Cuando Maryse Condé intentó comprender África

Courbett Magazine

El año 1966, después de doce años viviendo en distintos países de África, Maryse Condé fue acusada de espionaje por el gobierno de Ghana. Fue detenida, conducida en un furgón un centro penitenciario y recluida durante días. Gracias a un buen abogado consiguió salir, pero con la condición de abandonar el país inmediatamente. Le dieron veinticuatro horas. 

En el aeropuerto de Accra, mientras esperaba a que despegase el avión de la Black Star Line que la llevaría a Londres, confió a su hijo mayor, Denis, una carpeta de cuero negro. Nada más sentarse en la cabina, se dio cuenta de que la había perdido. Por mucho que buscaron, no la encontraron. Maryse Condé se desesperó. Aquella carpeta  “contenía mis álbumes de fotos: instantáneas de mis difuntos padres; de mis hermanos, mis hermanas y yo cuando éramos niños”. Había, sobre todo, una fotografía que siempre llevaría grabada en la memoria: sus hermanos y hermanas en fila india, su padre vestido con una gabardina de forro de piel, su madre con un tupé gris y ella, Maryse, “delgaducha, esforzándome en ser fea, con el ceño y los morros fruncidos en esa mueca de enfado que cultivé hasta mi adolescencia”. 

Todo se había perdido:

África no se contentaba con expulsarme; también me desnudaba. Borraba mi pasado, todo lo que conocía. En resumen, destruía mi identidad. Me reducía a la nada”. 

***

En las islas de Guadalupe y Martinica hay un refrán popular: “Fanm tombé pa janmé dézèspewé”. La mujer, cuando se cae, nunca desespera. La escritora Maryse Condé, durante muchos años, cayó y volvió a caer, una y otra vez. Muchas veces se desesperó, incluso cayó en una profunda depresión. Pero salió adelante, contra todo pronóstico, haciendo acopio de una fuerza y confianza que ni ella misma sabía que tenía. 

Hoy en día, Maryse Condé es una de las escritoras más prestigiosas y reverenciadas del mundo. A sus ochenta y tres años, ha escrito más de treinta obras, entre novelas, cuentos, poemas, ensayos, teatro, autobiografía y ficción histórica. Hace dos años, ganó el “Nobel alternativo, la iniciativa que impulsaron personalidades de la cultura sueca tras conocer la suspensión del Nobel auténtico. 

Maryse Condé, "La vida sin maquillaje".

Sin embargo, llegar hasta aquí no ha sido en absoluto sencillo. Su vida, lejos de un cuento de hadas, ha sido muchas veces una verdadera pesadilla. Sin ir más lejos, en su libro “La vida sin maquillaje”, centrado en los años que pasó en África, en las décadas de los cincuenta y sesenta, explica sin tapujos un periplo vital casi dantesco. 

La vida sin maquillaje” (publicado originalmente en el 2012 y que ahora nos trae Impedimenta con traducción de Martha Asunción Alonso) es la continuación de “Corazón que ríe, corazón que llora”, en donde nos explicó su infancia en la isla de Guadalupe, en las Antillas. 

La exitosa película de Euzhan Palcy Calle Cabañas popularizó una imagen muy concreta de las Antillas, pero ¡no! No todos somos condenados de la tierra que se desloman en la roñosas plantaciones de caña de azúcar. Mis padres pertenecían al núcleo de la pequeña burguesía  y se autodenominaban pomposamente “los Supernegros” (…) Benjamina de una tribu numerosa, fui una niña especialmente mimada. Todos afirmaban que me aguardaba un futuro excepcional y yo me lo creía a pies juntillas. A los dieciséis años, cuando me marché a cursar estudios superiores a París, no tenía ni idea de criollo.

Maryse Condé se nos presenta en “La vida sin maquillaje” como una mujer negra y de las Antillas que no pertenece a ningún mundo: ni al mundo antillano, ni al estrato burgués de sus padres en a isla de Guadalupe, ni al París en el que estudia bachillerato y en donde, se suponía, le esperaba un futuro perfecto. 

La educaron para ser una dama de alcurnia, una francesa de pro, para hablar con acento perfecto sin rastro alguno de criollo, para no encajar en el estereotipo de mujer negra. “Mis padres me habían enseñado a menospreciar y a percibir como una afrenta las cualidades que Occidente les atribuye a los negros: el sentido del ritmo, la sensualidad exacerbada”. 

Maryse Condé

En París, sin embargo, cambia todo: «la arrogante Maryse Boucolon, heredera de los Supernegros, educada en el tajante menosprecio a los inferiores, adolecía de una herida mortal. Evitaba a mis antiguos amigos, presa de un único deseo: que todos me borraran de su memoria».

Al principio del libro es una adolescente que descubre las injusticias, la sexualidad y comienza a tomar conciencia social y política. “Yo solo conocía el mundo de los privilegiados”, reconoce. Pero, desafiando lo que se esperaba de ella, rompe con todo lo establecido. Se queda embarazada de un tipo haitiano al que no volverá a ver, tendrá a su hijo como madre soltera, se casará con un hombre guineano al que desprecia (Mamadou Condé, de quien toma el apellido) y, estando embarazada de éste, lo abandonará y partirá hacia África donde residirá más de una década. 

Maryse sentía que su vida no tenía propósito ni rumbo. Estaba sola y perdida. Su madre había muerto, su padre no la quería y sus hermanos y hermanas comenzaron a evitarla por las habladurías. África le pareció el destino perfecto para buscarse a sí misma, encontrar sus raíces, hallar algo a lo que aferrarse en la vida. Un sitio donde pertenecer y ser querida. Pero fue un intento desesperado, una “fuite en avant”, y lo pagó caro. Demasiado caro. 

En África pasó doce años: primero en Costa de Marfil, luego en Guinea, después en Ghana y Senegal. De poco importaron los esfuerzos que hizo por aclimatarse y comprender la idiosincracia de cada lugar. Nunca encajó: África se le reveló incomprensible, ambivalente, esquiva y brutal. 

De poco importaron los esfuerzos que Maryse Condé hizo para aclimatarse y comprender la idiosincracia del lugar. Nunca encajó: África se le reveló incomprensible, ambivalente, esquiva y brutal.

Por ello, “La vida sin maquillaje” se lee como la confesión de un error. El reconocimiento íntimo de una verdad incómoda: el de una mujer burguesa e intelectual, culturalmente europea y urbana, que creyó ingenuamente en una versión romántica y poética de un continente que no se correspondía en absoluto con la realidad: “cuando la descubrí en el instituto, África no era para mí más que un objeto literario; la fuente de inspiración de los poetas cuyas voces me rescataban de los sempiternos Rimbaud, Verlaine, Mallarmé, Valéry”. 

Maryse Condé sólo conoce —y se imagina— África desde los libros. Ahora bien, desde el primer momento en que pisa África, sabe que su imagen era errónea. “Mi primer contacto con África no fue ningún flechazo”, reconoce sin ambages. “A diferencia de los viajeros occidentales, no me quedé embelesada ni con los perfumes ni con los colores. Más bien, me afectó la miseria de la multitud”. 

A partir de aquí, Maryse nos conduce por las tragedias personales y calamidades que vivió durante más de una década. Sorprende desde la primera página el nivel de franqueza: Condé es brutalmente sincera consigo misma. “¿Por qué toda tentativa de contarse a una misma ha de desembocar en un amasijo de medias verdades?”, se pregunta al principio del libro. “¿Por qué las autobiografías o las memorias terminan, demasiado a menudo, reducidas a fantasías que difuminan el contorno de la pura verdad hasta hacerla desaparecer?”.

En el libro, Maryse mira a su pasado sin cortapisas ni edulcorantes. Nos explica la violencia sexual que padeció. Nos habla de una violación: un día, en Ghana, después de que le hubiesen comunicado que debía abandonar el país, un alto funcionario apareció en su casa y la vio tendida en el suelo. Del susto por la deportación, se había desmayado. 

“Me levantó, me condujo a un diván, se fue a la cocina a llenar un vaso de agua y me lo trajo. Medio desfallecida sobre su hombro, le conté sollozando lo que acababa de suceder (…) Empezó a cubrirme de besos, y yo no me defendí. Entonces, de pronto, me tumbó sobre el diván y, aplastándome contra los cojines, me poseyó. 

Solemos imaginar que la violación viene acompañada de violencia. Se suele representar al violador como una bestia amenazadora, provisto de un revólver o de una peligrosa arma blanca. Pero no siempre es el caso. Todo puede ser mucho más sutil. Yo sostengo que aquella mañana sufrí una violación. Él siempre lo negó, afirmando que nunca intenté pararlo (como si estuviera en condiciones de hacerlo) y que simplemente me ofreció el consuelo que tanto necesitaba en aquellos momentos”. 

No es lo único. Maryse Condé también explica que acabó viviendo en la pobreza y reconoce que, como madre, se sintió permanentemente culpable. Su hijo mayor, Denis, sufrió bullying en el colegio: le insultaban y pegaban porque su madre, como antillana, era “toubabesse”, lo que para ellos significaba “blanca”. Le costó entender, además, que él fuera hijo de un hombre distinto al padre de sus hermanas. Lo descubrió porque su tono de piel era mucho más claro. “Fue en aquel momento cuando la relación con mi hijo comenzó a torcerse, a degradarse de verdad; siempre se había mostrado muy cariñoso, pero a partir de entonces empezó a convertirse en un ser asocial, en un indignado abocado a pasarse la vida acumulando moratones en el alma”. 

El matrimonio de los Condé también es un desastre. Mamadou y ella son, sencillamente, incompatibles. “No tardamos ni tres meses en separarnos. No es que nos peleáramos. Simplemente, no aguantábamos juntos mucho rato. Cualquier cosa que el uno dijese o hiciese sacaba de quicio al otro”. 

El desprecio de Maryse hacia aquel hombre sin estudios ni porvenir es palpable:  en muchas ocasiones no tiene el menor reparo de tildarlo de mediocre: «Condé vegetaba en la mediocridad, y también a mí me condenaba a ella». De ahí que no sienta el menor remordimiento al abandonarlo repetidas veces ni en buscar amantes. Ninguno, no obstante, parece satisfacer sus necesidades emocionales. Todos responden a un mismo patrón: dominantes y profundamente egoístas.

Con tantas duras confesiones, sorprende que Maryse Condé nunca caiga en un sentimentalismo lacrimógeno. Jamás se presenta como una víctima. Todo lo contrario: es perfectamente consciente que toma decisiones —y comete errores— libremente, pudiendo optar por alternativas perfectamente factibles. 

Lo que no impide, sin embargo, que no sienta dolor, pena y angustia continuamente. Lo que sucede es que expone estos sentimientos con una sobriedad contenida, casi aséptica. Maryse Condé no se pierde en verborreas: su estilo narrativo es directo, ágil y limpio. De una profunda elegancia y belleza. 

***

La vida sin maquillaje” es también la descripción de una mujer que nunca soñó con ser escritora porque nunca creyó que tuviese talento. Sin embargo, acaba adquiriendo la suficiente confianza como para plasmar historias en papel. 

Su primera novela, Heremakhonon, fue publicada en 1976. El título es una expresión en lengua “malinké” que significa “esperando la felicidad”. La protagonista, Verónica Mercier, es una estudiante de las Antillas que busca sus raíces en un país del África Occidental que acaba de salir de la dictadura. Allí se dará cuenta de que lo que ella esperaba de África, la imagen que ella tenía, es muy diferente de lo que África realmente es.

“Publiqué mi primera novela a los cuarenta y dos, edad a la que otros ya comienzan a recoger sus papeles, y tuvo una acogida espantosa, algo que encajé con filosofía e interpreté como un presagio de lo que sería mi futura carrera literaria. La principal razón por la que tardé tanto en empezar a escribir fue que estaba tan ocupada viviendo, sufriendo, que no me quedaba tiempo para nada más. De hecho, no me puse a escribir hasta que dejé de tener tantos problemas y me pude permitir reemplazar los dramas de verdad por los dramas de papel”. 

A nadie se le escapó que Véronica era el alter ego de Maryse. Y no es de extrañar. Para Condé, “es en la literatura donde expreso mis miedos y angustias, donde intento librarme de los interrogantes que me desasosiegan”. Es una constante en toda su obra: indagar en sí misma y en su universo a la busca de respuestas. Intentar explicar por qué su padre no la quiso, por qué su madre la menospreció, por qué muchos de sus hermanos y hermanas le dieron la espalda, por qué acabó con un marido al que despreciaba abiertamente, por qué se enamoró de hombres que la maltrataron, por qué la sociedad no la entendió, por qué ella nunca pudo comprender a África, por qué no encajó. 

En “La vida sin maquillaje” le da vueltas, sobre todo, una y otra vez a esta cuestión: quiere comprender África, como si África fuese una incógnita o un misterio que simplemente necesita una clave que revele sus secretos. 

“Yo no odiaba África”, explica. “No lo culpaba en absoluto de mis dificultades, debidas únicamente a mis decisiones personales. Sin embargo, me atormentaba la idea de no llegar a comprenderlo del todo. Se me solapaban demasiadas imágenes contradictorias. ¿Cuál era la buena? ¿La de los etnólogos, compleja e inmaculada? ¿La de la negritud, espiritualizada a ultranza? ¿La de mis amigos revolucionarios, doliente y oprimida? ¿La de Sékou Touré y sus secuaces, que la manejaban como si fuera un jugoso botín que repartirse?”

Para Maryse, su África acaba siendo la realidad cotidiana que vivió. Hay algunos momentos que, pese a la dureza, los recuerda con cariño. La ciudad de Conakri, por ejemplo: «me enamoré perdidamente de aquel rincón del mundo tan desfavorecido. De todas las ciudades en las que he vivido, Conakri sigue ocupando el primer puesto en mi corazón». Guinea le marca sobremanera: «fue Guinea la que me infundió el amor por el pueblo y la compasión. Allí aprendí que nada pesa más que el sufrimiento de un niño».

Pero la mayoría del tiempo, Maryse Condé vivió desplazada, marginada, víctima de un racismo que no podía entender. Nada más pisar África le advierten que los antillanos son vistos con recelo: «A los antillanos, los africanos nos odian», le comentan. «Nos ven demasiado cercanos a los franceses, y estos se fían más de nosotros porque nos consideran superiores a los africanos».

A partir de ahí, Maryse intentará que la acepten, pero sin éxito alguno. Sus ropas, su pelo, su desconocimiento de las lenguas locales, su nombre francés: estos pequeños detalles supondrán una barrera insalvable. «Yo desentonaba por completo. No hablaba malinké ni ninguna otra lengua del país. Seguía sin ponerme túnicas o chilabas. Poseía toda una colección de pantalones de algodón, sin una gota de gracia, que provocaban hilaridad o bien estupefacción allá donde iba».

Maryse se fija en otras mujeres, las observa y estudia. Pero pronto entiende que va a serle imposible imitarlas:

«La mujer de Seyni era un modelo inalcanzable. Hablaba con fluidez malinké, soussou y fulani. Solo se ponía chilabas y, de puerta afuera, se hacía llamar Salamata. Yo, sin embargo, no podía evitar cuestionar la idea de la «integración». Me había pasado toda mi infancia integrando sin saberlo los valores franceses, los valores occidentales, por la sola voluntad de mis padres. Tuve que descubrir a Aimé Césaire y la negritud para conocer mínimamente mis orígenes y tomar cierta distancia de mi herencia colonial. ¿Y ahora esto? ¿Se esperaba que adoptara enteramente la cultura africana? ¿Por qué no se me aceptaba tal cual era, con mis rarezas, mis cicatrices y mis tatuajes? Y, por otra parte, ¿desde cuándo integrarse se reducía a modificar superficialmente la apariencia? ¿A chapurrear un idioma? ¿A dibujarse filigranas en el pelo? ¿Acaso la verdadera integración no implica, ante todo, una adhesión del ser, una modificación espiritual?

Al final, comprende que nunca será aceptada. No es una de ellos: no pertenece a ninguna de sus etnias, no comparte sus códigos culturales. La visita de su suegra, su desdén hacia Maryse, se lo hizo comprender: «se trataba de una diferencia de orden ontológico. Yo no pertenecía a su etnia, a su sacrosanta etnia. Hiciera lo que hiciera, siempre sería un no-ser; siempre estaría excluida de a especie humana».

Y, sin embargo, aguantó durante años, buscando una quimera, intentado desesperadamente hallar una explicación. Pero todo se desmoronaba a su alrededor. África, que había querido y soñado con ser libre, que palpitaba con las nuevas ideas de socialismo y justicia, se hundía irremediablemente en males endémicos. Cae en el autoritarismo y la corrupción. Maryse Condé ve con desesperación como todas las esperanzas de países enteros se desmoronan por la codicia, la arrogancia y la cobardía de unos hombres ávidos de poder y dinero.

Cuando por fin lo entiende, cuando por fin comprende que esa África en la que creyó no existe, y nunca existió, ya era demasiado tarde: África la expulsaba, acusada injustamente de ser una espía. Tuvo que abandonarlo todo, una vez más.

Años más tarde, cuando miró atrás, Maryse Condé sólo podía preguntarse una cosa:

“¿Qué anduve buscando yo en África? Todavía no lo sé con certeza”. 

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso

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