Las calles siniestras de Pío Baroja, nuestro flâneur patrio

Autora
Ana Polo Alonso

Por Ana Polo Alonso

Courbett Magazine

En octubre de 1955 Pío Baroja dio su último paseo. Recorrió su querido parque del Retiro con su boina, bufanda y un largo abrigo. Le acompañaban su médico, el doctor Val y Vera, y su amiga la pintora Palmira Abelló. Aquel día hacía mucho frío en Madrid

Pío Baroja ya no volvería a caminar entre los árboles centenarios, ni a bajar por su estimada Cuesta de Moyano, llena de libros y de sueños. Al escritor le esperaba la enfermedad, la agonía y la muerte. Falleció el 30 de octubre de 1956

Pío Baroja

Atrás quedaba un vida llena de libros y de muchos paseos por los caminos de la vida. Porque Pío Baroja, aparte de uno de nuestros grandes escritores, también fue nuestro gran flâneur patrio, un incesante caminante errante que deambuló y observó, vio y escuchó, escribió y rescató para la posteridad un mundo en vías de extinción. 

“Yo he paseado de noche por las Injurias y las Cambroneras”, contó, “he alternado con la golfería de las tabernas de las Peñuelas y los merenderos de los Cuatro Caminos y de la carretera de Andalucía. He visto mujeres amontonadas en las cuevas del Gobierno Civil y hombres echados desnudos al calabozo. He visto golfos andrajosos salir gateando de las cuevas del Cerrillo de San Blas y les he contemplado como devoraban gatos muertos”. 

Ni otros grandes literatos, como Pérez Galdós o Blasco Ibáñez documentarían in situ como hizo Baroja las interioridades y misterios de aquellos suburbios que nadie aceptaba como propios. Él los retrataría en muchas de sus obras, sobre todo en “La Busca”, que salió por fascículos en 1903, y en un sinfín de artículos donde hablaría sin tapujos de la prostitución, la mendicidad y el timo. 

Ahora, un gran número de artículos, seguramente algunos de los más bellos que escribió, se recogen en «Las calles siniestras. Antología del eterno paseante«, una pequeña joya exquisitamente editada por la editorial La Felguera, con prólogo de Servando Rocha. Aquí tenemos al Pío Baroja flâneur visitando el inframundo: la fauna que poblaba las tabernas, los hospitales, hospicios, burdeles, casas de caridad y calabozos. Era la zona del “Tetuán de las Victorias”, entonces el final de Madrid, y donde la policía creía que sólo vivían “anarquistas, fugitivos y hampones”. Era la zona en la que el Manzanares, ese río que lo embelesa, deja de ser manso y se torna “feo, trágico, siniestro, maloliente, como una alcantarilla negra que arrastra detritos de fetos y gatos muertos”. 

La gente pobre de la calle me parecía de más interés y más pintoresca que los burócratas y tenderos.Quizás esa idea me hizo aficionado a recorrer los suburbios”, escribió. 

Pío Baroja -- Las calles siniestras. Antología del eterno paseante -- La Felguera
Pío Baroja -- Las calles siniestras. Antología del eterno paseante -- La Felguera.
Pío Baroja -- Las calles siniestras. Antología del eterno paseante -- La Felguera.

Pío Baroja amó lo singular, extraño y extraordinario, y en sus obras dio voz a gentes que se habían quedado en los márgenes de la sociedad. Fue él quien descendió a los bajos fondos de la España de la Guerra de Cuba y el principio del siglo XX. Quien describió las calles oscuras y los suburbios, estas zonas de las ciudades, esas barriadas “siniestras, miserables y hamponas” donde al caer la noche, o incluso a plena luz del día, se cruzaban los límites de la ley. 

Sus descripciones y relatos, y los personajes que los pueblan, emocionan y sorprenden. Por ahí campan criminales y conspiradores, y también libreros de viejo, politicuchos y gentes con ínfulas, carlistas y más que un que otro golfo. Pío Baroja los observa e inmortaliza; en más de una ocasión, los dota de una dignidad que la sociedad les niega.

Don Pío los observa, pero no está callado ni quieto. No es un mero voyeur que se disfraza de proletario para mezclarse con los obreros. Va a cara descubierta, armado de inteligencia y lucidez, y se revela claramente contra las injusticias de una vida: contra la miseria más abyecta, la desesperación y desazón vital que empuja a más de uno al crimen. Aquí tenemos al Pío Baroja flâneur, y también al psicólogo, geógrafo y sociológico. Y, sobre todo, al hombre de ideas que analiza la España de los márgenes para intentar, desesperadamente, salir de un agujero al que nos ha condenado la Historia.

***

Pío Baroja se instaló en Madrid en 1886. Tenía catorce años y cursaba el último curso de Bachillerato en un instituto, el de San Isidro, de mala fama “reducto de pobres e inadaptados a un paso de los barrios bajos”. Fue entonces cuando descubrió ese Madrid indómito lleno de miseria, pobreza y criminalidad. 

“Saltándose alguna clase», se apunta en el prólogo de este libro, «solía atravesar la calle Estudios, donde estaba el colegio, hasta desembocar en lo alto de Lavapiés, un espacio abierto como una lengua de tierra que todavía hoy sigue teniendo esa misma apariencia. La plaza de Cascorro se llamaba Nicolás Salmerón y la empinada Ribera de Curtidores, su continuación, estaba taponada por una hilera de casuchas miserables. El visitante sentía que había abandonado una ciudad y entraba en otra, en una ciudadela oscura, y debía girar a la derecha para penetrar en el callejón del Cuervo, justo donde hoy se levanta la estatua de Cascorro, para serpentear por una sucesión de callejuelas angostas y sucias, el inicio del famoso Rastro, entonces nada multitudinario, y donde el curioso chaval, que en poco más de una década viajará a París y Londres, se confundía con fuleros, chamarileros y descuideros, el paraíso de numerosas randas”. 

Además de las crónicas de Madrid, este libro recoge impresiones sobre otras ciudades de Europa. Pío Baroja fue un gran viajante. Visitó Londres y sobre todo París en varias ocasiones, movido por un interés que habían despertado los libros y los folletines. Pero fueron ciudades que le decepcionaron: “Nunca París y Londres tuvieron tanta sugestión para la juventud como cuando eran pueblos oscuros, laberínticos y sucios; cuando tenían famas de monstruos. El París de Balzac  y el Londres de Dickens transtornaron muchas cabezas juveniles del tiempo; hoy ninguna de las dos ciudades trastorna a nadie”

Pío Baroja

Las descripciones de París son, a mi entender, de las mejores del libro. Por lo que tienen de desencanto de un joven que siempre se había sentido atraído por esas calles que describía el «Ferragus» de Balzac y que ya no podrá conocer. En París, Baroja se encuentra lo mismo de siempre, aunque con personajes más ilustres.

“Vi en París tabernas de apaches con títulos estrambóticos, cabarets con nombres poéticos; asistí a mítines anarquistas, a donde a la salida los agentes pegaban como quien varea lana; curioseé en los antros parisienes, como Chateau Rouge y el Père Lunette; en los cafetines de la plaza Maubert, de la calle de San Dionisio y de los alrededores del bulevar Sebastopol. (…) No encontraba más que miseria, prostitución y brutalidades, como en cualquier otra parte (…). 

Vi pasar a Oscar Wilde por el bulevar con aire de gigantón acromegálico, vestido de gris, con aspecto cansado, solo, los bolsillos llenos de periódicos, la cara larga y estupefacta y el tipo desagradable que tienen los gigantes (…). 

En conjunto, «Las calles siniestras» es un libro imprescindible para entender lo que es una pasado que ya no existe, unas calles que desaparecieron, unos personajes que murieron y un espíritu que, seguramente, nunca se volverá a repetir. Porque aquel Madrid de Baroja, aquel Londres y París, eran únicos.

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