Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

iban courbettEn 2011, un autor por aquel entonces desconocido rescataba del olvido un libro de botánica del 1810 que se creía perdido. Pero no lo presentaba como un sesudo tratado vintage, ni como un texto científico, sino en forma de álbum fantástico, surrealista a veces, inteligente siempre, increíblemente ingenioso, bien trabado y con unas ilustraciones exquisitas que recordaban el elegante detallismo de los libros de antaño.

A simple vista, de hecho, la portada parece una obra decimonónica y sumamente anglosajona. El título, “Bombástica Naturalis”, hace pensar en autoría extranjera y tiempos añejos, pero su escritor e ilustrador nació en 1973 en Elgoibar, Guipúzcoa. Su nombre es Iban Barrenetxea y, por aquel entonces, tras una década dedicada al diseño gráfico, había decidido apostar por la ilustración de libros. Y menos mal que lo hizo. El libro, desde la mismísima portada, es una auténtica delicia visual: suntuoso y elegante, delicado y sublime. Una joya que le valió el Premio Euskadi de Ilustración, una Placa de Honor en la Bienal Internacional de Ilustración de Bratislava y el ser finalista en los CJ Picture Awards de Corea.

 

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Bombástica Naturalis” nos daba a conocer las señas de identidad visual de este genio que, si hubiese vivido en la Inglaterra del siglo XIX, le hubiese hecho una larga y peligrosa sombra a John Tenniel, el ilustrador de “Alicia en el País de las Maravillas”. Y no es una exageración: los dos comparten el estilo preciso y distinguido, la tendencia al humor sutil y refinado, la mezcla de lo real y lo caricaturesco.

Hay otros dos grandes ilustradores que viene de inmediato a la mente: el gran Norman Rockwell, por su estilo detallado y puro, lleno de ironía y humor, y el estadounidense Edward Gorey, con dibujos estilizados, de claro estilo victoriano y con un punto macabro (inspiraron al mismísimo Tim Burton). En Barrenetxea vemos sobre todo la sombra de Gorey, cuya obra, por cierto, está dando a conocer en España la magnífica editorial “El zorro rojo” y ya era hora que la tuviésemos por estos lares.

Iban Barrenetxea publicó “Bombástica Naturalis” con la exquisita “A buen paso”, una de esas iniciativas editoriales que realmente tienen pasión por los libros. Y con “A buen paso” también publicó su segunda obra, “El cuento del carpintero”, otra maravilla estética que escribió e ilustró, y que le valió el prestigioso Premio Libro Kirico 2011. La historia vuelve a incidir en la mejor tradición literaria vintage.  Firmin, el protagonista, es un carpintero prodigioso cuyas piezas eran tan perfectas y fantásticas que parecían cobrar vida propia. Por eso, cuando el barón Von Bombus pierde un brazo en el fragor de la batalla, el Médico, la Baronesa, el Ministro y el Cardenal acudirán a él para que le fabrique uno nuevo. El resultado será tan espectacular que el Barón doblará sus ganas de guerrear y Firmín se encargará de ir reemplazando las extremidades dañadas hasta casi quedarse sin madera, y el Barón sin cabeza… Y hasta aquí podemos leer.

 

 

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A estos libros seguirán tres libros más propios y la ilustración de unos cuantos más, con una prodigalidad prodigiosa y sin bajar nunca el listón de calidad. Escribe e ilustra en 2013 “El único y verdadero rey del bosque” (A buen paso), que desde el primer párrafo promete:

Si un viajero se aventurase a cruzar los helados mares del norte, si los vientos y las mareas le fueran propicios, si sorteara las tempestades y los monstruos marinos se apiadasen de él, desembarcaría en un lugar donde los inviernos son largos y oscuros y en verano el sol jamás se va a dormir. Si el viajero, tras besar la tierra –como debe hacer cualquier viajero que se precie de serlo–, caminase tantas leguas como horas tiene el día, llegaría hasta un bosque de abedules. Allí, a la sombra de los blancos abedules tal vez, y sólo tal vez, el viajero llegaría hasta una casita de madera: la casita de madera de Jaska, Kaspar y Masia”.

 

 

Brujarella” (editorial Thule) le sigue en 2014, en donde reinventa los clásicos populares y mezcla lo detectivesco con lo onírico. “Benicio y el prodigioso náufrago” (A buen paso) se publica en 2016 y en él nos ofrece a su personaje más completo, el tal Benicio, que “tenía más de pobre que de pescador, porque pescar lo que se dice pescar no pescaba casi nada”:

El nombre, el oficio y la miseria los había heredado de su padre, de su abuelo y de su bisabuelo. Pero mientras el nombre y el oficio seguían siendo los mismos, la miseria no había hecho más que acumularse con el paso de los años. Así, la vieja caña de pescar que el bisabuelo legó al abuelo ya no era una caña, sino un palo de escoba; el sedal que éste dejó a su hijo ya no era un sedal, sino un cordón de bota vieja; y para cuando nuestro Benicio la heredó de su padre, ya ni siquiera el anzuelo era un anzuelo, sino un clavo retorcido. Benicio vivía en una casita de pescador en la que sólo se cabía de lado y que, a pesar de todo, detestaba abandonar cada mañana para hacerse a la mar”.

 

Prosa elegante y refinada de un autor que se reconoce un gran admirador de Henry James y que, por fin (insisto: ¡por fin!), no trata a los niños como inútiles, sino como personas con potencial e inteligencia a los que hay que despertar la curiosidad y nutrir el vocabulario.

 

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Leyendo sus libros, inmediatamente viene a la mente Roald Dahl y, como Iban siga como hasta ahora, podría convertirse, no solo en el John Tenniel español (que ya lo es), sino también en el Roald Dahl patrio. Los dos mezclan clasicismo con modernidad, inteligencia con humor, y buenas dosis de fina ironía y sarcasmo de la mejor tradición british. Cuando la maravillosa y exquisita Nórdica editorial pidió a Barrenetxea que ilustrase “La cata”, uno de los más brillantes pero menos conocidos relatos de Roald Dahl, muchos nos alegramos sinceramente. Aunque también hay que reconocer que las ilustraciones de Barrenetxea le vinieron como un guante a “La liga de los pelirrojos”, uno de los casos de Sherlock Holmes escrito por Conan Doyle (Anaya, 2013), y a “Traficantes de milagros y sus métodos” (Nórdica), el libro que donde Houldini desvela algunos de sus métodos.

 

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En todos las mismas señas de identidad de este genio de la ilustración que comenzó a dibujar desde niño para seguir los libros que había leído o las películas que había visto. Este fanático del cine mudo que ofrece una mirada teatral y delicada, con planos amplios y perspectiva plana.

Un ilustrador que no para de cosechar premios más que merecidos y del que esperamos poder disfrutando en el futuro.

 

 

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