Las hermanas Mitford: glamour, tragedia y nazis.

La historia de las hermanas Mitford, las mujeres más escandalosas de Inglaterra.

Autora
Ana Polo Alonso
Courbett Magazine

Muchos años antes de que Downton Abbey cautivara la imaginación de la audiencia con mansiones espectaculares y maneras exquisitas, el público ya estaba fascinado por otra saga familiar con mucho más glamour y, por supuesto, mucho más escándalo: la historia de las hermanas Mitford

Por ejemplo, en el 1981 la pasión por lo “posh” llegó a cotas nunca vistas en Inglaterra. En medio de una crisis económica que azotaba a Estados Unidos y que contagió a Europa (la peor desde la Gran Depresión), muchos británicos se evadían viendo series de televisión y acudiendo en tropel al teatro a ver obras sobre la aristocracia y su elevadísimo estilo de vida. Y no precisamente para aplaudirlo. 

Ese año la BBC adaptaba a la televisión, con un presupuesto más que generoso, la novela “Retorno a Brideshead” de Evelyn Waugh en donde se narraba la opulencia de la clase alta y también todas sus miserias: su hipocresía, su clasismo enfermizo, su frialdad patológica, su obsesión por guardar las apariencias. 

En la obra, un pintor estudiante de Oxford, Charles Ryder (interpretado por un Jeremy Irons en estado de gracia), se ve inmerso en la obscenamente rica familia Flyte y, sobre todo, cae atrapado en los tentáculos de Sebastian, un alcohólico, pijo, triste y melancólico que sólo ha recibido cariño de un peluche llamado Aloisius del cual no se separa aunque ya haya cumplido más de veinte años. Entre ambos surge una relación por aquel entonces prohibida, pero será una relación tóxica y destructiva en la que Ryder habrá de someterse a no pocas humillaciones. 

Moraleja: los ricos también lloran. En realidad, son todos unos desgraciados infelices. 

Una semana justa después del inicio de la serie, se estrenó en el Globe Theatre de Picadilly, en Londres, un musical, “Las chicas Mitford”, dirigido por Caryl Brahms y Ned Sherrim, que prometía “poner a bailar a algunas pijas de la clase alta”. 

De nuevo la moraleja: ellas no son como nosotras, son peores, viven vidas que se suponen que son mejores, pero en realidad se enfrentan a continuas miserias morales. 

Hermanas Mitford

Sin embargo, esta vez, el público en vez de odiarlas, empezó a desarrollar una fascinación por esas “pijas de la clase alta” que, a diferencia de los protagonistas de “Retorno a Brideshead”, sí que habían existido en realidad. Querían saber todo sobre aquellas seis hermanas excéntricas hasta el extremo cuyas vidas, como observó el periodista de “The TimesBen Macintyre con mucho sarcasmo (y un punto notable de mala leche), se podían resumir en una simple frase: 

“Diana fue fascista, Jessica comunista, Unity amaba a Hitler, Nancy triunfó como novelista, Deborah se convirtió en duquesa y Pamela fue una experta e irrelevante conocedora de aves de corral”. 

Con semejante currículum no es de extrañar que a partir de los ochenta se desarrollase la “the Mitford Industry”, la industria de las Mitford: documentales, docudramas, biografías individuales y en grupo, volúmenes de cartas e incluso un libro de autoayuda (“The Mitford Gils’ Guide to Life”, algo así como “La guía de estilo de vida de la chicas Mitford”, escrito por Lyndsy Spence). 

Los crímenes de Mitford de Jessica Fellowes

A día de hoy, la fascinación continúa, incluso podríamos decir que se ha acrecentado con la aparición de “Downton Abbey” y el renovado interés en la “upper class”. En septiembre del 2016, en Inglaterra salió “The Six: The Lives of the Mitford Sisters”, de Laura Thompson, y en el 2017, Jessica Fellowes comenzó la saga “Mitford Murders” (Los crímenes de Mitford) en la que dedica libros a asesinatos históricos y los relaciona (hay que reconocer que de manera original) con cada una de las hermanas Mitford. Cada libro tiene como protagonista a una de las hermanas. Ya lleva dos escritos. Ambos los ha publicado en castellano la editorial Roca (muy buena la traducción de Rosa Sanz, respetando todo el sabor “British”). El primero llegó en 2018 y el segundo acaba de salir del horno. 

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Las hermanas más escandalosas de Inglaterra

Para situarnos en la historia, comencemos por conocer a las hermanas en cuestión. 

Los Mitford son una de las familias con más abolengo de Inglaterra (sus orígenes se remontan a la época de la conquista normanda, allá por el siglo XI). En 1904, un tal David Ogilvy Freeman-Mitford, segundo barón de Redesdale, se casó con una tal Sydney Bowles, hija del fundador de la revista “Vanity Fair”. Tuvieron seis hijas (Nancy, Pamela, Diana, Unity, Jessica y Deborah) y un hijo, Tom. 

La vida de los retoños siguió el guión típico de los cachorros de la clase alta inglesa: mansiones impresionantes (Batsford House y Asthall Manor en Oxfordshire), casas campestres (Swinbrook Cottage), residencias de verano (High Wycombe, en el condado de Buckinghamshire) y una imponente casa en Londres (en Rutland Gate). 

Sólo el chico, Tom, recibió una educación formal (Eton College) y fue a la universidad (Oxford). Las chicas, siguiendo la tradición británica de que una dama de pedigrí no debía ir al colegio, recibieron una formación escasa a base de institutrices (algo de Aritmética, nociones de francés y un poco de Literatura) y sólo se prepararon para su destino y principal obligación: casarse con el mejor partido posible. Lo que se traducía en hombres con título, dinero y mansiones campestres. 

Hermanas Mitford

Las hermanas estaban muy unidas, desarrollaron un idioma propio y se pusieron a sí mismas motes curiosos (Unity era Bobo, Diana era Honks, Jessica era Decca, Pamela era Stubby y Deborah era Debo). Lo de poner nombres estúpidos les acompañó toda la vida: al mismísimo Hitler lo llamarían Hitty. También cambiarían de apodo: Nancy acabó llamando a su hermana Deborah “Nine”, nueve, en referencia a su edad mental. Diana, aparte de Honks, también fue Bodley, Cord y Nardie

Como buenas inglesas, las hermanas Mitford crecieron rodeadas de perros y un sinfín de mascotas. Por supuesto, cazaban (todas las familias de alta alcurnia lo hacen), leían libros insubstanciales y se divertían con juegos y entretenimientos de una cursilería insoportable. Por todo ello, su elitismo era notable, hasta el punto que Nancy, en su lecho de muerte, llegó a reconocer que “daría lo que fuese por poder ir de caza una vez más”. 

A pesar de la supuesta libertad que gozaban, la disciplina era estricta: su madre era seria y distante, muy rígida e impasible, y su padre estallaba en ira si se infringía la más mínima norma de protocolo y conducta. A Nancy sus padres le dejaron de hablar cuando se puso pantalones; Diana no pudo andar sola por la calle, sin un “chaperone”, hasta que cumplió los 17. Aparte de las relaciones que establecieron entre las hermanas, nunca recibieron excesivo cariño de nadie más en la familia. 

En principio las suyas iban a ser unas vidas más en la (aparentemente) aburrida aristocracia inglesa. Pero las Mitford saltaron a la palestra muy pronto y fueron protagonistas de sonoros escándalos. Fueron auténticas “celebrities” avant la lettre. ¿El motivo? Su belleza, sus muchos amantes y, sobre todo, sus ideologías: la mayoría eran fascistas y una salió comunista. 

Y no fueron precisamente tibias en sus compromisos políticos. 

No es ningún secreto que, antes de la Segunda Guerra Mundial, muchas familias de la aristocracia inglesa abrazaron la ideología fascista. Aunque en el Reino Unido los partidos fascistas no pasaron de los 8.000 afiliados, entre ellos había apellidos más que destacados. Mitford era uno de ellos. 

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Diana, la fascista

En 1933, por ejemplo, Unity y Diana viajaron a Alemania como miembros de la “Unión Británica Fascista”, una asociación liderada por Oswald Mosley, un tipo infame que quería ser el Hitler inglés. Incluso llegó a crear una banda paramilitar a semejanza de los Camisas Pardas alemanes: se llamaban los Camisas Negros y eran igualmente violentos. “¡Mirad, sobre todas las calles ondean las banderas fascistas, triunfantes estandartes del renacimiento de nuestra raza!”, cantaban los camisas negras por Londres hasta que el partido fue ilegalizado en 1940

Diana Mitford

Diana, de la que se decía que era la mujer más guapa de su generación y que por aquel tiempo estaba casada con el aristócrata irlandés Bryan Guinness, acabó como amante de Mosley. Años más tarde, se casó con él en secreto. La boda fue en 1936, en la casa de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi. El mismísimo Adolf Hitler estuvo entre los invitados. 

Diana Mitford se casó en secreto con Oswald Mosley, líder de la «Unión Británica Fascista». La boda se celebró en casa de Joseph Goebbels y Hitler estuvo entre los invitados

De vuelta a Inglaterra, en 1940 Mosley fue arrestado como enemigo de la patria y enviado a una prisión en Holloway. Lejos de amedrentarse, Diana escribió al gobierno que le dejasen compartir celda con su marido. Se lo negaron una y otra vez, pero tal fue la insistencia que al final, el Home Office cedió. Les organizaron una pequeña casucha dentro del recinto de la prisión. Incluso tuvieron criados: dos reclusos juzgados por bigamia. Diana sobrevivió todo el tiempo (hasta 1943, cuando los liberaron, aunque bajo arresto domiciliario) con Oporto y queso Stilton que le enviaban expresamente desde Harrods. 

Nunca cambió un ápice sus penosas creencias. En una entrevista concedida en el año 2000, Diana, entonces de 90 años, dijo que “los judíos se podrían haber ido a algún lugar como Uganda: vacío y con un clima estupendo”. El comentario es tan vomitivo que no merece mayor apunte. 

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Unity, ¿la amante de Hitler?

Volvamos a aquel viaje inicial a Alemania para conocer a otra hermana: Unity

En aquel viaje de 1933, Diana y Unity Mitford fueron testigos de los desfiles multitudinarios del Partido Nazi en Nuremberg y se quedaron maravilladas. Unity, por aquel entonces de 19 años, ya profesaba auténtica pasión por todo lo nazi. En Londres había acudido a manifestaciones de la extrema derecha saludando a la fascista sin ningún pudor e insultando a los comunistas a grito limpio. 

No era lo único en lo que había destacado. Unity tenía un gran talento para dibujar figuras desnudas copulando (dibujos a los que definió como “ángeles caídos”). También coleccionaba mascotas poco ortodoxas. En su fiesta de largo apareció cubierta de joyas, con una impactante tiara de rubíes, y en el cuello, como si fuera una gran estola, se enroló a su serpiente, Enid. También llevó en su bolso a su rata, Ratular, a quien dejó libre en medio de la pista de baile. 

Llamarla excéntrica y estrafalaria es, por tanto, quedarse corto. Pero en aquel viaje a Alemania dio un paso más. Con aquel desfile nazi de Nuremberg se quedó extasiada y, ungida por un ardor fanático, permaneció una temporada larga en Munich, se apuntó a un curso de alemán cerca de la sede del Partido Nazi y movió todos sus contactos para conocer a su héroe: Adolf Hitler

El encuentro se produjo finalmente en 1935 en un restaurante, la Osteria Bavaria, un lugar tosco y nada sofisticado donde el Führer solía comer. Unity desplegó todas sus armas de seducción para atraer la atención de su héroe. No sólo era hermosa, joven, extranjera y dejó claro lo mucho que lo admiraba. También, consciente de que Hitler era un supersticioso nato que creía en toda clase de patrañas esotéricas, le dejó caer que ella había sido concebida en una ciudad canadiense llamada Swastika y que su segundo nombre era Valkyrie, en honor a Richard Wagner (casualmente, el compositor favorito del dictador). Todo parecía una suerte del destino, dejo intuir la joven. 

Unity Mitford y Adolf Hitler

Se vieron 140 veces (dejó todas bien registradas en su diario) y tal fue el nivel de flirteo descarado entre ambos que Eva Braun, la amante de Hitler, cometió un intento de suicidio sólo para recuperar la atención de su amado. 

¿Fueron amantes Unity y Hitler? Mucho se ha especulado sobre el tema. No hay duda de que estaban increíblemente unidos. Hitler la instaló en un magnífico piso requisado a judíos (Unity, sin ningún pudor, comenzó a redecorarlo mientras sus antiguos propietarios aún estaban recogiendo sus pertenencias). El Fuhrer le hizo regalos constantemente, le invitaba a actos (el Festival de Ópera de Bayreuth, las Olimpiadas de Munich) y propició que escribiese en el periódico antisemita dirigido por el infame Julius Streicher. 

Hitler también confiaba en ella cuestiones políticas. “Nadie debe hablar [con Hitler] de política”, publicó Albert Speer en sus memorias. “La única excepción era Ldy Mitford quien, incluso en los años de mayor tensión internacional, pedía a Hitler en voz alta un acuerdo con su país”. 

Un documental (“Hitler’s British Girl”, dirigido por Richard Bond) llegó a apuntar que, no sólo habían sido amantes, sino que habían tenido un hijo y que lo habían dado en adopción para evitar el escándalo. 

Sin embargo, una biografía muy bien documentada (“Hitler’s Valkyrie: the uncensored biography of Unity Mitford”, de David R. L. Litchfield) negaba rotundamente esta insinuación. Sí reconoce que hubo atracción y mucho morbo entre ambos, pero que no pasaron de lo platónico. 

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Orgías y suicidio

Y no pasaron a mayores, básicamente, porque a Hitler no le interesaba consumar su relación con una extranjera que, además, se estaba acostando con la mitad de la cúpula nazi. No era ningún secreto que Unity Mitford organizaba orgías con altos miembros de las SS. Litchfield incluso narra uno de estos “encuentros”: Unity llevó un día a seis SS a su apartamento de Munich, dejó que la atasen a la cama rodeada de banderas nazis y que le vendasen los ojos con un brazalete con la cruz gamada. En el gramófomo sonaba a todo trapo “Horst Wessel Lied”, uno de los himnos icónicos de los nazis. 

Su hermana Diana una vez la pilló infraganti en una de estas “sesiones”. Lejos de reprocharle el comportamiento (ella misma tenía múltiples amantes), sólo le recomendó emplearlos “de uno en uno”. 

Cuando Inglaterra declaró la guerra Alemania, Unity no pudo soportarlo. El 3 de septiembre de 1939, tomó una Walther de pequeño calibre que le había regalado Hitler, se fue al “Englischer Garten” [el jardín de los ingleses] de Múnich, y se pegó un tiro en la sien. 

Sorprendentemente, sobrevivió. Los médicos recomendaron mantener la bala del cerebro y trasladarla a su país para que la cuidasen sus familiares. El mismísimo Hitler hizo gestiones para que pudiese ir tranquilamente a Inglaterra en medio de un continente en guerra. 

Finalmente, llegó a Gran Bretaña en medio de un aluvión de fotógrafos y un escándalo mayúsculo que copó las portadas de todos los periódicos. Aunque hubo quien pidió que se la detuviese, nunca se la juzgó por traidora. Ni siquiera la investigaron. Un informe de los servicios de inteligencia británicos concluyeron que era “mentalmente inestable” y, por tanto, “inofensiva”. 

Vivió recluida en una rectoría hasta su muerte, en 1948. Tenía 33 años de edad. Nunca rechazó sus ideas nazis y se dijo que la noticia del suicidio de Hitler la trastocó definitivamente. 

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