Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

En 1927, Elizabeth Friedlander recibió un curioso encargo de la “Bauer Type Foundry”: crear una nueva tipografía. Era una de las primeras mujeres que crearía su propio tipo de letra, aunque el modelo en cuestión, llamado “Elizabeth”, no vería la luz hasta 1936, el mismo año en que tuvo que abandonar Alemania. De hecho, como Friedländer era un apellido que se consideraba judío, no pudo usarlo como nombre de la nueva tipografía, como era la costumbre, y tuvo que bautizarla simplemente “Elizabeth”. 

Colección de la University College Cork, fotografía de Sam Moore

 

La vida de Elizabeth Friendlander fue un continuo cambio, geográfico y laboral. Nació en Berlín, en 1903, en medio de una familia judía; el ascenso de los nazis la forzó a refugiarse en Milán donde intentó, sin suerte, conseguir un visado para Estados Unidos. Vivió en Londres y finalmente en Kinsale, Irlanda. 

Profesionalmente, trabajó de lo que pudo o le fue surgiendo en cada momento: se la conoce por sus excelentes contribuciones a la caligrafía y, sobre todo, por su trabajo en el diseño de portadas para Penguin Books, el Reader’s Digest y de las novelas románticas de la editorial británica Mills & Boon,  pero también se dedicó a la ilustración, las publicaciones clandestinas, el diseño de propaganda gubernamental, postales navideñas e incluso al embalaje. 

Por ello, aunque hoy se recuerde su trabajo por sus intrincados estampados geométricos pintados a mano con las que decoraba las portadas o papeles de embalaje, su obra es mucho más intensa, variada e innovadora en muchos aspectos. 

Diseño de portadas para Penguin Books. Colección de la University College Cork, fotografía de Sam Moore

Arriba, diseño de portadas para Penguin Books. Abajo, propuesta de diseño. Colección de la University College Cork, fotografía de Sam Moore

 

 

De todas las profesiones, la que más la llenaba era la de calígrafa, campo para el que se había formado desde joven. Estudió en la Academia del Museo de Artes Decorativas de Berlín bajo la dirección del influyente tipógrafo Emil Rudolph Weiss, que enseñaba pintura decorativa y dibujo, y que había diseñado el tipo de letra “Weiss”, ahora apenas empleado. 

Después de graduarse, Elizabeth comenzó a trabajar como diseñadora y calígrafa para “Die Dame”, del grupo editorial Ullstein, la primera revista alemana ilustrada dirigida a mujeres. Este trabajo le permitió vivir intensamente la eclosión cultural de la República de Weimar. Eran años rompedores, donde los artistas buscaban nuevos lenguajes y las mujeres reclamaban reconocimiento. 

“Die Dame”, la dama en alemán, ayudó a forjar una nueva imagen de la mujer alemana: independiente, profesional, liberada de los corsés tradicionales. También la revista fue un faro cultural: en ella escribieron y trabajaron Kurt Tucholsky, Tamara de Lempicka, Bertold Brecht o Vicky Baum. 

 

Foto de Sam Moore.

 

Aunque su trabajo consistía básicamente en el diseño de títulos y en la composición tipográfica de las páginas, consiguió un gran reconocimiento por su labor hasta el punto que Georg Hartmann, de la fundación “Bauer Type Foundry” le invitó a crear su propia tipografía, la “Elizabeth”. 

Justo cuando la tipografía estaba lista, Hitler ascendió al poder y Elizabeth no pudo llamarla “Friedländer”. Georg Hartmann dijo que eran uno de los mejores tipos de letra y más bellos jamás producidos, las empresas comenzaron a emplearla con asiduidad y el “Penrose Annual” de 1936 confirmó que el “Elizabeth” había sido la tipografía más exitosa del año. 

En 1935, Elizabeth, como tantos otros judíos, perdió su empleo por las infames leyes de pureza racial de los nazis. Las leyes de Nuremberg establecieron un marco legal para la persecución sistemática de judíos y a Elizabeth en particular le avisaron que “carecía de la necesaria fiabilidad y aptitud para participar en la creación y diseminación de los valores culturales alemanes”. 

Elizabeth abandonó inmediatamente el país; se refugió en Milán, donde trabajó para Mondadori, la editoral Domus y el músico Toscanini. Intentó ir a Estados Unidos; Noel Coward y muchos otros artistas le habían ofrecido ayuda, incluso trabajo, para poder gestionar su visado, pero el visado nunca llegó. Cuando Mussolini se hizo con el poder en Italia, Elizabeth se instaló en Londres, a donde llegó con un visado para trabajar en el servicio doméstico que le había conseguido una congregación de cuáqueros, “La Sociedad Religiosa de Amigos”.  De Alemania, aparte de unas maletas, sólo se había llevado tres tesoros personales: dos carpetas con todos sus trabajos y un violín del siglo dieciocho fabricado por la prestigiosa firma alemana Klotz. Fueron los tres tesoros que la acompañaron toda su vida y que llevó primero a Italia, luego a Inglaterra y finalmente a Irlanda. 

 

La colección Elizabeth Friedlander en la Universidad de Cork

 

Diseños para los catálogos de la editorial Mondadori. Colección de University College Cork. Foto de Sam Moore.

 

En Londres donde tuvo la suerte de conocer a Francis Meynell, luego Sir Francis Meynell, poeta, tipógrafo, impresor, socialista, editor en la agencia de publicidad “Mather and Crowther”, más tarde fundador de “Nonesuch Press” y editor por aquel entonces del “Penrose Annual” que había alabado la tipografía “Elizabeth”. Meynell la introdujo en círculos artísticos y empresariales, y así comenzó a recibir encargos. 

Uno de los contactos fue Ellic Howe, un escritor especializado en ocultismo, que trabajaba en la “Political Warfare Executive”, un departamento gubernamental dedicado a la propaganda y lo que entonces se denominó la “guerra psicológica”. Elizabeth Friedlander se incorporó al equipo, en sus oficinas de Bush House, como una suerte de jefa de diseño. Su cometido era diseñar y diseminar “black propaganda”, materiales falsos que pretendían ser originarios de la Alemania nazi y que perseguían difamarla y tergiversar sus objetivos. Friedlander se esmeró al máximo: durante años produjo sellos y tipografías de la Wehrmacht, libros de racionamiento y otros documentos falsos. 

Cuando la guerra acabó, Elizabeth dio un giro a su carrera y centrarse en el mundo editorial. En junio de 1948, Elizabeth recibió una carta del famoso tipógrafo alemán Jan Tschichold, que había comenzado a trabajar en la editorial “Penguin Books”: “Ignoro si conoce mi nombre como diseñador de caracteres y de tipografía editorial”, le escribió Tschichold, “pero yo conozco su nombre y me encanta su “Elizabeth Roman”, especialmente la itálica. Me encantaría que colaborara con “Penguin Books”. 

 

Arriba, diseños la celebración de los 25 años de Penguin Books. Abajo, portada de un libro de Penguin. Colección de University College Cork. Foto de Sam Moore.

 

 

Tschichold estaba revolucionando el diseño de la famosa editorial británica que había sido pionera en la venta de libros de tapa blanda al público general de masas. En algunas colecciones, Tschichold quería introducir un nuevo formato, centrado en imágenes y muy inspirado en las portadas de la editorial alemana Insel. Elizabeth se centraría en diseñar portadas elegantes llenas de color y de diseños geométricos, un claro giro respecto a la política editorial de Penguin de centrarse en un diseño cuadriculado con tres bandas diferenciadas y un solo color. Su tipografía “Elizabeth” lució en muchas portadas e imprimió un nuevo carácter a las publicaciones: más estilizado y distinguido. 

No sería el único trabajo que haría. Al mismo tiempo que diseñaba portadas de Penguin, también trabajaba para otras editoriales y en publicidad, pintando pósters para la industria cosmética (dibujaba grandes pintalabios o crema de manos, por ejemplo). Su trabajo, por tanto, se veía en las portadas de libros y en las tarjetas de felicitación y en los pósters publicitarios. También fue la calígrafa escogida para escribir los nombres del “Roll of Honor” de Sandhurst, la famosa escuela militar británica. Tenía la responsabilidad de escribir a mano los nombres de todos los soldados británicos y de la Commonwealth que habían muerto en la Segunda Guerra Mundial. 

 

Foto de Sam Moore.

 

A principios de los sesenta, Elizabeth volvió a hacer las maletas. Siguió a su amigo Alessandro Magri MacMahon a County Cork, en Irlanda. Alessandro, o Sandro, era un escritor italoirlandés que destacaba como profesor de Literatura Clásica y que también había trabajado en Bush House en los esfuerzos de propaganda británica durante la guerra. Durante un tiempo, Elizabeth se desplazaba frecuentemente a Londres para seguir colaborando con la academia de Sandhurst o con algún otro cliente, com el Shark Club, para quien diseñó membretes de las cartas. Pero problemas de vista hicieron que abandonara su trabajo. 

Sabemos que en Irlanda se rodeó un grupo de amigos artísticos (entre ellos, Elizabeth Bowen y Molly Keane) y que cultivó un huerto con verduras exóticas cuyas semillas importaba de Italia. Aparte de esto, no hay mucha más información de la etapa irlandesa de Elizabeth Friedländer, como no la hay, de hecho, de ningún período de su vida. Era una persona muy reservada que consideraba que lo importante era su trabajo y no su vida privada. De ahí que se esmerara en documentar al máximo su obra, pero no su vida. 

Cuando murió, en 1984, sus archivos personales pasaron a ser custodiados por la University College Cork, donde todavía están hoy en día. Su violín, su querido violín, pasó en herencia a su amiga Sheila Goldberg, la mujer de Gerald Goldberg, quien se convertiría en el primer alcalde judío de Cork. Fueron los Goldberg, de hecho, quienes negociaron con la University College Cork para que acogiera la obra de Friedlander y, con el tiempo, también les cedieron el violín. Cada año, la Escuela de Música de Cork le deja el violín al alumno más destacado. 

De Elizabeth Friedländer no hay apenas fotografías, y sólo se conservan un par de autorretratos, realizados en su época de estudiante. Sí que hay una suerte de biografía, muy somera, realizada por Pauline Paucker, pero se publicaron poquísimos ejemplares y es prácticamente imposible conseguir uno. 

El año pasado el Museo Ditching de Artes Aplicadas, en Sussex, organizó una retrospectiva de Elizabeth Friedlander. Muchos de los visitantes no habían escuchado jamás el nombre de Friedlander, pero sí reconocieron su obra. De hecho, la comisaria de la exposición, Katharine Meynell, tampoco la conocía un año antes de la muestra. La descubrió por casualidad cuando revisó la correspondencia y los papeles de su abuelo, Sir Francis Meynell. 

El mismo Meynell que dio la primera oportunidad a Elizabeth Friedländer cuando ésta llegó a Inglaterra. 

Tags : LibrosLondres

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