Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

maquina escribir vintageNunca ocultó que fumaba como una chimenea, refunfuñía constantemente, insultaba a espuertas y engullía martinis como si no hubiera un mañana. Tampoco paraba de escribir ni de leer, sobre todo de leer, porque le avergonzaba su falta de cultura y ella quería ser escritora sobre todas las cosas. Pero Helene Hanff había recibido una educación somera, típica de su Filadelfia natal en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial y no pudo ir más que un año a la universidad. Lo único que había aprendido, forzada por las circunstancias, era a escribir a máquina a la velocidad del rayo y gracias a eso consiguió su primer trabajo: mecanógrafa en una fábrica de motores diesel. Le pagaban diez dólares a la semana.

marks and coSin embargo, Hanff quería cumplir su sueño de escribir una buena obra de teatro y un buen día se plantó en una biblioteca pública y pidió que le recomendasen un buen manual de Literatura inglesa. La bibliotecaria tuvo el buen tino de descubrirle los excelentes manuales de Sir Arthur Quiller-Couch, conocido por el seudónimo “Q”, un escritor y prestigioso crítico literario. Y gracias entre otras al “Oxford Book of English Verse”, “Studies in Literature” y a las versiones anotadas de Shakespeare, Helene Hanff descubrió el camino a seguir. Aunque la travesía, claro está, duró años y presentó más de un obstáculo. “Cuando empieza a hablar de “El paraíso perdido” de Milton, tuve que tomar clases de latín, leer a Milton y después volver a Q. Me llevó como trece años, creo, hacer el primer año de los cursos”.

Pero aprendió literatura, se enamoró de los libros antiguos y, aunque cobraba un sueldo más que discreto, comenzó a acumular diligentemente obras de anticuario que encargaba en una librería de Londres, Marks and Co., en el 84 de Charing Cross Road, la cual descubrió casualmente por un anuncio en la “Saturday Review of Literature”. “Señores”, les escribió en su primera carta, fechada el 5 de octubre de 1949, “su anuncio publicado en la “Saturday Review of Literature” dice que están ustedes especializados en libros agotados. La expresión “libros anticuarios” me asusta un poco. Porque asocio “antiguo” a “caro”. Digamos que soy una escritora pobre amante de los libros antiguos y los que deseo son imposibles de encontrar aquí salvo en ediciones raras y carísimas”.

Durante veinte años pidió libros a la misma librería y así entabló una relación de amistad, estrictamente epistolar, con el librero Frank Doel. Después de la muerte de éste, publicó las cartas en un librito delicioso. Así nació “84, Charing Cross Road”, una obra que inmediatamente se convirtió en objeto de culto para todo amante de los libros. “Hay dos manuales esenciales para ser librero: ver la película de “84 Charing Cross Road” y leer “Mendel, el de los libros”, de Stefan Zweig”, sentenció David Lea, vicedirector de la reverenciada London Review Bookshop.

 

 

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Helene Hanff en su apartamento de Nueva York

El paraíso perdido

vintage handHay una suerte de peregrinaje espiritual en Londres: bajar por Charing Cross Road hacia Cambridge Circus e imaginarse cómo debía ser aquella calle hace décadas, cuando había librerías por doquier en lo que hoy son Starbucks y McDonalds. Poco queda ya de aquel paraíso, desgraciadamente.

En “Henry Pordes Books”, uno de los pocos supervivientes, todavía se pueden encontrar copias de “The Strand Magazine”, donde Arthur Conan Doyle publicó por primera vez, y por partes, las aventuras de Sherlock Holmes. O ediciones del siglo XVI de “De honesta voluptate et valetudine”, considerado el primer libro publicado de cocina y escrito por el humanista y prefecto de la librería vaticana Bartolomeo Plantina. Pero más allá de excepciones puntuales, el oficio de librero de anticuario sobrevive ahora básicamente como librero de viejo, con copias de segunda mano de antiguos best-sellers que se venden por dos chavos. Una auténtica lástima.

Hubo un momento, sin embargo, en que los anticuarios londinenses de libros se podían ganar la vida decentemente y Charing Cross Road era la prueba. Hay unas preciosas fotografías del austríaco Wolfgang Suschitzky tomadas a mediados de los años treinta donde se refleja a la perfección el ambiente de aquella calle mítica atestada de estanterías, polvo y libros. Hasta hay una tomada desde la mismísima puerta de Marks and Co., con una niebla londinense omnipresente y asfixiante como telón de fondo.

 

 

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Fotografía de Wolfgang Suschitzky en Charing Cross Road.
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Fotografía de Wolfgang Suschitzky desde la puerta de Marks and Co., en el 84 de Charing Cross Road.

 

“¡Es una tiendecita antigua y encantadora que parece sacada directamente de las páginas de una novela de Dickens!”, la describió Maxine, una amiga de Helene Hanff. “Tienen fuera unos expositores, y me paré a hojear unas cuantas cosas simplemente para asumir la apariencia de una amante de los libros antes de pasar al interior. Dentro está oscuro: hueles los libros antes de poder verlos; un olor de lo más agradable. No soy capaz de describírtelo, pero es una combinación de moho, polvo y vejez, de paredes revestidas de madera y suelo entarimado. Hacia el fondo de la tienda, a la izquierda, hay un escritorio con una lámpara de estudio encima (…) Hay metros y metros de estantes, inacabables. Llegan hasta el techo y son muy antiguos y de tono agrisado, como de roble viejo que ha absorbido tanto polvo al correr de los años que ha perdido su color originario”.

 

Desgraciadamente, aquel paraíso ya no existe. Marks and Co. cerró en diciembre de 1970, antes de que Helene Hanff llegarse a verla. Sucumbió a la gentrificación y la especulación inmobiliaria: derribaron el edificio para hacer nuevas oficinas.

 

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El interior de Marks and Co.
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El interior de Marks and Co.

 

 

La librería especializada en ciencias ocultas y Charles Dickens

vintage handMucha gente cree que “Marks and Co.” equivale a “Marks and Company” cuando en realidad refiere a “Marks and Cohen”, por Benjamin Marks y Mark Cohen, los dos fundadores. El tal Cohen, epítome del perfecto librero inglés de la década de los treinta (fumador de pipa y experto en Dickens), accedió a regañadientes a acortar su apellido en pos del marketing.

Marks y Cohen se conocieron en 1904, cuando entraron a trabajar para “Henry Sotheran Ltd”, la sacrosanta institución de venta de libros antiguos, en la calle Sackville del refinado barrio de Mayfair. Al poco tiempo, Benjamin Marks se casaba con Dolly Joseph, hija de Emmanuel Joseph, propietario de la librería “E. Joseph” del 48 de Charing Cross Road. A sus cuñados, Jack y Sam, aquello no les debió hacer ninguna gracia porque impidieron por todos los medios que Benjamin se uniese al negocio familiar. El buen señor Emmanuel Joseph, pensando que su hija merecía un buen porvenir e intuyendo las peleas familiares por su herencia, zanjó los problemas poniéndole un negocio propio a su yerno.

 

 

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Interior de la librería “Henry Sotheran”, donde Benjamin Marks y Mark Cohen se conocieron.
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La librería “E. Joseph”, fundada en 1885 por Emmanuel Joseph, suegro de Benjamin Marks

 

Así, con la ayuda financiera de su suegro y los conocimientos de su socio, Benjamin Marks se lanzaba a la aventura, con una librería en Old Compton Street que luego traspasaron al número 108 de Charing Cross y más tarde, cuando adquirieron la librería de George W. Davis, al número 106 de la misma calle.

Como George W. Davis era un experto en Dickens y había acumulado todo lo imaginable referente al autor, con la compra del negocio Marks and Co. pasó a ser la librería dickensiana por excelencia de Londres, aunque el fondo original de Marks and Co. no tenía nada que ver. De hecho, la librería había nacido con la voluntad de ser el punto de venta indiscutible de libros de masonería y las ciencias ocultas. En un anuncio de 1924 se vanagloriaban de un amplio catálogo de: “alquimia, antropología, astrología, ciencias cristianas, Egipto y las pirámides, folklore,  francomasonería, misticismo, magia, religiones orientales, espiritualismo, teosofía y brujería”.

binocular vintageEn 1929 finalmente se instalaron en el mítico número 84 de Charing Cross Road, en una librería de cinco pisos más el sótano que previamente había pertenecido a Sir Ernest Benn y que se conocía como la “Individualist Bookshop”. La librería de Marks and Co. propiamente dicha solo ocuparía la planta baja y el sótano; los cuatro pisos restantes solo eran para la plantilla y algún que otro cliente especial.

 

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La librería fue viento en popa y llegaron a tener un equipo de unas diez personas: seis “assistants” (todos hombres), los “principals” y el personal de secretaría (todo mujeres). Todos trabajaban a destajo y salían de trabajar cada día entre las seis y las siete (tardísimo para los estándares británicos donde hay gente que cena a las seis). Incluso en días señalados, como el día antes de Navidad, podían quedarse en la librería hasta las diez de la noche. Eso sí, vigilar, lo que se dice vigilar, no vigilaban demasiado, porque más de una vez algún avispado se llevo libros sin pagar. Claro que tampoco importaba en exceso: había tantos libros, que unos pequeños hurtos ayudaban a aligerar el stock.

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Frank Doel

De todo el personal, el que más famoso se haría fue sin duda Frank Doel, con quien Helene Hanff mantendría su peculiar relación epistolar. Por el tono de sus cartas, te lo imaginas como el perfecto caballero inglés: discreto, eficiente a ultranza, con frases sazonadas con ironía y sarcasmo aunque siempre dentro de los márgenes de la cortesía y la buena educación.

“En respuesta a su carta del 5 de octubre”, le escribe una vez, “me complace decirle que hemos conseguido satisfacer las dos terceras partes del problema. Los tres ensayos de Hazlitt que usted quiere se incluyen en la edición de Nonesuch Press de sus “Ensayos escogidos”, y el de Stevenson se encuentra en “Virginibus Puerisque”. (…) Más difícil va a ser encontrar los ensayos de Leigh Hunt, pero trataremos de hallar algún volumen atractivo que los incluya a todos. No tenemos la Biblia latina que usted nos describe, pero sí un Nuevo Testamento en latín y un Nuevo Testamento en griego: se trata de dos ediciones modernas corrientes, encuadernadas en tela. ¿Podrían ser de su gusto?”

En una de las cartas que le envía a Helene una de las secretarías dice que Frank no es ningún estirado y que, en realidad, es muy amable. Las fotos que se han conservado de él lo muestran como un hombre afable y afectuoso, para nada snob. De hecho, como era habitual entre los británicos de clase media acomodada de aquella época, disfrutaba con los conciertos de música, se relajaba leyendo thrillers y era seguidor del Tottenham.

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Frank Doel junto con Nora, su mujer, y sus dos hijas

Frank Percy Doel nació en Wallasey, Cheshire, el 14 de julio de 1908 y, a los seis años, su familia se trasladó a las afueras de Londres, al número 309 de Wightman Road, en Hornsey. Allí fue educado en la “Hornsey Country Grammar School” y, cuando se graduó, entró a trabajar en Marks and Co., su primer y único lugar de trabajo. Allí siempre sería conocido como “young Frank”, el joven Frank. Casi siempre vestido con un inmaculado traje azul marino de raya diplomática, Frank aprendió de Benn Marks la vertiente comercial del negocio y de Mark Cohen, su enciclopédico conocimiento bibliófilo. Aunque, como era bastante normal, Frank Doel acabó siendo un gran experto en libros que nunca había leído. O nunca había leído del todo.

Se casó en 1936 con Mary Price, con quien tuvo a su hija Sheila. Desgraciadamente, Mary murió nueve años después de casarse. Dos años después de enviudar, Frank se volvió a casar, con Nora Morrison, con quien tuvo a su segunda hija, Mary. Durante la Segunda Guerra Mundial, Frank sirvió en el ejército, en Oriente Medio, y a su vuelta se reincorporó a la librería. En la década de los sesenta, después de que Benjamin Marks muriera, él lideraba el negocio sólo. Pero el 22 de diciembre de 1968 murió a causa de una peritonitis. Nunca conoció en persona a Helene Hanff, la mujer con quien mantuvo una relación epistolar de veinte años y quien le haría famoso.

 

La mujer que sentía que había fracasado

vintage handCuando Helene Hanff se enteró de la muerte de Frank Doel sintió que su mundo se hundía. Su vida profesional era un auténtico desastre por aquel entonces; su frustración personal era enorme. Sentía un enorme vacío existencial y el fallecimiento de aquel hombre a quien nunca vio en persona pero consideraba un verdadero amigo fiel la dejó consternada. Lo único que le quedaba eran aquellas cartas de las que no se había deshecho porque se las reclamaba su contable. Y decidió que iba a transformar aquellas misivas en una suerte de homenaje póstumo. En 1970 salía publicado “84, Charing Cross Road”.

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Portada de la primera edición de “84, Charing Cross Road”

El libro fue un éxito desde el principio, aunque Helene Hanff nunca entendió del todo el porqué. Para ella no era más que un cuento corto, agradable pero sin más. “Mientras lo escribía, pensaba que estaba preparando una historia para el New Yorker”, reconoció años más tarde. “Todavía pienso que no era más que una historieta simpática”. De ahí que siempre se refiera al libro como “my little nothing book”, mi pequeño librito que no es nada.

Era exagerado, sin duda. El libro es sucinto y sobrio pero conmovedor, con personajes de una gran humanidad y una historia cálida que se construye a grandes pinceladas, sin necesitar introducciones copiosas ni descripciones excesivas ni redundancias empalagosas.  “Es un libro del siglo XIX escrito en el mundo del siglo XX”, lo describió el crítico Thomas Lask el New York Times. “Te robará una hora de tu tiempo y te reconciliará con la humanidad. Hará más. Proveerá un emoliente para el espíritu y una cubierta para el nervio expuesto. Y restaurará tu fe desvaneciente que se puede hacer algo contra la invasión de la sociedad computerizada. Todo aquel cuya humanidad se haya reducido a un agujero en una tarjeta de ordenador disfrutará con esta intercambio de veinte años de una mujer americana de ilimitada exuberancia y un librero inglés de nervios templados y modales impecables”.

Ésa es la gran aportación: transportarte a un mundo pasado, que ni existe ya ni volverá jamás. Un mundo de bibliófilos entusiastas y profesionales regios, poblado por papel biblia, encuadernaciones en rústica y un olor a polvo y a mil historias. Nada huele mejor que un libro viejo y usado.

Las descripciones de los libros son preciosas, con sus títulos rimbombantes y sus editoriales de alcurnia:

“El caso es que tenemos ahora en existencias”, le escribe Frank Doel a Helene el 20 de septiembre de 1950, “un ejemplar de la Antología de la poesía inglesa de Oxford, impreso en papel biblia, con su encuadernación original en tela azul, de 1905; tiene una inscripción en tinta de guarda, pero por lo demás es un buen ejemplar de segunda mano, y su precio es de 2 dólares”.

“Con respecto a los Papeles de Sir Roger de Coverley”, dice una carta del 2 de febrero de 1951, “disponemos de un volumen de ensayos del siglo XVIII, que incluye una buena selección de ellos, así como de ensayos de Chesterfield y Goldsmith. Está editado por Austin Dobson, es una edición hermosa y, como sólo cuesta 1,15 dólares, se lo hemos enviado por correo. Si desea usted una edición más completa, como la de Addison & Steele, hágamelo saber y trataré de hallar un ejemplar para usted”.

 

courbett_book vintageNo es de extrañar que a Helene le diese un poco de apuro tener tan preciados tesoros en su humilde apartamento del 14 East 95th St. “El Newman llegó hace una semana”, escribió en una carta de 1950 después de adquirir una primera edición de “Idea of a University” (1852) de John Henry Newman. “Ahora comienzo a recuperarme de la impresión. Lo tengo junto a mí todo el día, en mi mesa de trabajo, y de vez en cuando paro de escribir a máquina y alargo la mano para tocarlo. No porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega en la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero…, no en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edificio de ladrillo oscuro cuya fachada se cae a pedazos”.

 

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Imagen de Marks and Co.

 

¿Qué fue de toda esta formación literaria? La carrera de Helene Hanff sólo destacó por “84, Charing Cross Road”, para consternación suya. Siempre quiso ser escritora de obras de teatro, pero nunca consiguió que sus guiones llegasen a buen puerto.

Helene nació en 1916 en Filadelfia, en el seno de una familia humilde. Su padre, Arthur Hanff, cosía camisas y era un apasionado del teatro, hasta el punto que la familia iba al teatro una vez por semana (un auténtico lujo por aquel entonces). Para costearlo, intercambiaba entradas por camisas. Desde que era pequeña, Helene no quería nada más que ser escritora de obras de teatro.

Y estuvo a punto de conseguirlo cuando era joven. En 1938 ganó un concurso estatal de teatro organizado por el “Bureau of New Players” (oficina de nuevos creadores), aunque en realidad estaba detrás el prestigioso y selecto “Theatre Guild”, el gremio del teatro. Helene no envió una obra; envió cuatro. En aquella época escribía a toda prisa una obra casa dos semanas. Una de ellas fue ganadora y le obligó a dejar Filadelfia e instalarse en Nueva York, sin un duro en el bolsillo.

 

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Helene Hanff y Anne Bancroft en el set de rodaje de “84, Charing Cross Road”

 

“Era la segunda vez que se organizaba aquel certamen”, explicó años más tarde. “En la primera edición les dieron a los dos ganadores 1.500 dólares a cada uno. Pero en la segunda edición decidieron que, en vez de dinero, darían formación a los ganadores. Les organizarían seminarios, irían a ensayos… El Theatre Guild tuvo diecisiete fracasos ininterrumpidos en los siguientes dos años. Los dos primeros ganadores, a los que les dieron dinero, fueron Arthur Miller y Tennessee Williams. Lo que prueba que no conviene educar dramaturgos”.

En Nueva York se encontró con la protección de la formidable Therese Helburn, codirectora del Guild, quien al conocerla le espetó: “Tus obras son terribles. Simplemente, terribles. Pero no te preocupes. Tienes talento”. Helburn le consiguió un trabajo en el departamento de publicidad del Guild y, una vez por semana, Helburn y Hanff se enfrascaban en conversaciones sobre cómo escribir obras de teatro.

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Therese Helburn

Pero, aunque escribió unas veinte obras sólo en la década de los cuarenta, ninguna fue producida. En 1961 publicó una suerte de memorias, “Underfoot in Show Business” donde explicaba su desesperación por triunfar en los escenarios de Nueva York y la frustración de no cumplir su sueño. “Escribía muy buenos diálogos, pero no era buena inventando historias”, reconoció al New York Times en una entrevista en 1982. De ahí que no le quedase más remedio que sobrevivir económicamente escribiendo, o re-escribiendo, guiones para programas de televisión, o escribiendo valoraciones de guiones de cine para la Paramount, o escribiendo artículos para enciclopedias o libros infantiles de historia.

 

En la década de los sesenta, tuvo que enfrentarse a lo obvio y reconocer que había fracasado como dramaturga. “Me sentía que no era nadie”, explicó en sus memorias. Y luego, por si fuera poco, le llegó la carta donde le comunicaban la muerte de Frank Doel. El mundo se le vino abajo. Pero luego vino “84, Charing Cross Road”, su gran oportunidad.

El libro fue una sensación en Londres y enseguida fue adaptado al teatro, con una producción dirigida por James Roose-Evans que tuvo mucho éxito. La versión en Broadway, en 1982, con Ellen Burstyn como Helene Hanff y Joseph Maher como el señor Doel, no tuvo tanta suerte. La película, en cambio, hecha en 1987, fue una pequeña sensación. Anne Bancroft y Anthony Hopkins representaron a la perfección el espíritu ferozmente libre y bohemio de ella y las maneras suaves y siempre diligentes de él.

El éxito del libro hizo que, por fin, Helene Hanff pudiese tomar un avión y visitar Londres. Fue tan bien tratada por su editor allí, que incluso publicó una secuela “The Duchess of Bloomsbury Street”, la Duquesa de la calle Bloomsbury (1973), donde explicaba sus andanzas por la capital británica. Pero, a pesar de las atenciones recibidas, el viaje tuvo un punto amargo: Frank Doel ya no estaba y Marks and Co. había cerrado sus puertas para siempre. Nunca vio a quien tan feliz le había hecho.

 

 

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