Las «habitaciones propias» donde realmente vivieron las escritoras

Autora
Ana Polo Alonso

Si existe una casa de ensueño, se encuentra en Charleston Farm (…) La construcción de Charleston es exactamente como la que aparece en un cuadro de Vanessa Bell de 1950: sólida y cuadrada como las casas que dibujan los niños, con ventanas alienadas en dos filas, el tejado rojo y las chimeneas. Alrededor, un jardín con un estanque que tiempo atrás fue un pequeño lago. Fue Virginia Woolf la que encontró la granja de Charleston como el lugar ideal para su hermana y su numerosa familia. (…) [La decoración era de] un estilo en absoluto convencional, un poco salvaje, artístico. Los niños eran libres de ir desnudos y jugar con el barro, y los huéspedes, de leer silenciosamente en un rincón o de participar en la vida de grupo, a su gusto”. 

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El libro “La escritora vive aquí” de Sandra Petrignani comenzó en esta casa que Virginia Woolf definió como “absolutely divine”. Fue en 1986, cuando la escritora italiana paseaba por las habitaciones donde Woolf había pasado algunos de los momentos más felices de su vida. Allí se dio cuenta que había un nexo, una relación clara entre “la vida sentimental de las personas con la casa en la que viven”.  “Creo”, reconoció Petrignani, “que nada resulta más revelador acerca de los sentimientos de un ser humano que el lugar en que vive y los objetos de los que se rodea”. 

En otra de las casas de escritoras que visitó también llegó a la misma conclusión. Fue en Petite Plaisance, la casa de la francesa Marguerite Yourcenar, autora de las Memorias de Adriano. Petrignani la consideró que “es lo contrario de un templo o un palacio. Es una casa enternecedora, envolvente, femenina. Un lugar impregnado de sentimientos, en el que cada objeto tiene una historia, un nido hecho de recuerdos de viajes, de cómodas butacas, de mantas cálidas que ponerse sobre las rodillas, de admiración por otros escritores, de compasión por los animales, de respeto por las plantas”. 

A partir de todos estos elementos, Petrignani se propuso explicar todas estas historias y recuerdos y, sobre todo, esos momentos íntimos en que las escritoras se sentaban en sus estudios y habitaciones, en sus “habitaciones propias”, como diría Virginia Woolf, y componían las obras con las que pasaron a la posteridad. 

Interior de «Petit Plaisance», la casa de Marguerite Yourcenar

Pero Petrignani no sólo «llama a la puerta» y observa, como una turista incordiante, un montón de muebles y de objetos. Lo que hace es analizar con sabiduría y destreza cada uno de los espacios, dándoles de nuevo vida y valor. Es como una conversación pausada y agradable con sus famosas inquilinas y con todo lo que les rodeaba. Así, por las páginas discurren muebles y amantes, habitaciones y amigas íntimas, jardines y enemigos vitales. A través de una simple estantería remite a una fotografía y ésta a un momento clave de la vida de una famosa escritora.; observando una sencilla butaca reconstruye la manera de escribir de una obra maestra. Hay sueños y desvelos, ilusiones y pérdidas, amor, fracasos y penas.

La magia del libro es precisamente ese aluvión de información hilvanada de manera elegante y cálida. Sandra Petrignani dio forma en “La escritora vive aquí” a un libro delicioso, exquisito, inteligente y muy bien trabado que transporta a la sala de estar, a las cocinas y despachos de seis escritoras seminales: Grazia Deledda, Marguerite Yourcenar, Colette, Alexandra David-Néel, Karen Blixen y Virginia Woolf.

«La escritora vive aquí», de Sandra Petrignani, es un libro delicioso, exquisito, inteligente y muy bien trabado sobre las casas de seis escritoras seminales.

La escritora visitó todas sus casas, anotó detalles y anécdotas y, a partir de la descripción de las moradas, reconstruyó la vida y la personalidad de estas grandes damas literarias. El resultado no fueron reflexiones sobre sus obras, o sobre su talento como escritoras, sino un análisis de sus biografías a partir de detalles de sus casas.

Por ejemplo, una mirada rápida a la habitación de la francesa Colette (reconstruido en el castillo de Saint-Sauveur-en-Puisaye), le da pie a hablar de su vejez. “Los últimos diez años de su vida, que terminó en 1954, Colette los pasó en una habitación, atornillada la mayor parte del tiempo a su cama “balsa”, como ella la llamaba, por un tipo de artrosis incurable en las caderas”. De esa estancia nos cuenta que “la primera impresión que produce es que no parece el dormitorio estudio de una escritora. Es rojo fuego. Como en un viejo burdel. Rojas las paredes tapizadas de seda, y también el techo. Decía que no tenía sentido dejarlo blanco si tenía que pasar tanto tiempo tumbada mirándolo. Roja la cama y las sábanas. La colcha, que aparece en muchas de las últimas fotografías es de piel. Algunas butaquitas están bordadas a mano por ella, broderie anglaise: flores y mariposas. Se dedicó al “bordado inglés” entre las dos guerras: “Es un vicio que sólo consigo satisfacer en tiempos de guerra”. 

Así, con un virtuoso dominio de múltiples fuentes y un acopio asombroso de bibliografía, reconstruye el mundo interior de mujeres cuyas vidas son de sobra conocidas, pero su personalidad no siempre es bien entendida. 

La habitación roja de Colette y las estanterías de Yourcenar

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El libro no presenta una narración lineal, en el sentido de que no empieza con el nacimiento y acaba con la muerte. Tampoco los libros que escribieron tienen un protagonismo destacado. Petrignani va dando saltos de un momento a otro, pero la brillantez de la obra reside en la capacidad de tejer un tapiz esplendoroso a partir de retazos sueltos. Pocos libros consiguen aunar este nivel de detallismo y análisis en profundidad, el equilibrio entre erudición y pasión por lo anecdótico.

De Colette, por ejemplo, apunta que era “ligeramente maniática” y que “escribía sólo sobre hojas de papel azul claro y con plumas estilográficas Parker. Sobre la cama se extiende el fanal bleu: una lámpara de brazo con una de esas hojas de papel  como pantalla. Sobre el escritorio atril, que atraviesa la cama, se encuentra el jarroncito azul, de un color muy intenso, de forma también panzuda, redondeada, en el que ponía las plumas —cuento siete—, de distintos colores, dispuestas en abanico, como un ramillete abierto de flores”. 

La habitación roja de Colette

Gracias al libro también sabemos que “Marguerite Yourcenar se preocupaba mucho de su imagen. Puso mucho empeño, incluso mucha violencia, para imponer la imagen que ella quería dar a los demás”. Petrignani reconoce sin rodeos que “han sido mucho los que le han reprochado su posar, moverse y hablar “como un monumento”. Todos aquellos que vinieron a Petite Plaisance para entrevistarla han reconocido sentirse desconcertados por su capacidad de cambiar repentinamente de actitud ante un objetivo o una cámara. El día anterior les recibía vieja, huraña, mal vestida. Al día siguiente, delante de la cámara, era elegante, radiante y se mostraba simpática con los técnicos”. 

Pero no todo es crítica. Petrignani también nos descubre, entre otras muchas facetas, a una Yourcenar que era una apasionada de la jardinería, que decoraba lámparas con inscripciones en griego y latín, y que era muy espiritual. En su casa hay un Buda tailandés en la sala de estar y “toda una librería del salón está reservada a los libros de espiritualidad. Están los libros sagrados indios, pero también libros sobre zen, yoga, filosofía oriental, sobre la India en general y sobre el teatro Nö japonés. El libro que más a menudo releía era la Autobiografía sobre Gandhi”. 

Me resulta curioso descubrir la organización meticulosa de los libros en las estanterías: “Todas las innumerables librerías de Petite Plaisance están organizadas temáticamente. Recorren la parte baja de las paredes. O se encaraman sobre las ventanas. Detrás de las puertas se esconden estrechas étagères. En el vestíbulo están los clásicos y las obras que le resultaron útiles para escribir Opus Nigrum. En el salón comedor, una estantería recoge todo lo que concierne a la naturaleza y otra, las traducciones extranjeras de sus libros. En su dormitorio se encuentra su queridísimo Mishima, mientras que en el despacho está la obra completa de Borges y los textos que le sirvieron para la preparación de Memorias de Adriano”. 

La habitación verde de Karen Blixen

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Todo el libro es una gran belleza, pero los dos últimos capítulos, para mí, fueron los mejores. Y, de ellos, el dedicado a Karen Blixen es de una maestría majestuosa. 

“La casa de Karen Blixen, una antigua casa de campo del siglo XVIII”, explica Petrignani, “se encuentra en esta costa, a la entrada de un parque de dieciséis hectáreas, Rungstedlund, que la escritora quiso convertir en una zona protegida, una reserva natural para las aves migratorias, lo que consiguió en 1958”. 

Blixen, para Petrignani, se revela como una gran dama, aristocrática y distante. A través de una fotografía de cuando la escritora danesa tenía cincuenta y siete años, la describe con “la sonrisa siempre un poco torcida [que] le daba un aire de ligero desprecio, de superioridad irónica, que de joven no tenía y que empieza a reflejarse en su rostro a su vuelta definitiva de África”. Y más adelante apuntará que Blixen era “una aristócrata anárquica y caprichosa, despótica, de repentinos cambios de humor, exigente, capaz de contradecirse con chocante desenvoltura, magnética”. También la describe como una mujer que “quería ser reina y lo consiguió, aunque una reina harapienta, no importa. Buscaba una dimensión bíblica de la existencia y la encontró”. 

Sin embargo, a través de un retrato de Cecil Beaton, también dirá que tenía “los ojos enormes y tremendamente dulces, muy abiertos, como dicen que los tenía a menudo, la sonrisa apenas esbozada en el rostro huesudo y claro, una postura un poco inclinada como de persona que, citando a Nietzsche, “dice sí” al destino”. 

Interior de la casa de Karen Blixen

También muestra bastante compasión hacia lo que es, claramente, una personalidad consentida: “De vieja, a fuerza de enfermedades psicosomáticas, trastornos gástricos, úlceras, las operaciones y la sífilis de la que se había curado pero de la que seguía jactándose para acrecentar su leyenda, consiguió adquirir la muy refinada fisonomía demacrada a la que siempre había aspirado y que hizo de ella, igualada sólo por Samuel Beckett, el icono ideal del escritor viejo”. 

Y eso que su hospitalidad era proverbial y se jactaba de ser una excelente cocinera. Con sus íntimos comía en la habitación verde, “en una bonita mesa cuadrada, con alas de madera clara de abedul y sustentada sobre un pie en forma de columna”. Para las cenas formales empleaba un comedor “con una lámpara de techo en el centro, consolas, grabados en las paredes, un trumeau abombado y un gong para convocar a los invitados”. Los menús se componían de “vinos seleccionados con criterio, consomé, pescado fresco del estrecho, ostras, soufflé, setas, espárragos de la huerta y fresas recogidas en el bosque. Karen había ido a clases de cocina en Copenhague y pensaba que no sabía hacer otra cosa en la vida: “Cocinar… y quizás escribir”. Aunque, en realidad, se limitaba a dar instrucciones a los criados”. 

La sala verde de la casa de Karen Blixen

No hay duda de que el personaje de Karen Blixen despierta en Petrignani una gran admiración. Y lo sabemos por la delicadez que pone a la hora de describir los enseres personales de Blixen: 

“Nos movemos entre las vitrinas de un pequeño museo de recuerdos. Están sus cuadernos de la escuela; los álbumes de dibujo de cuando estudiaba arte; bocetos de guerreros masáis; la libreta que siempre llevaba en el bolsillo, donde apuntaba al vuelo aquello que la sorprendía; manuscritos acribillados de correcciones a mano; páginas en las que prevalece una escritura ancha, ligeramente inclinada hacia la derecha; su última pluma estilográfica, negra, con el extremo opaco porque evidentemente tenía la costumbre de llevársela a la boca. Luego pasamos a otra estancia en la que se guardan los libros de su biblioteca, que conservan en los márgenes breves anotaciones. Pero no literarias, sino de la vida cotidiana. En la solapa de “Fiesta” de Ernest Hemingway hay escrita una lista de platos: tortilla, arroz, pasta…, y no es por desprecio. El escritor americano había sido compañero de safari de su marido en 1954, y cuando le concedieron el Nobel, dijo públicamente que debía haberlo ganado ella. Aquello le gustó enormemente: la resarció de su decepción por la falta de reconocimiento. También adornó a Faulkner. En una de las ediciones de “Requiem por una mujer” aparece anotada una lista de árboles para plantar en el jardín. Dante y Virginia Woolf se salvaron. Karen estaba fascinada por todo el grupo de Bloomsbury”. 

Me encanta, en especial, la descripción que hace de la habitación donde Blixen escribía. Es la habitación “más encarada al mar, y la más fría”. “En el marco de la puerta”, escribe Petrignani, “aún pueden verse las marcas de las distintas alturas de los pequeños Dinesen, grabadas por su padre, que trabajaba en esta misma habitación y en la misma mesa donde escribiría después su hija”. “El escritorio es de plano inclinado, pero una bandeja deslizante le permitía apoyar la máquina de escribir en plano, una Corona negra de redonda teclas blancas, la misma toda su vida”. 

La “habitación propia” de Woolf

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Su habitación propia. Avanzo unas cuantas páginas para buscar la de Virginia Woolf, para saber cómo era la auténtica “habitación propia” que ella tanto defendía. 

Si Charleston, el lugar donde vivía su hermana, era alegre y esplendoroso, “Monk’s House”, en donde vivían Virginia y Leonard, su marido, era todo lo contrario. Estaba en Rodmell, a unos quince quilómetros de Charleston. “Convento, lugar de retiro religioso”, lo llamaba Virginia. “Monk’s era un edificio incoherente que creció sobre sí mismo según un principio de utilidad más que de armonía”, comenta Petrignani. 

Interior de Monk’s House

La habitación de Virginia centra la atención de la escritora italiana. Fue un anexo a la casa que se construyó en 1929, gracias a las ganancias obtenidas con el éxito de Orlando y coincidiendo con la publicación del célebre ensayo Una habitación propia. “Se trata de un espacio luminoso”, explica Petrignani, “con dos ventanas y una puerta independiente que da al jardín. Con una librería lacada en verde, como la carpintería, y empotrada entra la pared grisácea y la pequeña chimenea (…) La mesita de noche es simple, de mimbre, y sobre ésta hay una lámpara Omega”. 

“La cama, individual, arrinconada contra la pared bajo la ventana, está orientada hacia la otra ventana y tiene la librería como cabecero. La colcha es un de un blanco virginal. Es suelo es de parquet, y a los pies de la cama hay una gran alfombra persa muy vieja (…). Una vieja estufa nos demuestra que la chimenea no bastaba para calentar a Virginia en los rígidos inviernos ingleses, lo que nos hace recordar que se quejaba de estar “helada como una pequeña golondrina”. 

La habitación de Virginia Woolf

Me fijo en un detalle curioso: Woolf necesitaba una butaca desfondada “pues parecía que padecía de prolapso uterino”. Empleaba “una tabla de contrachapado con el tintero incorporado, colocada sobre las rodillas, y grandes cuadernos con cubiertas de vivos colores que se fabricaba ella misma”. 

Sin embargo, como Petrignani apunta, “cuando se construyó la “habitación propia”, Virginia aspiraba a tener, por fin, su estudio, pero la habitación resultó no ser la apropiada y terminó siendo solo su dormitorio”. De hecho, “terminó por preferir como estudio el lodge que había al fondo del jardín, una caseta destinada a las herramientas del jardinero, a la que ella llamaba “mi casita””. 

No deja de ser una metáfora de su vida. Y Petrignani desgrana a partir de este espacio donde “Virginia podía rodearse de silencio” toda una vida que se truncó demasiado pronto. 

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Sandra Petrignani, «La escritora vive aquí«, Gatopardo ediciones. Traducción de Romana Baena Bradaschia.

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