[Hablar de Arte] La verdadera historia detrás de la Última Cena de Leonardo da Vinci

En el verano de 1494, en Florencia, el fraile dominico Girolamo Savonarola soñó que grandes espadas caerían del cielo y un gran carromato surcaría el horizonte, se cerniría sobre Roma y la haría desaparecer para siempre.

No fue el único que alertó de tan aciagos presagios. Muchos astrólogos aseguraron que en Puglia se habían avistado tres soles. En la Toscana se decía que las nubes formaron figuras de caballeros maléficos que galoparon tronando instrumentos diabólicos. Muchos fueron los que juraron que las estatuas lloraban sangre.

Pronto comprobaron que tan funestos indicios eran acertados. En el mes de septiembre de aquel mismo año, el rey Carlos VIII de Francia atravesaba los Alpes con un ejército de más de treinta mil hombres y las más espeluznantes armas que había visto Europa. Atravesaron toda Italia, sembraron el pánico allá por donde pasaron y acabaron conquistando el reino de Nápoles.

Sin embargo, a pesar de lo que parecía, no fue una terrible profecía lo que había animado al rey Carlos a tan sangrienta empresa. De hecho, él había sido “invitado” por Ludovico Sforza, señor de Milán, un hombre apuesto, maquiavélico hasta el extremo y tan moreno que lo apodaban “il Moro”.

Ludovico Sforza

Ludovico había usurpado el ducado de Milán a su sobrino y temía que el suegro de éste, Alfonso II, rey de Nápoles, ordenase su muerte. Lo cual no era descabellado, pues Alfonso tenía fama de sádico y ya había enviado unos cuantos sicarios.

Así que Ludovico, astuto como pocos, había convencido al rey de Francia de que invadiese Nápoles. Y así lo hizo.

Con semejante intervención, Ludovico consiguió afianzar su poder en Milán y se dedicó entonces a culminar su gran obra: transformar aquel ducado en el más esplendoroso y refinado de Italia. Gracias a su mecenazgo, las artes florecieron, las universidades brillaron, nuevas obras se erigieron y pintores de todos los rincones acudieron encantados a decorar las nuevas iglesias y palacios.

Pero, entre todos los artistas consagrados que Ludovico protegió, había uno que sin duda destacaba por encima del resto.

Su nombre era Leonardo da Vinci.

***

Nacido en 1452 en una granja en Vinci, un pequeño villorrio toscano a unas veinte millas de Florencia, Leonardo da Vinci era de una excepcional belleza y elegancia, o al menos así lo reflejaban las crónicas del momento, las cuales también destacaron su coraje y valentía.

Leonardo poseía también de un talento descomunal, y en muchas y variadas disciplinas, aunque comenzó en la corte de los Sforza como ingeniero de armas y luego hizo un poco de todo: elaboró disfraces, organizó fiestas, entretuvo con juegos de magia nunca antes vistos y pintó retratos de la amante de Ludovico, Cecilia Gallerani. También preparó esbozos para decorar las paredes de la mansión campestre que Ludovico tenía en Vigevano y para la cual había previsto imágenes de la antigua Roma y retratos de filósofos antiguos.

Además, Leonardo recibió bastantes encargos para pintar obras de envergadura. Pero no completó la mayoría, lo cual le acarreó más de un problema. Muchos clientes, cabreados, llegaron incluso a demandarle.

Aunque muchos crean que Leonardo tuvo una carrera dilatada como artista, la verdad es que, aunque comenzó muchos proyectos, finalizó muy pocos. Su primera pintura de importancia, la “Adoración de los Magos”, comenzada en 1481, la dejó inacabada. Otra gran obra, una escena de batalla para el Palazzo Vecchio de Florencia, tampoco está completada.

Adoración de los Magos. Cuadro inconcluso de Leonardo da Vinci

Tampoco en arquitectura tuvo mucha más suerte. Ninguno de los edificios que diseñó se construyeron. Propuso incluir una cúpula en la catedral de Milán, pero la idea fue rechazada. Se presentó para realizar las esculturas de las puertas de la catedral de Piacenza y no lo escogieron.

Uno de sus mayores disgustos, sin duda, fue no poder realizar una gigantesca escultura ecuestre dedicada al padre de Ludovico, Francesco Sforza, militar de renombre. Iba a ser un proyecto colosal: sólo el caballo mediría siete metros. Sin embargo, nadie pensó que tal proeza pudiese llevarse a cabo. Ni siquiera Ludovico, a pesar de dar luz verde al proyecto, creyó que tendría éxito.

Dibujo de Leonardo para la estatua ecuestre de Francesco Sforza

Y así fue: cuando Leonardo, después de casi una década de estudios, fallos y errores, había por fin conseguido moldear un gran molde de arcilla, llegaron los malos augurios en el cielo, el rey francés apareció por los Alpes y las 75 toneladas de bronce que Leonardo tenía apalabradas se destinaron a fabricar cañones.

Fue precisamente en aquel fatídico momento en que Leonardo se dio cuenta que, a sus cuarenta y dos años de edad, había tirado todo su talento por la borda y desperdiciado los mejores años de su vida. En un momento en que la esperanza de vida en Europa era de cuarenta años, Leonardo temió estar al borde de la muerte sin haber logrado completar una obra que los siglos recordarían y que las gentes del futuro pudiesen admirar.

Aunque nadie dudaba que era brillante, la mala suerte se había cebado con él. Leonardo, preso de una gran melancolía desde joven, se sumió en una profunda depresión.

***

¿Por qué le había costado tanto completar sus obras? Sin duda era porque su autoexigencia era desorbitada. Nada le parecía lo suficientemente bueno. Todo había que mejorarlo.

Leonardo, a diferencia de otros autores de su época, creía que el arte debía reflejar al máximo la naturaleza. Pero, para él, eso no significaba únicamente pintar árboles y flores. Leonardo creía que había incluso que reproducir el viento de los árboles y las sombras que producen las nubes. Un artista debía estudiar el vuelo de las aves, debía saber de botánica e incluso ser experto en geología.

La luz, especialmente, le obsesionaba. Cómo se veían los objetos en distintos ambientes (con niebla o bajo el agua, por ejemplo) era algo que llegó casi a desquiciarle.

Su otra gran obsesión era el cuerpo humano, su funcionamiento y, sobre todo, su movilidad. Leonardo quería aprenderlo todo de los músculos y, por ello, incluso llegó a diseccionar cadáveres, una práctica que entonces era considerada una abominación.

Pero él no se detuvo. En un siglo en que ni siquiera los médicos estudiaban con cadáveres y el estudio de la anatomía se reducía a la lectura de las obras de Galeno, un antiguo sabio del siglo segundo después de Cristo, Leonardo fue el primero en hacer dibujos anatómicos exactos y detallados.

Leonardo quería llegar donde nadie había llegado. Quería reproducir la naturaleza en todo su esplendoroso detalle. De ahí sus estudios. De ahí sus experimentos con nuevas técnicas. La invención de nuevos materiales y la propuesta de nuevas composiciones. La ruptura con todo lo que se había visto hasta entonces.

Pero todos esos estudios necesitaban ser plasmados y no había manera de transportar su genialidad a una obra que le aupase a la eternidad. Leonardo, a sus cuarenta y dos años, temió que esta obra no iba a llegar nunca y se deprimió.

Que Ludovico Sforza le hiciera entonces precisamente un nuevo encargo no le ayudó en exceso. Era tan sólo la decoración de una pared en el refrectorio de un convento dominico llamado Santa Maria delle Grazie. Un encargo de tercera categoría, sin duda, que a Leonardo no le hizo especial ilusión.

Pero era lo que había. Ludovico Sforza le indicó que debía pintar un fresco de la Última Cena, un tema bíblico que se empleaba frecuentemente para decorar refrectorios.

Ni el mismo Leonardo pudo saber entonces que iba a crear una obra revolucionaria que lo iba a inmortalizar.

***

Fue en el primer día de la Pascua. Es decir, en la festividad del pan sin levadura. Fue entonces cuando, según contó después Mateo, los apóstoles se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Y él les respondió que fueran a la ciudad, a la casa de cierto hombre, y le dijeran: “El Maestro dice: “Mi tiempo está cerca. Voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos””.

Y así lo hicieron. Con lo que al anochecer, Jesús estaba sentado a la mesa con los doce Apóstoles. Y mientras comían, les dijo:

— Uno de vosotros me va a traicionar.

Y entonces todos los apóstoles comenzaron a preguntar al Señor: “¿Soy yo?”.

Leonardo da Vinci se centró en este último punto de la historia bíblica, cuando Jesús desvela que hay un traidor entre ellos. Y lo hizo para conseguir una mayor emotividad en la escena: todos los personajes se muestran contrariados, sorprendidos. Los apóstoles se miran los unos a los otros, sin saber a qué se refiere Jesús. Hay incredulidad y estupor. Leonardo insufla vida a cada una de las caras para dotar de un gran dramatismo a sus expresiones. Hay una coreografía perfectamente estudiada de movimientos y expresiones que revelan un basto abanico de emociones.

En medio de todos ellos está la figura de Jesús, un Jesús con cara de pena, herido emocionalmente, claramente apesadumbrado. Pero, al mismo tiempo, delata una gran tranquilidad: es la persona que asume su trágico final con una gran serenidad y entereza.

Para que la composición encajara visualmente, Leonardo optó por una fórmula muy inteligente: Jesús está claramente en el medio y a cada lado tiene el mismo número de figuras. Pero estas figuras están clasificadas en grupos de tres. De hecho, cada uno de esos pequeños grupos explica una pequeña historia en sí misma.

Por supuesto, hay armonía y fluidez entre los grupos. Todo está en una perfecta sintonía por un juego magistral de perspectivas. Para empezar, las figuras están perfectamente integradas en la escena: Leonardo jugó muy bien con los elementos arquitectónicos (el techo, las paredes, las ventanas, los tapices) para conseguir un efecto de profundidad que, aunque muy marcado, no resultase forzado.

Una cuestión que ha atraído mucho la atención de “La Última Cena” es la técnica pictórica. Leonardo empleó la técnica del “fresco”, pero la alteró para hacerla más maleable. En la técnica del fresco tradicional, la pintura se posa sobre el yeso cuando éste está aún húmedo, con lo que es muy difícil hacer retoques o cambios. El fresco, de hecho, requiere de una técnica muy depurada y perfectamente ensañada. Porque, básicamente, se ha de pintar contrarreloj (si el yeso se seca ya no puedes pintar encima). Leonardo probó con pigmentos que él mismo había fabricado y mezcló elementos del temple con el óleo, lo que le permitió retocar la pintura mientras componía.

Pero rápidamente se dio cuenta de que esta técnica era bastante mala. La pintura no se adhería bien a la pared, el pigmento no quedó bien fijado al muro. Poco después de ser pintada, comenzó a escamarse en varias partes.

Aún así, el resultado fue absolutamente magistral y el éxito fue inmediato: “La última cena” consagró a Leonardo a la posteridad.

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