiones sobre un viaje que había hecho, de apenas tres meses, a Rusia en el verano de 1839.

El libro fue un éxito inmediato y en poco tiempo llegó a la sexta edición en Francia (en Bruselas, además, se podían conseguir copias piratas). En tres años se vendieron al menos 200.000 copias. Pronto se tradujo al inglés y al alemán, y se introdujo, clandestinamente, en Rusia, país en donde había sido taxativamente prohibido (una versión resumida no se publicaría legalmente hasta 1910, aunque Lenin acabaría censurándola).

Se dice que, a pesar de ser ilegal, un ejemplar llegó a manos del mismísimo zar Nicolás I y que éste lo lanzó con rabia al suelo después de haber leído tan sólo las primeras páginas. Aunque el cabreo se le debió pasar rápido, porque también se rumorea que le acabó picando la curiosidad al soberano, que lo leyó entero y que incluso llegó a leer en voz alta trozos a su familia en las tediosas tardes en el palacio imperial.

Estatua ecuestre del zar Nicolás I en San Petersburgo

El zar no fue el único en conocer la obra de Custine. Tolstoy lo leyó en París y escribió un panfleto para ridiculizarlo sin piedad, incluyendo insultos directos al autor. El filósofo y político demócrata Alexander Herzen, quien luchaba contra los abusos del Antiguo Régimen, fue otro que también consiguió un ejemplar. En cuanto acabó de leerlo sentenció que era el mejor libro que había escrito un extranjero sobre Rusia. Sin embargo, días más tarde, después de recapacitar, se sumió en una profunda tristeza al constatar que, precisamente, se había necesitado a un extranjero para crear semejante obra; ningún ruso se hubiese atrevido o hubiese podido.

Pasados los años, se publicarían obras más resumidas bajo el título de “Letras de Rusia”, que es como se le conoce hoy en día y como nos lo presenta en castellano la editorial El Acantilado con una exquisita traducción de José Ramón Monreal y una erudita edición de Pierre Nora.

Sea el título como sea, la verdad es que, en la década de los treinta, el libro se convirtió en lectura obligatoria para todos los diplomáticos estadounidenses destinados en Rusia, incluido un jovencísimo George Kennan, quien más tarde se convertiría en una pieza clave en la Guerra Fría y defendería la “política de contención” de la expansión de la Unión Soviética. Tanto le marcó la obra que acabó pronunciando conferencias sobre Custine y escribiendo un libro, “The Marquis de Custine and His Russia in 1839” (Princeton University Press, 1971), en donde sentenció que la obra “no es un buen libro sobre la Rusia de 1839”, pero que era “un libro excelente, probablemente el mejor, sobre la Rusia de Joseph Stalin, y no es un mal libro sobre la Rusia de Brezhnev y Kosygin”.

Portada de "Cartas de Rusia" del Marqués de Custine (Editorial El Acantilado)

El diplomático estadounidense George Kennan dijo que “era un libro excelente, probablemente el mejor, sobre la Rusia de Joseph Stalin”.

Ahí, precisamente, reside la grandeza del libro: en que no es descriptivo, sino premonitorio de lo que iba a venir. No es un simple libro de viajes, ni observaciones al uso, sino comentarios agudos y lúcidos sobre la naturaleza del poder. Más bien, sobre la corrupción del poder, sobre el despotismo y la podredumbre de las tiranías, tengan al frente a un zar o a un político. Y también sobre la abulia e indefensión de las masas. Decía Kennan:

“Como si el libro se hubiese escrito ayer (pero con un mejor y más florido lenguaje del que ahora emplearíamos), encontramos en él todas las características que nos son familiares del estalinismo: el poder absoluto de uno sólo hombre, su poder sobre pensamientos y acciones, la impermanencia e insubstancialidad de las distinciones de rango y dignidad, la transición instantánea hacia la desgracia y el olvido, la indecente asociación de la adulación hacia los de arriba con la brutalidad con los de abajo, la absoluta falta de poder de las masas populares, el castigo de las personas inocentes por las ofensas que podrían cometer más que las que han cometido realmente, la relación neurótica con Occidente, el miedo acérrimo a la observación extranjera, la obsesión con el espionaje, los secretos, la mistificación generalizada, el silencio de la intimidación, la preocupación con las apariencias a costa de la realidad, el cultivo sistemático de la falsedad como arma política, la tendencia a rescribir el pasado”.

La descripción que Custine hizo del despotismo y los abusos que percibió en 1839 se podía aplicar fácilmente un siglo más tarde. Por eso, no sólo el zar sino también Lenin prohibieron el libro. Lenin también se vio reflejado en él. Y ya no digamos Stalin. Siendo sinceros, hay fragmentos que todavía tienen vigencia hoy en día. Y no sólo en Rusia.

El otro Tocqueville

En 1831, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont fueron enviados por el gobierno galo para analizar el sistema penitenciario norteamericano. Tan impresionados quedaron con el país que, a la vuelta, aparte del informe sobre las cárceles, Beaumont escribió una novela sobre las relaciones raciales y Tocqueville, que estaba fascinado por la política americana, produjo un elocuente análisis sobre la democracia representativa, el republicanismo y porqué habían triunfado en Estados Unidos.

El primer volumen de “De la Démocratie en Amérique” fue publicado en 1835 (el segundo aparecería en 1840). El éxito fue inmediato y rotundo.

Tocqueville y Custine venían de la misma clase social, y aunque sus familias se habían tratado, no  hay constancia de que ellos dos se conocieran personalmente. Se sabe, eso sí, que ambos provenían ideológicamente de la derecha monárquica y conservadora; ambos se confesaban cristianos devotos. También se sabe que Custine fue un gran admirador de Tocqueville (“es un pensador profundo”) y de la “Democracia en América” hasta el punto de que quiso emular la gesta y conseguir para sí la misma gloria.

Portada de la primera edición de "La Russie en 1839" (ahora conocida como "Cartas de Rusia") del marqués de Custine
Portada de la primera edición

Alrededor de 1835, Custine era un escritor con talento pero sin éxito para pergeñar una buena novela que buscaba, desesperadamente, triunfar en la literatura. Lo que carecía en imaginación para crear historias creíbles y personajes realistas, lo suplía con una afición desmedida por los viajes y una aguda capacidad de observación. Se sabe que estuvo en Suiza, Italia, Inglaterra y Escocia, y que conocía bien España por un viaje que hizo en 1831 (le fascinó Sevilla, a la que denominó “esa Roma de los árabes”). En 1838, de hecho, publicó cuatro volúmenes sobre “L’Espagne sous Ferdinand VII” [España bajo Fernando VII], que fue bien recibido por la crítica y que le convenció definitivamente que su fuerte era la narrativa de viajes.

Se dice que fue el escritor Balzac el que le animó a escribir sobre Rusia, el único país por aquel entonces capaz de rivalizar en atención con los Estados Unidos. Si Custine quería emular el éxito de Tocqueville, no le quedaba más remedio que viajar a lo que entonces se consideraba un país remoto, asiático, prácticamente desconocido y un tanto exótico. Pero también un país con una influencia creciente tras el Congreso de Viena y que simbolizaba por aquel entonces “la alianza del trono y el altar”.

A finales de mayo de 1839, acompañado de un sirviente italiano llamado Antonio y de Ignace de Gurowski, un exiliado político al que Custine había acogido y ayudado,  el aristócrata partió de París. Llegó a San Petersburgo el 10 de julio de 1839; el tres de agosto pisaba Moscú. Diez días más tarde, partía hacia el noreste: fue a Yaroslavl, Nizhny, Novgorod y luego regresó a Moscú y, más tarde, a San Petersburgo. El aristócrata francés no hablaba una palabra de ruso y viajó por el país siempre en compañía (y bajo estrecha vigilancia) de un oficial del Gobierno ruso.

Del viaje redactaría análisis en forma de cartas, una técnica ya empleada en la literatura francesa de ensayo, con ejemplos paradigmáticos como las “Lettres philosophiques” de Voltaire o las “Lettres persanes” de Montesquieu. Su visión no sería aséptica, al estilo de un historiador o un literato, sino que sería la mirada de un observador subjetivo, muy en la línea romántica del “Itineraire de Paris à Jerusalem” de Chateaubriand publicada en 1811.

Custine viaja por un país en donde el poder del zar es omnipresente y poderoso. Sin embargo, la tiranía, el despotismo, la crueldad también eran fácilmente palpables, incluso para un extranjero. Nicolás I, un hombre débil y políticamente torpe, ya era famoso en toda Europa (y odiado por todo liberal que se preciara) por la cruel represión con la que había erradicado la “revolución decembrista”, un intento de golpe de estado liderado por liberales el 26 de diciembre de 1826, así como por la dureza excesiva que había mostrado tras la revuelta nacionalista polaca de 1830. Pero lo que vio Custine sobrepasaba con creces lo que se podría haber imaginado. “El imperio del miedo”, “el imperio de un profundo silencio” calificó a Rusia. Y no le faltaba razón.

El escritor que quería defender el Antiguo Régimen

¿Cómo pudo, en tan sólo dos meses y medio, conocer tan a fondo la psique de un país y su realidad política? El propio Custine reconoció sus limitaciones. “Es cierto: no las he visto bien, pero las he intuido bien”, afirmó. Además, por exhaustivos estudios académicos que se han hecho de “La Russie en 1839” sabemos que Custine se apoyó en autores que conocían mucho mejor que él el país, y también reflejó como propias observaciones que le habían facilitado diplomáticos con los que trató.

Sabemos, por ejemplo, que Custine se había empapado de algunos libros sobre el país: “Histoire de la Russie” de Levesque,Histoire” de Karamzin, “Description de Moscou” de Lecointe de Laveau e “Histoire de la Russie et de Pierre le Grand” de Philippe-Paul Ségur. También sabemos que la obra debe mucho a los comentarios del embajador francés en San Petersburgo, Prosper de Barante. Y que muchas de las frases más célebres  sobre la monarquía absoluta rusa son, en realidad, una adaptación de citas de las “Notes historiques” de Pushkin (1822).

Sin embargo, este acopio de referencias no debe negar la aguda capacidad de Custine, ni su visión premonitoria.

Es esencial recordar que, aparte de emular a Tocqueville, Custine fue a Rusia con el objetivo de hallar argumentos que defendieran el Antiguo Régimen. Él era monárquico convencido y antirrevolucionario, y no es de extrañar: su padre, François de Custine, y su abuelo, el general Phillipe de Custine, fueron guillotinados; su madre fue aprisionada y se libró por la guillotina por poco.

Custine, a pesar de la admiración por Tocqueville, discrepaba con la tesis básica de éste: “La inevitable necesidad de la democracia absoluta y universal hacia la cual va la humanidad inevitablemente arrastrada por la acción continua de la igualdad y de la libertad”. Y, sobre todo, no estaba de acuerdo con que “el desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es un hecho providencial”. Custine defendía lo contrario. Muy en la línea de los pensadores más conservadores de la época, como Bonald o Maistre, asumía una visión pesimista por la cual la historia avanzaba inexorablemente hacia la decadencia.

Además, afirmaba que, más que un gobierno puramente representativo, sería mejor un gobierno mixto, “la [forma] más apropiada para garantizar los intereses complicados de las naciones viejas de lo que sería la aplicación intempestiva de la abstracción política realizada por una reunión de colonos americanos que se han hecho fundadores de una sociedad completamente natural sobre una tierra sin recuerdos; papel siempre más fácil que el de reformador de los antiguos gobiernos”.

Él mismo reconoció que iba a Rusia “en busca de argumentos contra el gobierno representativo”. Sin embargo, lo que vio allí hizo que cambiara su opinión y que regresara “siendo partidario de las constituciones”.

Tras dirigirme a Rusia en busca de argumentos contra el gobierno representativo, regreso siendo partidario de las constituciones

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