Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

Cada noche, Roald Dahl les contaba una historia a sus hijas mayores, Tessa y Olivia. “La mayoría eran horribles”, reconoció en 1972 a la BBC, “pero en alguna ocasión les explicabas un cuento que despertaba su interés. Si te decían la noche siguiente, “Cuéntanos más sobre la historia de ayer”, sabías que tenías una historia interesante. Así pasó durante muchas noches con la historia de un melocotón que se hacía cada vez más grande y al final pensé, “bien, ¿por qué no lo escribes?”

Así creó “James y el melocotón gigante”, que apareció en 1961, cuando Dahl ya había cumplido los cuarenta y cinco años. Aunque costó que se publicase (muchos editores lo rechazaron), el libro fue una auténtica sensación. Sólo en el Reino Unido se han vendido más de cinco millones de copias y ha sido traducido a treinta y cuatro lenguas.

Más tarde siguieron auténticos clásicos de la literatura infantil como “Charlie y la fábrica de chocolate”, “Las brujas”, “Fantástico Sr. Fox” o “Mi gran gigante bonachón”. Y, cómo no, la historia de una niña precoz, ingeniosa, tierna y ultra inteligente que antes de cumplir los cinco años ya ha leído multitud de libros para adultos y que, un buen día, descubre que tiene poderes mágicos.

 

 

Matilda” es una historia sobre el poder de la literatura, la magia que aportan los libros y también sobre la capacidad de superación frente a circunstancias más que adversas. Al fin y al cabo, los padres de Matilda, mediocres y soeces, ni entienden la afición de su hija ni la apoyan ni la ayudan; todo lo contrario. El señor y la señora Wormwood no escatiman ninguna oportunidad de humillar a su hija por sus extraordinarias habilidades.

“Así que la joven mente de Matilda siguió creciendo, alimentada por las voces de todos aquellos autores que habían lanzado sus libros al mundo como barcos a la mar. Esos libros dieron a Matilda un mensaje de esperanza: no estás sola”.

La lista de libros es impresionante. Como en su casa sólo había un libro, “Cocina fácil”, y ya se lo sabía de memoria, Matilda decidió un buen día ir a la biblioteca (la cual, por cierto, existe: está inspirada en la biblioteca de High Street, en Great Missenden, al lado del Museo Roald Dahl). Allí comienza leyendo libros infantiles (“algunos eran muy malos, pero otros eran preciosos. Me ha gustado “El jardín secreto” el que más”). Al preguntar a la bibliotecaria, la señora Phelps, por “algún libro realmente bueno para adultos. Uno famoso”, ésta le recomienda “Grandes esperanzas”, de Charles Dickens, no sin antes advertirle que “si era muy largo, dímelo y buscaré algo más corto y fácil de leer”. No hizo falta. En los seis meses siguientes, Matilda leyó:

 

“Nicholás Nickleby” de Charles Dickens

“Oliver Twist” de Charles Dickens

“Jane Eyre” de Charlotte Brontë

« Orgullo y prejuicio » de Jane Austen

“Tess of the D’Urbevilles” de Thomas Hardy

“Gone to Earth” de Mary Webb

“Kim” de Rudyard Kipling

“El hombre invisible” de H. G. Wells

“El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway

“El ruido y la furia” de William Faulkner

“Las uvas de la ira” de John Steinbeck

“The Good Companions” de J. B. Priestley

“Brighton Rock” de Graham Greene

“Rebelión en la granja” de George Orwell

 

Roald Dahl no le había contado esta vez la historia a sus hijos por la noche. De hecho, cuando se puso a escribir “Matilda” ya tenía nietos. En concreto, Dahl comenzó a escribir este libro después del nacimiento de su tercera nieta, Sophie, y cuando lo publicó, en 1988, ya había nacido su cuarto nieto. Aunque creó algún cuento corto y algún que otro poema suelto (como “Esio Trot” o “The Minpins”,  “Matilda” fue el último libro que escribió.

Lucy, la hija menor de los cinco que Dahl tuvo con su primera esposa, la actriz estadounidense Patricia Neal, reconoció que “Matilda” fue el libro que más costó escribir a su padre. En una carta que le escribió su padre en 1986, dos años antes de publicar la obra, Dahl reconocía que:

“La razón por la que no te he escrito durante tanto tiempo es que he estado terminando un nuevo libro infantil. Y ahora que lo he acabado, sé perfectamente que tendré que pasarme los próximos tres meses reescribiendo la segunda parte. La primera es genial; es sobre una niña pequeña que puede mover cosas con los ojos y sobre una terrible directora de colegio que agarra a los niños del pelo y los levanta del suelo, o los cuelga de las ventanas por las orejas. Tal como está ahora, la segunda parte tiene que cambiarse por completo. Tres meses de trabajo tirado por la ventana, pero así son las cosas. Tuve que reescribir “Charlie y la Fábrica de Chocolate” cinco o seis veces entero y nadie lo sabe”.

En el primer borrador, de hecho, Matilda era una niña malvada que aterrorizaba a sus pobres y dulces padres y que usa sus poderes mágicos para amañar una carrera de caballos. Tan pérfida y vil era que, al final, su maldad le acaba costando la vida. En 1988, en una de las poquísimas entrevistas que concedió, Dahl reconoció que “me equivoqué. Me pasé seis u ocho o nueve meses escribiendo y, justo cuando acabé, supe que no era la historia que quería…no estaba bien…Comencé el libro desde cero y reescribí cada una de las palabras”.

En el primer borrador, Matilda era una niña malvada que aterrorizaba a sus pobres y dulces padres.

Al final, acabó centrándose en un personaje que se asemejaba más al resto de los que había creado: niño o niña solo en el mundo, huérfano la mayoría de las veces, que sufre maltratos y humillaciones constantes en un mundo que le es claramente hostil. Nada de ñoñerías cursis en sus libros, desde luego. La verdad es que los libros de Dahl tienen un trasfondo social triste y duro, donde la violencia, tanto física como sobre todo psicológica, es omnipresente.

En uno de sus primeros libros, James y el melocotón gigante, el protagonista queda huérfano después de que sus padres fallecieran en un accidente horrible y James queda bajo el cuidado de parientes claramente abusivos que le harán la vida imposible. No solo le maltratan, también le pegan. Los editores británicos lo consideraron una obra “excesivamente lúgubre, brutal y vulgar” y “James y el melocotón gigante” se publicó, de hecho, primero en Estados Unidos, en la editorial Alfred A. Knopf de Nueva York. Aun así, algunos estados lo prohibieron porque consideraban que había palabras inapropiadas (“culo” aparece tres veces), fomentaba la desobediencia hacia los padres y contenía referencias a drogas y alcohol. En Wisconsin consideraron especialmente ofensiva la escena en que una araña “chupa” los labios por su “alto contenido sexual” y hubo quien se atrevió a decir que el libro promocionaba el comunismo. En el Reino Unido no apareció hasta 1967 y sólo porque Dahl asumió la mitad de los costes de publicación.

Es cierto que no era la primera vez que un libro infantil trataba la violencia de forma explícita. “Hansel y Gretel” incluye una bruja que cocina a niños, y “Oliver” de Charles Dickens trata de una infancia en condiciones miserables. Pero en los años sesenta parecía que la literatura infantil debía estar dominada por insufribles picnics en bucólicas campiñas, la acción reducida a engullir mermelada de arándanos y bebidas de jengibre. Eran las historias dulzonas de Beatrix Potter; todo lo más que se permitía era la trama inteligente, pero sin un ápice de violencia, de “Alicia en el país de las maravillas”.

Los libros de Roald Dah, en cambio, exploraban la violencia, la vileza, la envidia, la codicia, el miedo, la indiferencia, la crueldad, incluso el sadismo. Los padres de Matilda no son malos forzados por adversas circunstancias; no hay amor ni ternura hacia su hija escondido debajo de un caparazón. Hay maldad, abandono y maltrato psicológico sin edulcorantes.

La fantasía, eso sí, acabará salvando a todos los personajes de Roald Dahl; todos acaban forjando amistades que les ayudarán; todos acaban vengándose. En el fondo, Dahl les recordaba a los niños y niñas que, frente al desazón, el abuso y la adversidad, siempre tenían que seguir adelante.

 

El niño que soñaba con ser un héroe

Dahl lo sabía bien. Su vida parecía sacada de alguno de sus libros. Nació en Gales, en 1916, de padres noruegos (su nombre, Roald, fue un homenaje al explorador y héroe noruego Roald Amundsen). Enseguida la tragedia apareció en su vida: en 1920 su hermana Astri, entonces de siete años, murió por una apendicitis, y poco después su padre falleció por una neumonía. Roald sólo tenía cuatro años.

A pesar de la adversidad, su infancia fue feliz, con una auténtica ingesta continua de chocolatinas Cadbury que le daban en el colegio (eran para estudio de mercado: la empresa quería saber si gustaban a los niños). Era feliz, o al menos eso quiso hacer creer en “Boy”, una suerte de autobiografía donde relató lo más excitante y obvió todo lo que él consideraba “aburrido”.

En su juventud se alistó en la Real Fuerza Aérea y luchó en la Segunda Guerra Mundial. En 1940, mientras estaba estacionado en Libia, sufrió un grave accidente de avión que le provocó fracturas en el cráneo y daños severos en la columna vertebral. Como consecuencia, tuvo que someterse a muchas operaciones de espalda y le implantaron hierros en la cadera en un par de ocasiones. Por no decir que los estragos le causaron continuos mareos; algunos eran tan fuertes que incluso le hacían perder la consciencia.

Estuvo algunos años trabajando en Estados Unidos. Allí conoció a su mujer, la actriz Patricia Neil, y allí comenzó a publicar cuentos cortos e historias breves. La tragedia, sin embargo, le sacudió de nuevo. En 1960, su hijo Theo fue atropellado por un taxi en Nueva York y sufrió un grave daño cerebral. En 1962, su primera hija, Olivia, murió a consecuencia de un fuerte caso de paperas. En 1965, Patricia, embarazada de su hija Lucy, sufrió tres aneurismas cerebrales; durante una larga temporada no pudo hablar ni casi moverse.

 

Por si fuera poco, el carácter de él no ayudó a que el ambiente familiar fue el más idílico. Su mujer Patricia le acabó apodando “Roald the Rotten”, Roald el podrido, en alusión a su carácter insufrible y muchas veces infame. Tenía una mente brillante y un poderoso intelecto, pero era egoísta, arrogante y grosero, infravaloraba y humillaba a su mujer continuamente, tuvo muchos affairs y trataba con absoluto desdén a sus hijos.

 

¿Trasladaba su complicada personalidad a sus libros?  Su biógrafo Jermy Treglown consideraba que Dahl era un nombre con dos facetas muy marcadas, y las dos están perfectamente retratadas en sus obras. Por un lado, está su terminación y su pasión por el conocimiento: por el otro, está su egocentrismo y agrio carácter, su sueños de alcanzar la gloria desde que era pequeño,, sus fantasías de convertirse en un gran héroe.

Portada de la primera edición en el Reino Unido. Las ilustraciones son de Quentin Blake

¿Quiso alguna vez ser escritor de libros infantiles? Mi impresión es que no y que sólo llegó a la literatura infantil por pura casualidad. Es cierto que su primer libro, “The Gremlins”, escrito en 1943, iba de unas criaturas traviesas que causan todos los problemas en los aviones de las Fuerzas Armadas Británicas, aunque al final colaboran con los pilotos para derrotar a los nazis. Dahl le envió un ejemplar a Eleanor Roosevelt (se sabe que Elenor se lo leyó a sus nietos) y Walt Disney estuvo interesado en la historia para hacer una película, que nunca llegó.

No volvió a la literatura infantil hasta la década de los cincuenta, con “James y el melocotón gigante”, y se sabe que mientras escribía este libro se preguntaba continuamente “¿para qué estoy escribiendo esta tontería?”. Esta tontería le acabaría catapultando a la fama mundial.

A Dahl, sin embargo, le hubiese gustado destacar en literatura para adultos. Después de “The Gremlins” comenzó a escribir “Sometime Never”, una fantasía apocalíptica en donde se produce una explosión nuclear (el libro es el primero en describir una explotación nuclear). Tenía mucha ilusión por publicar la historia con su editor americano, Maxwell Perkins, de la editorial Scribner, el mismo que descubrió a Hemingway y Capote. Pero Perkins murió antes de poder el manuscrito y, cuando fue publicado, en 1948, la recepción fue tan decepcionante que Dahl dejó la literatura durante unos cuantos años.

En 1953 aparecieron tres colecciones de historias: “Skin”, “Neck” y “Lamb to the Slaughter”, todas ellas macabras y oscuras, y absolutamente brillantes. También creó una obra de teatro, “The Honeys”, en donde una mujer tiene tres matrimonios y los tres maridos son asesinados “porque se lo merecen”. El “New Yorker” lo destrozó: dijo que la obra era “tediosa”.

En los cincuenta descubrió la literatura infantil y “Matilda” fue el último libro que escribió. En muchos sentidos, fue su testamento. Con la irrupción de la televisión, Dahl estaba preocupado que los libros desaparecieron y aquí les rinde un merecido tributo. Matilda es su personaje más conocido y seguramente el más querido.

Para escribirlo, siguió el mismo ritual que para el resto. Se refugiaba en una cabaña que había en el jardín de su casa. “Cuando estoy allí sólo veo el papel en el que escribo, mi mente está lejos, rodeada de Willy Wonka o James o Mr. Fox o con cualquiera que esté escribiendo”. Es un pequeño lugar, con una cómoda y un cómo sillón en donde se sentaba y escribía apoyado en una especie de bandeja-escritorio. Cada mañana, se llevaba un termo de café a la cabaña y se preparaba para escribir, haciendo punta a seis lápices. Luego escribía durante dos horas, paraba para comer, volvía a la cabaña y escribía durante dos horas más. Creía que después de dos horas era imposible concentrarse.

Aquella rutina dio lugar a algunos de los personajes más conocidos de la literatura infantil, incluyendo a aquella niña brillante y espabilada que, un buen día, decidió cumplir su sueño de leer libros y se dirigió a la biblioteca.

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