Elizabeth Barrett Browning

La feminista victoriana que amaba a Homero

Por Ana Polo Alonso

Courbett Magazine

Cuando la novela en verso “Aurora Leigh se publicó por primera vez en 1856 fue tal el éxito que la primera edición se agotó en pocos días. Parecía que toda Inglaterra lo estaba leyendo y, aunque hubo críticas para todos los gustos, pronto se tornó una obra de culto. Oscar Wilde lo adoraba, John Ruskin lo consideraba “el mejor poema que se ha escrito en este siglo en cualquier lengua” y George Eliot lo leyó tres veces seguidas porque ningún otro libro “me ha generado una sensación más profunda de comunión con una mente elevada y bella”.

En seis años (hasta la muerte de su autora, Elizabeth Barrett Browning, en 1861), de “Aurora Leigh” se publicaron cinco ediciones más. A finales del siglo XIX se había reeditado más de veinte veces en Gran Bretaña y otras tantas en Estados Unidos, donde también fue un fenómeno. La feminista Susan B. Anthony decía que llevaba siempre un ejemplar consigo (“lo leo y lo releo una y otra vez”). En 1902, lo donó a la Biblioteca del Congreso con una dedicatoria: “con la esperanza de que las mujeres sean más y más como Aurora Leigh”. 

Aurora Leigh de Elizabeth Barrett Browning
La editorial Alba nos trae por primera vez en castellano esta novela en verso victoriana (traducción de José C. Vales)

Desgraciadamente, con el advenimiento del siglo XX su estela se eclipsó: del éxito absoluto pasó a un olvido desconcertante. Su autora, Elizabeth Barrett Browning, que había sido laureada y admirada en vida (“la Safo de nuestro tiempo”, dijo Wilde; “la Shakespeare entre las mujeres”, apuntó Ruskin), después de muerta fue marginada y expulsada del canon literario. Sólo ha sido rescatada —y aún así, muy tímidamente— en los últimos años. De hecho, hasta la década de los setenta, hasta 1978 para ser exactos, “Aurora Leigh” no fue realmente recuperada en Inglaterra. La propia Virginia Woolf lamentó que “el destino no ha sido amable con la señora Browning como escritora”. 

Aquí, desgraciadamente, ni tan sólo se conoce. Ni a su autora ni a esta novela en verso libre que en su día rompió esquemas y presentó a una mujer protagonista —una heroína independiente, indómita, ambiciosa e increíblemente inteligente— que lucha por librarse de convencionalismos sociales, esquiva propuestas de matrimonio y se centra en cuerpo y alma en consagrarse como escritora de éxito.

No suena el nombre de una mujer, Aurora Leigh, que representó mejor que nadie las aspiraciones de mujeres que luchaban contra cadenas culturales y querían alcanzar la satisfacción profesional, colmar sus deseos intelectuales, en un momento en que un patriarcado asfixiante ahogaba cualquier ansia y atisbo de libertad y condenaba a las mujeres inexorablemente al hogar. En un siglo en que incluso mujeres que luchaban por más igualdad, como Caroline Norton, consideraban que los hombres eran superiores intelectualmente a las mujeres, Aurora Leigh emergió como una igual real, una mujer que no quería disimular su inteligencia y sed de conocimientos.

Aurora Leigh fue una proto-feminista, una feminista avant la lettre, una activista por los derechos de las mujeres en un tiempo en que la palabra sufragismo no estaba en boga ni tampoco el concepto de feminismo como lo entendemos hoy en día. Pero lo suyo no es un planteamiento simplemente reivindicativo, contestatario, de activista de folletín y pancarta. Lo que hace a este poema una obra que trasciende barreras temporales, y se puede leer ahora con la misma intensidad que hace más de un siglo, es que no cae en estereotipos fáciles ni en reducciones maximalistas. “Aurora Leigh” plantea cuestiones increíblemente difíciles —algunas todavía están a día de hoy por resolver. 

Aurora Leigh fue una proto-feminista, una feminista avant la lettre, una activista por los derechos de las mujeres en un tiempo en que la palabra sufragismo no estaba en boga ni tampoco el concepto de feminismo como la entendemos hoy en día

El libro, por ejemplo, plantea la prostitución forzada y los abusos a mujeres. Una de las protagonistas, Marian Erle, padeció una infancia traumática: su madre era una alcohólica que intentó venderla a un burdel. Más tarde en su vida volvería a caer en la prostitución; sería violada y abandonada en la calle como una mendiga. 

Otra cuestión clave es que el patriarcado no es perpetuado por hombres, sino por mujeres. Aurora Leigh se queda huérfana y es educada básicamente por su tía, una mujer soltera y con una vida tediosa, la cual es la encargada de inculcarle los valores tradicionales de Inglaterra. “Decoro” era la palabra y el concepto que, en teoría, debía interiorizar. Lo que se traducía por sumisión y silencio. Su tía vivía “en una especie de jaula”, dirá la protagonista: lo único que podía hacer era coser, remendar y bordar. “Volar de una percha a otra de una jaula era la única felicidad para un pájaro”. 

Aurora se revelará contra esa vida monótona, gris y aburrida de provincias y buscará nuevos horizontes, primero en Londres y luego en el extranjero. Adquirirá una gran educación por sí misma, muy alejada de las limitadas nociones que se inculcaban a las mujeres en la era victoriana. Descubrir la obra de Shakespeare, en particular, le cambiará la vida; será lo que le anime a convertirse en una escritora de éxito. Tendrá dudas en sus propias habilidades, habrá momentos en que pensará que todos sus intentos han sido en vano, pero al final triunfará en su propósito de publicar un libro.

***

Courbett Magazine

Sales de la estación de metro de Charing Cross en Londres, atraviesas la plaza de Trafalgar, avanzas por un lateral de la Galería Nacional y, justo detrás del imponente edificio neoclásico, te encuentras un museo al que los turistas no suelen acudir y en donde siempre reina una calma elegante: la “National Portrait Gallery”. En el segundo piso se sitúan las galerías victorianas y en una de las salas más concurridas, la de los escritores y artistas, cuelgan impresionantes retratos de las hermanas Brontë, Charles Dickens y Alfred Tennyson. También hay dos cuadros al óleo pintados en 1851 por Michele Gordiani a los que nunca nadie presta atención: uno representa a Robert Browning y el otro a Elizabeth Barrett Browning. 

No sé si lo habrán cambiado (espero que sí), pero la última vez que fui, hace ya unos cuantos años, al matrimonio Browning lo presentaban de la siguiente manera: a él lo ensalzaban como “uno de los grandes poetas del siglo XIX, famoso por su intelectualidad”; de ella simplemente se apuntaba que “fue una poeta famosa en su tiempo. Se fugó para casarse con Robert Browning y vivió una temporada en Florencia”. Así, sin más. Es decir, a pesar de que fue una de las mejores poetisas de su tiempo (se decía que sus sonetos habían sido los mejores en lengua inglesa desde Shakespeare), ahora a Elizabeth Barrett Browning se la considera una anécdota histórica, un apunte más (y ni siquiera destacado) en los libros de Literatura Inglesa. Alguien más famosa por su historia de amor que por sus méritos intelectuales. Qué injusta puede ser la historia, y más cuando estamos delante de una mujer excepcional y extraordinaria que no se podía encasillar en las limitadas  y rígidas etiquetas de la sociedad victoriana. 

Porque Elizabeth Barrett Browning rompió muchos moldes como mujer y como escritora. En vida fue considerada una poetisa innovadora, rebelde e incluso iconoclasta. Una autora que no dudó en explorar los límites de la poesía y en profundizar en multitud de géneros literarios: de la épica a lo dramático, de los sonetos a las meditaciones religiosas, las baladas y los monólogos. Edgar Allan Poe la tenía como referente; Emily Dickinson la admiraba tanto que llegó a poner un retrato de Browning en su habitación. 

Edgar Allan Poe tenía a Elizabeth Barrett Browning como referente. Emily Dickinson la admiraba tanto que llegó a tener un retrato de Browning en su habitación

Ella era perfectamente consciente de ser una pionera. Creía que Inglaterra había dado excelentes mujeres novelistas, pero no había generado una poetisa de excepción. Sentía que no tenía antecedentes ni modelos en los que inspirarse. “¿Dónde estuvieron las poetisas?”, preguntó en una carta a su amigo Henry Chorley. “Inglaterra ha tenido muchas mujeres cultas, no sólo lectoras, sino escritoras en lenguas cultas, en tiempos de Isabel I y después —mujeres de profundos conocimientos en la difusión de las letras. Y, sin embargo, ¿dónde están las poetisas? El alo divino que inundó esta tierra con una multitud de poetas… ¿por qué no hubo formas líricas en los labios de una mujer? ¡Qué extraño! Busco por todas partes a nuestras abuelas y no encuentro a ninguna”. 

Exageraba, obviamente. Porque sí que hubo “antecedentes”: Aphra Behn, por ejemplo, o Felicia Hemans y Leticia Elizabeth London. Pero Elizabeth Barrett Browning sentía que ella era diferente a todas ellas. Su poesía era radicalmente distinta. 

Sus antecesoras se habían centrado en temas domésticos, en lo que tradicionalmente se (mal)entendía por “femenino”: el amor no correspondido, la pérdida y la muerte, el dolor y el duelo, la importancia de la familia y la religión. Ella, en cambio, se reveló contra estos tópicos; los consideraba limitados y poco estimulantes, nada exigentes. Ella quería irrumpir en aquellos ámbitos vetados hasta entonces a las mujeres: las grandes épicas, los ideales más elevados, la estructuras de poder, el compromiso político explícito. Nuevas formas, nuevos enfoques. Incluso cuando en alguna ocasión trate temas más conservadores —la mujer traicionada, por ejemplo— lo hará de manera innovadora, explorando nuevas vertientes. 

Además, tenía su voz y quería alzarla. Elizabeth Barrett Browning tenía una implicación personal con una agenda que hoy consideraríamos feminista. Fue, conscientemente, una verdadera activista que dedicó la mayor parte de su carrera a luchar por la libertad, contra cualquier forma de opresión y violencia. Fue una defensora de los marginados y los oprimidos, fueran éstos mujeres, niños, obreros, esclavos o ciudadanos de estados que no existían entonces como tales, como Italia y Grecia. 

En su primera obra, el poema épico «The Battle of the Marathon» (1820), ya exploró la democracia y la tiranía. El capitalismo, la esclavitud y la opresión sexual aparecerían en múltiples de sus poemas y la política europea centraría su «Casa Guidi Widows» (1851) y «Poems Before Congress» (1860).

Ni que decir tiene que la criticaron sin piedad por tan descaradas incursiones en terrenos que entonces se consideraban exclusivamente masculinos. Una reseña de 1842 destacaba que «su gran defecto es una cierta extravagancia desenfrenada que se regodea en lo salvaje, lo místico y lo salvaje».

Sin embargo, al mismo tiempo que sus críticos la vapuleaban sin piedad, sus defensores la ensalzaban con el mismo vigor y entusiasmo. Sobre todo a partir de la publicación de su colección de poemas en 1844, Elizabeth contó con una legión de entusiastas que la elevaron a los altares literarios. «Posee el rigor masculino del intelecto y una acusada maestría del lenguaje», sentenció la «Eclectic Review».

Tan aplaudida llegó a ser que, cuando Wordsworth murió en 1850, el semanario «The Athenaeum» la propuso como candidata para el puesto vacante de «Poet Laureate». No se lo concedieron finalmente (el título se lo llevó Tennyson), pero llegó a ser una contendiente más que potente.

***

Tenía una voz suave y una mirada intensa, prueba de una feroz inteligencia. Y también de una impresionante precocidad.

Elizabeth Barrett Browning nació el 6 de marzo de 1806 en Durham. Su padre era un rico heredero de una fortuna proveniente de las las plantaciones de azúcar de Jamaica. Junto a sus once hermanos, Elizabeth pasó una infancia idílica en la casa familiar de Hope End, una inmensa mansión de estilo oriental, con minaretes y cúpulas y una ornamentada decoración, ciertamente extravagante y muy alejada de las severas y adustas mansiones jacobeas e isabelinas que dominaban el condado.

Su padre descubrió pronto el talento poético descomunal de su hija y lo apoyó sinceramente. Nunca se opuso a que leyera con avidez y permitió que Elizabeth, o «Ba», como la llamaban en familia, se educase junto con su hermano bajo las órdenes de un tutor que le hizo leer a Homero en traducción de Pope. Homero le cambiaría la vida.

A los diez años, Elizabeth Barrett Browning ya había leído a Shakespeare, obras de la Antigüedad clásica y libros de la historia de Inglaterra, Grecia y Roma. Luego leyó la «Edad de la Razón» de Paine, el «Diccionario Filosófico» de Voltaire, los ensayos de Hume y, también las obras de Rousseau y los tratados en defensa de la mujer de Mary Wollstonecraft.

A los trece años, escribió su primer poema épico, «La Batalla de Maratón«, muy inspirada en la obra homérica. A su padre le gustó tanto que mandó hacer cincuenta copias impresas y las distribuyó entre amigos. A partir de ese momento no pararía de crear.

Es una lástima que hoy en día a Elizabeth Barrett Browning sólo se la recuerde como la esposa de. Es cierto que su historia de amor es preciosa (se enamoró del poeta Robert Browning por carta y se fugó con él para poder casarse, dado que su familia se oponía al enlace). Pero semejante detalle histórico no debería empañar el hecho que, como bien decía su marido, Elizabeth Barrett Browning compuso algunos de los versos más hermosos y perfectos desde tiempos de Shakespeare.

Como su gran personaje, Aurora Leigh, Browning fue una avanzada a su tiempo. Mantener su obra y su nombre en el olvido es un despropósito.

Comprar «Aurora Leigh» de Elizabeth Barrett Browning (Editorial Alba, traducción de José C. Vales)

Sobre Courbett

COURBETT es una revista online sobre Libros, Arte, Cultura y Diseño con una mirada muy internacional.

CONTACTO

contacto@courbettmagazine.com

Más artículos
#TheCrown: El palacio de los reyes en la auténtica corte de Lilliput

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies