Muro de Berlín
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Libros que no pueden caer en el olvido: “La hija del comunista” de Aroa Moreno Durán

Ana Polo Alonso

Katia, la protagonista de “La hija del comunista”, no tiene rostro. Narra la historia, pero no da ninguna pista sobre cómo es. Aunque la podemos imaginar, en ningún momento se describe. Cada cual habrá de ponerle una fisonomía, unos rasgos, intuir una mirada. 

Aroa Moreno Durán, la escritora del libro, me reconoce que lo hizo adrede. “Nunca le puse cara”, me comenta. Cuando lees la novela, no es difícil imaginar el porqué. 

Comencemos por el principio. 

A simple vista, “La hija del comunista” es un relato breve, sobrio y directo. Sin artificios. Elegante y nítido. Conmovedor, magistral y aparentemente sencillo. Katia crece en el Berlín Oriental detrás del muro, conoce a un joven del que se enamora (o eso cree ella),  abandona a su familia (a la que adora) sin avisar y cruza a la parte occidental. La historia sigue, pero hasta aquí voy a leer. 

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«La hija del comunista» es un relato breve, sobrio y directo. Elegante y nítido. Conmovedor, magistral y aparentemente sencillo.

En el libro conocemos la niñez de Katia en un apartamento minúsculo. “El edificio por fuera era gris. Todos los edificios eran grises entonces, desconchones, esqueletos que aguantasen un vestido sucio”. No tienen prácticamente de nada: “En el salón, una mesa de madera oscura y cuatro sillas, la estantería coja que se podía tocar porque sobre ella reposaban los cuatro platos y vasos, los libros de papá, una cama estrecha y un sofá”. Siempre hacía frío: “Había dos cosas que cuidábamos como si estuvieran vivas: la radio y la estufa. De su buen alimento dependían nuestros inviernos”. 

"La hija del comunista" de Aroa Moreno Durán -- Caballo de Troya

Katia vive en Berlín con sus padres y su hermana, Martina. Su madre está sumergida en recuerdos y nostalgia. Su padre, Manuel, es un comunista español cuyas ideas le costaron su exilio y el de toda su familia. Es un hombre que, desde la primera página, te despierta una ternura indescriptible. “Cuando era pequeña, por las mañanas, me sentaba en la taza [del wáter] con los pies colgando y le veía embadurnarse la cara con la brocha. Entonces, se daba la vuelta y me decía: quién soy. Un gnomo gordo, y se agachaba y frotaba su nariz con la mí untándome de blanco”. 

Vemos cómo Katia va creciendo y el mundo a su alrededor se va cerrando. Leemos cómo, de la noche a la mañana, se construye un muro que divide la ciudad y condenará a Katia y a su familia a una prisión. Descubrimos cómo Katia conoce a un chico, Johannes: “La mirada pequeñas y clara. El pelo lacio, muy alto, un hombre pájaro. Llevaba una cazadora abierta, dos líneas marrones en pico desde los hombros hacia el pecho. Esa es la imagen. Levantó las cejas y sonrió. ¿Qué? Entonces, lo pensé: no era del Este”. 

Poco a poco se enamora de él. “Había algo carente de inteligencia, por supuesto, un huracán, un riesgo, algo extraño que me decía que tenía que responderle”. Ese enamoramiento, sumado a sus ansias por conocer un mundo nuevo, le harán tomar una decisión dolorosa y crítica: romper con su familia y abandonar su vida. Comenzar de nuevo en un mundo que no es necesariamente como se lo había imaginado, con una vida que no estará a la altura de los sacrificios inmensos que ha realizado.

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Un relato de exilio y desarraigo

El no pertenecer. El no sentirse de ningún lado. En realidad, “La hija del comunista” va precisamente de esto: del exilio y el desarraigo. Y de la huida permanente como una manera de afrontar la ausencia de raíces. En cambio, la ideología (y en un libro como éste podría tener un papel fundamental) no se juzga. 

— Sobre el Berlín Oriental –le pregunto a Aroa Moreno Durán—se han publicado algunas novelas muy interesantes (“Los hermanos” de Brigitte Reimann, por ejemplo, o “El cielo partido” de Christa Wolf). Pero todas se centran mucho en cuestiones ideológicas. Sin embargo, en tu libro, aunque la ideología está obviamente presente, creo que das más peso a los sentimientos humanos. Es decir, yo no lo veo un libro sobre comunismo o anticomunismo, sino sobre luchas internas por sentimientos de pertenencia y lazos familiares. 

— Estuve muy atenta durante la escritura –me contesta Aroa Moreno–, porque no quería hacer una novela sesgada ideológicamente. Sí necesitaba, tenía claros, personalmente, los terrores y aciertos que había a cada lado del muro. Pero de ahí a escribir una novela sesgada políticamente me parecía deshonesto con la gente que vivió en esa época y en ese país. La única ideología que hay en la novela es la de enfocar en la historia del exilio. Contar cómo, precisamente, esas ideologías han metido las zarpas en el corazón de la gente normal. Cómo han zarandeado sus vidas privadas y sus decisiones íntimas. Eso es una decisión ideológica y consciente porque no estoy de acuerdo en que el olvido sea una sutura para una herida que aún nos duele. 

Para crear a Katia, Aroa Moreno se esforzó en subrayar que no era un típico personaje de novela heroica de acción–aguerrido, comprometido, decidido. “Para mí estaba clara”, me explica, “Katia era una mujer normal, sin férreos compromisos ideológicos a la que las circunstancias políticas habían despojado de todo arraigo. Quería preguntar al personaje qué sucede en unas coordenadas espacio-temporales con todos aquellos que no son rebeldes, ni valientes, ni deciden nada. Qué pasa con la gente más pasiva, la que se deja llevar”. 

«Para mí estaba clara. Katia era una mujer normal, sin férreos compromisos ideológicos a la que las circunstancias políticas habían despojado de todo arraigo. Quería preguntar al personaje qué sucede en unas coordenadas espacio-temporales con todos aquellos que no son rebeldes, ni valientes, ni deciden nada».

Aroa Moreno, desde luego, llevó al personaje al límite. “Apreté algunas tuercas al personaje”, reconoce sin rodeos. “La búsqueda de la identidad es, este caso, extrema. Katia es alemana, pero educada de forma soviética, con amigos alemanes pero cuyos padres vienen de haber vivido la Segunda Guerra Mundial en Alemania, con todo lo que eso significa y su familia es de tradición española. ¿Qué pasa ahí, cuando el viento sopla fuerte y no tienes nada a lo que agarrarte?”. 

Que es muy fácil resquebrajarte. Caer. Rendirte. Esta sería la respuesta más fácil. Pero Katia no se rompe. Al menos, no al principio. Ella vuela. Como no tiene raíces deja que el aire se la lleve. Sin poder marcar el rumbo. Sin saber dónde va a acabar. Sin saber dónde, al final del viaje, va a caer, rota y en mil pedazos. Sin poder reconstruirse. Sin poder volver a ser ella misma. Sin poder regresar. 

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Decir adiós a los suyos

En “La hija del comunista”, Katia renuncia a lo único que le da sentido, estabilidad e identidad: su propia familia. La primera vez que leí el libro sentí rabia porque creí que Katia estaba cometiendo un craso error al decir adiós a los suyos. Al darse la espalda a sí misma. 

Su familia, como he dicho, despierta una ternura y afecto inmediatos. Para mí, los padres son el gran alma de esta novela. Aroa Moreno me reconoce su importancia: “Aunque a Katia nunca le puse cara, sí me imaginaba perfectamente al padre y a la madre. No me inspiré en nadie concretamente, pero claro que arañé de aquí y de allá para conseguir comprender por qué hicieron lo que hicieron, tanto él como ella y conseguir que fueran humanos, con su lado oscuro y su brillo. Porque él dispone del futuro de la familia llevándoselos, pero ella sostiene hasta el final la cordura familiar, ella tiene una clave: las ideologías nos llevarán por delante. La propia Katia repite la historia de su madre. Pero, para mí (y aquí encuentro de todo entre los lectores), el personaje de la novela es ese hombre, lo que dice, lo que hace, lo que calla y la sombra que alarga sobre la vida de su hija mayor. En realidad, yo quiero mucho al comunista”. 

Hay muchas cosas que no vas a entender, porque todavía no sabes nada de la guerra. 

Sí sé, mamá. A veces, sé. 

No de la de aquí, te hablo de nuestra guerra.

Tienes una tía en Madrid, que es mi hermana y que se llama Carola, esta es, y esta soy yo. Y un tío, hermano de papá, que se llama Gabriel y que tiene dos hijos, Moisés y Manuel, como tu padre, y que están en Moscú. Es este de aquí. 

¿Y os escribís cartas?

Pocas. 

¿Y no te da pena no estar con ella? 

Mucha. 

¿Y por qué os tuvisteis que marchar?

Mamá no respondió a nada más. 

Mucha gente le ha dicho a Aroa que Katia, la hija del comunista, en realidad, es ella. Desde luego, la implicación emocional es obvia y constante. El cariño hacia esos padres, la dulzura con la que los describe, la delicadeza cuando narra la vida con ellos. No hay duda de que los quiere. Cuando narra la vida en la Alemania Occidental, su prosa se vuelve incluso más cáustica, más oscura. 

Pero Katia no tiene rostro. Es decir, podemos ser todas. Le podemos poner nuestra cara y sentir que estamos viviendo la novela. Por eso atrapa de esa manera. Por eso no puedes dejar de leerla. Porque te mimetizas con ella: es un recordatorio de todo lo que hemos amado a nuestros seres más queridos, y lo fácil que es perderlos. Es la prueba de que los errores, a veces, son fatales y de que en la vida no suele haber vuelta atrás. Es el ejemplo de que los sueños tienen un precio demasiado caro. Todas, en el fondo, podemos ser Katia. Katia no tiene rostro porque tiene todos los rostros.

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Recuperar la memoria

¿Cómo llegó Aroa Moreno hasta estos personajes? ¿A esta historia de exiliados españoles en el Berlín Oriental que prácticamente nadie conocía? Leo en algunas entrevistas que el poeta Marcos Ana tuvo algo que ver y le pregunto al respecto. 

“No es tanto una influencia como una generosa casualidad de mi vida”, me explica Aroa. “Conocí a Marcos en el año 2013. Nos vimos mucho durante ese verano porque estábamos haciendo un trabajo juntos. Le acompañé a su aldea natal a la que no había regresado desde que se marchó de niño. Nos hicimos amigos. Me pareció alguien excepcional. Aquel verano fui varias veces a su casa para charlar con él y me contó que cuando salió de la cárcel en el año 1961, “virgen y mártir”, como él decía, el Partido Comunista lo sacó clandestinamente de España y lo paseaban por los países del bloque soviético».

«Fue a Rusia«, prosigue Aroa Moreno, «fue a La Habana, donde tiene una curiosa anécdota con el Ché, va a Chile, donde se queda con Pablo Neruda en Isla Negra y también le llevan a la Alemania del Este. Me cuenta que allí hay una pequeña colonia de españoles. Le reciben y le hacen una fiesta. Yo no sabía que en la RDA hubo exiliados. Y esa tarde, al llegar a casa me pongo a buscar en Internet. Apenas encuentro nada, pero lo poco que encuentro me sirve para que se activen mis alarmas: ahí hay unas coordenadas muy interesantes para contar una historia que no ha sido contada aún. Es curioso que luego, por azar, entrevisté para obtener información sobre la vida del exilio en la RDA a una mujer que era una niña en aquella visita de Marcos a Dresden

El poeta Marcos Ana en una reunión con exiliados españoles en el Dresden.

— Una de las cuestiones que más me sorprendió desde el principio fue que sabemos mucho de exiliados españoles en la URSS y en América Latina, pero no en la Alemania Oriental. De hecho, creo que tu libro es el primero que yo leo sobre la materia. ¿A qué crees que se debe este olvido histórico? 

— Creo que la razón principal es que fueron muy pocos en comparación con otros países. Y luego hay una razón que afecta a todos los exiliados españoles, y es que no ha habido ningún interés en construir su memoria. Parece que aquellas personas que marcharon sin más, comenzaron vidas nuevas y vivieron fuera felices. El franquismo los señaló como traidores y después no se ha reparado su vínculo con España, ni social ni políticamente, no se quiere ver el sufrimiento que supone marcharse lejos por las razones que sean. Este país ha mirado para otro lado. Otra de las grandes deudas de la memoria histórica es el exilio. 

<<Cuando escribí “La hija del comunista” no había nada escrito sobre este grupo de exiliados. En el verano de 2017, ya con la novela en la calle, apareció un libro académico en Francia sobre ellos [Se refiere a «RDA: L’exil comme patrie» de Aurèlie Denoyer]. Pero ni Alemania ni España reflejaban nada sobre el exilio en la RDA. Aquellas personas fueron verdaderos y eternos apátridas>>.

<<La novela forma parte ahora de un programa de estudios de postgrado de la facultad de Filología acerca de intercambios culturales en la Europa del siglo XX, es una de las cosas más bonitas que le han pasado a este libro. Siento que algo se ha iluminado acerca de ese tema>>. 

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Un cuaderno blanco

Le preguntó a Aroa Moreno cómo fue el proceso de escritura. “Tengo un cuaderno blanco en el que pone Berlín que es donde anoté todo lo referente a la novela”, me explica. “Ahí están las biografías de los personajes, sobre todo, años de nacimiento, qué edad tenía cada uno cuando se levanta el muro, cuándo empiezan a estudiar y dónde, qué va pasando en Berlín mientras. Hice muchas cronologías porque la trama debía engranar perfectamente con la historia de Alemania que todos conocemos. Ahí están transcripciones de entrevistas, trazados de muro, nombres de calles, posibles títulos, etc. Pero la novela la escribí de principio a fin a ordenador. La empecé en el centro de Madrid y la acabé en Aravaca. Fue una escritura lineal. Únicamente hubo un momento en el que quise o necesité escribir el final de la novela y luego regresé al capítulo anterior”. 

¿Alguna manía a la hora de escribir? “Cada vez tengo menos manías para escribir. Ahora sé que lo único que hace falta es tiempo. Y un cuarto propio, que ya sabemos que no significa solamente tener un despacho”. 

Aroa Moreno subraya lo importante que fue su editora, Lara Moreno. “Como dice Lara Moreno, ésta es nuestra historia de amor”, comenta. “Conocí a Lara hace diez años en los tiempos de los blogs. Creo que Lara escribe una literatura única y hemos compartido miles de lecturas. Muchos años y aventuras después, ella formó un taller, una especie de tutoría de novela colectiva. Éramos cuatro y nos reuníamos cuando podíamos en una oficina de Lavapiés para leernos lo que llevábamos. Así escribí casi toda la primera parte de la novela, muy poco a poco y con la sensación cuando leía en alto en el taller de estar engañando a los que escuchaban. “A ver cómo deshago esto luego”, pensaba.

«Un día les dije: “ya sé el final, aunque no os lo voy a contar”. Pero el taller paró y nos quedamos huérfanos. Tiempo después a Lara le ofrecieron ser editora de Caballo de Troya y quedamos una noche y me dijo: cómo llevas lo de Berlín. Acábalo ya que lo quiero publicar. Y lo acabé porque quería que fuera con ella y que fuera Caballo de Troya. Cuando me dieron el Ojo Crítico, en realidad, yo siento que nos lo dieron a las dos, a nuestra forma de entender la literatura y la escritura”. 

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En búsqueda de identidad

Le pregunto a Aroa Moreno qué ha aprendido escribiendo el libro y me contesta que «he aprendido que puedo acabar una novela. Y que hay historias de las que es difícil escaparse». Después de leerme el libro varias veces y de mi entrevista con ella (vía mail y por escrito), creo que esta historia le estaba esperando. Y no sólo me refiero a su encuentro con Marcos Ana o su estancia en Berlín.

«He aprendido que hay historias de las que es difícil escaparse».

Le pregunto a Aroa Moreno el nombre de tres escritores que admire y me contesta: Amos Oz, Agota Kristof y Primo Levi. El exilio, la memoria, la identidad, la immigración forzada: ya estaban ahí, en sus lecturas de formación.

Le pregunto sobre libros que le hayan marcado y me contesta con los tres últimos que le han «gustado mucho»: «Nada se opone a la noche» de Delphine de Vigan, «Chilean electric«, de Nona Fernández y «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» de Tatiana Tibuleac. De nuevo: sentimientos familiares profundos, reflexiones sobre la ausencia.

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Un estilo nítido y elegante

En el 2017, «La hija del comunista» recibió el Premio Ojo Crítico de RNE de Narrativa. Desde luego, el premio estaba más que merecido. Porque, a pesar de la aparente sencillez de la historia, Aroa Moreno Durán despliega en “La hija del comunista” un estilo literario depurado y sólido, magistral, sorprendente para ser su primera novela. Hay, desde luego, párrafos admirables: 

“El nombre que entonces tuve. La mujer que entonces fui. Apenas una extensión de piel y veinte años de contenido. La memoria es la facultad que permite retener y recordar hechos pasados: codificar, almacenar y recuperar. Se mueve en la inconsciencia, como una marea, dejando a la luz de la noche el fondo de arena de debajo del agua. El fondo del mar es como un cuerpo que se desarropa mientras duerme. Leí que existen dos tipos de memoria, la de las grandes cosas y la que recoge los detalles de lo que vivimos. Hay una electricidad entre emoción y memoria: cerebro, neuronas, flash. Una complejidad natural: a mayor emoción, más facilidad de que un suceso pueda ser recordado. La emoción es el filtro y es la marea. Es la revolución. La nitidez de la memoria está atada a la impresión que algo nos produce. A la vez, una catarata química se desencadena, un movimiento imparable y adictivo. Es el fin del juicio crítico. La dilatación de las pupilas, es el pequeño animal que se esconde contra el Estado.

Antes de escribir esta novela, Aroa Moreno, periodista de formación y especialista en Información Internacional, había escrito dos libros de poemas: «Veinte años sin lápices nuevos» (Alumbre, 2009) y «Jet Lag» (Baile del Sol, 2016). También es autora de las biografías de Frida Kahlo, «Viva la vida«, y de Federico García Lorca, «La valiente alegría» (ambas en Difusión, 2011).

— Antes de «La hija del comunista» habías publicado dos libros de poemas y dos biografías. ¿Qué te movió a dar el salto a la novela? ¿En qué género te sientes más cómoda?

— Para contar la historia de «La hija del comunista» necesitaba un lenguaje más limpio y de recorrido más largo que en los poemas. Iba a fabular una historia con un entramado histórico complejo debajo, muy por debajo, pero no debería fallar. La novela partió de un lugar muy diferente a los poemas. Su raíz era otra. Pero la herramienta con la que está construida es muy parecida. Así que intenté depurar el lenguaje y el tono para que la historia quedara lo más nítida posible. Yo quería que la historia de Katia no tuviera fisuras provocadas por el ritmo, el hermetismo del lenguaje o las metáforas. Pero una viene de donde viene, y al final, la mirada poética o ese algo que atraviesa las narraciones sin saber muy bien qué es está ahí. Espero que esté ahí. De hecho, ahora pienso que me gustaría haber soltado más las riendas.

— Me he leído algunos de tus poemas: tanto en poesía como en la novela tienes un estilo narrativo muy potente y elegante, pero al mismo tiempo sencillo (esto lo digo como un halago). NO hay metáforas incomprensibles, ni frases rebuscadas, ni artificios. ¿Es un estilo consciente? ¿Lo haces así para llegar mejor al lector?

— El estilo es algo que se forma muy adentro de uno. Creo que es casi todo lo que tenemos los que escribimos: la forma en que miramos el mundo. No solo se trata de cómo se conjugan las palabras, también de dónde decides mirar, cómo, con qué saturación de luces y sombras, con qué ritmo decides soltar la historia. Tiene que ver con mi forma de ser y de traducirme. Creo que más que llegar al lector, es un invento para que el lector llegue mejor hasta mí.

— ¿Cómo te documentaste para reproducir el Berlín Oriental? – pregunto.

— Pues hubo varias fases. Como partía de cero, aunque sí había vivido en Alemania, la primera fase fue de inmersión total: leí novelas, vi películas, documentales, etc. Y así pude ir avanzando porque los primeros capítulos de la novela transcurren de puertas para dentro de la casa. Y la reconstrucción de ese ambiente era más sencilla. Había que poner a trabajar a la imaginación. Luego, la cosa se complicaba. Por ejemplo, tras la caída del muro, cambiaron los nombres soviéticos de las calles, incluso los trazados se alteraron y eso afectaba a cosas de la novela. Hubo un momento en que tuve que escribir y tirar para adelante porque la propia documentación, casi toda en alemán, se había convertido en una excusa para no seguir. Me sentaba durante horas a buscar una marca de cigarrillos o fotografías de no sé qué plaza de Berlín en esa época. 

Durante la escritura visité Berlín dos veces, aunque ya había estado antes. Fue crucial conocer a personas cuyos padres habían sido exiliados. Me ayudaron a perfilar a Katia y la posible historia de la familia, a resolver dudas sobre cómo era la vida cotidiana en una ciudad partida por un muro y me dieron confianza para seguir, porque había una parte de mí que siempre se preguntaba sobre por qué estaba escribiendo acerca de un país que no había conocido y que, encima, ya no existía. 

— Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en algunas películas (“La vida de los otros” y, sobre todo, “Goodbye, Lenin”). ¿Te ha servido el cine de inspiración?

— Esas dos películas se han convertido en un relato casi universal sobre la Alemania del Este. Las dos, cada uno en su tono, me encantaron cuando las vi. Durante la escritura las revisé y añadí algunas más que, tal vez, son más desconocidas aquí y que recomiendo mucho. “Westen”, sobre una madre y un hijo que dejan la Alemania oriental y su nueva condición de refugiados; “El túnel”, basado en una caso real de cómo se construyeron galerías excavadas bajo Berlín por las que se sacó a mucha gente o “Sonnenallee”, acerca de un grupo de jóvenes en el Berlín oriental, entre otras. 

«La hija del comunista«, desde luego, pasa a formar parte de este cánon de clásicos. A esta lista de referencias indiscutibles para entender, no sólo la Historia, sino las emociones humanas. Aroa Moreno ha escrito un clásico que las generaciones venideras recordarán. Porque, como ella misma reconoce, «hay historias de las que es difícil escaparse».

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