La poderosa inteligencia de Margarita García Robayo en «Primera persona»

Muchas novelas hablan del sentimiento de pertenencia, de las relaciones interpersonales; otras tantas son ejercicios de introspección, autoanálisis e incluso contrición. Observar el mar y escribir lo que pienso, por ejemplo; o mirar por la ventana y escribir lo primero que se me pasa por la mente. Recurrir a los recuerdos de la infancia, al amor fallido, a la relación que jamás tuvo lugar. La rabia, la lujuria, la rabia, la tristeza, el dolor. Hay un larguísimo etcétera. Os podéis hacer una idea.

Hay pocas cosas más insoportablemente pedantes en la literatura que el escribidor o escribidora de turno (ser escritor o escritora es otra cosa distinta) que reduce y justifica la bazofia que escribe con la impertinente frase de “me he hecho preguntas y he buscado en mi interior”. Desgraciadamente, los autores que se despachan con semejante chorrada abundan en exceso.

Por eso, en la inmensidad de este género, llamémoslo íntimo y personal por clasificarlo de alguna manera, la voz de Margarita García Robayo sobresale como una auténtica brisa de aire fresco más que bienvenida. Porque no cae en la cursilería facilona ni en los tópicos al uso. La suya es una mirada lúcida, sagaz, inquisitiva, que formula preguntas más que propone respuestas. Sobre todo, es una mirada inteligente, poderosamente inteligente. Y encima Margarita García Robayo sabe escribir, lo cual se presupone en un autor o autora, pero no siempre lo consiguen. Tiene un estilo sereno y clásico, sobrio, desprovisto de artificios, en donde no sobra ni un solo adjetivo.

Margarita García Robayo aporta una mirada lúcida, sagaz, inquisitiva, que formula preguntas más que propone respuestas. Sobre todo, es una mirada inteligente, profunda y poderosamente inteligente.

Decían que Nietzsche filosofaba “a martillazos” porque empleaba frases lapidarias, breves y sucintas, que contenían dosis ingentes de sabiduría en pocas palabras. García Robayo no aplica un método tan expeditivo, ni consigue solucionarte dudas que seguro que te has planteado en algún momento. Pero te noquea a cada frase. Lo que logra es que reflexiones sobre esas mismas dudas, que las asumas, que no te avergüences por habértelas formulado y que perfecciones la pregunta. García Robayo hace que cambies la manera de ver, que disecciones y aprecies los matices, que no caigas en fórmulas estereotipadas vacuas que no te van a llevar a ninguna parte más que a una satisfacción insubstancial y efímera.

Que estábamos delante de una escritora que iba a aportar una mirada renovada a un género sobado lo supimos desde muy pronto. En mi caso, desde “Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza”, publicada por Destino en el 2010. Y digo en mi caso, porque era lo primero que leía de esta autora colombiana afincada en Argentina. Ahí teníamos una serie de historias encadenadas de nueve mujeres que hablaban de soledad, de desamor, de pérdida, de amistad, de amor, de obsesión y de unas vidas que han caído en una asfixiante monotonía.

Se podía haber quedado ahí: en la historia de mujeres aficionadas a concursos de la televisión hasta el punto de obsesionarse por si gana su candidata, en el día a día de una madre demasiado ocupada para serlo, por ejemplo. Se podía haber quedado ahí, insisto, y ya le habría salido un muy buen libro, porque todas las historias contienen emoción, los personajes están increíblemente bien definidos, con un relieve poliédrico que la escritora sabe explicar a la perfección. Y, además, la estructura de los cuentos, con vasos comunicantes muy inteligentes, demostraba que la autora ya dominaba con facilidad una arquitectura narrativa muy compleja.

Pero dio un paso más. Lo interesante era comprobar que estas mujeres, conscientes de su aburrimiento y desidia, no hacían nada para superarlo, ni para ayudarse entre ellas. Simplemente, se amoldaban a una situación que las estaba ahogando y asumían con resignación su cotidiana existencia.

En libros sucesivos volvería precisamente a este punto: al inexorable aguante en que se sustentan unas relaciones que han caído en punto muerto. En “Cosas Peores”, por ejemplo, con el que ganó el Premio casa de las Américas 2014 de Cuento, y en donde una de las protagonistas confiesa:

“Fanny pensó que Titi no toleraría la lástima de los vecinos.  Y ella tampoco. Pensó que era mejor no inventar complicaciones que no tenía, que eso era lo que la vida les había puesto y que las cosas estaban ben. Relativamente bien. Y que peor sería…Tantas cosas. Había cosas peores”.

Además de la resignación, Margarita García Robayo explora el vacío existencial, las dudas humanas, la fragilidad en unas relaciones humanas donde no hay certezas y que pueden pasar del amor al odio con facilidad. También desgrana los conflictos de clase, la xenofobia, la pérdida de lazos nacionales. En el fondo, es una exploración continua de la identidad y de la pertenencia. De la necesidad emocional de arraigo. De pertenecer, de formar parte de algo. Pero ese algo no siempre aporta felicidad, aunque nos lo creamos. O lo queramos creer.

Es el caso, por ejemplo, de “Lo que no aprendí” (Malpaso, 2014), en donde habla del fracaso a través de la mirada de uno de los personajes, el cual narra su infancia, primero desde el presente y luego desde la adultez, mirando la vista atrás.

También es el caso de “Tiempo muerto” (Alfaguara, 2017), en donde narra la historia de una pareja, formada por Lucía y Pablo, con más de cuarenta años y dos hijos en común, que han pasado de una relación sana a una dañina. A través de sus conversaciones y, sobre todo, de sus silencios, la autora teje una trama de violencia y dolor en que ambos personajes se esfuerzan por reinventarse, por sacar a flote su matrimonio, pero sólo consiguen alejarse aún más.

“Empieza como un síntoma de desinterés, algo minúsculo que después se naturaliza y ambos dejan de preguntarse cómo es que siguen ahí, adobando la abulia frente al otro, asintiendo a lo que dice como un trámite…”

De nuevo, podría haberse quedado en este nivel. Pero de nuevo dio una nueva vuelta de tuerca: no juzga a los personajes, no convierte a uno en víctima de otro. García Robayo presenta asépticamente una situación y la desmenuza para presentar todos los recovecos psicológicos de unos personajes que, con todos sus aciertos y también continuas equivocaciones, están en continua búsqueda de algo, así en genérico, que ni ellos mismos saben qué es.

Podemos seguir disfrutando del buen oficio de esta escritora con “Primera persona”, la tercera entrega de la sublime editorial Tránsito. Resumiendo: este libro es inteligencia en estado puro. Y si no, juzgad vosotros mismos con tan sólo un par de párrafos:

Cuando tuve a mis hijos me volvieron las mujeres de mi familia a la cabeza; por más que quise despojarme de ellas, allí estaban frotando sus pañuelos contra mi nariz. La crianza es femenina, pensaba mientras miraba a mi marido maniobrar esos cuerpecitos blandos con diligencia y entusiasmo, temiendo que sólo fuera una primera fase y que después degeneraría en la inutilidad propia de su género. Las dos veces que fui madre batallé contra mi ADN. Al luchar contra las imágenes que me han impuesto de lo femenino, también estoy luchando contra parte de lo que soy: cuesta desaprender, es un desgarro permanente pero necesario. Creo que tenemos que ser capaces de repudiarnos; creo que hay que tenerse un poco de asco para poder cambiar. La autoindulgencia no ayuda. Me mantuve firme en que si quería hacerlo distinto —no decía «bien», me bastaba con que fuera distinto—, tenía que decretar que el momento del nacimiento de mis hijos debía marcar el principio de su pasado y el final del mío. Si yo podía tener control sobre alguna historia, quería que comenzara ahí. Sería una historia porosa, cuyo mayor atributo consistiría en que podría ser intervenida por ellos. Miré la ventana y les conté lo que había: su primer horizonte atravesado por cables y edificios; el de V. fue de día, el de J. de noche. Y mientras enumeraba los elementos del paisaje vi caer preguntas como pelusas primaverales que planeaban livianas y frenéticas. Esa fue la primera de muchas señales de que no tener un método claro sería tan fatigoso y angustiante como adoptar el que ya conocía.


Lo cierto es que actualizo mi batalla a diario porque rápidamente dejó de ser una batalla contra mi pasado; mis taras de mujercita criada por y entre mujercitas astutas cuya mentalidad intrincada no fue suficiente para salvarlas de sus hombres (suelo preguntarme si alguna vez en sus vidas longevas las mujeres de mi familia tomaron conciencia de que con esa extraña mezcla de servilismo y condescendencia estaban contribuyendo a la potencia destructora que hoy, en muchos aspectos, define el rol de lo masculino en el mundo. En cualquier estadística queda claro que los que matan, golpean, violan, maltratan y destruyen mayoritariamente son los hombres. Por mucho que queramos ver otra cosa, es imposible desestimar el hecho de que esos hombres / monstruos no se hicieron solos). La crianza que me dieron es uno de los tantos surcos que decoran mi hipocampo, pero el torno no se detiene. Ahora me peleo con mi necesidad ñoña de ser lo primero que ven mis hijos cuando abren los ojos a la mañana y lo último, cuando los cierran cada noche. Me peleo también con la necesidad de que mis hijos no sean lo único que yo vea. Con quien más me peleo es con mi marido, pero sólo porque es a quien tengo más cerca después de los niños, con quienes no me puedo pelear —o sí, pero siempre pierdo—. Así que mi maternidad transcurre, en buena medida, dando zarpazos al aire.

Primera persona” es un libro que recoge artículos que la autora ha ido publicando a lo largo de su carrera en distintos medios. Una anécdota interesante es que fueron por encargo, pero el encargo tan sólo le ofreció como mandato hablar sobre “el mar” o sobre “e territorio”. Y que, bajo esa tenue premisa, ella consiguió hilvanar relatos en donde desnudaba sus secretos y aportaba cordura a un mundo donde sobran afirmaciones y faltan preguntas. Comienza con  un artículo sobre el mar que ella transforma en una exploración de la infancia y la juventud y en una desmitificación de la memoria. Luego hablará de la maternidad, del matrimonio, de la lactancia. Es como si la acompañásemos en su periplo vital, y nos hiciera partícipes de la dureza de cada momento, de la frustración de muchas situaciones, de la rabia que la ha acompañado durante demasiado tiempo.

Es un libro imprescindible donde nos machaca, esta vez sí, a verdaderos martillazos en el alma. Es un libro que nos interroga, que nos cuestiona, que nos explica. Un libro, en definitiva, absolutamente esencial.

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