Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handParís era entonces una fiesta. O, así, al menos, lo quiso ver Ernest Hemingway y, así, seguramente, lo veían muchas almas artísticas, dueñas de un talento a raudales pero sin una moneda en el bolsillo, que acudían en masa a aquel París soñado que, desgraciadamente, ya no existe. Era el París de los bohemios, cuando los pintores poblaban el barrio de Montmartre y los escritores se refugiaban en “Saint Germain de Près”, calmado y elegante, culto y desenfrenado.

Era el París que comenzaba el día en el “Café de Fiore” o en “Les deux magots” y acababa con copas hasta la madrugada en la “Closerie des Lilas”. Y, entre medio, muchos se refugiaban en una de las grandes catedrales intelectuales y espirituales de la literatura: una pequeña librería situada en el número 12 de la rue d’Odéon llamada “Shakespeare and Company”.

Era un lugar caldeado y alegre”, escribió Hemingway sobre ella, “con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos”.

En efecto, encuadrados en marcos finísimos y casi siempre torcidos, o amontonados los unos sobre los otros, ahí estaban los retratos de Oscar Wilde, Mansfield o Madox Ford y, sobre todo, el retrato de James Joyce, el escritor más admirado —me atrevo a añadir reverenciado y adorado— por la dueña de tal paraíso bibliófilo: la indómita, brillante, eficiente, generosa, leal y discreta Sylvia Beach. Es una lástima que Joyce, excéntrico y egocéntrico hasta la extenuación, le acabara dando una puñalada por la espalda. Y más teniendo en cuenta que a ella le debió prácticamente que su gran obra viera la luz. Pero eso lo veremos un poco más adelante.

Centrémonos en ella, porque ella merece toda la atención.

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Sylvia Beach

Comencemos por el principio. “Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso”, la describió Hemingway, “con ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un cabello castaño ondulado que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chistes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella”.

Lo de bondadosa lo hubiesen suscrito a pies juntillas todos los que la conocieron. Y también cabría decir que era una persona increíblemente inteligente que se adelantó claramente a su tiempo: fue, no sólo emprendedora, sino editora, agente de prensa, redactora, gestora y puso en marcha una pionera —y exitosa—recogida de dinero para la publicación de libros que hoy llamaríamos “crowdfunding”.

A pesar de todos sus éxitos, fue una persona muy humilde que jamás reconoció sus propios logros. Seguramente porque siempre pensó, erróneamente, que eran mérito de otros.

 

 

Una tarde con mucho viento paseando por la rue d’Odéon

vintage handAunque vivió gran parte de su vida en París, Sylvia Bleach nació en Estados Unidos, en Baltimore, Maryland, en 1887. Su padre, el reverendo Sylvester Beach, se trasladó con toda su familia (su mujer, Eleanor, y sus tres hijas) a París. Así, en 1902, una niña americana llamada Nancy, aunque prefería que la llamasen Sylvia, pisó por primera vez la capital gala. Imbuida por el espíritu liberal de su madre, que le animó desde pequeña a viajar y a leer, se enamoró enseguida de aquella ciudad de luces y cultura ilustrada.

La estancia parisina de los Beach sólo duró tres años, pero en 1907, Sylvia cruzó de nuevo el Atlántico: estuvo en París y luego un año estudiando en Italia. Su hermana mayor, Cyprien, también se instaló en la capital gala, en una apartamento en Port Royal, y acabó siendo una actriz muy famosa. Años más tarde, Sylvia, de vuelta a París, se fue a vivir con su hermana, pero pronto se enroló en los “Volontaires Agricoles” en la región de Touraine. La Primera Guerra Mundial azotaba Europa y Sylvia ayudó a su país de adopción recogiendo uva y podando árboles. Luego compaginó el voluntariado con cursos de Literatura en la Universidad de la Sorbona.

libreria courbettEn 1917, Sylvia Bleach era ya una mujer de mundo, políglota y erudita, con intereses en el periodismo y la poesía. Aún así, no sabía a qué dedicarse exactamente. Las oportunidades para periodistas o traductores en una Francia acuciada por la guerra eran escasas, más aún si quien buscaba el trabajo era una mujer. Pero ese mismo año, en un paseo fortuito por la rue d’Odéon, cerca de la Sorbona, conoció a la persona que le cambiaría la vida y le ayudaría a encontrar el camino a seguir.

En el número siete de esa calle había una pequeña librería, “La Maison des Amis des Livres”, la Casa de los Amigos de los Libros, regentada por la librera Adrienne Monnier. La química personal e intelectual entre ambas fue instantánea y aquella tarde con mucho viento de 1917 Sylvia vio por primera vez a quien se convertiría en su mentora, en su confidente y en su pareja hasta su muerte.

Fue Adrienne quien la convenció de que abriese una librería especializada en literatura de habla inglesa (no había ninguna en París), aunque Sylvia no lo vio claro en un principio.

Sylvia, de hecho, dio a los pocos meses un giro a su vida y se enroló en la Cruz Roja junto con su otra hermana, Holly. Juntas viajaron a Serbia, un país devastado por la guerra, para trabajar como secretarias y traductoras. A Sylvia, la experiencia le hizo abrir los ojos en muchos sentidos. Especialmente, el trato vejatorio que recibían las mujeres en los trabajos y la condena a silenciar perpetuamente sus voces hizo que se volviera feminista. Poner en marcha su propia librería surgió entonces como un gesto de rebeldía y repulsa hacía el machismo que la rodeaba y que imperaba.

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Sylvia Beach y Adrienne Monnier

Pero, ¿dónde la abriría? Pensó en volver a Estados Unidos, a Nueva York esta vez, pero lo descartó enseguida; era demasiado caro. Londres tampoco le acababa de convencer. Conocía allí a Harold Monro, que dirigía la “Poetry Bookshop”, y fue éste quien le dijo que se enfrentaría a demasiada competencia. París surgió entonces como la opción perfecta. Además, allí estaba Adrienne.

Y fue, de hecho, Adrienne Monnier quien acabó encontrándole un local, una antigua lavandería, en la diminuta calle Dupuytren, haciendo esquina con la rue de l’Odéon. Con la ayuda de tres mil dólares que le prestó su madre, Sylvia Beach fue capaz de aderezar aquel cuchitril: pagó seis meses de alquiler, pintó las paredes, las cubrió con fotografías y cuadros, y llenó el espacio con estanterías y muebles que sacó del “Marché des Puces”, algo así como el Rastro. Puso un pequeño hornillo a modo de estufa e instaló una suerte de cocina al fondo. El resultado, aunque faltase un baño, fue de lo más acogedor. El día 17 de noviembre de 1919 se inauguraba oficialmente “Shakespeare and Company”.

 

Shakespeare and Co

 

 

El salón literario de los estadounidenses

vintage handLa librería fue todo un éxito. No sólo la gran comunidad de americanos se mostró encantada, sino que muchos amigos escritores franceses de Adrienne, como los mismísimos André Gide o Léon-Paul Fargue, acudían con frecuencia atraídos por aquel ambiente bohemio y relajado.

Tal fue el éxito que a Sylvia no le quedó más remedio que trasladarse, en 1922, a otro local, en la rue de l’Odéon número 12. Eso sí, igual de atiborrado de fotos en las paredes y con el hornillo omnipresente. Y allí sobreviviría, con altibajos pronunciados y haciendo frente a graves crisis, hasta que la Segunda Guerra Mundial puso fin a aquel paraíso literario.

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Sylvia Beach con Ernest Hemingway

Pero mientras duró, fue una meca para toda aquella persona de habla inglesa que pisase París con la ilusión de hacerse escritor. Autores entonces en ciernes como Francis Scott Fitzgerald o Henry Miller, Ernest Hemingway o Ezra Pound  o Djuna Barnes acabarían concentrándose en aquella minúscula librería que servía de refugio, oficina y, sobre todo, de biblioteca, porque, como no tenían ni un franco francés en el bolsillo, a Sylvia Beach se le ocurrió la idea de prestarles los libros (más de uno se lo dejaría olvidado Hemingway en el Harry’s Bar, uno de los pocos bares que le seguirían sirviendo sin tener en cuenta las deudas acumuladas).

Según las memorias de la propia Sylvia Beach, cada viernes tenían aquellos integrantes de lo que más tarde se llamaría “la Generación Perdida” una cita en el local. A todos ellos, Sylvia les hacía de oficinista, editora y secretaria: les guardaba el correo, les daba dinero, se preocupaba hasta de su alimentación. Incluso tenía un pequeño apartamento justo encima del local donde muchos de ellos se alojaron por algún tiempo. Tenía dos habitaciones y tan sólo les cobraba 300 francos franceses al mes, si es que se los cobraba.

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George Antheil trepando por la fachada

Uno de los huéspedes protagonizó una de las anécdotas más recordadas de la librería. Fue el músico George Antheil quien, como con frecuencia perdía las llaves, se encaramaba a la fachada de la librería y trepaba por ella para entrar por el balcón. Fue precisamente en aquel pisito donde compuso el Quinteto, dos sonatas para violín y el “Ballet mécanique” que lo haría famoso.

A Antheil lo inmortalizó trepando la fotógrafa alemana Gisèle Freund, que retrataría a tantos otros que pasaron por “Shakespeare and Co.” y ahora esas instantáneas nos sirven para recrear un mundo soñado y añorado por muchos, cuando todo el talento se reunía en París y la ciudad brillaba como la capital cultural del mundo. Gracias a aquellas fotografías en blanco y negro, ahora descoloridas, nos imaginamos el olor a libro viejo que impregnaba las estanterías, la fragancia a cuero, papel y polvo. Nos imaginamos observando la colección de fotografías de las paredes, pasando los dedos por los lomos de los libros, abriendo tesoros y sentándonos en la mesa central de cara a la chimenea cuya repisa presidía solemne un pequeño busto de Shakespeare.

 

 

Una obsesión llamada el Ulysses de Joyce

vintage handDe todos aquellos ilustres inquilinos que poblaron la librería el que más huella dejó, sin duda, fue un dandy irlandés con un parche en el ojo izquierdo, bastón y sombrero llamado James Joyce. Lo elegante de la indumentaria —o excéntrica, según se prefiera— escondía una personalidad obsesiva y narcisista, compulsivamente caprichosa y ególatra. Pero tenía un carisma desmesurado y Sylvia Beach quedó atrapada por el timbre de su voz (“hablaba con la entonación de un tenor”).

Joyce consumió diez años de la vida de Sylvia. Y no es una exageración: estuvo a punto de agotarla físicamente, de desquiciarla mentalmente y de arruinarla económicamente.

 

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Sylvia Beach y James Joyce

 

Cuando se conocieron, Joyce estaba acabando su obra “Ulysses”, aunque ya había enviado partes a editoriales y éstas lo habían rechazado tajamente alegando que era pornográfica. Sylvia Beach, defendiendo desde el principio que era una auténtica obra maestra, se hizo cargo de la tarea hercúlea de editar aquella obra mastodóntica y escandalosa y, de paso, de gestionar todas y cada una de las necesidades de su escritor: le prestó dinero para sufragar su lujoso estilo de vida, se hizo cargo de la vivienda de él y de su familia, buscó médicos cuando lo necesitó, le consiguió entradas para el teatro regularmente e incluso le recogió la ropa de la tintorería.

maquina escribir vintageJoyce llegaba cada día a la librería al amanecer. Tan imbuidos estaban en el trabajo, que ni comían ni apenas dormían. Sylvia se hizo cargo de todos los costes de la edición, impresión y distribución del libro. Consiguió que un impresor de Dijon, Maurice Darantière, hiciera realidad la publicación. Pero llegar hasta ese punto fue una auténtica pesadilla: Joyce no paraba de cambiar el texto continuamente, añadía párrafos y nuevos capítulos, tachaba frases, volvía una y otra vez a una palabra en concreto. Los continuos cambios se enviaban regularmente al editor, cuyos trabajadores, que no hablaban ni una palabra de inglés, se las vieron y se las desearon para maquetar aquel libro que acabó con más de setecientas páginas. Tan desastroso fue el proceso que, en la primera edición, el sufrido editor introdujo una nota “suplicando” que los lectores perdonasen los “errores tipográficos”, dado que eran “inevitables dadas las excepcionales circunstancias”.

El dos de febrero de 1922, un día antes del 40 cumpleaños de Joyce, llegaron dos ejemplares a la Gare de Lyon en el tren de las siete de la mañana procedente de Dijon. En el andén, muerta de frío, esperaba entusiasmada Sylvia, quien quería darle una gran sorpresa a su protegido: ver, por fin, su gran obra publicada. El otro ejemplar era para ella.

libreria courbettNo sólo Sylvia hizo realidad el sueño de Joyce, sino que organizó una campaña de donación de fondos —lo que ahora llamaríamos “crowdfunding”— para sufragar los gastos de aquella primera edición. Tan eficiente fue que logró 1.000 subscriptores, algunos de los cuales recibirían un ejemplar de una primera edición “de lujo” a un precio bastante elevado; el resto se conformaría con una versión más común y corriente.

Fueron Sylvia y su asistente las que se encargaron personalmente de preparar los envíos uno a uno y cargar con los pesados ejemplares hasta la Oficina de Correos. Como el libro había sido prohibido anteriormente, para evitar confiscaciones se envió a Estados Unidos camuflado bajo el título de “Obras completas de Shakespeare”.

Si Joyce se emocionó con tanta generosidad no se sabe; pero intuimos que, si lo hizo, no debió conmoverse en exceso porque, años más tarde, en 1932, cuando el grupo editorial Random House de Nueva York le ofreció a Joyce 45.000 dólares solo de avance de la obra, el dandy irlandés ni se lo pensó: ni se lo dijo a Sylvia, ni le dio un mísero porcentaje por los (enormes) servicios prestados. Le metió una puñalada por la espalda, aunque Sylvia, sorprendentemente, se lo tomó bien: “llegué a la conclusión de que haber trabajado con o para el señor Joyce había sido un auténtico placer para mí, un infinito placer, pero que los beneficios de la obra le correspondían a él”.

Hemingway no exageraba cuando decía que Sylvia Beach era la persona más bondadosa que había conocido.

 

El angustioso final

vintage handEn la década de los treinta, metidos ya en una profunda depresión económica, los americanos regresaron en masa a su país y “Shakespeare and Company” lo pasó tan mal que Sylvia Beach estuvo a punto de tirar la toalla y cerrar la librería.

Salió en su ayuda su grupo de amigos escritores franceses, capitaneados por André Gide, quienes comenzaron a pagar una cuota anual de doscientos francos para mantener a flote el local. Una vez al mes comenzaron además a celebrar lecturas públicas de obras inéditas francesas (del propio Gide, o de Paul Valéry o André Maurois). Todos los escritores franceses experimentales ligados a la excelente editorial Gallimard o a la “Nouvelle Revue Française” mantuvieron la llama viva de “Shakespeare and Company” hasta el punto que la librería no sólo sobrevivió sino que comenzó a aumentar beneficios.

Pero la Segunda Guerra Mundial acabó con el sueño. Cuando París cayó, un oficial nazi se presentó un día, en 1941, en la librería y, en perfecto inglés, pidió un ejemplar de “Finnegan’s Wake” de Joyce que había visto en el escaparate. Sylvia le contestó que no podía vendérselo porque era el último ejemplar que le quedaba y quería conservarlo. El oficial amenazó con confiscarle todos los bienes al día siguiente si no le daba inmediatamente el maldito libro. Sylvia se mantuvo en sus trece. Cuando el oficial, furibundo, se marchó, Sylvia entendió que cumpliría su amenaza y al día siguiente volvería y le requisaría todos los libros.

Sin perder ni un segundo, Sylvia llamó a cuantos amigos pudo localizar. Vació rápidamente las estanterías, escondió los libros y, de unos cuantos brochazos, borró el cartel de “Shakespeare and Company”. Aquella mítica librería en la rue d’Odéon cerraba sus puertas para siempre.

libreria courbettEl oficial volvió y Sylvia fue arrestada y confinada a un campo de internamiento en el sur de París durante seis meses. Luego volvió a reencontrarse con Adrienne y se refugió en la cuarta planta del edificio donde había estado su librería. Aunque todavía conservaba el local, nunca volvió a abrirlo. Se centró en el voluntariado, en escribir y traducir durante años.

Adrienne fue su gran apoyo durante todo aquel tiempo, como lo había sido desde que se conocieron fortuitamente aquella tarde con viento de 1917, y como lo sería hasta su muerte. Adrienne se puso muy enferma a principios de los cincuenta y, en 1954, le diagnosticaron la enfermedad de Meniere, un trastorno del oído interno que le causaba grandes mareos y la condenaba a oír constantemente grandes ruidos, como si fueran rugidos. Durante nueve meses sufrió intensamente hasta que un día, ya sin fuerzas y completamente desesperada, tomó una sobredosis de pastillas para dormir. Murió el 19 de junio de 1955.

Perder a su alma gemela, la persona a la que más había amado y admirado durante casi cuatro décadas, la sumió en una gran tristeza. Pero, al menos, cinco años después de la muerte de su amada, le llegó una pequeña alegría: el reconocimiento, aunque tardío, de su ingente labor en la edición y publicación del “Ulises”. El mundo literario de ambos lados del Atlántico se rindió a sus pies y su nuevo prestigio le amasó generosos beneficios de los cuales pudo vivir tranquilamente.

 

 

El Don Quijote del Barrio Latino

vintage handAl lado del Sena, enfrente de Notre Dame, un indómito señor estadounidense, de nombre George Whitman, abrió una librería en el número 37 de la Rue de la Bûcherie llamada “Le Mistral”. Corría el año 1951 y Whitman era conocido en aquel lugar tanto por su generosidad como por su excentricidad. No por nada le apodaban el “Don Quijote del Barrio Latino”.

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George Whitman

Como Sylvia Beach, George Whitman era estadounidense (nació en Salem, Massachussets, en 1913) y, también como en el caso de Sylvia, su infancia  y adolescencia transcurrió en el extranjero. A los diez años su familia fue a Nanjing, China, donde su padre ejerció de profesor, luego volvieron a Estados Unidos, donde George se graduó en periodismo, pero en vez de ejercer, comenzó un largo viaje, a la edad de veintiún años y con tan sólo cuarenta dólares en el bolsillo, que lo llevó a hacer escalada y senderismo por México y América Central. Vio la pobreza directamente y le sorprendió la generosidad de los que más sufren y menos tienen. En aquel viaje aprendió una máxima que aplicó toda su vida: “Da lo que puedas, toma sólo lo que necesites”.

En 1942, Whitman se alistó en el ejército y fue destinado a Greenland, a predecir el tiempo. Luego, en 1946, ya licenciado de la armada, fue a París y gracias a una beca estadounidense estudió Psicología y Literatura francesa en la Sorbona. Se instaló en el Hôtel de Suez del Bulevar Saint-Michel y allí comenzó una suerte de biblioteca con servicio de préstamo: tenía cientos de libros y la puerta estaba siempre abierta para todo aquel que quisiera entrar y llevarse uno o más de uno.

Gracias a su amigo Lawrence Ferlinghetti, un poeta con el que solía discutir la importancia de tener librerías librepensantes, George fundó en 1951 una librería con servicio de biblioteca en lo que había sido una tienda de comida algeriana. Le puso el nombre de “Le Mistral”, en homenaje a la poeta chilena Gabriella Mistral, cuya obra admiraba. Con el tiempo Lawrence también crearía su propia librería, “City Lights”, en San Francisco. Ambas librerías decían que estaban hermanadas.

libreria courbett“Le Mistral” era un local de tres plantas, con una fachada de madera que pronto se convirtió en icónica. El edificio donde está es increíblemente antiguo, del siglo XVII, y originariamente era un monasterio, La Maison du Mustier. A George le encantaba decir que él era el último monje que quedaba en pie. “En la Edad Media”, explicaba, “cada monasterio tenía un frère lampier, un monje cuyo deber era encender las lámparas por las noches. Yo ahora soy el “frère lampier” aquí. Ese es mi modesto rol”. También repetía con frecuencia que “quería una librería porque el negocio de los libros es el negocio de vida”. Y, quizás por ello, llenó “Le Mistral” de máximas de vida, sobre todo de una gran frase que recibía a todos los clientes: “Be not inhospitable to strangers, lets they be angels in disguise”, no seamos inhóspitos a los extraños, dejemos que sean ángeles camuflados. Algunos pensaban que era una cita de Yeats, aunque la verdad es que es una variante de una cita de la Biblia.

Whitman siempre decía que su modelo a seguir era el escritor estadounidense Walt Whitman con el que no tenía ninguna relación filial a pesar de la coincidencia de apellido. George Whitman se sentía atraído por la figura de aquel gigante literario que también gestionaba una librería: “quizás a nadie le gustaban tantas cosas y le disgustaban menos que a Walt Whitman, y yo aspiro al mismo logro”.

Enseguida, Le Mistral se convirtió en un refugio intelectual para toda una nueva hornada de escritores que revolucionarían la literatura: por allí pasó Henry Miller, Anaïs Nin, Samuel Beckett, Julio Cortázar, James Baldwin y, sobre todo, los miembros de la “generación beat”; William Burroughs, Allen Ginsberg y Gregory Corso se convirtieron en amigos personales de Whitman.

Allí se reunían, organizaban lecturas, daban a conocer nuevas obras e incluso George Whitman se animó a publicar una revista llamada “The Paris Magazine”, que era la versión pobre y humilde de la revista literaria de culto “The Paris Review” creada en 1953 en Estados Unidos. En “The Paris Magazine” publicarían personalidades tan destacadas como Jean Paul Sartre, Lawrence Durrell o Marguerite Duras.

A todos ellos, les daba su tiempo y su generosidad. A muchos les invitaba a una taza de té en su apartamento, o a sesiones nocturnas de lectura aderezadas con estofado irlandés. A algunos, incluso, les dejaba instalarse en la librería, en el segundo piso, y no les cobraba nada. Sólo les requería que colaborasen en el negocio, organizando los libros y atendiendo a los clientes. También, se decía, tenían que escribir su biografía en una sola página y leer un libro al día. Sólo había una excepción: “Guerra y Paz” se podía leer en dos días. Era una particular manía de un hombre excepcional, ciertamente carismático, y con toques, decían algunos, impredecibles incluso airados. Un hombre que se autodefinía como comunista, utópico y humanista y que veía su librería como una “utopía socialista”. Se calcula que acogió en la librería a 40.000 personas, incluyendo a personas que luego se harían famosas como Ethan Hawke o Darren Aronfsky.

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La nueva “Shakespeare and Company”

vintage handUn día de 1958, en una de las lecturas públicas que organizó “Le Mistral”, el escritor y poeta Lawrence Durrell apareció acompañado de una vieja amiga: Sylvia Beach, quien por entonces tenía 71 años. Aquella noche, profundamente emocionada, Sylvia cedía el relevo de “Shakespeare and Company” a George Whitman. Le traspasó “el nombre y el espíritu”. George estaba extasiado.

Pero Sylvia no volvió a ver el cartel de “Shakespeare and Company” de nuevo colgado. Murió de un ataque al corazón el 6 de octubre de 1962. Dos años después, y coincidiendo con el 400 aniversario del nacimiento de William Shakespeare, Le Mistral cambió definitivamente de nombre.

Y ahí sigue.

 

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George Whitman fue galardonado en 2006 con el “Officier des Arts et des Lettres”, Oficial de las Artes y las Letras, una de las máximas distinciones de Francia. Murió en el 2011, a los 98 años, en su casa, en el apartamento que había encima de la librería. Fue enterrado en el cementerio de Père Lachaise, rodeado de muchos de los escritores, artistas e intelectuales con los que había compartido su vida.

Tomó las riendas de la librería su hija, Sylvia (llamada así en homenaje a Sylvia Beach), quien introdujo algunas novedades. En junio del 2003, se organizó el primer festival literario de Shakespeare and Company, al que siguieron tres certámenes más. En los últimos años se han presentado autores tan destacados como Paul Auster, Siri Hustvedt, Marjane Satrapi o Martin Amis.

En el 2011 se estableció el “Premio Literario París”, centrado en novelas de autores  de todo el mundo que no han publicado previamente. También empezaron a hacer cameos en películas, como “Medianoche en París” de Woody Allen.

hombre leyendo vintageHoy, sin embargo, de tanta fama e historia, el lugar está atestado de turistas más que de letraheridos. La puerta de la icónica fachada se abre cada mañana y se llena de personas curiosas que tan sólo quieren hacerse un selfie rápido. En la parte de abajo es muy difícil hacerse una idea de lo que aquella librería en la orilla del Sena significó en su día. Pero subiendo unas estrechas escaleras de madera accedes al segundo piso y, allí sí, todavía se mantiene el ambiente literario y bohemio de culto. Hay un piano, estanterías llenas de libros antiguos (muchos de ellos de Sylvia Beach) y una preciosa mesita al lado de una ventana con una máquina de escribir antigua. Por la ventana se ve Notre Dame.

Te dan ganas de sentarte, ponerte a escribir y quedarte allí para siempre, acompañado de la memoria de aquellos hombres y mujeres que cambiaron la literatura para siempre.

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