Nueva York Tinta Blanca

Libros para los verdaderos amantes de los viajes (turistas abstenerse)

Courbett Magazine

Hemos dejado de ser viajeros para convertirnos en turistas. En vulgares, aborregados y fastidiosos turistas que reventamos –no hay otra palabra– ciudades enteras y reducimos lugares antaño con un encanto indudable a meros parques temáticos dominados por McDonald’s, recuerdos de nulo valor artístico y modas horteras.

No es elitismo. Al menos, no debería serlo. Todos, con independencia de nuestra clase económica y orígenes sociales, tenemos derechos a acceder a la cultura, a los viajes, a ampliar horizontes. Pero ello no está reñido con unos mínimos códigos de educación y respeto que parecen estar ausentes en cualquier ciudad que visites. Lo sé porque vivo en Barcelona, un lugar donde hace años era una preciosidad caminar por Las Ramblas y ahora las evitas a toda costa. Al centro ni te acerques, a no ser que quieras ser fagocitado por una masa ingente de extranjeros con jarras de sangría –algunos incluso con sombrero mexicano– buscando espectáculos de flamenco. Y no esperes que te dirijan una palabra de castellano –en catalán ya ni hablamos– porque sólo van a dirigirse a cualquiera (establecimientos y restaurantes incluidos) en inglés. Y sin disculparse.

Viajar y ser turista no son sinónimos. O no deberían serlo. Viajar es un deleite para los sentidos: una puerta abierta a una nueva cultura, una gastronomía, una literatura, un arte, arquitectura e historia. Viajar es un acto de respeto y admiración; en cambio, ser turista es un mero pasatiempo vacacional para hacerse selfies rodeado de otras personas que también se hacen selfies amontonándose delante de edificios de interés turístico cuyo valor real nadie conoce.

Viajar exige un ritual previo: leer, básicamente, todo lo que puedas sobre el lugar a visitar. Porque los libros te cambian el escenario, lo dotan de una trascendencia histórica y artística. Es estar acompañada de los mejores cicerones: dar paseos por los café de Praga con Kafka, perderse por Londres de la mano de la Sra. Dalloway, Dickens o Conan Doyle, visitar las librerías de París pensando en Sylvia Beach.

Viajar es recuperar ese antiguo espíritu Baedecker donde todo trayecto iba asociado a libros, libretas para escribir impresiones y cuadernos de dibujo. Viajar es imitar a Stendhal, intentar copiar la capacidad de análisis de un Josep Pla, empaparse de otras costumbres, admirar paisajes únicos. Viajar requiere un espíritu elevado, una sensibilidad estética exquisita.

Nueva York -- Libro de Viajes de Tintablanca

Desgraciadamente, el viajar, como tantas otras cosas, se está perdiendo, aunque queden héroes para intentar defenderlo, conservar su espíritu. La editorial «Tintablanca», por ejemplo, que se ha empeñado en elaborar libros de viajes que parecen sacados de los «Grand Tours»: libros exquisitos que no sólo descubren ciudades, sino también literatura y arte. Que son, en sí mismos, pequeñas joyas de la edición.

«Tintablanca no se parece a ningún otro libro», explica el editor Manuel Mateo. «Es a la vez una obra de viajes y un cuaderno de notas fabricado con un papel exclusivo y encuadernado en tapa dura y telas de alta calidad que lo convierten en una pequeña pieza de arte».

Libro de viajes de Nueva York de la editorial Tintablanca
Libro de viajes a Londres de la editorial Tintablanca
Libro de viajes a París de la editorial Tintablanca

No son guías típicas –no esperéis un listín de restaurantes y hoteles. Ni son guías turísticas ni tampoco novelas de viajes. Son relatos –diez en cada libro– para retratar la cultura, los personajes y su vida, las anécdotas y la historia, las crónicas y las épocas, los lugares más icónicos y a la vez más desconocidos, la literatura, la música, la pintura, el cine o la gastronomía. Y junto a los relatos, ilustraciones que pintan y dibujan un viaje. Que invitan a descubrir el alma de un lugar. Son una invitación a descubrir algunas de las ciudades más famosas del mundo desde una perspectiva diferente (en la guía de París, por ejemplo, hay un relato que se titula, atinadamente, «Vagar es humano, pasear en parisino»).

A simple vista, ya son toda una delicia, con esas portadas de tapa dura en tela imperial de algodón de alta calidad y el interior cosido al hilo. Me gusta que los libros lleven una libreta y un cuadernillo de dibujo: es una manera de reflejar por escrito nuestros sentimientos. También me encanta la propia calidad de la obra: el papel sedoso que invita a ser acariciado (el papel, explican en la editorial, ha sido fabricado en exclusiva para estos volúmenes).

Tienen libros de Tokio, Berlín, Londres, Roma, Madrid, Nueva York y París. Ojeo el volumen dedicado a Nueva York, con esas preciosas tapas en naranja y ese sketch a tinta del puente de Brooklyn en la portada. Miguel Ángel Berges lo ha ilustrado y Mariano López ha escrito el texto. El propio prólogo ya es toda una declaración de intenciones: «Nueva York acoge y propone sueños. Es, quizás, su principal rasgo distintivo».

Me encantan, en especial, tres relatos: el dedicado a Rafael Guastavino (pocos saben que las famosas bóvedas de Nueva York son obra de un español), «el poeta de los dieciocho whiskies y su hotel maldito» y el centrado en «los bares donde prendió el jazz». Os reproduzco un trocito de uno de ellos:

«Los beats –Gingsberg siempre rechazó el término beatnick– influyeron en su tiempo y en la década posterior. Fueron la fuente de la que bebieron los hippies, la psicodelia, el antimaterialismo y todo el movimiento literario y musical que se convino en llamar contracultura, que eclosionó en la la costa oeste de los Estados Unidos pero que nació en el Vilage, en Nueva York, en una taberna.

Las tabernas –y los cafés, pero sobre todo las tabernas– del Village eran una institución. Templos de la hospitalidad, la creatividad, la amistad y la bebida. Las tabernas de los beats, en el Village, fueron el San Remo Café y el White Horse, el lugar de Manhattan donde resultaba más fácil encontrar a Jack Kerouac y a Norman Mailer, el escritor que impulsó el primer seminario alternativo del barrio de The Village Voice.

The White Horse fue la taberna donde Dylan Thomas bebió su último trago. El poeta, cuyo nombre fue tomado como apellido artístico por el cantante Robert Allen Zimmerman, Bob Dylan, pasó la tarde del día 3 de noviembre de 1953 bebiendo y durmiendo en la habitación 205 del Chelsea Hotel. A las dos de la mañana del día 4 le dijo a su pareja de entonces, Liz Reitell, que tenía que salir a tomar algo. Volvió una hora y media después y le dijo a Liz la que algunos consideran su última frase: «He bebido dieciocho whiskies consecutivos. Creo que es un récord».

Éste es el tono: apasionante, descubriendo las historias que existen detrás de cada edificio. Me apunto para mi próximo viaje visitar el Chelsea Hotel: «Protagonista indirecto de la muerte de Dylan Thomas, el Chelsea Hotel ya era conocido por haber alojado otros huéspedes ilustres como Robert Louis Stevenson y Walt Whitman. También durmieron en sus habitaciones muchos supervivientes del Titanic. Pero su mayor fama se debe a su impronta de hotel maldito, a un historial de violencia iniciado con el suicidio de una amante despechada en 1908 y coronado con la muerte de Nancy Spungen, la novia del bajista de Sex Pistols, Sid Vicious. Nancy apareció muerta, desangrada, con una cuchillada en el abdomen, en el baño de la habitación número 100. Muchos clientes del Chelsea Hotel han creído escuchar voces, ver caras, sentir presencias extrañas en sus cuartos».

Me detengo en las ilustraciones de Miguel Ángel Berges, un arquitecto e ilustrador de Jaén que viajó hasta la Gran Manzana para estudiar y comprender el alma de la metrópoli. Y, desde luego, la captó. A veces sobre papel en blanco y otras sobre trozos del New York Times, el sacrosanto templo del periodismo estadounidense, dibuja con trazos rápidos una ciudad que siempre está en movimiento. Capta su fuerza bruta, sus edificios imponentes, sus festín de asfalto, su brutalidad y, al mismo tiempo, toda su energía, su dinamismo. Presenta una Nueva York oscura, con toques cromáticos de fuego, una imagen alejada de la ñoñería de las webs de viajes, pero que refleja mucho mejor el interior de una urbe que puede atraparte y devorarte.

Nueva York, sin duda, es la ciudad fea más hermosa del mundo. La ciudad que respira talento, que es crisol de culturas y mosaico de razas. Es la verdadera capital del mundo. El lugar, como explica Mariano López, que «es amable con el visitante, que estimula la fe en el progreso y en el género humano. Una ciudad llena de ciudades, de barrios que son urbes con su propia personalidad. Una ciudad cuajada de preciosas, fascinantes historias».

No os perdáis estos libros.

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