Josefina Carabias, la periodista que ya lo hizo antes

Artículo de Ana Polo Alonso.

Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, el periodista estadounidense John Gunther escribió que Manuel Azaña, entonces en la cima de su prestigio, era un hombre misterioso que nadie conocía en realidad. A pesar de los miles de libros, exposiciones, catálogos, biografías, tratados y recopilaciones de textos, algunos de ellos excelentes, Azaña nos sigue resultando tan contradictorio como interesante. Para los unos fue el símbolo indiscutible de la República, glorificado por la tragedia, un gran estadista moderado, sensato y culto; para los otros, en cambio, fue un vulgar pusilánime, torpe e incapaz al que el país se le fue de las manos y perdió la guerra por errores propios. Ninguno de los extremos seguramente fuese cierto y, aunque nunca fue el gran héroe que algunos hubiesen  esperado, tampoco resultaba el tremendo bobo que otros dibujaban. En 1961, Cipriano de Rivas Cherif, el cuñado de Azaña y uno de sus colaboradores más cercanos, intentó conseguir el difícil equilibrio en su magnífico Retrato de un desconocido (México: editorial Oasis; hubo una segunda edición ampliada en 1979, en Grijalbo). Y fue uno de los pocos que consiguió retratar al hombre más allá del mito. 

Josefina Carabias. "Azaña. Los que le llamábamos don Manuel", de Seix Barral.

Entre otras muchas cosas, retrata a un Azaña que se saltó todas las normas. Para empezar, fue lo que hoy en día llamaríamos un “outsider”, alguien sin excesiva experiencia política y carente de toda ambición de poder. No era rico ni lo apoyaban grupos poderosos. Él era un escritor y, aunque había ganado el Premio Nacional de Literatura por su biografía Vida de Don Juan Valera, no era del todo conocido. Sin embargo, en cuestión de meses, y por una carambola del destino, emergió como el político más poderoso del país. 

Tan alejado estaba, de hecho, de los tejemanejes que, como explica Rivas Cherif, días antes de que se proclamase la República (y él se convirtiese en Ministro de la Guerra), a Azaña lo que realmente le importaba era el desarrollo de su nueva novela, Fresdeval, basada en sus recuerdos de la niñez y en las historias que le habían contado sus abuelos en Alcalá. Iba a relatar la historia de tres generaciones de una familia y se había inspirado en su redacción en las grandes sagas de Tolstoy

***

El domingo 12 de abril había elecciones locales en España. El gobierno del almirante Aznar, que acababa de reemplazar al del general Berenguer, cometió días antes un error mortal: mandó fusilar a los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández por haberse levantado contra la monarquía y haber declarado meses antes la II República en Jaca (Huesca). La consternación popular fue tal que los comicios se convirtieron en una protesta contra Alfonso XIII y en las ciudades las fuerzas republicanas arrasaron. 

Para evitar peligros y una más que probable detención, desde el fallido alzamiento de Jaca, Azaña y tantos otros se habían escondido. El lunes 13 de abril, su cuñado, Cipriano de Ribas, fue a mediodía al Café Lyon, en la calle Alcalá, y allí se encontró con una jovencísima periodista, de tan sólo veintidós años, Josefina Carabias, a quien conocía de las tertulias del Ateneo. Una amiga de ésta, Mercedes, insistió en llevarlos en su propio coche a recoger a Azaña y a llevarlo a una reunión clandestina en la casa de Don Niceto Alcalá Zamora, en la calle de Martínez Campos. Así lo hicieron y, luego, ellos regresaron al café. Federico García Lorca apareció al poco tiempo: les explicó que había visto una manifestación exultante de defensores de la República en la Plaza de Cibeles y cómo la Guardia Civil a caballo la había derrotado a base de sables y garrotazos. Horas más tarde, cerca de la medianoche, volvieron a subirse al coche para ir a buscar a Azaña. Después lo devolvieron a su domicilio, aunque lo dejaron en la esquina de Velázquez y Hermosilla “para no llamar la atención”. 

Josefina Carabias se acordaría siempre de aquel histórico día de julio en donde, de algún modo, hizo una pequeña contribución a la causa de la República. De ese y de tantos otros momentos en que pudo ver el lado más humano del que estaba llamado a ser líder e icono de la República. Sin embargo, hubo de callar durante décadas, primero por prudencia y luego por la censura, y no pudo poner por escrito sus vivencias hasta el regreso de la democracia. En el verano de 1980, redactó Azaña. Los que le llamábamos don Manuel. Desgraciadamente, nunca lo vería publicado: un mes después de enviar el original a la editorial Plaza & Janés, Josefina falleció de un infarto.

Ahora, Seix Barral recupera esta obra del olvido con una nueva edición acompañada de un prólogo de Elvira Lindo. Es una oportunidad de leer una biografía de Azaña que se aleja de todos los tópicos al uso y nos desvela una versión tierna, simpática y amable –casi se podría decir entrañable– del hombre detrás del icono. No es la mejor biografía para entender todo lo que hizo a nivel político y su significado en la historia (a quien le interesen semejantes derroteros, Vida y tiempo de Manuel Azaña. 1880-1949, de Santos Julià, es difícilmente superable). Sin embargo, es seguramente la única, junto aquella de Cipriano de Rivas, que se adentra en el alma humana de un hombre que nunca deseó su propio destino. Carabias lo presenta como un tipo honesto, con un humor un tanto cáustico –cenizo decimos por aquí– y seguramente sobrepasado por los acontecimientos. Un hombre que acabó sus días acosado por la enfermedad, absolutamente horrorizado por la Guerra Civil, lúcido en cuanto a los motivos que la provocaron, pero incapaz de asumir la autocrítica que merecían los tiempos.

Carabias nos presenta a un Azaña muy alejado de la imagen que muchos forjaron de él, la de un hombre amargado y amargo o, como expresó Claudio Sánchez Albornoz, “era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de republicanos (…) Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, había tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él…” Para Andrés Trapiello, sin embargo, el juicio es mucho más duro: “Fue Azaña el personaje más hondamente tolstoiano de aquellos tres sangrientos años de guerra. Como el Pierre de Guerra y Paz, vemos a Azaña cruzar el campo de batalla, aturdido, alucinado, colérico ante la estupidez del mundo, tanto como conmovido por el dolor de los pobres y la tragedia de los desposeídos. Quizás pensara, cuando ya se había desatado la mayor tempestad de todo el siglo, que él no era sino un involuntario sembrador de vientos. Ahora bien, si lo pensó, nunca lo dijo. Siempre echó la culpa a alguien“.

Josefina Carabias, sin embargo, no es tan dura en sus aseveraciones y, en su libro, dice de él: “Azaña no daba coba a nadie, aunque, contra lo que mucha gente creía y sostenía, era un hombre amable al que le gustaba reír y gastar broma. Hablaba casi siempre en tono humorístico, aunque a veces fuera un humor mordaz. Solamente se mostraba antipático a propósito, cuando él quería y con quien, según su criterio, se lo merecía. Pero, desde el principio, tuve la impresión de que le costaba cierto esfuerzo“. Esta visión mucho más suavizada se extiende al resto de personajes que definieron la República: Carabias parece querer contagiarnos el júbilo e ilusión que explotó cuando cayó la monarquía y todo el país parecía desear un futuro mejor. Desgraciadamente, los sueños se esfumaron demasiado rápido.

***

Hay un nombre que mujer que la historia ha relegado al olvido: el de Francisca de Aculodi, una magnífica pionera que fundó en 1683Noticias principales y verdaderas“, una “hoja” que traducía un periódico de Bruselas y añadía noticias locales que ella misma redactaba. Desgraciadamente, su ejemplo no creó escuela y hubo que esperar hasta Beatriz Cienfuegos a finales del siglo XVIII con La pensadora gaditana y, sobre todo, hasta El Correo de las Damas, en 1807, para encontrar prensa dirigida a –y escrita en parte por– mujeres.

Hubo más: Carmen de Silva, que en 1811 dirigió el Roberpierre español; Eulalia Ferrer que fundó el Diario de Palma en 1809; Margarita Pérez de Celis, que creó en 1857 El Pensil Gaditano, considerada la primera revista feminista de España. Sus nombres y los de tantas otras ya no se recuerdas –¿a alguien le suena Concepción Jimeno de Flaquer o Josefa Massanes?– y hay que acudir a alguna tesis doctoral aislada para ver sus nombres impresos. Tan sólo unas pocas se salvan de la criba: Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, y en algún libro de texto de Literatura sale el de Cecilia Böhr de Faber, aunque siempre con su apodo, Fernán Caballero.

En esta lista debería lucir con más fuerza el de Josefina Carabias, la primera mujer que formó parte estable de la plantilla de un periódico y una de las pioneras del periodismo actual junto con Carmen de Burgos y Sofía Casanova. Las tres tuvieron vidas únicas; las tres tuvieron que romper normas. Carabias fue, quizás, la más rebelde: nacida en un pequeño pueblo e hija de labriegos que habían hecho algo de fortuna, su padre le prohibió estudiar más allá de las asignaturas que se impartían en el colegio de monjas (bordado, cocina, música). Pero ella se sacó el bachiller a escondidas y, cuando presentó el título en casa, y anunció solemnemente que quería ir a la universidad, a sus padres les dio un gran disgusto.

Yo quería salir del pueblo“, reconoció en una entrevista. “Veía en los periódicos a las chicas que estudiaban”. Y ella quería hacer lo mismo: su familia, en un intento desesperado, intentó que se decantara por Farmacia, entonces una de las pocas carreras consideradas adecuadas para una mujer, pero ella insistió en licenciarse en Derecho. Para no dar más que hablar, la enviaron a la Residencia de Señoritas sin ser conscientes de que era una institución muy moderna que estaba ampliando los horizontes a las mujeres. Josefina, o Pepita como la llamaban por entonces, descubrió el Madrid de los años veintes, deseoso de tener más libertades: se cortó el pelo a lo garçon, acudía regularmente al Ateneo y, cuando no estaba en clase o en la residencia, iba a bailar el tango o el charlestón en los café-concert de moda.

Gracias a un familiar que dirigía Estampa, entonces el semanario de mayor difusión de la época, comenzó a publicar: lo primero fue una entrevista a Victoria Kent, entonces la primera mujer Directora de Prisiones. A partir de ahí, su fama fue imparable. “Me convertí en periodista en dos meses“, reconoció.

Josefina Carabias con Victoria Kent
Josefina Carabias con Victoria Kent

No sólo fue una pionera: también ayudó a regenerar una técnica narrativa que ya estaba caduca. En la prensa española dominaba el periodismo de crónica, muy valorativo, subjetivo y, ideológico. Incluso radicalmente ideológico. Las frases iban a la par de lo engolado del pensamiento: hay una retórica casposa, parsimoniosa, de dolorosa floritura y excesiva solemnidad. Carabias, junto con tantos otros de la profesión, limpiaron los periódicos. Eran los tiempos de Enrique FajardoFabián Vidal”, de Vicente Sánchez-Ocaña, Julio Camba y, sobre todo, de Manuel Chaves Nogales, a quien Josefina Carabias consideró su gran maestro (ella fue quien escribió el prólogo de Juan Belmonte. Matador de toros). Gracias a todos ellos, el periodismo comenzó a tener una redacción nítida y en las piezas que firmó Josefina Carabias vemos un estilo inconfundible: innovador, fresco y, a menudo, irónico, que recuerda mucho el de Teresa Carnés.

Ocho días de camarera en un hotel de Madrid. Josefina Carabias.

También vemos una voluntad de salir a la calle y observar la realidad. Carabias fue una de las grandes pioneras de los reportajes, una técnicas que siempre hemos creído inventado por los estadounidenses. En realidad, años antes de que en la década de los sesenta Tom Wolfe reivindicara el “nuevo periodismo”, ella ya lo practicaba. Y pruebas hay de sobras: años antes de que el alemán Günter Wallraff se hiciera pasar por inmigrante turco, Carabias se infiltró una semana en el Ritz como camarera para hacer un reportaje. Entre sus múltiples artículos, hay piezas muy avanzadas a su tiempo como “¿Cómo llegué a ser chica de servicio?“.

La guerra la obligó al exilio y, cuando pudo regresar, estuvo años sin poder firmar con su nombre. Luego se tuvo que adaptar a la nueva situación, aunque su pluma siempre siguió siendo certera y limpia. Era una periodista de raza, como se diría ahora, más preocupada por los demás que por su propia fama. En unos tiempos en los que sólo vale la notoriedad a cualquier precio, el suyo es un ejemplo que no deberíamos pasar por alto.

Courbett Magazine

Courbett Magazine es una revista digital y plataforma transmedia dedicada a la edición independiente, el diseño y la promoción del talento.

Más artículos
Los devoradores de mente: cuando la ciencia es tan divertida como aterradora

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies