Las ilustraciones de Concha Pasamar: melódicas, elegantes, sinceras

Arrecife vive en la Isla de los Volcanes. Sus madres, Flora y Marina, son fabricantes de melodías y ella vive en una fábrica donde se compone música. Pero un día ocurre un fenómeno insólito: Flora cae enferma y, al mismo tiempo, el sol queda sostenido en el cielo, inmóvil, con lo que la sucesión de días y noches desaparece.

Para solucionar tal problema, la pequeña Arrecife deberá llevar un misterioso reloj de arena a tierras desconocidas. Para ello deberá viajar por el reino de Disonancia, donde conocerá a personajes divertidos y misteriosos y visitará lugares extraordinarios.

Descubrí  la obra de la ilustradora Concha Pasamar con esta delicia de libro, “Arrecife y la fábrica de melodías”, una publicación exquisita de la editorial Bookolia con texto de Patricia García Sánchez que une magia y libertad, música, silencios e historias y que, además, nos remite a la música de grandes mujeres compositoras, de Clara Schumann a Gracia Baptista, de Amy Beach a Francesca Caccini o Pauline Viardot.

Para Concha Pasamar, fue todo un reto. “La propuesta para ilustrar “Arrecife” llegó de la mano de su autora, Patricia García Sánchez. Yo dije que sí porque en un primer momento entendí que se trataba de representar a las compositoras, y la música me gusta mucho. Era un trabajo del que me veía capaz, y no me veo capaz de cualquier cosa, sinceramente. Luego vi la historia, una novela de aventuras en un mundo de fantasía, y me asusté un poco, lo confieso. Tuve que darle bastantes vueltas a la técnica, pero se me ocurrió emplear el collage y abstraer en los fondos para dejar parte de la construcción de los escenarios a la imaginación del lector, a quien ya guía el texto en los detalles”.

A pesar del nivel de desafío, el resultado no pudo ser más elegante, con una distinción serena y plácida que integra a la perfección partituras e imagen e invita a la contemplación y al puro deleite.

Para Concha Pasamar, además, aquellas ilustraciones de la pequeña Arrecife en la Isla de los Volcanes y su viaje por el reino de Disonancia supusieron su primera publicación editorial. Algo que unas décadas antes hubiese sido, simplemente, impensable. No porque no tenga talento, que lo tiene y mucho, sino porque la Ilustración como profesión fue una decisión tardía en su carrera.

Un largo camino hacia la ilustración

“Soy fundamentalmente profesora y, desde hace algunos años, también ilustradora”, me explica Concha. “Supongo que en esta actividad tengo una trayectoria bastante atípica. Siempre había dibujado –y hasta aquí el parecido con muchos perfiles de profesionales—pero nunca me planteé seguir esta dirección”.

De pequeña, Concha siempre se recuerda “entre libros y pinturas”. “Tuve la suerte de que no solo en mi casa, sino también en las de mis abuelos, encontré siempre donde entretenerme con las palabras y las imágenes (mis primeros libros ilustrados fueron, en realidad, libros de arte, que me fascinaban), y siempre he sido una gran lectora”.

También le encantaba dibujar desde pequeña, aunque nunca se creyó que destacaría en este campo. “De hecho, una de mis compañeras de curso, la artista y también amiga Iruña Cormenzana, pintaba ya a los 13 años a un nivel que me mostraba con bastante claridad dónde estaba la excelencia y dónde mis propias limitaciones.  Además, en Secundaria, mi profesor de dibujo no me animó precisamente: si presentaba un trabajo dibujado del natural bromeaba con que era algún calco de una lámina y cosas así…, de manera que fui relegando la actividad a la esfera personal”.

Concha Pasamar es profesora de Filología en la Universidad de Navarra. “Como casi todo me interesaba”, comenta, “dudé hasta el ultimísimo momento antes de matricularme en Filología Hispánica y como el gusanillo me seguía corroyendo, decidí hacer también Historia. Tras terminar la tesis seguí en la universidad, donde investigo y doy clases de varias materias relacionadas con la lengua española, pero siempre he tenido intereses muy diversos. Lo cierto es que convertirme también en ilustradora no formaba parte de mi plan (creo que nunca tuve un plan vital demasiado claro, salvo esa ilusión incumplida por vivir fuera)”.

Concha Pasamar vive en Pamplona desde hace 51 años, “algo imprevisible cuando era una adolescente, porque desde niña he tenido la suerte de conocer otros lugares y culturas, de manera que pensaba en que volaría… pero la vida me fue encauzando en mi ciudad, y aquí han nacido mis hijos. Tal vez les toque volar a ellos…”

Mientras estaba en la universidad seguía dibujando, “sobre todo durante las clases si no había algo interesante sobre lo que tomar notas: ha sido una actividad que me ha ayudado a concentrarme e incluso a estudiar”. Luego, sin embargo, otras responsabilidades hicieron que dejara apartado el dibujo. “Pero llegué a hacer unos pinitos por aquel entonces ilustrando una novelita infantil desde la pura intuición”, puntualiza, “porque la editorial para la que había preparado un libro de ejercicios de español para extranjeros vio algunas viñetas que los acompañaban y me ofreció embarcarme en algo más”.

Sin embargo, fue una colaboración puntual. Concha no volvió a coger los lápices en serio hasta que nacieron sus hijos. “Me apeteció volver a dibujar para ellos y con ellos; esas ganas de volver a coger un lápiz y la necesidad de una actividad manual que me descargara mentalmente me hicieron volver al dibujo y la pintura. De ahí, casualmente vi unos cursos de ilustración y pensé que era lo que me apetecía aprender a hacer, para mí misma, en principio. Me inscribí en todos lo que Marián Lario ofrecía a distancia y también en algunos talleres con diferentes ilustradores”. Luego fue subiendo “cositas”, como ella las describe, a las redes y así consiguió sus primeras oportunidades para publicar. “Io Bru, de Ilustrando Dudas, me echó un cable con la web (con la que no hubiera arrancado de otro modo) y también me animó a seguir en esta senda”.

Entre el realismo y la poesía visual

Así, poco a poco, fue desarrollando un portfolio interesantísimo, lleno de realismo pero también de una ternura y delicadeza embriagadora, poética. Le pregunto a Concha Pasamar qué adjetivos definen su obra y me contesta que “sincera, natural”. “Intento no impostar y hacer las cosas como las siento y como sé”, explica. Me encanta esta apuesta por la transparencia, por no forzar los personajes ni las situaciones ni intentar presentar ilustraciones sobrecargadas solo por el hecho de mostrar destreza. Desde luego, es un soplo de aire fresco en un mundo donde en ocasiones prima más el ego del ilustrador que la propia ilustración.

Esto no quiere decir que Concha Pasamar no tenga mucho que mostrar. Miremos, si no, uno de sus últimos trabajos: las ilustraciones para “9 lunas (poemas para esperarte)” de Litera Libros. Son ilustraciones minimalistas, limpias, reducidas a la esencia, pero con una inmensa personalidad, con una impresionante potencia narrativa. “Estoy encantada con el resultado”, reconoce. “Ha supuesto no solo ilustrar los poemas de Mar Benegas, sino también buscar una manera de expresar gráficamente mis propias sensaciones y experiencias sobre la espera del embarazo sin vincular directamente las imágenes a los textos”.

También recomendamos “Cuando mamá llevaba trenzas”, que publicó Bookolia en 2018 y que recibió un Premio de la Fundación Cuatrogatos en 2019. Es un trabajo sobre el paso del tiempo, los cambios que nos afectan y las oportunidades por llegar. Concha Pasamar le tiene un gran cariño “porque ha reunido aspectos muy diferentes: es un trabajo autobiográfico –la protagonista soy yo misma–, una especie de homenaje a mi familia, el recuerdo de los míos y un legado para mis hijos, sí, pero al mismo tiempo es un trabajo que ha conectado con muchas personas y que, en otro orden de cosas, me ha regalado la sorpresa del premio Fundación Cuatrogatos”.

La idea para el libro surgió en un curso de álbum ilustrado. “Como lo hice a partir de un tema muy personal y para aprender, no había ninguna presión, y cumplí religiosamente con todas las fases de estudio de personajes, fondos, búsqueda de técnica y paleta”. Marián Lario, la profesora, la animó a buscar editorial, “pero no encontraba nunca tiempo para darle una forma “presentable” y tardé mucho antes de enseñárselo directamente a Luis Larraza. Él confió en el proyecto y terminamos de darle forma en unos meses, después de haber estado en el cajón varios años”.

Buceando en su página web descubro también ilustraciones en grafito, acuarela y lápices de color que Concha ha hecho para cuentos clásicos. Me apasiona la expresividad de las miradas de sus personajes, la vivacidad que consigue dar a los rostros, la serenidad que transmiten las composiciones. De nuevo la transparencia en la presentación, la originalidad de las imágenes y la fuerza narrativa con pocos elementos.

“Los cuentos clásicos fueron mi primera aproximación a la literatura, después de algunas leyendas y relatos populares de tradición oral, pero también relatos bíblicos o históricos de mi abuela que recuerdo muy vivamente”, me explica. “Yo tenía una edición muy poco ilustrada pero con los textos completos de los hermanos Grimm (una tinta para todo el cuento, si es que la había). Sobre todo los Grimm, pero también Perrault, Andersen o las fábulas de La Fontaine me resultaban fascinantes. Creo que fue con ellos, con sus personajes muy malos o muy buenos, o sorprendentemente ambiguos, con sus dificultades y temores, con sus finales casi siempre reparadores –a veces desconcertantes— como aprendí a disfrutar de las historias y a conocer la vida. Me encantan la Bella durmiente, Pulgarcito y Barbazul de Perrault, con sus pequeños detalles, y de los Grimm muchos de los que contienen algún poema o frase que se repite: “Los dos hermanitos”, “La pastora de los gansos”, “Cenicienta”…

Una oda a la cultura clásica

A Concha se le nota que le apasionan los libros. Cuando le pregunto por sus gustos y aficiones más allá de la ilustración, me contesta que tiene interés por muchas cosas: “Una palabra que me puede definir es “disfrutona”, jejeje. Me gusta mucho la música de estilos muy diversos (clásica, jazz, folk, pero también pop y rock, en sentido amplio), me encanta cocinar, bailar, cantar, ver una buena película, una charla en torno a la mesa, dar un paseo, disfrutar de un momento tranquilo, de un detalle cotidiano…” Pero, sin duda, de todas sus aficiones se queda con la literatura. “Imagino que muchos libros han dejado su poso en mí”, reconoce, “sería absolutamente incapaz de elegir uno solo. Tal vez la lectura temprana de algunas grandes novelas decimonónicas (La Regenta, Los hermanos Karamazov, Anna Karenina o Thèrese Raquin, entre muchas otras) me marcara en su momento y haya determinado parte de mis gustos actuales, pero quedarme solo con ellas sería injusto con respecto de otras lecturas que también recuerdo de esa época, anteriores y posteriores”.

¿Y respecto a ilustradores contemporáneos? Concha me explica que aprecia el trabajo de ilustradores muy diversos, pero que sus influencias  “vienen más de lejos”. De pequeña ya le fascinaban los grabados de Durero o los pintores flamencos. “La primera vez que recuerdo haberme topado de niña con unas ilustraciones “de altura””, me comenta, “fue a través de un libro que aún conservo. Yo tenía siete años y mi padre me regaló las fábulas de La Fontaine ilustradas por Benvenuti. Me siguen pareciendo fantásticas”.

También admira el trabajo de ilustradores clásicos como Doré, Potter o Rackham. “En la actualidad, Nancy E. Bukert, Sonja Danowski o los Dugin me parecen también maravillosos en esa línea clásica, claro… siempre pienso en lo que los hubiera disfrutado con ojos de niña”.

“Entre los ilustradores actuales”, prosigue, “me encanta la poesía a grafito de Johanna Concejo, Pablo Auladell, Ester García, Chiaki Okada, Viola Niccolai, Juan Ramón Alonso, Daniel Torrent… Pero también hay poesía, de muy distinta clase,  en trabajos como los de Mónica Gutiérrez Serna, Francisco Meléndez, Alejandra Acosta, Carl Cneut, Kaatje Vermeire, María Pascual, Beatriz Martín-Vidal, Gabriel Pacheco, Elena Odriozola, Yolanda Mosquera, o en otros que incorporan más evidentemente lo digital, como los de Marcos Viso, Ana Bustelo, María Hergueta, Carmen Segovia… ¡Y muchos más! Estoy dejando ahora de nombrar a mucha gente a la que admiro…”

De todos modos, lo que más le ha marcado como ilustradora sea “probablemente  la observación de muchos pintores clásicos y la observación directa de mi madre dibujando a lápiz o carboncillo. En mis dibujos de muy niña ya hay una intención de “realismo”, por ejemplo, en los perfiles humanos. Siempre me he visto muy “esclava” de la realidad, pero al mismo tiempo me reconozco en esa manera de mirar y plasmar lo que veo”.

Un proceso exhaustivo

Por supuesto, para plasmar la realidad el proceso es exhaustivo. Primero, una fase de reflexión y documentación pormenorizada (“me gusta muchísimo eso de rumiar las cosas, darles vueltas y ver cómo van tomando forma, aunque a veces tarden lo suyo…”).

Después, viene la fase de planificación: “si el trabajo es un libro, preparo un storyboard, porque aunque no haya una base narrativa (por ejemplo, en el caso de la poesía o de relatos diferentes), siempre va a existir una linealidad espacial, y es bueno atender a esas ilustraciones “independientes” en esa secuencia. Ha de haber una coherencia y una armonía que, en gran parte, depende del orden de lectura”.

“A veces el storyboard consiste en bocetos muy sencillos, casi una simple distribución de los volúmenes, pero los encuentro necesarios para definir lo esencial de las composiciones. A partir de ahí sigue la documentación más concreta si se necesita, y suelo terminar de dibujar el conjunto antes de pasar al color, salvo si se trata de presentar un proyecto para el que sean solo necesarias dos o tres ilustraciones definitivas”.

“El dibujo siempre es manual”, prosigue. “Paso muchas horas sentada delante del ordenador al día, y si volví a dibujar fue precisamente por compensar tanto tiempo entre libros y pantallas. Mi trazo natural es bastante expresivo y quebrado, así que me gusta la tinta por su soltura y la opción de aguarla –es cierto que a partir de un taller con Julia Wauters en Vilustrado la estoy probando en estarcido y también la estoy disfrutando de esta manera más contenida, aunque siempre con su punto de imprevisibilidad—“.

“Lo que más me gusta es dibujar a lápiz de grafito. Para el color no soy fiel a una única técnica, a veces mezclo varias manualmente; otras veces coloreo con el ordenador, todo tal vez porque ante el color siento más mis carencias, y lo digital permite hacer pruebas y modificaciones, aunque soy un caos con el Photoshop”.

Proyectos de futuro

Acabamos mirando al futuro. Concha me comenta que está especialmente orgullosa de “un trabajo que está a puntito de culminarse, “Mil historias en la piel”, con texto de Marina Montero, y al que hay que buscar casa. Ha sido un verdadero reto en muchos aspectos, porque hay una estrechísima interdependencia de texto e imagen en la construcción del sentido, y mucho trabajo de documentación y dibujo a lápiz, con un resultado que ofrece, creo, varias capas de lectura y, por ello, varias ocasiones de leerlo”.

Ahora mismo, además, está trabajando en un álbum con texto de Pilar López Ávila y Paula Merlán para “Cuento de luz”. “Es un proyecto que estoy disfrutando mucho, que me ha pedido mucha documentación visual, y en el que por requisitos del guion me he tenido que lanzar con el color a lo loco…”.

Además, “en cuanto entregue los trabajos que estoy culminando ahora mismo, voy a volver a un álbum que es también proyecto personal y que publicará de nuevo Bookolia ya entrado 2020, aunque este fue, en realidad, mi primerísimo álbum, así que es el que más tiempo lleva guardado”.

¿Algún proyecto soñado? “Me encantaría hacer un trabajo completo en relación con los cuentos clásicos, no necesariamente para público infantil, a partir del juego de intertextualidad que permiten con el público que los conoce, o que pueda llevar a quien no los conoce bien –o no en sus versiones originales –a revisitarlos. También me gustaría ilustrar algún novelón decimonónico o de entresiglos».

Esperamos que lo consiga.

Para conocer más sobre la obra de Concha Pasamar, podéis consultar su página web www.conchapasamar.com

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