La forja de una rebelde

Por Ana Polo Alonso

Una noche en plena guerra civil, Arturo Barea le contó a Ilsa algunos de sus primeros recuerdos, como aquella imagen de la ribera del Manzanares de doscientos pantalones flotando en el aire “que se llenan de viento y se inflan”. Su madre, Leonor, viuda, con cuatro hijos y sin dinero, había tenido que hacerse lavandera y Arturo jugaba de pequeño entre aquellos pantalones que le parecían “hombres sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero”. 

Tan vivamente los recordaba que años más tarde Barea empezaría también con aquella estampa el primer volumen de los tres que compondrían “La forja de un rebelde”, la trilogía de su vida y uno de los testimonios más desgarradores de la guerra civil. Una obra que escribiría ya estando en el exilio, en el pueblo de Puckeridge, en el condado de Hertfordshire, que se publicaría por primera vez entre 1941 y 1946 en Faber con una edición de T.S. Eliot y que aquí, desgraciadamente, apenas se conoce. 

Portada de Telefonica de Ilsa Barea-Kulcsar de Hoja de Lata.

Pero aquella imagen de los pantalones al viento no sería la única confidencia que Arturo le haría en las noches de guerra a Ilsa. Entre obuses y ruidos de sirenas intercambiaron secretos, deseos y esperanzas. Serían sus momentos dulces en medio de los grises días de “la Telefónica”, como ellos los llamarían más tarde y que hacían referencia al edificio de la Gran Vía madrileña donde se habían conocido, trabajado juntos y, como si de una película se tratase, se habían enamorado mientras las bombas caían sin tregua. 

Ilsa también guardaría sus propios recuerdos de aquellos días de “la Telefónica”. De cómo llegó a un Madrid en guerra como Ilse Kulcsar, una austríaca que había sido primero comunista, luego socialista y que se había codeado en Viena con muchos ingleses de izquierdas, entre ellos, un tal Kim Philby que con el tiempo se haría mundialmente famoso como topo al servicio de los soviéticos. 

También recordaría cómo había tenido que huir de Viena con su marido, perseguidos ambos por sus actividades clandestinas y cómo habían acabado en Checoslovaquia rodeados de exiliados de izquierdas que se peleaban a todas horas por minucias ideológicas. 

Sobre todo, Ilsa recordaría como había visto en la Guerra Civil española la oportunidad de defender sus ideales y, de paso, dar un giro a su vida y salir de una relación matrimonial que ya no funcionaba. Ilsa recordaría cómo llegó a un Madrid asediado por tropas franquistas. Tenía treinta y cuatro años y, aunque sabía cinco idiomas, no hablaba apenas castellano. 

Ilsa Kulcsar-Barea y Arturo Barea
Ilsa Kulcsar-Barea y Arturo Barea

Sabía que no iba a ser fácil, pero lo que le esperaba iba a ser más duro de lo que pensaba, y no sólo por la guerra. Una mujer extranjera, moderna, liberal y cultísima no iba a encajar rápidamente en una sociedad como la española que, a pesar de los adelantos y las ansias revolucionarias, seguía siendo profundamente machista. Ni siquiera algunas mujeres destacadas, como la periodista Constancia de la Mora, la ayudarían en exceso, seguramente envidiosas de la fama que adquirió aquella extranjera de Viena

Ilsa trabajó como traductora en la Oficina de Prensa y Propaganda del Ministerio de Estado de la República, situada en el edificio de Telefónica. Por allí vería pasar a periodistas extranjeros, a Hemingway y Dos PassosMartha Gellhorn y Robert Capa, André Malraux y Josephine Herbst. Y allí conocería a Arturo Barea, de quien acabaría enamorándose y convirtiéndose en esposa. 

Ilsa Kulcsar-Barea

Sus vivencias en aquel Madrid sitiado dieron pie a una breve novela con el adecuado y escueto título de “Telefónica”, que escribió en 1939 y que sólo vio la luz en una serie de artículos en el austríaco “Arbeiter Zeitung”, algo así como el “Periódico de los Trabajadores”, en 1949. 

Ahora, por primera vez, la novela sale publicada íntegramente gracias al buen hacer de la exquisita editorial Hoja de Lata. Es la primera vez que vamos a poder leer en castellano el testimonio directo de esta mujer idealista pero pragmática, sensata e inteligentísima, que tuvo la valentía de viajar a una ciudad asediada pero que resistía heroicamente. Una mujer, gracias en parte a la cual, Europa conoció lo que estaba pasando realmente en España. 

El primer rascacielos de Europa

El joven arquitecto Luis Ignacio Cárdenas llamaba a su gran creación “su hija mayor” y, desde luego, su orgullo estaba más que justificado: con 89,6 metros, el edificio de la “Telefónica”, en el número 28 de la Gran Vía, fue durante unos meses el edificio más alto de Europa (y el primer rascacielos) y durante décadas, el más alto de Madrid. Construido en el tiempo récord de tres años y acabado oficialmente el 1 de enero de 1930, fue erigido antes que el Chrysler Building y el Empire State.

Desde allí, en 1928, antes incluso de que el edificio estuviera acabado del todo, el rey Alfonso XIII realizó la primera llamada telefónica transoceánica de España. Llamó al entonces presidente de los Estados UnidosCalvin Coolidge, que se encontraba en la Cámara de Comercio de Washington y con el cual charló unos breves minutos. 

El edificio de Telefónica, donde trabajo Ilsa Kulcsar-Barea

Cárdenas había recibido el encargo para construir el edificio de la ITT, la “American International Telephone and Telepraph Company”, la compañía estadounidense que había adquirido la “Compañía Peninsular de Teléfonos” y había firmado un acuerdo en 1924 con el Estado español para crear la “Compañía Telefónica”. 

Por aquel entonces, en España ya existía un “Palacio de Comunicaciones”, en la calle de Alcalá, construido en 1908. Pero las necesidades del servicio estaban creciendo tan rápidamente que se necesitaba un nuevo edificio, mucho más amplio. Además, los dueños americanos querían un impactante centro de operaciones “que generase confianza entre los inversores”. El jovencísimo arquitecto Cárdenas (había acabado la carrera en 1924) iba a hacer realidad este encargo: su edificio sería el símbolo de la modernidad, de la innovación, de la revolución tecnológica. 

Años más tarde, en plena guerra, desde el imponente edificio de la Telefónica se retransmitieron todas las noticias que los corresponsales extranjeros enviaban a sus respectivos periódicos. El Ministerio de Estado de la República estableció allí la “Oficina de Prensa y Propaganda”.

En los primeros meses de la contienda todos los periodistas tenían que entregar sus artículos a las autoridades antes de poder comunicarlos por vía telefónica. Las órdenes eran que se controlase todo lo que se emitía y, que si se cambiaba una sola palabra respecto a lo tolerado, se cortase la comunicación inmediatamente. Aunque la verdad es que los periodistas aprendieron pronto a saltarse aquella vigilancia: empleaban argot, frases hechas y hasta eufemismos variopintos para que no los entendieran. 

Obuses impactando en el edificio Telefónica en plena Guerra Civil
Obuses impactando en el edificio Telefónica en plena Guerra Civil

El 18 de septiembre de 1936 fue nombrado jefe de la oficina Rubio Hidalgo, un reportero experimentado que relajó un poco los controles, aunque siguieron siendo intensos. Cualquier información que contradijese una eventual victoria republicana era prohibida y, aunque el asedio a Madrid era conocido internacionalmente, el mensaje que debía darse era que se estaba frenando el avance fascista. 

Para uno de los trabajadores a las órdenes de Hidalgo, aquella estrategia de comunicación era “torpe e inútil”. Aquel trabajador en cuestión era, según lo describiría años más tarde Paul Preston, un tipo “modesto y discreto, considerado y absolutamente comprometido con la causa de la República” que había conseguido el trabajo a través de sus contactos con un tal Velilla, miembro del Partido Comunista. Se llamaba Arturo Barea

El niño que soñaba con ser ingeniero

La vida de Arturo Barea da para una película. Nacido el 20 de septiembre de 1987 en Badajoz, era hijo de un agente del servicio de reclutamiento del Ejército que murió a las pocas semanas después de su nacimiento. Su madre, Leonor, viuda y sin un duro, no tuvo más remedio que irse a Madrid, al barrio de Lavapiés, con sus cuatro hijos y allí hacerse lavandera. “Algunas veces las yemas se le llenan de las picaduras de la lejía que quema”, escribirá Barea en su biografía. “En el invierno se le cortan las manos, porque cuando las tiene mojadas y las saca al aire, se hiela el agua y se llenan de cristalitos. Le salta la sangre como si la hubiera arañado el gato”. Vivían en una buhardilla, en un “camaranchón de techos inclinados, que constituía una habitación única. Comedor, cocina y dormitorio con dos camas”. 

Leonor, la madre de Arturo Barea
Leonor, la madre de Arturo Barea, tuvo que hacerse lavandera en Lavapiés

Sin embargo, en Madrid vivía también el hermano de su madre, José, con una posición más acomodada y fue él quien le pagó a Arturo una buena educación en las Escuelas Pías de la calle Tribulete, donde había una buena biblioteca en la que el pequeño Barea pasaría muchas horas y devoraría un libro tras otro. “Todos los domingos, mi tío me compra las “Aventuras del capitán Petroff””, dirá Arturo años más tarde. También leyó “Los hijos del capitán Grant”, de Julio Verne. Y la colección de “Novela Ilustrada” de Blasco Ibáñez, en donde descubrió a Tolstoi, Dostoievski, Dumas y Víctor Hugo.

Barea fue un niño inteligente pero hipersensible, que vivió entre la pobreza de su familia y las clases medias de sus compañeros del colegio, que no se sintió de ningún lugar y que vio como sus sueños de convertirse en ingeniero se derrumbaron cuando murió su tío José y su viuda, Baldomera, decidió no seguir pagándole los estudios. 

Con 13 años, Arturo se tuvo que poner a trabajar. Entró como aprendiz en un taller de bisutería, pero se acabó enfrentando con el propietario y perdió el empleo. Estudió entonces contabilidad, entró en el banco Crédit Lyonnais en 1911 y llegó a ser oficinista. Luego se hizo de UGT, abandonó el banco, pasó por una agencia de patentes, fue agente comercial para un vendedor alemán de diamantes y más tarde montó una juguetería con la que quería liberar a su madre de las penurias económicas. Pero el negocio fracasó y no le quedó más remedio que hacerse secretario del administrador de la Hispano-Suiza, una empresa que fabricaba aviones. 

En 1920 le llamaron a filas para la guerra de Marruecos, donde comprobó la brutalidad de las trincheras, la corrupción del ejército y la carnicería que siguió a la derrota de Annual en 1921. Se licenció en 1924 como oficial de reserva con varias condecoraciones y ese mismo año se casó con Aurelia Grimaldos, con quien tuvo cuatro hijos. El matrimonio, sin embargo, fue un fracaso y pronto comenzó una aventura con la secretaria de su empresa. 

Cuando estalló la Guerra Civil tomó parte en el asalto al Cuartel de la Montaña y, a través de un contacto en el Partido Comunista (en el cual no militó nunca), comenzó en agosto de 1936 a trabajar en la Oficina de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado en el edificio de Telefónica. Allí conoció, entre muchos otros, a Hemingway (a quien detestó profundamente) y a John Dos Passos (quien lo describió como “un español cadavérico, malnutrido”). 

También conoció allí a Ilsa Kulcsar, una austríaca inteligente, valiente e idealista, que ejercía de traductora y de ayudante del jefe de la oficina. 

En noviembre, cuando el Gobierno de la República se trasladó a Valencia y Rubio Hidalgo, jefe de censores, abandonó la capital, Arturo Barea se quedó en Madrid al frente de la oficina. Allí, convencido por Ilsa, comenzó a dar más facilidades a los corresponsales. Ilsa creía que la estrategia de censura era “una equivocación catastrófica” y que, en vez de limitar la información, había que incrementarla para que así el mundo conociese lo que de verdad estaba pasando. 

Gracias a ella, en gran parte, el público internacional pudo saber la realidad de la guerra en España

Exilio y espionaje

Si Arturo creció en condiciones humildes, Ilsa Pollak nació entre algodones. Su padre, Valentin Pollak, era un director de colegio que había servido como concejal municipal e Ilsa siguió los dictados sociales de una niña bien de Viena: paseos por el Belvedere, meriendas en la cafetería Sacher y mucha música clásica. En la Universidad se negó a estudiar medicina (como quería su padre) o música (como quería su madre) y optó por Economía y Sociología, con asignaturas de Ciencias Políticas.

Se unió al Partido Comunista de Austria y tan buena oradora resultó ser que la enviaron a dar charlas propagandísticas a Escandinavia e Inglaterra.

A través del partido conoció a Leopold “Poldi” Kulcsar, un apuesto rubio de impactantes ojos azules con el compartiría militancia y con el que se casó. Pero su matrimonio se enfrentó a un sinfín de problemas desde el principio. Sobre todo cuando, al llevar fondos del Partido a Rumanía para apoyar allí a la oposición, los detuvieron en Hungría y los metieron cuatro meses en una cárcel de Budapest.

Ilsa Kulcsar Barea

Nadie del Partido Comunista les ayudó y tuvieron que los padres de Ilsa los que reunieron el dinero para pagar el abogado que les sacó de prisión.

Hay fuentes que dicen que les expulsaron del partido y hay quien dice que se fueron porque les indignó la falta de apoyo de sus “camaradas”. Sea como fuere, dejaron el Partido Comunista y se unieron al más moderado Partido Socialdemócrata.

Austria vivía entonces un clima político muy inestable y la tensión llegó a tal punto que en 1934 se produjo una breve guerra civil, de cuatro días, que enfrentó a milicias armadas conservadoras con fuerzas socialistas. Centenares de personas murieron y miles fueron detenidas. El canciller Dolfuss, autoritario y claramente pro-fascista, ganó la contienda, reafirmó su poder y prohibió el Partido Socialdemócrata. Muchos de sus miembros partieron inmediatamente al exilio; otros tantos se tuvieron que esconder (algunos incluso se refugiaron en las alcantarillas).

Poldi Kulcsar fue apresado unos meses y, cuando lo liberaron, desde el apartamento del matrimonio Kulcsar, en el Herrengasse, se organizó una célula clandestina de apoyo a la militancia de izquierdas. De la financiación se ocupó Muriel Gardiner, una rica heredera estadounidense que había ido a Viena a estudiar psicoanálisis con Sigmund Freud.

Los Kulcsar tejieron una importante red de contactos internacionales. Se hicieron amigos, por ejemplo, de Hugh Gaitskell, que entonces era estudiante de Economía en Austria y que más tarde lideraría el Partido Laborista británico. También conocerían a un elegante y encantador inglés llamado Harold Adrian Russell Philby y a quien todos conocían por “Kim Philby”. Philby ya era por entonces espía del OGPU (el antecedente de la KGB) y en Viena ayudaba a los refugiados judíos que comenzaban a huir de Alemania. Años más tarde, Philby conseguiría un puesto en el MI6 británico, desde donde serviría de topo a los soviéticos.

Kim Phillby

En noviembre de 1934, la policía austríaca detuvo al mensajero clandestino que empleaban los Kulcsar y éstos tuvieron que marcharse de Viena en cuestión de horas. Se refugiaron en una casa en la montaña a las afueras de la ciudad y allí esperaron varios días hasta que Muriel Gardiner apareció una noche con pasaportes falsos que les permitieron salir del país.

Huyeron a Brno, en Checoslovaquia, donde pasaron dos años. Pusieron en marcha una revista de izquierdas y se codearon con todos los exiliados austríacos. Pero pronto aquel ambiente comenzó a resultarle a Ilsa demasiado agobiante. Todos hablaban de generalidades, se peleaban constantemente por minucias ideológicas y nadie parecía preparado para pasar a la acción.

Además, su matrimonio se fue desmoronando irremediablemente. Poldi había conseguido un trabajo en la Embajada Republicana española, en Praga, bajo las órdenes de Luis Jiménez de Asúa. Su trabajo consistía en contactar y conseguir para la causa informadores y agentes de toda Europa. En poco tiempo ya había reclutado a 28 agentes en Alemania y 31 en Checoslovaquia.

Luis Jimenez de Asua

Tal eficiencia no pasó por alto de los servicios de espionaje soviético. Se cree que Peter Zubov, agente del KGB en Praga, lo convenció para convertirse en espía de la URSS, aunque hay quien considera que ya se había convertido en espía en Viena, a través de Vasili Roschin. Sea como fuere, Poldi se convirtió en agente soviético. Su alias era “Paul Maresch”.

La distancia cada vez mayor con su marido y su desencanto con los exiliados austríacos hizo que Ilse se plantease su vida. En medio de esta desolación, las noticias que llegaban de España avivaron sus esperanzas. A diferencia del resto de Europa, donde el fascismo era tolerado, incluso aceptado, en España se luchaba contra él. Sin titubeos. Heroicamente. En vez de discutir hasta la eternidad, o lamentarse por la situación, como hacían muchos de sus compatriotas exiliados, en España se actuaba por convicciones.

A través de contactos con varios periódicos, consiguió un pase de prensa para entrar en España. Su vida no volvería a ser la misma.

El amor en tiempos de guerra

Las baterías de artillería franquista se situaron en el cerro Garabitas, el punto más alto de la Casa de Campo, y desde allí apuntaron sin tregua al edificio más alto de la capital, el edificio Telefónica. Tantos impactos hubo que los madrileños comenzaron a llamar a la Gran Vía la “Avenida de los Obuses” o “Avenida del Quince y Medio”, por el calibre de los proyectiles. 

Por esa avenida fatídica, sin embargo, tenían que cruzar cada día los periodistas internacionales desde el hotel Gran Vía y, sobre todo, desde el Florida (derribado en 1964 y situado donde hoy está el Corte Inglés de Callao). 

“La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria”, escribió Hemingway desde su habitación del Hotel Florida

Ernest Hemingway y Martha Gellhorn en el Hotel Florida de Madrid durante la Guerra Civil.
Ernest Hemingway y Martha Gellhorn en el Hotel Florida durante la Guerra Civil

No fue el único huésped famoso. Aquel gran hotel de 200 habitaciones también acogería a Robert Capa y Gerda Taro, al escritor John Dos Passos, a Martha Gelhorn, Herbert Matthews (corresponsal del “New York Times”), Sefton Delmer (del “Daily Express”) o a Mijaíl Koltsov (del “Pravda” y de quien se decía que era en realidad un espía soviético que tenía línea directa con Stalin). 

Con algunos de ellos, Arturo Barea fraguó una gran amistad. Por ejemplo, fue Sefton Delmer quien le regaló a Barea su primera máquina de escribir para que éste pudiese comenzar a crear sus propias historias. También se sabe que Barea sentía admiración por corresponsales veteranos, como la estadounidense Josephine Herbst, que era una ferviente defensora del comunismo y se declaraba admiradora de Stalin. Barea respetaba sobre todo a John Dos Passos, porque “hablaba sobre nuestros trabajadores de la tierra y campesinos con un elegante entendimiento”. 

Sin embargo, con algunos periodistas Barea simplemente no pudo. Su enemistad con Hemingway, por ejemplo, era manifiesta. Barea pensaba que Hemingway estaba en España sólo por marketing personal y denunció que se pasaba el día bebiendo (“copas en el bar del hotel Gran Vía por las mañanas, copas en el bar Miami por las tardes”). Años más tarde incluso publicará una reseña muy crítica con “Por quien suenan las campanas” en una revista inglesa.

Hotel Florida de Madrid durante la Guerra Civil
Hotel Florida de Madrid

Además, Barea era muy crítico con la vida licenciosa que algunos periodistas mantenían en Madrid. La capital sufría enormes carestías y, al no poder llegar el carbón de Asturias, no había manera de encender una estufa. Tanto frío hacía que a la reportera estadounidense Vitty Bowler se le quedaban los dedos pegados a las teclas de la máquina de escribir. La comida, además, escaseaba. La mayoría de los periodistas comían en el asador del sótano del hotel Gran Vía, donde se había instalado un restaurante estatal que ofrecía un modesto menú de “judías, lentejas, coliflor y sardinas en escabeche”. 

Sin embargo, en medio del frío y de las carestías, algunos no tuvieron reparos en abusar del contrabando. Por ejemplo, era famosa la enorme reserva de comida y whisky que Hemingway almacenaba en su habitación, y también fue más que conocida la pelotera que montó cuando desapareció la mermelada de su armario. También se sabía que Selfton Delmer tenía el cuarto de baño repleto de botellas de vino. Las había comprado a los anarquistas, que a su vez las habían robado del Palacio Real

Por no decir que, según escribió Paul Preston, “el hotel [Florida] vivió varias noches salvajes. Frecuentado por prostitutas, tenía entre sus residentes a jóvenes aviadores, periodistas y una mezcla peculiar de traficantes de armas y espías. Los pilotos solían llevar encima navajas de un tamaño considerable y revólveres todavía más grandes. A la hora de la siesta las prostitutas llegaban sigilosamente y, a partir de entonces, el ruido y el escándalo aumentaban hasta que, a primera hora de la mañana se producían peleas entre borrachos y los pasillos se llenaban de gente corriente y gritando”. 

Enfrente de tales devaneos, no es difícil imaginar porqué Barea encontró en Ilsa Kulcsar, esa austríaca dulce y trabajadora, de voz suave y totalmente entregada a la causa, a una alma gemela.  Ella representaba la profesionalidad, el idealismo, la inteligencia a raudales. La seriedad en medio de la total locura. El principal motivo para seguir viviendo. 

Su primer contacto, todo sea dicho, no fue excesivamente prometedor. Barea la describió con “la cara redonda y los ojos grandes, la nariz chata, la frente despejada y una mata de pelo oscuro que casi parecía negro. Era demasiado ancha de hombros y llevaba un abrigo verde o gris, o de algún color que la luz violeta volvía indefinido y feo. Tenía treinta y tantos años y carecía de belleza”. Sin embargo, en las largas noches en vela comenzarían a hablar y al poco tiempo Barea estaba completamente enamorado de ella. 

Pero su historia de amor estaría empañada por el terrible escenario de la guerra. Dos Passos escribió sobre ellos: “Ayer mismo la austríaca regresó y descubrió que un fragmento de un obús había prendido fuego a su habitación y había quemado todos sus zapatos, y el censor había visto destrozada a una mujer que estaba a su lado antes de salir a tomar un bocado para comer”. 

Barea e Ilsa decidieron quedarse en Madrid a pesar de que el gobierno de la República se marchó a Valencia y el jefe de la Oficina de Prensa fue con ellos. Barea mantendría el servicio a pesar de que le ordenaron cerrarlo, pero tanto esfuerzo le costaría la salud. Dormía sólo unas pocas horas en un camastro en su oficina y se mantenía despierto a base de café, coñac y de fumar un cigarrillo tras otro. Ilsa fue indispensable en aquellos horribles días en que sabían que el enemigo iba a entrar en Madrid de un momento a otro. 

Ilsa Kulcsar-Barea
Ilsa Kulcsar-Barea

Fue entonces cuando rebajaron la censura y comenzaron a facilitar el trabajo de los corresponsales. Tanto se esforzaron que Sir Percival Philips, del inglés “Daily Telegraph” se lo agradeció públicamente en un artículo donde destacó “la humildad y la camaradería de aquellos censores rojos”: “Puedes entrar al despacho por la puerta abierta y servirte tú mismo una bebida o un cigarro si el censor está ocupado. A veces incluso te pregunta si puedes echarle una mano o darle algún consejo”. 

Pero esta eficiencia les acabó, irónicamente, costando el puesto. Algunos oficiales de la República que se habían marchado a Valencia consideraron que Barea les hacía quedar como meros desertores y decretaron que abandonara la oficina. En un viaje a Valencia, Barea pudo comprobar hasta qué punto le odiaban. Ilsa, que también fue ordenada a viajar a Valencia, fue incluso encarcelada por haber renegado del comunismo y haberse hecho, supuestamente, trotskista. 

Se les ordenó ir a Barcelona, donde Ilsa temía que le fuesen a dar “el paseo” por su supuesto trotskismo. Y fue entonces cuando ambos decidieron exiliarse del país. Cruzarían la Junquera y Le Perthus y llegaron a Perpignan. De ahí fueron a París y luego se exiliaron a Inglaterra, donde llegaron “desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo… rendido de cuerpo y espíritu”. 

En medio de aquella locura, ambos habían conseguido divorciarse de sus respectivas parejas y se pudieron casar antes de cruzar la frontera. Comenzaban una vida en común que no iba a ser fácil.

Tendrían que comenzar desde cero. Él comenzaría a escribir y colaboraría con la BBC. Sus libros recibirían críticas más que favorables de George Orwell y Arthur Koestler. Ella sería su traductora y también escribiría, ya en Inglaterra, las diferentes entregas que conformarían “Telefónica”. 

La forja de un rebelde de Arturo Barea

Barea murió en 1957. Ilsa regresó a Viena y allí residió hasta su fallecimiento en 1973. Ninguno logró ver cumplido su sueño de una España libre de fascismo. 

Desde hace unos años, y gracias al trabajo de unos cuantos intelectuales y periodistas, sobre todo del inglés William Chislett, la figura de Barea se está recuperando. 

Pero faltaba recuperar también la de Ilse Kulcsar-Barea. Incomprensiblemente, nunca se había traducido “Telefónica” al castellano. Afortunadamente, Hoja de Lata ha puesto fin a un olvido histórico. 

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