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Tolstoy tuvo a Sofia Behrs, Dostoievsky a Anna Grigoryevna, Nabokov a Vera y Stefan Zweig tuvo a Frederike von Winternitz: las cuatro fueron cultas, las cuatro estaban avanzadas a su época, las cuatro pusieron todo su talento y tesón al servicio de sus maridos. Y éstos no siempre lo supieron reconocer, mucho menos valorar o tener en cuenta. La historia tampoco es que las haya tratado bien: muy pocas personas conocen las inmensas contribuciones de ellas a la literatura universal. 

Sin Sofia, Tolstoy nunca hubiese triunfado: fue ella la que copio y transcribió a mano siete veces (¡siete veces!) la larguísima “Guerra y Paz”. También transcribió “Anna Karenina” y el resto de sus obras. Incluso los diarios. Aparte de transcriptora, también fue traductora y editora, se ocupó de las finanzas familiares, cuidó la finca familiar de Yasnaya Poliana y crió a trece hijos. 

Anna Grigoryevna también sirvió de secretaria y taquígrafa a su esposo, Fiodor Dostoievsky (se dice que llegó a tomar tanta simpatía por algunos de sus personajes que incluso lloraba al escribir lo que él dictaba si éstos fallecían). Vera Nabokova fue la cocinera, criada y niñera de su marido, además de su editora y asistenta. Fue ella la que salvó el manuscrito de “Lolita” varias veces de ser quemado o lo rescató de la papelera. Se dice que, incluso, cuando él estaba dando clases de Literatura rusa en la Universidad de Cornell, ella siempre le acompañaba al aula y se sentaba a su lado. Tan inseparables parecían que se rumoreó, con guasa, que quizás Vera llevaba siempre una pistola para proteger a su esposo. Tanto hizo por él que Stacy Schiff, autor de la biografía “Vera, señora de Nabokov” (premio Pulitzer de biografía en el 2000, aquí publicada por Alianza Literaria en el 2002), llegó a decir que “abogados, editores, familiares, colegas, amigos estaban de acuerdo en una cosa: él no hubiese llegado a nada sin ella”.  

Tampoco hubiese sido nada T.S. Eliot sin Esme Valerie Fletcher, o Mark Twain sin Olivia Langdon. 

Y, también hay que decirlo, Virginia Woolf le debió muchísimo a su marido, Leonard, quien cuidó de ella, se hizo cargo de la casa, arregló el jardín y dirigió una editorial. Eugen Boissesain, marido de Edna St. Vicent Millay, se consideraba “feminista” y reconoció haberse casado con ella “para darle un hogar estable y liberarla de las tareas domésticas para que pudiera escribir”. 

 

El inmenso precio personal de casarse con escritores de éxito

Ser cónyuge de un escritor o escritora de inmenso éxito y prestigio ha conllevado aparejado renunciar a cualquier atisbo de individualidad o ganas de destacar: se han sacrificado enormemente, hasta el punto de pasar a ser un apéndice de sus parejas y un simple pie de página en la historia. 

Pocas mujeres de escritores han explicado sus experiencias. De Sofia Behrs conservamos sus diarios, los cuales, por cierto, no se publicaron en Rusia hasta 1978 y en inglés hasta 1985. En español tuvimos que esperar hasta el 2010 (editorial Alba Clásica, con introducción de Doris Lessing). También escribió una autobiografía y un libro de memorias. En ellas nos retrata con detalle su matrimonio con un hombre cruel y difícil, totalmente indiferente a su mujer y a sus hijos, sumamente crítico e irascible. Un auténtico infierno, vaya. 

En el otro extremo tenemos las famosas “Cartas a Vera” de Vladimir Nabokov (RBA, 2015, con traducción de Marta Rabón y Marta Alcaraz). Vera destruyó sus cartas a Vladimir por considerarlas “poco interesantes”, con lo que sólo tenemos el testimonio directo de él. Y él se erige como el ejemplo de perfecto casado, fiel y feliz (la realidad no era tan idílica). Lo que sí que es cierto es que ella fue una esclava, aunque todo parece indicar que ese matrimonio la satisfacía enormemente. 

En medio de estos dos extremos tenemos ahora una pequeña joya que nos desvela la vida privada de un escritor de culto. Acantilado publica la correspondencia entre Stefan Zweig y Friderike, quien primero fue su admiradora, luego su amante, posteriormente su esposa y más tarde su ex-mujer, cuando él la dejó por Lotte Altmann, su secretaria y treinta años menor que él. A pesar de la infidelidad e humillación, Friderike y Stefan siguieron carteándose hasta el suicidio de él, en Petrópolis. La mañana del 22 de febrero de 1942, él le escribía su última carta, diciéndole: “Recibe todo mi afecto y cariño, y levanta el ánimo sabiendo que ahora estoy tranquilo y feliz”. Por la noche, él y Lotte se tomarían una sobredosis de barbitúricos. Los criados encontrarían los cadáveres al día siguiente. 

Friderike explicó su matrimonio con Zweig en “Destellos de vida”, que “Papel de liar” publicó en castellano en 2009. Son unas memorias que, si bien no llegan al altísimo nivel de “El mundo de ayer” (ni tampoco lo pretende), sí que explican con detalle la vida cosmopolita del matrimonio Zweig. Es un testimonio directo del paisaje intelectual de la Europa de entreguerras, donde se codeaban con Rilke y Toscanini, Hesse era un íntimo y ocasionalmente veían a Einstein. Sus horizontes culturales no tenían límites, los estímulos al pensamiento y la erudición eran constantes y, sin embargo, representaban al mismo tiempo unas barreras infranqueables. Aquel mundo, en el fondo, no era para ella un paraíso, sino una fortaleza de la que no podía escapar. Ella no pertenecía a ese sanedrín más que como consorte; su labor era la de simple apoyo y soporte. No podía aportar nada, no tenía voz propia. “No tengo un mundo propio”, se lamentaba, “no tengo un trabajo propio (..) Mi círculo se ha extendido, pero no puedo salir de él”. 

No es que Stefan Zweig la atormentara como Tolstoy con Sofia, ni que la ninguneara. Stefan Zweig nunca permitió que se convirtiera en una simple mecanógrafa o secretaria encargada de tomar dictados y pasarlos a limpio. Él insistió en que le ayudase a investigar, en que se encargase de traducir citas, que leyese los libros que le enviaban a él, que los resumiese y que redactase cartas de agradecimiento en us nombre.

Es decir, no trataba a Friderike como a una administrativa, sino como asistente cualificada, intelectualmente preparada y capaz. Pero, aunque suponía un reconocimiento a su valía, tampoco sabía ensalzar las cualidades de ella, ni motivarla para desarrollar sus propias habilidades. Que las tenía. 

Si en “Destellos de vida” vemos a una mujer fuerte y preparada, en la “Correspondencia” que mantiene con Stefan y que ahora publica Acantilado se confirma su personalidad robusta, mucho más resistente que la de él. También descubrimos su talento literario, su aguda capacidad de observación y sus dotes organizativas, además de su inmensa inteligencia relacional y unas dotes psicológicas que le permiten tratar el carácter difícil de Stefan, sus “crisis de pesimismo”, sus confusiones interiores (se ha sugerido que él podría haber sido bipolar). 

De las cartas, sin embargo, también se desprende que ella se subyuga a él y a su fama y prestigio desde el principio. Renuncia a tener una vida propia para administrarle a él una “fortaleza de paz”, un remanso de tranquilidad, en el que él pudiese crear y triunfar. Des del principio, desde la primera carta, su admiración por él es tan grande que no se plantea ni un segundo hacer nada que no sea continuar ensalzándolo. A pesar de que él le fuese infiel, a pesar de que él no acabara de valorarla como merecía. Ella lo puso en un pedestal y nunca lo destronó. Stefan Zweig era para ella un semidiós al que rendir homenaje, adular y honrar constantemente; cualquier crítica, por insignificante que fuera, hubiese sido una blasfemia. 

 

La esposa y el semidiós

Podríamos justificar su comportamiento argumentando que a una mujer de su época no le quedaban muchas más opciones. Y sería verdad, aunque sólo en parte. Porque Friderike era una mujer que se salía del molde. 

Friderike Maria Burger nació el 4 de diciembre de 1882, en el seno de una familia judía. Tuvo una esmerada educación y fue a la Universidad de Viena, en un momento en que poquísimas mujeres acudían a una facultad y muchas estaban vetadas en muchos colegios profesionales. Luego se casó con un funcionario de alto nivel, Feliz Edler von Winternitz, comenzó a publicar artículos en algunos periódicos y, más tarde, dio clases de francés y de historia para complementar los magros ingresos familiares. 

En 1906, al cumplirse el segundo aniversario de bodas, dio a luz a su primera hija. Tenía 26 años. Ese mismo año, mientras su marido estaba en un balneario cercano a Viena, la joven Friderike se desplazó a la ciudad para pasar unos días. Una noche, en una cena en un jardín, divisó a un joven poeta y dramaturgo, un año mayor que ella, y que comenzaba a despuntar en los teatros. Se llamaba Stefan Zweig, y su cómoda situación familiar le permitía centrarse en la literatura. Su padre tenía una fábrica textil en el norte de Bohemia y su madre descendía de una familia de banqueros. 

En aquel encuentro no se cruzaron ninguna palabra, pero Friderika no lo pudo olvidar. Seis años más tarde se volvieron a ver. Era el 24 de julio de 1912. Friderike, que acaba de ser madre por segunda vez, veraneaba de nuevo en la estación balnearia de Gars am Kamp y fue a pasar unos días en Viena, donde vivía su suegro, Jakob von Winternitz. Esa noche del 24 de julio decidió ir a la fonda Riedhof, un local frecuentado por funcionarios, oficiales, médicos y escritores. Entre ellos estaba aquella noche Stefan Zweig, ya un autor celebrado y un hombre que disfrutaba de su soltería. 

Ella dio el primer paso y le envió una carta a la Kochgasse 8, Distrito VIII de Viena, para manifestarle su profunda admiración. Y así, casualmente, como si fuese el guión de alguna obra de él (“Carta de una desconocida” viene enseguida a la mente), comenzó una relación que duraría años. Es una lástima que muchas de las cartas de él de este período se hayan perdido; sobre todo la carta con la que contesta a esta primera misiva. 

Lo que sí sabemos es que, cuando se conocieron en persona, tres meses después de la primera carta, Stefan dejaría escrito: “Tarde con Frau v.Wi. Una buena conversación con una mujer verdaderamente sensible, que es probablemente más tierna de lo que uno puede imaginar”. 

Siguieron las cartas y las visitas, y ella incluso reseñó las obras de teatro de Zweig para la prensa alemana. Se cree que fue por aquel entonces cuando consumaron su relación, aunque siguieron con vidas separadas. Ella pasó una temporada en los Alpes con sus hijas; él se fue a París a trabajar. Él veía a más mujeres, ella lo sabía y no parecía importarle. 

Luego, cuando la relación con su marido es insoportable, ella decide divorciarse y se lo comunica. Él no le oculta que, en aquel momento, tiene una relación con una parisina, Marcelle. Ambas mujeres conocen el triangulo amoroso y ninguna se queja. Al menos, Friderike no dice nada. 

Cuando finalmente se casaron, él asumió que ella ni sería posesiva ni le demandaría demasiadas atenciones. Las hijas de ella, pensó él, la mantendrían ocupada y a él lo dejarían tranquilo. Y así fue: ella reinaba en la domesticidad, y su principal encargo era protegerlo a él de preocupaciones y, sobre todo, distracciones. Aunque le mantenía informado de todo y su vida social era extensa, Friderike sabía perfectamente que su cometido era que él tuviera su propio espacio para desarrollarse y triunfar.

Tanto era así que, en 1917, él le encarga que busque una casa apropiada. Ella encuentra el reducto perfecto: una pequeña casa del siglo XVII en Salzburgo, con fontanería antigua y sin electricidad, pero con un encanto inmenso. Ella la compró y la reformó y allí vivirían, a partir de 1920, sus años más felices y fecundos (o, al menos, fecundos para él). Durante los trece años que viviría allí, Zweig escribiría 50 obras. Su fama internacional fue inmensa; se convirtió en el escritor más famoso de su generación y en el más traducido. Y fue gracias, en gran parte, a ella. Ella le sirvió de editora, de crítica literaria y de guardiana.

Pero el cuento de hadas tuvo un final abrupto. Los nazis subieron al poder, el matrimonio Zweig se rompió, él perdió toda esperanza de que su mundo volviese a ser el que una vez conoció. En “El mundo de ayer” relata esa angustia que le generaba que todo, absolutamente todo, en lo que había creído se desmoronase, se corrompiese, desapareciese para siempre. Son el testimonio de un ser de una sensibilidad elevada, producto de una Europa refinada, cultísima y ciertamente elitista. Son las memorias realmente de un europeo en el sentido más magnífico y exquisito del término. Un hombre obsesionado con la cultura en el sentido más amplio, de la literatura, la música y el arte, pero que, sin embargo, no presta excesiva atención a su vida personal. Las pistas sobre su vida privada son escasísimas.

Él no podrá soportarlo y acabó rindiéndose. Ella, siempre más fuerte y resolutiva que él, fue capaz de rehacer su vida. En 1940 dejó definitivamente Europa y partió a Nueva York con sus dos hijas y los maridos de éstas. Tres años más tarde, ayudó a fundar el “Writers Service Center“, una suerte de refugio, fonda y agencia literaria para refugiados europeos. También pondría en marcha la “American-European Friendship Association“, una asociación cultural para fomentar los lazos trasatlánticos.

En 1945, a la edad de 62 años, encontró un refugio perfecto: una pequeña casa en Connecticut, cerca de un lago, donde pasaría lo que le quedaba de vida. Y, una vez más, a pesar de los desaires que había sufrido, de la humillación por haber sido abandonada por otra, se dedicó a que nadie olvidara a Stefan Zweig. Durante tres décadas fue su principal memorialista. En 1954, en la editorial Hastings House, publicó incluso la correspondencia que había mantenido con su marido. La obra que ahora, por fin, nos trae Acantilado.

Friderike murió el 18 de enero de 1971. Nunca sabremos si en lo último que pensó fue en él. Pero seguramente fue así.

 

 

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