Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

A la escritora Colette le encantaba escandalizar a una sociedad como la parisina que se jactaba de liberal pero que, en el fondo, guardaba la reducidas formas del estricto decoro. Primero le tout París comentaría su bisexualidad y correrían detalles de sus relaciones con la norteamericana Natalie Clifford Barney y con Sophie de Morny, marquesa de Belboeuf. Luego, con auténtica indignación, chafardearían sobre su relación con Bertrand de Jouvenel, el hijo de su segundo marido, un adolescente por entonces de tan sólo 16 años; ella tenía 47.

Diez años más tarde, el tan Bertrand se convertiría en el amante de la escritora estadounidense Martha Gellhorn (que, años después, se casaría con Ernest Hemingway). Cuando Martha conoció a Colette, la americana no pudo reprimir su repulsa: “era una mujer horrible. Un absoluto, total infierno (…) Bertrand la adoró toda su vida. Nunca entendió que estaba delante del mismísimo diablo”.

Presencias demoníacas aparte, la relación entre Colette y su joven amante fue una de las inspiraciones para una de sus grandes obras, Chéri, donde relataba los amores de la cortesana Lea de Lonval, de 49 años y el jovencito Fred Peloux, apodado Chéri, de 24. Lea era una mujer espléndida que renuncia a envejecer; él era un hombre rabiosamente bello, con pelo negro y cuerpo esculpido, aunque presentaba una personalidad narcisista y petulante, de niño completamente malcriado. Ni él era su primer amante más joven que ella, ni tendría porqué haber sentido por él nada especial más allá de un ardiente deseo. Al fin y al cabo, él estaba destinado a casarse por conveniencia con una mujer de su edad y ella sólo representaba su despertar sexual. Era una cortesana, una suerte de institutriz sexual, que debía administrarle enseñanzas en las artes amatorias, sin más. Pero su voluntad férrea se tuerce y cae en la trampa de seducción que ella misma ha urdido.

Lo interesante de la obra, reeditada varias veces y que ahora la editorial El Acantilado recupera con una traducción exquisita de Núria Petit, es que podría haber caído fácilmente en un tono vulgar, buscando la provocación gratuita, recreándose en un morbo insubstancial. Pero Chéri se aleja del mero escándalo y explora la psicología de unos personajes profundos que se enfrentan a sentimientos complejos.

En el fondo, lo que Colette nos propone no es una obra de amor, mucho menos lujuriosa, sino un retrato intimista de una metamorfosis dolorosa. Es la descripción de cómo una mujer afronta su paso a la vida adulta, cómo hace frente a su miedo a envejecer con más fragilidad emocional de la que hubiese esperado y deseado. Y es precisamente en este análisis minucioso de los matices que “Chéri” adquiere una elegancia literaria portentosa. No en vano, André Gide comentó de la novela: “Devoré Chérie de una sentada. Qué tema tan maravilloso y qué inteligencia, dominio y comprensión de los secretos de la carne“. Y eso que se rumorea que Colette y Gide nunca acabaron de congeniar. Sea como fuere, Gide no sería el único en cantar las alabanzas de Chéri: algunos de los escritores franceses más importantes del momento, como Georges Bataille, Pierre Drieu la Rochelle y Roger Martin du Gard, también se rindieron ante ella.

“Chéri” es, además, una reivindicación de la voz en alto femenina en un mundo marcado por un machismo férreo y una misoginia omnipresente y asfixiante. En la novela no es que se pase por alto los estereotipos de género; más bien, los dinamita y pulveriza. La protagonista es una mujer independiente económicamente que, gracias a su trabajo y a inteligentes inversiones en la bolsa, ha conseguido por méritos propios amasar una pequeña fortuna. La mujer tiene pensamientos propios y ningún reparo en exponerlos. Aquí explora sin subterfugios miedos y deseos sin edulcorar y sin pedir permiso; y, por supuesto, sin pedir perdón.

 

Imagen de Sidonie Gabriel Colette de joven

 

La sociedad francesa, por descontado, reaccionó indignadísima y encolerizada; demostrando una vez más la hipocresía de criticar en público comportamientos permitidos y anhelados en privado. No es que fuera la primera vez que se publicaba una obra de estas características, ni que se conociera una relación entre una mujer más mayor que un hombre. Sin ir más lejos, en el año de publicación de Chéri, en 1920, Liane de Pougy se casó con el príncipe rumano George Ghika. Ella tenía 51 años y él era 20 años más joven.

Y luego, claro está, estaba la aceptación, hasta exaltación, entre las altas esferas de las conocidas como “les grandes horizontales“, esas “demi-mondaines“, también llamadas “cocottes“, de finales del siglo XIX y principios del XX protegidas por ilustres e increíblemente ricos caballeros. Una “grande horizontal” iba incluso del brazo de su amante de paseo a plena luz del día. A nadie se les escapaba que había intercambios sexuales, como tampoco a nadie se le escapaba que los hombres las empleaban, además de dar rienda suelta a su lujuria, para lucir su belleza y demostrar su inmensa riqueza (las “grandes horizontales” irían cubiertas de joyas y lujosos trajes a fin de dejar clara la alta posición económica de sus protectores).

Algunas de ellas pasarían a la posteridad: Caroline Otero (“La Belle Otero”) que sedujo al rey Eduardo VII del Reino Unido y  Leopoldo II de Bélgica; Apollonie Sabatier, que inspiró algunos poemas de “Las flores del mal” de Baudelaire; y Virginia de Castiglione, que era una espía italiana a la cual Victor-Emmanuel II envió a Francia para que se convirtiera en la amante del emperador Napoleón III y favorecer así la independencia de Italia.

 

Arriba, Virginia de Castiglione; abajo, Caroline Otero

 

Todas ellas, no obstante, en cuanto se eclipsaba su espectacular belleza, eran repudiadas y caían en el olvido. Algunas vivieron sus últimos días en la miseria. Fue el caso de “la Bella Otero”, que acabó dependiendo de la generosidad del Casino de Monte-Carlo. La propia Liane de Pougy acabó su vida como monja de la Orden Terciaria de las Dominicas.

 

El final que no predijo

¿Tenía miedo Colette de acabar como una de esas Cocottes o como la protagonista de Chéri? Muchas veces se ha especulado que la obra es autobiográfica. Cuando comenzó a escribirla tenía 47 años y su segundo matrimonio, con el periodista Henry de Jouvenel, redactor jefe del entonces importantísimo “Le Matin“, hacía aguas. Conocía de sobras las infidelidades de su esposo con la princesa Bibesco y quizás ello le movió a convertirse sin reparos en amante de su hijastro, Bertrand de Jouvenel, a quien además de en la sexualidad también le iniciaría en la escritura.

Escribí sobre Lea como una premonición“, dijo una vez Colette. Pero una de sus biógrafas, Judith Thurman, considera que esa afirmación fue claramente exagerada. (Por cierto, Thurman escribió una de las mejores biografías sobre Colette, titualda “Secretos de la carne” y que aquí publicó Siruela). 

De hecho, Colette solía escribir sobre cómo podría acabar para no tener que vivirlo directamente. Sus novelas eran una suerte de protección, de coraza. Además, Colette no tenía ninguna intención de sucumbir a los desencantos de la edad. En cuanto acabó de escribir “Chéri” se sometió a retoques estéticos (se rumoreó un lifting), se hizo una imponente permanente y comenzó a escribir sus memorias de la infancia, al tiempo que continuaba escribiendo más novelas. Cinco años más tarde puso fin a su relación con su ahijado, publicó  “La Fin de Chéri” (el final de Chéri) y, cuando cumplió los 52 años, comenzó un romance con Maurice Goudeket, de 35 años. Acabó casándose con él y, siguiendo el refrán de que a la tercera va la vencida, aquel fue el más feliz y duradero de sus matrimonios.

Acabó su vida tal como había vivido: siendo libre y saltándose todas las normas. Escapando al desencanto al que condenó a Lea de Lonval. 

 

La mujer libre que vivió como quiso

Toda la vida de Sidonie Gabriel Colette, aquella niña nacida en 1873 en Saint-Sauver-en-Puisaye, en la Borgoña, parecía destinada a convertirla en esa mujer liberada que su opuso a la hipocresía de su época. Comenzando por tener una madre, Sidonie Landoy, conocida como “Sido“, a la cual ya le gustaba romper todos los moldes: se negó a llevar luto cuando murió su marido y en las misas se dedicaba a leer obras de Corneille. Como era librepensadora y atea, se negó a llevar a su hija a una escuela católica y optó por la enseñanza pública, donde desarrolló la afición a leer.

Pero aquel pueblecito de apenas mil habitantes pronto se le quedó pequeño y decidió casarse muy joven, a los veinte años, para poder salir de ahí. Claro que el elegido le saldría rana. Henry Gauthier-Villars, o Willy, trece años mayor que ella, era un bohemio y diletante, y adúltero compulsivo, que ejercía de crítico musical y novelista ocasional. Un hombre de familia acaudalada y pasado (y presente) revuelto que aportó un hijo fruto del adulterio con una señora casada de alta alcurnia. Además, como pronto descubriría su esposa, explotaba a negros literarios para elaborar sus libros. Después de oír hablar a Colette de su infancia, la animó a escribir, pero cuando lo hizo, él firmó los libros con su nombre sin escrúpulo alguno.

De esa época fueron las cinco novelas de la serie “Claudine“, elaboradas con recuerdos de escuela y de juventud de Colette y publicadas entre 1900 y 1907. Fueron un éxito inmediato y convirtieron a Willy en un hombre famoso y muy rico (Anagrama publicó en España hace años “Claudine en la escuela” y “Claudine en París“). Se dice que, como a ella no le gustaba escribir, él la encerraba en una habitación durante largos periodos de tiempo hasta que se le ocurría alguna idea y la volcaba en papel.

Durante trece años aguantó aquel matrimonio fallido, pero durante los últimos años de casada su vida cambió de rumbo. Aparcó la escritura para dedicarse al teatro y descubrió su bisexualidad. Tuvo relaciones con varias mujeres e incluso formó un trío con su marido y una de las amantes de éste, Georgie Raoul-Duval.

 

 

Finalmente, se divorció de Willy y emprendió el vuelo en solitario. Su experiencia como bailarina de music-hall le aportó material para algunas obras. También se hizo crítica literaria, escritora política, reportera de guerra, analista de moda y autora de una columna sobre cocina. Publicaba libros por fin con su nombre, pero la crítica al principio no le hizo caso. Tuvo que esperar a publicar “Renee“, en 1910, sobre una divorciada que se convierte en actriz, para recibir buenas valoraciones. Pero, a partir de ese momento, su éxito fue fulgurante y pronto se colocó entre los escritores más reputados de Francia.

En 1911 se casó con el periodista Henry de Jouvenel, con quien tuvo a su única hija, Bel-Gazou. Acabaría siendo la amante del hijo de su marido.

La década de los veinte es su momento más prolífico como escritora y cada año saca un nuevo libro, siempre basado en rasgos autobiográficos poco disimulados. En 1927 llega al zenit de la fama: el mismísimo Paul Claudel comenta que Colette “es el mejor escritor vivo de Francia“.

Sin embargo, nunca será admitida en la Academia Francesa, institución exclusivamente reservada a hombres. Sí que pertenecerá a la Academia Belga de Lengua y Literatura Francesa y, lo que fue más importante, fue la primera mujer en presidir la Academia Goncourt. Un año antes de su muerte se convirtió en la segunda mujer de la historia en convertirse en “gran oficial” de la Legión de Honor.

Murió a los 81 años en su apartamento en el Palais Royal. Francia se rindió a sus pies y le organizó un funeral de Estado, por primera vez organizado para honrar a una mujer. La iglesia católica puso, sin embargo, el grito en el cielo y se negó a organizar una despedida religiosa.

Colette se despidió como había vivido: en medio de la controversia y el escándalo y rompiendo todas las reglas.

 

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