Las madres no Katixa Agirre

Las madres no

Courbett Magazine

Comencé a leer «Las madres no» de Katixa Agirre (Tránsito) y tuve que cerrarlo. Volví a abrirlo y a las pocas páginas tuve que dejarlo otra vez en la mesita de noche. Y ahí permaneció, unos cuantos días más, llamándome con esa mano amenazante de la portada; esa garra de un brazo amputado, terrorífico, que anuncia el terrible crimen que se narra en el libro.

El comienzo de «Las madres no» es demasiado duro: una madre mata a sus dos hijos. Ahoga a uno y después a otro. La niñera encuentra a la asesina sentada en una butaca, con un pecho al descubierto. Los bebés, muertos, están en la cama. Mucho más tarde sabremos sus nombres: Alex y Ángela. En ese momento les podemos, de alguna manera, poner rostro, oír sus sonrisas y llantos. Dejan de ser dos bebés muertos y pasan a ser personas que no fueron. ¿Qué clase de monstruo comete un crimen tan espantoso?

Aparto el libro de mi vista, escondo la portada sepultándola entre una columna de libros. No quiero volver a leerlo. ¿Quién puede matar a dos criaturas inofensivas, indefensas, personas a las que has llevado dentro, a las que has dado vida? ¿No se supone que a los hijos se les ha de amar incondicionalmente? ¿Quererlos por encima de todo, incluso de ti misma?

Pocos libros me han generado semejante sensación de ahogo y de agobio, de angustia, de profunda náusea física. De pena profunda. Los libros se suelen apartar porque son malos; éste, sin embargo, provoca una reacción visceral porque es demasiado bueno. Porque te toca en lo más profundo, te golpea en el alma; porque te atrapa y sacude.

Eso es lo que debe hacer la literatura, me dijo, obligándome a volver a leerlo. Hablar de ausencias, romper barreras, enfrentarnos a miedos irracionales. Eso es un buen libro. Es la mejor literatura. Pero sigo sin poder abrirlo.

Porque hay algo más. Lo sé. Pero me da miedo asumirlo.

***

Leo la reflexión que Ainize Salaberri escribe sobre «Las madres no» en Granite&Rainbow –poderosa, portentosa, ojalá la desarrolle en un libro– y entonces surge todo, como un torbellino, como una erupción incontrolada, hacia la superficie. El agobio, la ansiedad, el deseo, la frustración.

Ainize comienza su texto con toda una declaración:

«Soy madre y no lo sabía. Hasta hace poco apenas recordaba que tenía un útero, que era fértil, que podía tener descendencia. Un compañero de vida. Una compañera de vida. Una batalla a la que dar comienzo. Una guerra que ganar. Era madre, ya, y no era consciente. Me he hecho mayor y he llegado al punto de salida. A partir de aquí, y depende de a quién le preguntes o qué libros leas, es el declive o la ascensión. Ser madre. Y eso qué significa, Ainize. Significa que ahora quiero entender qué hay detrás de la maternidad, sus luces y sombras. Quiero ser madre, como mi madre. Mi madre ya no está.

Mi madre estuvo a punto de irse hace unos meses. Tan apunto, de hecho, que me planteé seriamente lo que significaría enfrentarme a la pérdida más dolorosa de mi vida. El sentimiento de vacío total. El no poder reemplazar ese agujero en el alma por nada. Porque no iba a haber nada. Sufrí un miedo paralizante; había momentos en que estaba tan abstraída y con la mente en blanco que incluso me sentía mareada. Como si todo se desmoronase a mis pies. Como si solo hubiese en mi vida un profundo abismo.

Yo no soy madre, y lo sé. Y me duele no serlo. Me corroe por dentro. Porque siempre he querido serlo: nunca me imaginé casándome, ni siquiera en pareja, pero sí con un hijo o una hija. Aún queda algo de tiempo, me digo siempre que pienso en el tema. No es demasiado tarde. Pero el tiempo pasa y las circunstancias son cada vez más adversas. El sueño se desvanece. Aún queda tiempo, me repito, aunque quede tan poco que quizás debería dejar de pensar en el tiempo.

En los angustiosos momentos al lado de aquella maldita cama de hospital, supongo que magnificada por el dolor emocional, aquella sensación de vacío materno se hizo más intensa. Era como si necesitase dar vida para compensar lo que podría haber sido una pérdida. Como si el hecho de tener un bebé pudiese continuar una cadena que me conectase con mi madre. Convertirme en madre para acercarme más a ella.

Tan intensos se volvieron esos sentimientos –de fracaso, de culpa, de rabia– que, en los últimos meses, cada vez que alguna mujer se quejaba de la maternidad, por importante y legítima que fuese la crítica, en el fondo, me fastidiaba. Sé que no debería. Pero les tenía envidia. Porque me encantaría poder tener los problemas que ellas tienen.

Ahora he entendido que soy egoísta por pensar así. Que yo, como tantas otras y tantos otros, tengo una visión excesivamente estereotipada e idealizada de la maternidad. Que todas las mujeres somos distintas y, por tanto, vivimos la maternidad de diferente manera: algunas con ansia, otras con desesperación. Para algunas es un sueño y para otras una cárcel.

Entiendo que son posiciones extremas y que hay un amplio término medio. Es cierto. Pero precisamente por esto es importante leer este libro de Katixa Agirre. Porque, para algunas mujeres, no hay término medio. Porque nos enfrenta a uno de los mayores tabúes de la sociedad. Porque es de una valentía descomunal. Porque es audaz, es distinto, es brillante.

Me animé hace unos días a abrir el libro de nuevo y, ésta vez sí, leerlo. Ahora sé que tenía que leer este libro, aunque no quisiera y me resultase demasiado doloroso. Porque me iba a enfrentar a todo lo que llevaba dentro: a fantasmas, dudas, deseos, silencios, secretos. Porque me iba a ayudar, a pesar de toda su dureza.

«Las madres no» habla, en realidad, de dos madres: una es la que ahoga a sus gemelos en la bañera; la otra es otra madre que intenta entender por qué lo ha hecho. Ésta última, de hecho, conoce la noticia del infanticio en el hospital donde está a punto de parir. Ambas mujeres están conectadas –o, al menos, lo estuvieron. A partir de ellas, y de referencias a mujeres escritores que también reflexionaron sobre la maternidad como tema literario (Sylvia Plath, Doris Lessing, Adrienne Rich, Muriel Spark), Katixa Agirre reflexiona sobre el ser madre. Y lo hace rompiendo todos los moldes, destruyendo todas las convenciones, enfrentándonos a lo que la sociedad considera más sagrado, místico y perfecto: el hecho de dar vida y proteger esa vida que se abre paso.

«Las madres no» es una crónica periodista. Y un thriller. Y un ensayo. Y un puñetazo a todos los convencionalismos. No es una novela aséptica, donde simplemente se relatan los hechos y se escudriña una verdad con tantos meandros y recovecos que finalmente ya no sabes que pensar. Es un relato lleno de sentimientos, de implicación personal. Es una reconstrucción de un torbellino de sentimientos y también una pertinente reflexión sobre las enormes dificultades para compatibilizar escritura y cuidado de los hijos.

No es un libro fácil. Por eso no deja indiferente. Por eso quieres cerrarlo muchas veces y olvidarlo. Pero no puedes.

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