Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

1936 se conoce en Inglaterra como el “año de los tres reyes”: comenzó con Jorge V, siguió el efímero reinado de Eduardo VIII y, tras su traumática abdicación el día 11 de diciembre, subió al trono Jorge VI, padre de la actual reina Isabel II, aquel hombre retraído, tartamudo y lleno de determinación que tan brillantemente retrató Colin Firth en “El discurso del rey”.

Pero 1936 también debería ser recordado como el año de “las dos reinas y una duquesa”, en referencia a la reina en enero (la reina María de Teck, mujer de Jorge V), la reina en diciembre (Elizabeth Bowles-Lyon, esposa de Jorge VI), y la duquesa de Windsor, Wallis Simpson, por la cual Eduardo VII renunció a ser rey de Inglaterra, emperador de la India y cabeza de un Imperio que por aquel entonces contaba con más de cuatrocientos millones de súbditos.

Y del trío de mujeres reales, nos deberíamos centrar en una: Elizabeth Angela Marguerite Bowles-Lyon, hija de los condes de Strathmore y Kinghorne, indómita, inteligente y escocesa hasta las cejas. “La mujer más peligrosa de Europa”, la llamó el mismísimo Hitler. Y era un tributo: en plena Guerra Mundial, mientras caían bombas sobre Inglaterra, su valentía ayudó a mantener la moral alta. Pero no hay que remontarse a tan lejos para conocer su carácter. Muchos años antes, justo en los meses después de la abdicación, ya había demostrado de qué pasta estaba hecha.

“Parecía todo lo que no era”, dijo de ella el socialite Stephen Tennant, “parecía pura gentileza, ingenuidad, ternura mezclada con serenidad. Pero detrás de este velo era conspiradora y sabía sacar las uñas”. Estaba “soldada a hierro por dentro”, según el fotógrafo Cecil Beaton.

Desde luego que lo estaba. Mientras la corona se tambaleaba y nadie en el Imperio daba un duro por la permanencia de su marido en el trono, ella fue la que orquestó una de las campañas de marketing más brillantes de la historia y salvó a la monarquía.

Sin ella, la historia de Inglaterra no hubiese seguido la línea que siguió.

 

La historia de “uncle David”

La abdicación de Edward VIII, David para su familia, aquel rey rubio y taciturno, desdichado, inmaduro y fácilmente manipulable, hizo tambalear los históricos cimientos de Buckingham. Incluso a día de hoy la realeza británica prefiere no tocar el tema de “uncle David” –un auténtico traidor para los acólitos monárquicos–, y la palabra “abdicación” sólo se pronuncia en susurros y con cara de pánico. De ahí que la reina Isabel II, a pesar de que ya tiene edad de sobra para ceder el relevo, no quiera ni oír hablar de una sucesión adelantada.

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Wallis y David fotografiados por Cecil Beaton

Motivos, sin duda, tiene. La “crisis de la abdicación” no sólo fue una simple cuestión de correr la línea sucesoria. Tampoco se puede explicar como una bonita historia de amor en la que un rey, consumido por sus ardientes deseos, renunció al trono más poderoso de la Tierra por casarse con la mujer que amaba. La abdicación supuso toda una crisis constitucional que dividió al país y estuvo a punto de socavar los cimientos de una de las monarquías más antiguas de Europa.

La historia se ha explicado mil veces, aunque admite muchas versiones. Oficialmente, el príncipe Edward Albert Christian George Andrew Patrick David, conocido por su familia simplemente como David y por sus súbditos como Su Alteza Real el Príncipe de Gales, se enamoró hasta el tuétano de Wallis Simpson, estadounidense y divorciada, una mujer ciertamente vulgar pero que le trataba con una naturalidad y falta de deferencia que a él le resultaba entrañable.

Lo que David, en el fondo buscaba, era amor maternal. Y, hasta cierto punto, era más que comprensible. Siguiendo la costumbre de las clases altas británicas, en su infancia sus padres sólo lo habían recibido una vez al día, durante una hora contada de reloj. Y era más una inspección que un momento para el afecto. “Mi madre era demasiado alemana”, reconoció años más tarde en un intento de explicar la frialdad de la reina María, una mujer excesivamente apegada al protocolo y que jamás le abrazó ni le profirió una caricia. De su padre mejor no hablar. “Mi padre le tuvo miedo a su padre, yo tenía miedo a mi padre y me esforzaré porque mis hijos me tengan miedo a mí”, dijo una vez. Por si fuera poco, la señora Green, la nanny que le cuidaba, presentaba problemas psiquiátricos y acabaría sus días en una institución de salud mental.

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La reina María con sus hijos mayores: a la derecha David (futuro Eduardo VIII y duque de Windsor) y a la izquierda Bertie (futuro Jorge VI).

Con semejante escenario no es de extrañar que todos los hijos de la pareja real acabaran desarrollando problemas psicológicos graves: el segundo hijo, Bertie, que acabaría siendo Jorge VI al suceder a su hermano, tuvo problemas estomacales graves desde la infancia y un tartamudeo que nunca le acabó de abandonar, a pesar de los esfuerzos titánicos que hizo por controlarlo.

 

David acabó con una personalidad inmadura y consentida. Buscaba mujeres que lo tratasen, literalmente, como a un crío. Se inventó su propio lenguaje imitando al de un niño pequeño y dirigía cartas a sus amantes encabezadas con “mi querida, estimada pequeña mamá”.

 

Que fuera impotente no mejoraba las cosas. Unas paperas mal cuidadas de pequeño le llevaron a tener disfunciones eréctiles y falta de testosterona. “Dicho brutalmente, tenía el pene más pequeño que he visto en mi vida”, reconoció un compañero suyo de cuando se entrenaba como cadete en la marina británica. El hecho de que difícilmente iba a gestar un heredero –primer deber de todo monarca–, le generaba una gran frustración. Que las mujeres con las que compartía lecho no acabasen satisfechas le hundía en la desesperación.

Era el día a día amargo de un hombre que, sin embargo, era puro carisma para sus súbditos del Imperio. Era físicamente guapo, con un cuerpo atlético y una bonita sonrisa, vestía con suma elegancia, bebía con ahínco, le gustaban los deportes de riesgo y, aunque no era ni de lejos un intelectual, sí que era un buen orador. A pesar de ser de la realeza y de haberse criado en palacios, sabía conectar con las clases más populares, y fue un gran abanderado de la mejora de las condiciones de vida de los obreros, hasta el punto de que el establishment llegó a sospechar que fuese un peligroso socialista.

No lo era, por supuesto. Pero sí que era un hombre que quería modernizar la monarquía. Que se revelase contra las normas inescrutables que regían la institución y, más concretamente, contra todo el ritual que la regía y toda la corte que la poblaba, le acabaría por costar el trono.

Su enamoramiento enloquecido de Wallis y, sobre todo, su determinación de casarse con ella, fue la excusa perfecta para echarlo del trono. O para persuadirlo de que lo hiciera. Su condición de doble divorciada, con los dos ex maridos vivos y coleando, fue lo que forzó al entonces Primer Ministro inglés, Stanley Baldwin, a decirle al rey que o Wallis o el trono. El monarca de Inglaterra es la cabeza de la Iglesia anglicana y el clero no reconocía que los divorciados se volvieran a casar. El arzobispo de Canterbury, enemigo declarado del rey, movió todos los hilos que pudo para que aquel (a sus ojos) mentecato que llevaba la corona dejase pronto de hacerlo.

 

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Justo después de la abdicación, el nuevo duque de Windsor se dirigió por radio a la nación

 

Al final, presionado por todos los lados y absolutamente desesperado, el día 10 de diciembre, en Fort Belvedere, cerca de Windsor, Eduardo VIII firmaba un instrumento de abdicación, el primero que se había redactado en la historia de Inglaterra, y cedía el trono y el Imperio Británico a su hermano, hasta entonces Duque de York, Conde de Inverness y Barón Killarney. Eduardo VIII, ahora simplemente Su Alteza Real el duque de Windsor, partía hacia Francia adonde le esperaba un largo exilio. Pero eso sí, se pudo casar con su amada Wallis Simpson.

 

 

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La boda de los duques de Windsor en el Château de Candé (Francia)

El vestido con la enorme gamba de Dalí

La boda fue en el Château de Candé, en el valle del Loira, en mayo de 1937, con la presencia de menos de diez invitados. Las fotografías de boda las hizo Cecil Beaton, un fotógrafo poco convencional que por aquel entonces era conocido por trabajar en la revista Vogue y haber retratado a la jet set del momento, Picasso y Marlene Dietrich incluidos.

Días antes de la ceremonia, Cecil Beaton había hecho unos cuantos retratos de la futura Duquesa de Windsor. Wallis, que no destacaba por una gran belleza, sólo tenía fotografías donde salía mal parada: más mayor de lo que en realidad era, ojerosa, angulosa y con rasgos faciales muy masculinos. Semejante rostro poco halagador había poblado los periódicos de medio mundo durante meses y ahora, antes del enlace, quería ofrecer una nueva imagen al público: suavizada, glamurosa y mucho más humana.

Cecil Beaton no tenía una buena opinión de ella (la llamó “vaca musculosa”, y dijo que era “una americana de segundo nivel, vulgar y estridente”), pero consiguió obrar un pequeño milagro en aquella sesión de fotos: la dotó de dignidad y le insufló elegancia. Gracias a retoques estratégicos (décadas antes de que apareciese el Photoshop) y con un inteligente juego de luces y sombras, la presentó más alta (cuando era diminuta), con un cuerpo femenino (cuando era sumamente andrógina) y con cierta clase (cuando carecía totalmente de ella).

Un elegante vestido negro con ribetes blancos de Elsa Shiaparelli sirvió para presentarla como un nuevo miembro (aunque lejano y bastante poco ortodoxo) de la alta aristocracia británica. Otro vestido, también de Shiaparelli, fue el que llamó la atención. Era de chifón blanco, con escote cuadrado, anchos tirantes y una enorme, ancha y carnosa gamba, copiada de un dibujo de Salvador Dalí, que le quedaba justo a la altura de la entrepierna. Toda una provocación de una mujer de la que muchos sospechaban maliciosamente que era, en realidad, un transexual. Por qué Wallis escogió aquel vestido sigue siendo un misterio.

 

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La real pareja de catetos que cambiaron el mundo de la moda

Bromas freudianas sobre la gamba aparte, las fotos de Cecil Beaton en Vogue consiguieron cambiar la imagen de Wallis Simpson, lo que no pasó desapercibido para una inteligente mujer en Londres que, cuando vio las fotografías, tuvo una idea genial.

Si Wallis era tenía un cuerpo andrógino y era esquelética, su ahora cuñada, Elizabeth, la nueva reina de Inglaterra, era todo lo contrario. “Una gorda cocinera escocesa”, la llamaba Wallis. Muy bajita, de lo regordeta que estaba en la coronación se rumoreó que estaba embarazada. Y era ciertamente chapada a la antigua, con un peinado que rallaba lo vetusto, y ropas que no se correspondían con una mujer todavía joven en la década de los treinta.

Frente a los trajes negros de satén con amplios escotes del diseñador Patou que tanto estaban de moda entre las clases adineradas, ella todavía insistía en vestirse como si fuese una colegiala de convento, con colores pastel (casi siempre de azul claro), faldas hasta los tobillos y medias tupidas incluidas. De joven había llevado modelos de Lanvin pero desde que entró en la Familia Real, y por indicación de su suegra, la reina María, tan sólo la vestía Madame Handley-Seymour, una modista que contaba con toda la confianza de la monarca. Y Madame Handley-Seymour la vestía como se suponía que tenía que ir la realeza: a la antigua usanza, tapada, recatada y aburrida hasta el extremo.

 

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Elizabeth Bowles-Lyon, esposa de Jorge VI, en su vestido de coronación.

El tema no sólo era estético. Frente al carisma del depuesto Eduardo VIII y su bonita historia de amor, los nuevos reyes se presentaban como una pareja de catetos –él sin ninguna cualidad intelectual y ella sin ningún talento–, que ocupaban el trono ilegítimamente. Tan nefasta era su imagen pública que Buckingham decidió tomar cartas en el asunto.

 

Lo primero fue “solemnizar” a la reina. Y dado que no se iba a poner a hacer dieta estricta para enfundarse un traje de cabaretera, no tenían más remedio que cambiar la moda imperante. Y llamaron a la única persona en todo el Imperio Británico que podía conseguir tal gesta: Norman Hartnell. No porque fuese bueno, sino porque, en un momento en que toda las casas de moda estaban en París, él era el único modisto conocido de Inglaterra.

Hartnell venía de un mundo totalmente opuesto a la realeza. De orígenes muy humildes (su padre era tabernero), había conseguido llegar a estudiar en Cambridge, donde participó en un grupo de teatro y llegó a diseñar los trajes de “The Beggard’s Opera”. Un periódico se fijó en los diseños y le dedicó un artículo donde vaticinaba que aquel joven iba a ser “el genial modista británico del futuro”.

Pero, al principio, parecía que tal profecía no se iba a cumplir. Primero sólo conseguía vender sus diseños a las madres de sus antiguos compañeros de universidad. “Lo que toda mujer inglesa quiere es algo francés”, le dijo una colaboradora. Algunos diseñadores ingleses, como Charles Worth o Edward Molyneux, habían tenido que cruzar el Canal de la Mancha y establecerse en Francia para poder vivir de la moda. Y a París fue también Hartnell a presentar sus diseños. Pero fue un rotundo fracaso. “Nunca he visto trajes tan increíblemente bonitos hechos tan mal”, sentenció el diseñador americano Mainbocher.

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Norman Hartnell

Hartnell no se derrumbó. Aprendió disciplinadamente el oficio y en 1929 volvió a presentar una colección, esta vez bien cosida. Hartnell apostó fuerte: en la era de las flappers él proponía una vuelta al pasado, con faldas más largas y unos diseños más tradicionales y recatados. La idea gustó tanto que a Hartnell se le hizo responsable del fin de las garçonnes y sus vestidos de cabareteras.

De vuelta a Londres, reabrió su negocio en Bruton Street y pronto recibió un encargo que le cambiaría la vida: Lady Alice Montagu-Douglas-Scott se iba a casar con el Príncipe Enrique, duque de Gloucester, y quería que Hartnell le diseñase el traje de novia.

Elizabeth, buena amiga de Lady Alice, tomó buena nota de aquel vestido tan elegante que incorporaba el savoir faire francés. Y, años más tarde, cuando se convirtió en reina, llamó a aquel modisto para que trabajase para ella.

 

La nueva reina Victoria

Hartnell hizo algo más: le construyó una imagen. El nuevo rey Jorge VI le había acompañado un día por los pasillos de palacio y le había enseñado unos cuadros de la reina Victoria pintados por Winterhalter, un artista conocido en su momento por glamourizar a sus figuras. A la reina Victoria, diminuta, rechoncha y con unos ojos muy saltones, había conseguido presentarla como una reina de cuento en todo su esplendor: digna, elegante, poderosa.

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Reina Victoria. Winterhalter. 1859.

Ahí estaba la clave, pensó Hartnell: no humanizar a la nueva reina, ni presentarla como una más, sino ponerla en el panteón de sus ilustres antepasadas. La reina de Inglaterra no tenía que ir a la moda; eso era vulgar y burgués. La realeza tenía su propio código, vivía en su propio mundo y sus ropas tenían que tener un aire atemporal y nostálgico que recordasen los “good old days” de la reina Victoria.

Frente al minimalismo y la pureza de líneas, tan defendidas por Cocó Chanel para representar a una nueva mujer, Hartnell propuso todo lo contrario: crinolinas y tules, brillos y diamantes, opulencia y fantasía a raudales que recordase a los cuentos de hadas. Era el estilo romántico onírico.

 

El estilo se probó en un viaje de estado a Bélgica y pareció funcionar. Pero donde realmente dio la campanada fue en Francia, el país de la moda, en donde Hartnell diseñó a la reina nada menos que treinta vestidos.

En julio de 1938 estaba prevista una visita de los reyes de Inglaterra al país galo. Nadie dudaba ya que Hitler era una amenaza y que pronto comenzaría la guerra. Había que estrechar lazos, y a toda prisa, entre los dos países. Francia lo puso todo de su parte para que el viaje fuera un éxito: incluso se aprobó en el parlamento un presupuesto extraordinario de cuatro millones de francos para redecorar las habitaciones del Quai d’Or, donde estaría la pareja real. Cuando se supo que a Elizabeth le gustaba el verde claro y los tonos crema, se encargaron miles de metros de seda de estos colores para decorar las paredes. También se creó un servicio de mesa de cristal, hecho por René Lalique, como obsequio, y se prepararon acuarelas de algunos de los mejores pintores del momento: Édouard Vuillard, Raoul Dufy y Maurice Utrillo.

Pero una fatalidad hizo peligrar el viaje: días antes de partir, moría la madre de la reina, la condesa de Strathmore. La corte de Buckingham se ponía de luto y todo se teñía de negro riguroso. El pánico cundió: ¿se seguiría adelante con el viaje de estado? ¿Cómo tendrían que ir vestidos? Nadie quería fotos de la reina vestida de arriba abajo de negro, porque daría la imagen de que la guerra sería inminente y se perdería. Pero el protocolo decía que la Corte tenía que ir de negro y después de un largo período, se podía optar por el púrpura y luego por el malva.

Fue el propio Hartnell quien dio con la solución: en la realeza, el blanco también era color del luto. Las reinas medievales europeas llevaban ropas blancas cuando velaban a difuntos, las reinas francesas también lo habían hecho hasta el siglo XVII e incluso la reina Victoria había requerido un “funeral blanco”: el cadáver llevaba un vestido blanco y los palios de la ceremonia también eran blancos.

Se decretó que el viaje sólo se retrasaría tres semanas por el duelo de la familia y, por tanto, Hartnell sólo tuvo tres semanas para, a toda prisa, volver a hacer los treinta vestidos (más los correspondientes abrigos y sombreros) totalmente en blanco.

Pero el resultado fue espectacular: trajes largos que cubrían hasta los pies, con una eclosión de tules, organzas, satín, encaje y chifón. Dos trajes en concreto consiguieron despertar suspiros de admiración: el vestido de crinolina para el banquete de estado en el Palacio del Elíseo, que complementó con la tiara india, de 2.678 diamantes, y el vestido de encaje escogido para la “garden party” en los Jardines de la Bagatelle, en el Bois de Boulogne.

 

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Es difícil de explicar ahora, pasado un siglo, el impacto de aquel vestuario. Pero fue una auténtica sensación a ambos lados del Canal, y está reconocido como uno de los momentos álgidos de la moda de principios de siglo XX.

La reina Elizabeth de Inglaterra, aquella “gorda cocinera escocesa”, se convirtió de la noche a la mañana en un icono de moda, solo comparable al impacto que tendrían décadas más tardes Jackie Kennedy, Audrey Hepburn o la malograda Princesa Diana. Norman Hartnell fue inmediatamente admitido en la “Académie française” y Christian Dior, que nueve años más tarde presentaría su “New Look”, reconoció haberse inspirado en aquel vestuario blanco real.

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“Es la reina de dos naciones”. El británico “Daily Mirror” sucumbió al éxito del viaje de Estado de los reyes de Inglaterra.

 

Pero aún había más. En el Bois de la Boulogne, en plena recepción en los franceses, Elizabeth abrió un parasol de encaje, objeto ya por entonces casi obsoleto. La elegancia de la reina portando el paraguas fue tal que los parasoles se agotaron en Londres y en París, y una industria que estaba en las últimas revivió con fuerza.

Elizabeth había ganado una gran batalla.

 

 

La sesión de fotos que no iba a durar más de veinte minutos

Un año más tarde, en julio de 1939, el fotógrafo Cecil Beaton recibió una llamada de Buckingham. La lady-in-waiting de la reina le dijo escuetamente: “La reina quiere saber si la fotografiaría mañana por la tarde”. Imposible de rechazar.

Al llegar a palacio le avisaron de que sólo dispondría de veinte minutos. Por una vez, la puntualidad británica no se cumplió: estuvieron tres horas y Beaton tomó cien imágenes, en escenarios diferentes y con vestidos distintos. La reina recuperó sus famosos vestidos blancos y Beaton la hizo posar en las salas más ilustres y también en el jardín, de nuevo con su elegante parasol.

 

 

 

 

 

 

Beaton quedó encandilado de aquella mujer menuda pero con una impresionante personalidad. Los retratos de la reina hasta la fecha habían seguido el molde real: serios, distantes, hieráticos, sin una mueca, mucho menos una sonrisa (la reina María consideraba que sonreír en público era impropio de los reyes). Ahora, sin embargo, la reina quería demostrarle a Wallis Simpson (“lo más bajo de lo más bajo”, decía de ella) lo que significaba, de verdad, la realeza. “Quería que mis fotos mostrasen su incandescencia, la brillantez de sus ojos azules, su radiante sonrisa”, reconoció Beaton.

Posando frente al palacio, con su blanco parasol y su traje de encaje, parecía una hada (no tuvo el menor reparo en que Beaton retocase las fotos para hacerla parecer más delgada y alta). Sólo había que comparar la fotografía con la que Wallis hizo con el traje-gamba para darse cuenta de quien era la verdadera reina.

Y, por si acaso a alguien le quedaba alguna duda, se puso para la ocasión las más suntuosas joyas de la corona: la tiara oriental en algunas fotos, la tiara Kokoshnik en otras, brazaletes y broches que habían pertenecido a la reina Victoria. Era ella quien lucía los diamantes del joyero real mientras Wallis se contentaba con llevar trajes ridículos. Era ella la que llevaba la batuta, o al menos, el parasol.

 

Todo era un espejismo, claro está. Cuando no se ponía trajes de gala, la reina Elizabeth volvía a los antiguos usos y se enfundaba trajes de antaño que, como refunfuñaba Norman Hartnell, “le hacían parecer un bote de judías”. Cuando, días más tarde de la sesión de fotos, Beaton volvió a palacio para que la reina viese las instantáneas, el contraste con el glamour no podía ser más obvio:

La reina estaba en su bonito salón azul y vestía un traje gris claro, con adornos de color acero que rodeaban un cuello de astracán. Era un vestido feo y muy carrinclón. Los zapatos eran demasiado recargados, el gris del traje le palidecía, las joyas eran excesivas, con demasiadas piezas. Eran tres tiras de perlas pequeñas, con dos broches, junto con un brazalete de diamantes bastante ordinario. Sin embargo, su aurea era inmensa: de bondad y simpatía. Su encanto era abrumador. Parecía que tenía un ligero catarro y continuamente se llevaba un pequeño pañuelo arrugado a la nariz. Su voz, no obstante, era clara y suave. Es como la voz de un niño pequeño triste: infinitamente emotiva y atrayente”.

Las fotos se publicaron por todo el mundo. Cada soldado y marino del imperio recibió una como felicitación. El éxito fue arrollador. Nadie volvió a dudar de quien era la auténtica reina.

Beaton siguió fotografiando a la reina Elizabeth durante muchos años. También fue él quien se encargó de fotografiar a la nueva reina, Isabel II, cuando accedió al trono. En 1963, Cecil Beaton publicó su primer libro de retratos de la realeza. Envió uno a Elizabeth y, días más tarde, recibió una nota de agradecimiento que decía: “Mi querido señor Beaton… Creo que, como familia, le debemos una gratitud eterna por habernos creado, por habernos representado como una familia agradable”.

Había hecho mucho más: había salvado a la propia monarquía.

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