Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handEs el Edén gastronómico por excelencia en París, la cita obligada para deleitarse, probar y embriagarse con los mejores y más exclusivos productos del mundo y, sobre todo con lo más selecto de Francia: de las tabletas de chocolate François Pralus tostadas en Roanne a los exclusivos tés Mariage Frères, de las exquisitas mermeladas Maison Duitrez a los clásicos pastelitos de choux y crema chantilly de Saint Honoré y los zumos Alain Milliat, pasando por los artesanales “Vidal Cassoulets” y los más de 6.500 vinos perfectamente alienados en la planta baja.

Todo este lugar de avaricia, deseo y pura gula se lo debemos a un visionario que, a finales del siglo XIX, cuando los comercios seguían a rajatabla pautas tradicionales (confinados a pequeñas casas y sin abalorios innecesarios), tuvo la idea genial, y sin apenas precedentes, de crear un “gran magasin”, lujoso y con comodidades nunca vistas, por donde se pudiera pasear tranquilamente sin ser molestado.

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Lo que hoy entendemos por “grandes almacenes” se lo debemos, de hecho, a un tipo, Aristide Boucicaut se llamaba, que era hijo de un humilde sombrerero en Bellême, una pequeña localidad de la Baja Normandía, al norte del país. Un señor, alto y corpulento, de frente pronunciada y con una barba espesa, que acabaría, a golpe de continua genialidad, inspirando al mismísimo escritor Émile Zola para su novela “Au Bonheur des Dames” (en español se tradujo como “El Paraíso de las Damas”), una obra que trata del nacimiento del comercio moderno, de los cambios en el urbanismo en las ciudades y el deseo de emancipación de las mujeres.

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Aristide Boucicaut

En el libro, “Au Bonheur des Dames” era, de hecho, el nombre unos grandes almacenes (“la cathédrale du commerce moderne”, describe Zola) que estaban rompiendo todas las normas y provocando la ruina de los pequeños comerciantes, incapaces de adaptarse a las nuevas modas. Los almacenes eran propiedad de Octave Mouret, un hombre calcado a Aristide Boucicaut cuyo almacén, en la vida real, tendría el mismo impacto en el París de finales del siglo XIX que los grandes almacenes ficticios descritos en la novela.

Pero hasta llegar a este punto a Aristide le costó lo suyo. Para empezar, se tuvo que enfrentar a la tradición y renunciar a seguir con el negocio familiar de sombrerería. Se mudó a París y allí comenzó a trabajar en los almacenes “Petit Saint-Thomas”, llamados entonces “magasin de nouveautés”, tienda de novedades. Pero el comercio cerró y Boucicaut se vio en la calle.

Entró, sin embargo, pronto a trabajar para los hermanos Paul y Justin Videau, quienes habían creado en 1838 una mercería en la esquina de la rue de Sèvres con la rue du Bac. Le pusieron el nombre de “Au Bon Marché”, el buen mercado. El negocio, una década más tarde, iba bien: tenían doce trabajadores y cuatro grandes secciones donde vendían telas, colchones y parasoles. Pero en 1852, cuando Aristide es contratado como gerente, aquella mercería comienza a adoptar nuevas ideas y hacer algo que nunca nadie había hecho antes: se amplía la mercancía y se convierte en un “grand magasin”, con un surtido inmenso, precios fijos puestos en etiquetas (toda una revolución), la posibilidad de reembolsar el dinero si no gustaba el producto y grandes escaparates, junto con una distribución interna peculiar que facilitaba que la gente pasease todo el rato. Los hermanos Videau estaban escandalizados con todos aquellos sacrilegios, pero las ideas gustaron y Aristide ganó tanto dinero que les acabó comprando el negocio entero. En 1863, “Le Bon Marché” es suyo.

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Había que seguir creciendo y, para ello, necesitaba un espacio más grande. Llama al arquitecto Alexandre Laplanche y le pide que agrande el edificio. Y así lo hace. En 1872 se inauguran los nuevos grandes almacenes. Pero la fama que adquieren es tan grande, y el éxito tan profuso, que necesitan enseguida volver a agrandar el sitio. Unas nuevas obras (donde incluso participaría el arquitecto Gustave Eiffel) hacen que “Le Bon Marché” pase de 300 m2 en 1852 a 50.000 m2 en 1877. Y, a mayor espacio, más beneficios: las ventas pasan de 500.000 francos franceses a 72 millones.

Los cambios no acabarían aquí: Aristide Boucicaut es el primero en crear lavabos para mujeres y también salas de lecturas para sus maridos y espacios para dejar a los niños.  Introduce el primer mostrador de ropa prêt-à-porter y los primeros catálogos de moda, que se distribuyen por todo el mundo (se llegaron a publicar seis millones). En la venta a domicilio son pioneros y, además, se podía comprar por correspondencia desde cualquier parte del mundo. La publicidad, claro, también se adopta: de pósters publicitarios a los primeros calendarios promocionales.

En 1877 Aristide Boucicaut murió, pero su viuda, la indómita Marguerite, continuó con el negocio. Luego, vinieron sus sucesores.

En 1923, Le Bon Marché abre, en un edificio adjunto, en el número 38 de la calle de Sèvres, un “magasin de bouche”, un comercio de comida, con el nombre de “Comptoir de l’Alimentación”, o mostrador de la alimentación. Se trata de un espacio entonces ultramoderno, con una arquitectura avanzada que priorizaba grandes espacios abiertos. En ellos, se podía encontrar los productos más selectos de todo el mundo. “Cada día se compran y venden cuarenta toneladas de productos alimentarios en este supermercado magnífico, y se calcula que sólo de carne se venden 2000 kilos”, decía la publicidad del momento. Y así siguió durante todo el siglo XX.

En 1984, de hecho, dio un nuevo salto adelante. Ese año, “Le Bon Marché” y con él “Le Grande Épicerie” fueron adquiridos por el holding de lujo LVMH, propiedad del todopoderoso y amante del buen gusto Bernard Arnault, quien decidió acondicionar los edificios y transformarlos en las tiendas más exclusivas de París. “La Grande Épicerie” se convirtió, después de un buen lavado de cara en 1988, en el mayor emporio gastronómico de la ciudad.

le grande marche.jpgPero el salto realmente cualitativo vino décadas más tarde, en 2013, cuando después de 18 meses de obras, “Le Grande Épicerie” se consolidó como el centro gourmet más ambicioso de Europa. Patrice Wegner, antiguo director general de la división de lujo de la cadena alemana Karstadt y ahora presidente del grupo Bon Marché, junto con Alexandre Boutoille, director general de la Grande Épicerie, deciden añadir esplendor al lugar sin perder un ápice de tradición.

El nuevo centro abrió tan sólo unos días antes de Navidad y el resultado no pudo ser más exquisito, refinado y sublime. Se recupera la antigua cúpula acristalada y de los 3.200 m2 originales se pasó a 3.600 m2. Se reorganizó, además, toda la distribución. En el sótano se inaugura “La Cave”, un enorme espacio de 550 m2 donde se almacenan 3.000 vinos y 200.000 más se dejan envejecer en una bodega especial. En la planta “rez-de-chaussée”, a pie de calle, se introducen grandes “boutiques d’artisans de bouche”, tiendas artesanales de alimentación, como la pescadería, la charcutería, la quesería o la pastelería. Entre la pescadería y la “boulangerie”, la panadería, se instala una “place du marché”, una plaza le grande marchedel mercado, con un antiguo furgón Citroën Type H lleno ahora de frutas, verduras y flores. Ahora es el nuevo icono informal del lugar. En el piso de encima se inaugura un restaurante, la “Table de la Grande Épicerie”, dirigido por el aclamado Jean-Jacques Massé, un chef que ha sido distinguido como “Meilleur Ouvrier de France”, uno de los mayores prestigios profesionales del país.

Los cambios no fueron solo cosméticos. Había una necesidad comercial detrás. Necesitaban volver a captar la clientela extranjera que desde hacía años se había decantado por los almacenes de la “rive droite”, como “Le Printemps” o las “Galerias Lafayette” del bulevar Haussmann.  “El turismo internacional, pero no los turoperadores”, puntualizan. Atraerlos es básico para la supervivencia: las ventas de este colectivo representan el 35% del total.

Aún así, Le Grande Épicerie sigue triunfando en París y en toda Europa. El sueño de Aristide, aquel visionario, sigue vivo hoy en día.

 

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