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Marlen Haushofer o la valentía de ser mujer

Escrito por Ana Polo Alonso.

El mismo año en que la austríaca Marlen Haushofer acabó de escribir La pared, Betty Friedman publicó el revolucionario ensayo La mística femenina, Doris Lessing lanzó El cuarderno dorado y Sylvia Plath sacó La campana de cristal.

Se podría decir que 1963 marcó un punto de inflexión en lo que se ha venido a llamar literatura femenina, aunque personalmente la etiqueta no es que me apasione. Prefiero, sin duda, hablar de libros valientes que por fin dieron voces a las mujeres que no encajaban en estrechos estereotipos y rompieron por el camino bastantes clichés.

La pared, de Marlen Haushofer, de la editorial Volcano, sobre una mujer sola frente a la adversidad.

Marlen Haushofer, Betty Friedman, Doris Lessin, Sylvia Plath… Aquel 1963 fue el año en que muchas escritoras se atrevieron a poner temas incómodos sobre la mesa y dieron rienda suelta a un estilo narrativo introspectivo, fluido y osado que descubría al gran público cómo era la psyque de una mujer que se resistía a aceptar trabas a su libertad.

De todos estos libros, el de la austríaca Marlen Haushofer es el menos conocido y es una auténtica lástima que esta joya haya pasado desapercibida durante tanto tiempo, porque pocas novelas tienen la audacia y la profundidad de La pared.

La trama del libro es aparentemente sencilla. Una mujer cuyo nombre nunca conoceremos visita un fin de semana a sus amigos los Rüttlinger –Luisa y Hugo– en su casa de los Alpes. “La casa del coto es en realidad una enorme cabaña de madera de dos plantas, hecha de troncos gigantescos, y aún hoy en buen estado”, nos informa. Sus amigos parten hacia el pueblo más cercano para comer. Ella está cansada y prefiere quedarse en la cabaña. Sin saber por qué, los Rüttlinger nunca regresan. La misteriosa protagonista queda aislada del resto del mundo, pero lo más preocupante es que no puede huir de donde está: una pared invisible ha aparecido de repente y la tiene presa. “Alargué la mano y encontré algo liso y frío: una resistencia lisa y fría en un sitio donde no podría haber más que aire. Vacilante, lo intenté de nuevo, y otra vez mi mano chocó como contra el cristal de una ventana”. ¿Qué había sucedido exactamente? La mujer alcanza a ver a algunos lugareños, pero se da cuenta de que están inertes, como si estuvieran congelados, probablemente muertos. ¿Ha habido una catástrofe natural? Entonces, ¿por qué ella sigue viva y rodeada de tupida vegetación? ¿Se trata de un virus mortífero? ¿Una explosión nuclear? ¿Es ella la única superviviente? Y, sobre todo, ¿de dónde ha salido esa pared que no la deja escapar?

A partir de aquí, la protagonista relata sus vivencias –ella dice que escribe un informe– para no volverse loca. Escribir es lo único que le recuerda que está viva, que la mantiene atada a un pasado que cada vez parece más irreal, fantasmagórico y remoto. Según descubrimos, comienza a escribir unos dos años y medio después de haberse quedado encerrada tras aquella pared. “Hoy, 5 de noviembre, empiezo mi informe“, nos dice. “Voy a reseñarlo todo lo mejor que pueda. Aunque ni siquiera sé si hoy es de verdad 5 de noviembre. A lo largo del pasado invierno perdí algunos días. Tampoco sabría decir el día de la semana, pero no creo que sea muy importante”.

Escribe en lo que puede y va encontrando –“en el dorso de viejos almanaques y en el papel de oficina amarillento“– y lo hace, sobre todo, para sobrevivir: “No escribo por el placer de la escritura; tal como son las cosas, tengo que hacerlo si no quiero perder la razón. No hay nadie que pueda pensar por mí, ocuparse de mí. Estoy totalmente sola y debo intentar sobrevivir a los meses largos y oscuros del invierno“.

Marlen Haushofer
La escritora austríaca Marion Haushofer

La pared nos plantea de entrada una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo alguien sin ninguna habilidad especial para la vida a la intemperie consigue sobrevivir con la sola ayuda de una vaca, un perro y un gato? Sin embargo –y aquí reside todo su interés–, aunque relata la dureza del día a día, no sólo detalla recomendaciones sobre cómo encender un fuego, plantar un huerto o cazar para alimentarse. La pared no es un manual de supervivencia en medio de los Alpes, lo cual resultaría pesado y tedioso, sino un auténtico recital sobre la soledad, la resistencia y la capacidad de renovación personal.

En realidad, el libro trata de responder a una cuestión muy ambiciosa: ¿qué queda realmente de un individuo cuando vive completamente aislado en medio de un ambiente hostil? ¿Cómo consigue adaptarse a la extrema soledad, a esa melancolía existencial, a la nostalgia por un pasado extinto? ¿Qué esperanzas alberga, cómo se aferra a la vida cuando ya no tiene nada por lo que luchar?

***

Aunque La pared se publicó originalmente en alemán en 1963, realmente no consiguió fama y repercusión hasta los años ochenta, una década después de la muerte de su autora, cuando las feministas reivindicaron la novela como uno de los primeros y más poderosos manuales de emancipación radical. Más tarde, los ecologistas y los pacifistas la ensalzaron como un alegato en contra de las armas nucleares, como una descripción de la vida tras el apocalipsis nuclear. Y, años después, algunos psiquiatras comenzaron a verla como el relato de una mujer que está clínicamente deprimida y consigue sobrevivir. Hoy en día hay quien la ve como una Robison Crusoe postmoderna y ecofeminista, aunque la verdad es que recuerda más al Walden, de Thoreau.

Para mí, la explicación del libro es más sencilla, pero mucho más poderosa: Marlen Haushofer, simplemente, se estaba explicando a sí misma. O, al menos, como le hubiese gustado ser. Y a través de su personaje –su alter ego hasta cierto punto– dio voz a muchas mujeres de la posguerra atrapadas en un patriarcado feroz que imponía una moral tan enfermiza como hipócrita.

“Todo lo que escribo es autobiográfico”, dijo una vez Haushofer y, desde luego, en La pared hay muchos elementos de su propia vida: al fin y al cabo, ella también vivía atrapada.

Aunque de vez en cuando Haushofer se escapaba a Viena, la mayoría del tiempo lo pasaba en Steyr, un pueblecito sin ansias ni pretensiones situado al sur de Linz. Allí ejercía de abnegada madre de dos hijos, ama de casa y esposa de un dentista a quien ayudaba en la consulta. Tan discreta era que nadie se enteró que el matrimonio Haushofer se divorció y, años más tarde, se volvió a casar. Pero Marlen quería vivir precisamente así: sin llamar la atención en lo más mínimo, pasando lo más desapercibida posible. De hecho, su pasión por el anonimato llegó a tal punto que cuando en 1968 le diagnosticaron un cáncer terminal le dijo a familia y amigos que se trataba de una tuberculosis curable. Y no fue hasta que murió que sus vecinos del pueblo se enteraron que había sido escritora, algo de lo que no tenían ni la más mínima idea.

Steyr, en Austria, donde vivía la escritora Marlen Haushofer.
El pueblo de Steyr, en Austria, donde vivía la escritora Marlen Haushofer.

En Viena era distinto. Allí disfrutaba de algo más de libertad y, como mujer universitaria que había sido (estudió filología alemana), tuvo acceso a algunos círculos intelectuales donde se hablaba de libros y las últimas modas literarias. Pero Marlen era tan enfermizamente tímida, incluso retraída, que siempre se quedó a los márgenes de las conversaciones, escuchando y observando, nunca participando. Aún así, aquellas tertulias eran su espacio de libertad absoluto, un más que bienvenido respiro frente a un día a día aciago donde una mujer sólo debía limpiar y cocinar. “Fueron y siempre serán nazis”, llegó a decir Haushofer de sus conciudadanos masculinos de Steyr. Desde luego, su impresión de ellos no podía ser peor: en varias ocasiones los describió como una mezcla de hooligans y trogloditas que sólo sabían emborracharse, cazar y ligarse a las esposas de los otros.

La escritura, como a la protagonista de La pared, fue su vía de escape, su tabla de salvación. Como durante el día no tenía ni un minuto libre, Haushofer escribía de madrugada, antes de comenzar la jornada, o por la noche, apostada en la mesa de su cocina. Nunca creyó que tuviese el suficiente talento para escribir nada importante y la verdad es que nunca se consideró escritora en el sentido estricto de la palabra. Ella era, simplemente, una mujer que quería explicar su historia.

También, su concepción del mundo. Marlen Haushofer creció en un ambiente obsesivamente católico y, aunque se volvió atea, nunca se quitó de encima el concepto de pecado original, penitencia y ansias de salvación tan arraigado en el catolicismo. Nunca creyó en el más allá ni el alma, pero siempre creyó, de manera bastante mística, que había algo que impregnaba toda la naturaleza. También defendía que había un orden en las cosas y que la vida seguía una secuencia pautada, aunque le revolvía pensar en ese determinismo atroz que asegura que ni existe el libre albedrío ni tampoco la capacidad de cambiar de destino.

En el fondo, Marlen Haushofer era una existencialista a la antigua usanza, preocupada por las cuestiones fundamentales del individuo. Su razonamiento tiene bastante de Simone de Beauvoir, a quien admiraba profundamente, y mucho de Martin Heidegger. No hay tiempo en sus obras, ni hay lugares exactos. Todo ocurre en un espacio que ni tan siquiera sus personajes son capaces de explicar. Todo es líquido, todo fluye. Todo es extrapolable a cualquier época y país.

En cambio, Haushofer se aleja de Camus y de Sartre en cuanto a la capacidad de acción de los personajes. Por ejemplo, si en La Peste, de Albert Camus, el protagonista se ve impotente ante un destino que le subyuga, las mujeres de Haushofer, en cambio, toman las riendas de su vida y son capaces de maniobrar. Hay desesperanza y mucha frustración en sus obras, pero también una capacidad innata de adaptación.

También hay una voluntad de describir la realidad en su versión más idílica. Haushofer se recrea con precisión en los detalles de las plantas y los árboles y cualquier comportamiento de un animal, por ridículo e insignificante que parezca, es descrito brillantemente. La naturaleza es trascendental en su obra.

***

Hay que reconocer que, aunque escribió bastantes cuentos infantiles y alguna que otra novelita, Haushofer no dio con nada de valor realmente hasta que no publicó con Nosotros matamos a Stella, en donde por fin encontró un lenguaje propio.

La novela adopta aparentemente el tono de un thriller. Para aclarar su mente, una mujer decide aprovechar un fin de semana en que su marido, Richard, no está para escribir lo que ha pasado durante los últimos meses. Básicamente, detalla cómo Stella, una adolescente que acaba de terminar el instituto, fue a pasar con ellos unos días. Richard la sedujo, la dejó embarazada, la obligó a abortar y luego la dejó. Stella intentó suicidarse y luego, mientras andaba por la calle sin prestar atención al tráfico, la atropelló un camión. La mujer que escribe no puede dejar de pensar que había sido su culpa, que toda aquella desgracia había ocurrido porque ella, aunque era perfectamente consciente de la situación, prefirió no hacer nada.

Haushofer se enfrentó con ese libro a temas que luego serán recurrentes en sus obras: las imperiosas estructuras familiares de poder, las relaciones fracasadas, la inercia, la necesidad de la escritura como vía de escape.

Después, en 1963, retomará todos estos elementos y los llevará más allá. En La pared alcanza el cenit de su obra; será su obra más potente a nivel emocional.

La protagonista, esa mujer que ni siquiera tiene nombre porque podría ser cualquiera de nosotras, en realidad ha dejado atrás una vida donde disfrutaba de una aparente libertad, pero no era en absoluto feliz. Era viuda, sus dos hijas eran ya adultas “y podía organizarme el tiempo como quisiera. Aunque hacía poco uso de mi libertad“. Ahora, atrapada tras aquella pared de cristal, reflexiona sobre mi vida anterior “y la encontré deficiente en todos los aspectos. Había conseguido muy poco de todo lo que quería, y ya no quería nada de lo que había conseguido“. No hay duda de que no había sido en absoluto feliz y que había sufrido demasiado por lo que podía pasarles a sus allegados:

Artículo sobre La pared, de Marlen Haushofer, publicado en Volcano editorial.

“Sufro esta angustia desde que tengo memoria y seguiré sufriéndola mientras exista alguna criatura a mi cuidado. A veces, mucho antes de que existiera la pared, deseaba morirme para poder, al fin, liberarme de mi carga. Siempre callé sobre ese pesado lastre; un hombre no me habría entendido y, en cuando a las mujeres, les pasaba exactamente lo mismo que a mí. Por eso preferíamos charlar sobre la ropa, las amigas y el teatro, y reírnos con los ojos llenos de aquella secreta ansiedad que nos consumía. Todas conocíamos el motivo y por eso jamás hablábamos de ello. Era el precio que pagábamos por ser capaces de amar”.

Teniendo en cuenta que ahora puede ser distinta, trabar una nueva vida desde cero, ¿aquella pared la encarcela o la protege? Su nueva vida, ¿es una pesadilla o un idilio? Haushofer no niega que los problemas la acechan. De hecho, poco a poco, aunque de manera imperceptible al principio, una gran amenaza se va cerniendo sobre ella. Sabemos que ha pasado algo, algo muy grave, pero el qué exacto no lo sabremos hasta el final. Sin embargo, hay un momento inicial de gran calma, de gran serenidad. Como si se hubiese encontrado a sí misma ahora que lo ha perdido todo:

Artículo sobre La pared, de Marlen Haushofer, publicado en Volcano editorial.

Cuando pienso en la mujer que una vez fui, la mujer de ligera papada que tanto se esforzaba por parecer más joven, siento poca simpatía por ella. Sin embargo, no quiero juzgarla con demasiada dureza. Nunca tuvo la posibilidad de planear su vida conscientemente. Sin saberlo, de joven se echó encima una pesada carga y fundó una familia; y desde entonces vivió aprisionada entre una cantidad angustiosa de deberes y preocupaciones. Solo una giganta podría haberla liberado, y ella no lo era en absoluto; no era más que una mujer de inteligencia media agobiada y sobrepasada que, para colmo, vivía en un mundo hostil a las mujeres, un mundo para ellas ajeno y amenazante“.

***

De entre todos los escritores austríacos de postguerra, el nombre de Hausfoher no ha pasado a la posteridad y, aunque su libro La pared está considerado de culto en algunos círculos, ni siquiera en vida Haushofer consiguió un eco significativo más allá de su país. Mientras el mundo se deleitaba con la obra de la poeta Ingeborg Bachmann y, sobre todo, con los libros de Thomas Bernhard, prácticamente nadie fuera de Austria había escuchado hablar de la autora de La pared. Y algo de maldición debía haber, porque ni siquiera cuando se intentó recuperar su obra en inglés, allá por los años noventa, tuvo impacto alguno. Tan sólo cuando en el 2012, el director de cine Julian Pölsler rodó una película basándose en La pared con Martina Gedeck como protagonista (la misma que “La vida de los otros”), las novelas de Haushofer comenzaron a tener un mínimo de interés.

La pared, de Marlen Haushofer, de Volcano libros.

Es necesario rescatar y reivindicar su obra. Porque en ella, Marlen Haushofer se especializó en dar voces a mujeres, pero no en sus contextos más tradicionales –madre, esposa, ama de casa, amante–, sino en situaciones extremas. Haushofer explicó los sentimientos de las mujeres ante la imponente adversidad. Reclamó su individualidad. Reivindicó su propia personalidad alejada de los asfixiantes corsés de género.

Las protagonistas de Haushofer sienten la más abyecta soledad, la melancolía, la opresión. Todas, sin embargo, no se resignan a perder la cordura, sino que toman las riendas de sus propias vidas y se aferran a sus supervivencia. Y lo consiguen porque rompen con todo, incluso con la propia sociedad. Rasgan las tradiciones. Aniquilan las convenciones. Se aíslan del mundo; incluso, en el caso de La pared, literalmente.

  • Escrito por Ana Polo Alonso.

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