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No cogió una cámara hasta los veintiún años y sus orígenes no podían haber sido más humildes: comenzó colgando sus fotos en la lavandería del edificio donde vivía en Los Ángeles. Hoy, diez años después, Alex Prager tiene en su haber un Emmy, ha expuesto por todo el mundo y se ha consagrado como una de las fotógrafas actuales de referencia. Incluso la “Photographer’s Gallery” de Londres le dedica estos días una retrospectiva, titulada “Silver Lake Drive, para “celebrar la mitad de su carrera”. Es el perfecto eufemismo para justificar una retrospectiva a una fotógrafa que comenzó en la fotografía tan sólo hace una década.

“Silver Lake Drive” es el nombre de una carretera situada a cinco minutos de donde nació en Los Ángeles. Todavía vive cerca. Y es ese espacio urbano donde a día de hoy crea la mayoría de sus fotografías y también sus cortos.

La exposición londinense incluye cuarenta fotografías distribuidas en dos plantas. Su seña de identidad, las fotografías en technicolor a gran escala, se llevan sin duda el protagonismo y resumen bien es estilo de Alex Prager: brillantes, sobresaturadas de color, con una estética calcada a las películas de Hollywood de los cincuenta y sesenta, y un gran calado expresivo que indaga en lo emocional.

 

 

A primera vista, lo fácil es ver la obra de Alex Prager como un ejemplo más de narrativa cinematográfica: como si cada una de sus instantáneas fuera un fotograma que resumiese una historia. Como si fueran simples películas en movimiento que sólo nos presentasen un fugaz instante. Pero eso sería caer en una trampa fácil.

Alex no es escritora sino fotógrafa, y no crea con sentido narrativo sino expresivo. Lo que le apasiona es trabajar una emoción en concreto, una emoción potente que te sacude y te provoca incluso una convulsión física. El miedo, la conmoción, la confusión aparecen referenciados constantemente.

Descartado, por tanto, de entrada el epíteto “cinematográfico”. Tampoco es adecuado emplear “hiperrealista”, a pesar de la saturación cromática, de los atrezzos abigarrados, de los protagonistas disfrazados. Prager no busca la belleza, mucho menos retratar la perfección. “Persigo destapar esa cualidad perturbadora que no solemos ver a simple vista”, explicó en una ocasión.

 

 

Sin embargo, lo  que sí que Prager pretende es indagar en la percepción humana; quiere explorar las fronteras entre la realidad y la ficción. Hasta dónde llega la objetividad y comienza nuestra imaginación: ésa es la cuestión primordial. “Siempre he estado interesada en cómo la realidad puede cambiar dependiendo de tu estado de ánimo”, explicó en una entrevista a la CNN. “Me gusta sacar a las personas de su zona de confort y forzarles a ver las cosas de una forma más extraña de lo que parecen a simple vista”.

Hay otro gran tema recurrente: la exploración de la soledad, el estudio de cómo los individuos se comportan en medio de la masa. Muchas de sus fotografías incluyen enjambres de personas perfectamente coreografiados, pero queda claro que la proximidad física no significa cohesión, mucho menos cercanía. Hay miles de historias particulares en una multitud, muchos individuos aislados en un grupo enorme. “No me gustan las multitudes, porque me parecen amenazadoras y aplastantes”, explica Prager. “Pero, al mismo tiempo, incluyen miles de historias sobre personajes vulnerables, que uno puede detectar si presta un poco de atención”.

Además, “la multitud amplifica las emociones que experiencias en ese momento en concreto”, explicó en una entrevista al New York Times. “Si te sientes solo, estar rodeado de miles de personas que no tienen ni idea de lo que estás sintiendo, o a las cuales simplemente no les importa, puede exagerar ese sentimiento”.

 

 

Entre la belleza exterior y el conflicto interior

Alex Prager no solo es conocida por sus fotografías, sino también por sus cortos. En el 2013 realizó uno titulado “Face in the Crowd” que contó con la actriz Elizabeth Banks. La obra explora el pánico a las multitudes, un miedo que Alex comenzó a sufrir después de su primera gran exposición, en el 2010 en el MoMA, cuando tuvo que comenzar a hablar regularmente en público. Sufrió pánico escénico, “no la clase de miedo que simplemente te hace temblar, sino la fuerza demoledora que te paraliza físicamente”.

A través de una estética retro, imágenes llenas de suspense que parecen sacadas de una obra de Hitchcock o de David Lynch, de un movimiento frenético de ojos y expresiones alternadas de calma e histeria, Prager exploraba en “Faces in the Crowd” las emociones conflictivas de una persona introvertida: el abismo entre la compostura exterior y la ansiedad interior.

 

 

Su último corto es “La Grande Sortie”, donde analiza el ballet de París desde una óptica claramente americana. La primera bailarina, protagonizada por Émilie Cozette, aparece en el escenario de la Ópera de la Bastilla y comienza a bailar una adaptación de “Amoveo” de Benjamin Millepied. Lo que podía haber sido una pieza completamente anodina, adopta un tono completamente diferente cuando Prager se centra, no en el ballet, sino en la mente de la bailarina. Tiene pánico escénico (el miedo a las multitudes, una vez más) y le consume mentalmente el hecho de que tanta gente la esté, no ya mirando, sino escudriñando. Otra vez la dicotomía de la percepción, otra vez el análisis entre realidad y subjetividad: entre la belleza que percibimos y el dolor interior que se siente.

Otra vez, además, la elaboración detallista de cada escena, la multitud de props y referencias. Todas las escenas son siempre meticulosamente pensadas, hasta la última peluca. “Comienzo con sketches”, explicó Alex Prager, “y a veces hago collages o escribo las historias”. Tan sólo para “Faces in the Crowd” se requirió un estudio entero, con 250 extras, un ejército de técnicos y una diseñadora de vestuario. Para “La grande sortie”, contó con un equipo inmenso y trece bolsas llenas de disfraces y pelucas.

 

 

La fotógrafa que encontró su propio camino

“Una vez vi las fotografías de William Eggleston en el Getty Museum. A partir de ahí no tuve la menor duda de que me dedicaría a esto”, reconoció. “Pero tardé siete años hasta que sentí que lo que imaginaba en mi cabeza podía trasladarse al papel”.

Con dieciocho años, Prager sabía que tenía una gran energía creativa, pero no había sabido encaminarla correctamente hasta aquella exposición en el Getty. “Anteriormente, había empleado toda esa energía en salir de fiesta, viajar y gastarme un montón de dinero en ropa y sushi. Pero sabía que había algo grande esperándome. Siempre tuve la sensación que podría hacer algo que influyera en los demás”.

Al día siguiente de la exposición de Eggleston, allá por 1999, se compró su primera cámara (una Nikon) en una tienda de segunda mano; tres días más tarde adquirió su primer equipo de revelado en eBay. Así comenzó el viaje de esta mujer autodidacta que no tiene ni el graduado escolar. Aunque nació en Los Ángeles en 1979, pasó su infancia y adolescencia entre Florida, California y Suiza; en ningún lugar estuvo el suficiente tiempo como para abordar una educación formal. De hecho, hasta que no pudo dedicarse a la fotografía encadenó un sinfín de trabajos temporales, incluyendo el lavado de coches, la venta de cuchillos y trabajos varios como administrativa.

 

 

La técnica nunca fue lo primordial para ella (sus primeras luces las compró en una tienda de bricolaje); lo importante era la expresividad, la narrativa. Prager aprendió todo lo que sabe de exposiciones y libros que encontraba en librerías o en mercados de segunda mano.

 

Así, a la influencia inicial de William Eggleston, considerado el padre de la fotografía en color, se unieron la de Diane Arbus y Cindy Sherman, y un sinfín de referencias más: la edad dorada de Hollywood, las fotografías de Philip-Lorca diCorcia y Gregory Crewdson, de Henri Cartier-Bresson y Weegee, los retratos de Martin Parr y Bruce Gilden, la fotografía de moda de Guy Bourdin y Helmut Newton, y las viejas portadas del Vogue.

 

La amalgama de referencias funcionó a la perfección y enseguida empezó a montar exposiciones amateurs en moteles y peluquerías. Pronto, sin embargo, comenzó a tener trabajo como fotógrafa profesional. A los veintidós años ya trabajaba para revistas destacadas de moda, aunque ciertamente alternativas, como Flaunt o V, a las que siguieron I-D y Elle. Al poco tiempo ya estaba encadenando exposición tras exposición en galerías independientes de Los Ángeles.

En 2005, Alex Prager publicaba su primer libro, “The Book of Disquiet: An Immoral Drama”, junto con la artista austríaca Mercedes Helnwein. Por el tamaño, las gruesas páginas de cartón y la imagen de un bebé en la portada parece un libro infantil, pero en realidad trataba de los siete pecados capitales. Helnwein aportó sketches en blanco y negro y Prager, fotografías en color. Lo interesante era que podía mezclar lo grotesco y brutal, cuando no lo directamente horrífico, con una suerte de glamour inocente. “Es una mezcla entre Annie Leibovitz y Diane Arbus”, apuntó un crítico del L.A. Times.

Prager dio realmente el salto con sus dos obras siguientes: “Polyester” (2007) y “Big Valley” (2008). La primera se centra en mujeres y niñas de California, en un tono que ya intuía todo lo que vendría después; la segunda tiene como escenario Los Ángeles y en ella rinde un claro homenaje a William Eggleston. En las dos series las protagonistas son mujeres, muchas de ellas conmocionadas o aturdidas, muchas fuera de lugar (completamente vestidas dentro del mar, por ejemplo). Los Ángeles sirve de telón de fondo y sale retratado con todos sus matices y contradicciones: realmente bello y feo al mismo tiempo, profundamente familiar pero también extraño.

 

 

Alex Prager reconoció que al repertorio de temas frecuentes en sus obras (soledad, aislamiento, miendo) aquí se unió una reflexión sobre la nostalgia: el pensar sobre un pasado conocido (o, al menos, recordado) nos genera una seguridad instantánea porque nos da una sensación de continuidad y estabilidad. Siempre el tiempo pasado se recuerda como un tiempo mejor, o al menos más seguro, y aquí Prager quería explorar esa necesidad humana de aferrarse a un pasado que, ciertamente, siempre idealizamos.

Entre el 2009 y el 2012, Alex continuó creando sin parar. De esa época es “Week-end” y “The Long Weekend”. En el 2012 llegó “Compulsion”, donde la tensión dramática se incrementa y el número de personajes se multiplica.

El gran punto de inflexión, sin embargo, lo protagoniza en el 2010. Ese año el MoMA la escogió para participar en la exposición de “Nueva Fotografía” junto con Roe Ethridge, Elad Lassry y Amanda Ross-Ho. Los cuatro artistas tenían en común la voluntad de explorar la influencia de las imágenes del cine y los medios de comunicación, pero cada uno trabaja desde un ángulo distinto. Prager presentó su serie “Despair”, con un corto cinematográfico acompañado de fotografías saturadas y muy influenciadas por el fotógrafo de moda Guy Bourdin y también por el estilo pulp fiction y las películas de Douglas Sirk y Alfred Hitchcock. Había mujeres atiborradas de maquillaje, con pelucas sintéticas y ropa retro de los setenta, todo en polyester y que Praeger seleccionó personalmente.

En el 2013 le llega otra gran oportunidad: presenta el corto “Face in the Crowd”, que la consagra realmente como una de las mejores artistas de su generación. Era su estilo elevado a su máximo esplendor: lo que podía haber sido un monumento a lo kitsch, sin embargo, adquirió una dimensión sorprendente gracias a los ángulos inesperados, un uso muy inteligente del color y el dramatismo de la luz.

 

Una década de creación

Para cualquier artista, diez años son pocos para definir una carrera y merecer una retrospectiva, pero Alex Prager se sale del molde. Hay pocos artistas que sean capaces de ser realmente originales; hay incluso menos capaces de transmitir emociones o forzar pensamientos. Pero ella ha sido capaz de forjar una fuerte identidad propia y de generar una obra profunda con múltiples capas y niveles.

Se dice que el arte es la mejor forma de filosofía y de sociología. Que es capaz de analizar mejor que ningún otro registro la sociedad en la que vivimos. La obra de Alex Prager, desde luego, lo demuestra.

 

Para saber más:

Alex Prager, Silver Lake Drive. Editorial Thames and Hudson

 

 

 

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