Fortuna película

El principio o fin de la fortuna

Courbett Magazine

La fortuna aquí no es un deseo o una aspiración. Fortuna es un nombre propio: el de una refugiada etíope, de catorce años, que tras un horrendo periplo por tierra y mar recala en un monasterio de monjes en mitad de los Alpes suizos. Fortuna es una de las miles de niñas que viajan solas huyendo de miserias y guerras. Una de las muchas que vemos a diario en las noticias y a las que no prestamos la más mínima atención. 

Fortuna es una niña solitaria que no tiene nada. En el convento, a pesar de que vive con clérigos y con otros refugiados, se siente apartada, desplazada: las barreras culturales y lingüísticas le impiden trabar a amistad con nadie. Con lo que pasa los días con los animales del lugar: las gallinas del corral y una burra, bautizada Campanilla, que es su única confidente. 

Pero el destino le tiene preparado una vuelta de tuerca más a su ya difícil y frágil existencia. En el monasterio conoce a Kabir, otro refugiado, también musulmán, aunque más mayor que ella, del que se enamora y del que se queda embarazada. Frente al rechazo de él, Fortuna tendrá que tomar decisiones más que difíciles: qué hacer con su vida y qué hacer con el bebé que espera. 

"Fortuna", película de Germinal Roaux, con el actor Bruno Ganz.
"Fortuna", película de Germinal Roaux,

A pesar de que pueda parecer una historia forzada, el caso, de hecho, sucedió de verdad. Claudia Gallo, compañera del director de cine Germinal Roaux, es una trabajadora social especializada en niños llegados a Europa sin padres. Tuvo que tratar con un caso parecido, de una refugiada etíope de trece años, y se lo comentó a su pareja. A partir de ahí, en la cabeza del cineasta comenzó a tomar forma la idea de una película sobre todas aquellas niñas abandonadas por el destino. Las niñas que, aún siendo afortunadas porque han podido escapar y llegar a Europa, en realidad, son una víctima más de un destino cruel e injusto que las condena a la más abyecta marginalidad. 

De ahí surgió “Fortuna”, el segundo largometraje del cineasta y fotógrafo suizo Germinal Roaux, una obra hermosa y poética, tierna y melancólica, descarnadamente humana, que nos hace preguntas, pero no juzga. Este punto, de hecho, es uno de los aspectos más interesantes de la obra: no hay moraleja moralizante en ella, ni discursos facilones, edulcorados hasta la náusea. 

"Fortuna", película de Germinal Roaux.
"Fortuna", película de Germinal Roaux,
"Fortuna", película de Germinal Roaux,

Eso sí, plantea dilemas morales de primer orden. Están, por un lado, los propios monjes, los cuales habrán de decidir si quieren seguir viviendo en soledad, como habían aspirado cuando se ordenaron, o bien decidirán seguir ayudando a los refugiados, como les demanda su moral y su religión. Está Kadir, quien se ve en la disyuntiva de proteger a Fortuna o ser egoísta y seguir su propio camino. Está la propia Fortuna, sola y vulnerable, quien habrá de tomar una decisión sobre su embarazo. Y también la Fortuna que se niega a comunicarse, que se refugia en su soledad como una fortaleza, como lo único que realmente posee, y se niega a ir a la familia de acogida que han encontrado para ella. 

Ninguno es prejuzgado; ninguno es condenado a un purgatorio. El film funciona tan bien porque no cede a la lágrima fácil ni a la sobreactuación dramática. Todo es sobrio, todo es somero, todo es seco y aséptico. Lo cual, claro está, también representaba un enorme reto, porque podría haber transformado un film humano en un retrato excesivamente frío, distante y hueco. 

Sin embargo, dos elementos salvaron este obstáculo. El primero, una bellísima y sobrecogedora fotografía, obra de Colin Lévêque, a quien ya conocíamos por su trabajo en “Évolution”, de Lucile Hadzihalilovic (2015), y “El extraño color de las lágrima de tu cuerpo”, de Hélène Cattet y Bruno Forzani (2013). En “Fortuna” apostó por reflejar la soledad de la protagonista en esas inmensas montañas de los Alpes, entre Italia y Suiza, completamente cubiertos de nieve y en donde sólo se intuye algún árbol. Y en ese escenario inhóspito y aparentemente inerme, “Fortuna” se centra en una luz cegadora y también en las sombras atemorizadoras. Es un continuo claroscuro que revela algo filosófico y también espiritual: la luz como fuente de vida, pero también un rayo que obnubila y ciega. 

Está, además, ese silencio que invade toda la pantalla, sólo interrumpido por el susurro del viento. Un ruido de fondo, un silbido, que refuerza esa marginalidad: esa sensación de no estar en ningún lugar, de no pertenecer a ningún sitio. Un ruido plácido que sólo se interrumpirá por el sonido abrupto de un oleaje en tormenta: el de un Mediterráneo enfurecido que es intentado ser surcado por una minúscula lancha cuya tripulación, todos refugiados, contiene el aliento. 

El segundo elemento, seguramente el más importante, son los propios actores, comenzando por un soberbio Bruno Ganz como prior del monasterio, y una descomunal Kidist Siyum Beza, una actriz etíope a quien tan sólo habíamos visto en un minúsculo papel en “Lamb”, de Yared Zeleke (2015). A pesar de ser muy poco conocida, al director le impresionó su capacidad para combinar fuerza y fragilidad, para proyectar sentimientos profundos, intensos, en un rostro aniñado e inocente. “Irradia, brilla en la película”, comentó Germinal Roaux, “es capaz de aferrarse a la vida a pesar de la obvia tristeza de su existencia”. 

En conjunto, la película, a pesar de su silencio continuo y de sus largas escenas sin diálogo, exige de una atención constante. Algo parecido a lo que sucede con la película de Wim Wenders, “El cielo sobre Berlín” (1987), de quien el cineasta Germinal Roaux reconoció inspirarse. En ambas la reflexión, la pregunta sin juicios apriorísticos, la duda como base de lo humano, la pulsión entre sentimientos encontrados, la voluntad de supervivencia, de vida, en medio de la muerte más espeluznante. Son obras de una belleza abrumadora, poética. Obras que te recuerdan lo que es capaz de dar el cine. 

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso.

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