Los devoradores de mente: cuando la ciencia es tan divertida como aterradora

Una noche de primavera, cada diecisiete años, millones de larvas brotan del suelo de los bosques de Pensilvania. Surgen de la tierra oscura como un ejército de muertos vivientes y, antes de que te dé tiempo a parapdear siquiera, ya han tomado al asalto los árboles. Buscan un sitio libre en sus troncos y, acto seguido, se quedan muy quietas. Están a punto de sufrir una metamorfosis…

Así comienza “Los devoradores de mente“, de la editorial Thule, escrito por David Blanco Laserna e ilustrado –magníficamente– por Celsius Pictor, un diseñador del cual en Courbett Magazine somos grandes admiradores (le dedicamos un artículo entero a su obra que podéis leer aquí).

El autor, David, es físico y escritor, ha publicado una decena de libros de divulgación científica para adultos, que tratan temas como los agujeros negros, el descubrimiento de las ondas gravitatorias, el bosón de Higgs o la teoría de la evolución. También ha escrito numerosos libros para niños y jóvenes, tanto de ficción como de divulgación científica.

Devoradores de mentes” es su última obra, un relato fascinante de las criaturas más peligrosas de la naturaleza: son diecinueve seres “tan odiosos como fascinantes” capaces de transformar “a sus víctimas en auténticos muertos vivientes”. Como el mismo autor explica: “por el camino puedes perder medio cuerpo, ser devorado por larvas o ver cómo un crustáceo se come tu lengua y ocupa su lugar“.

En Courbett hablamos con él.

Tres adjetivos que te definan. 

Curioso, optimista, desordenado.

Tres adjetivos que definan tu obra.

Se me ocurren tres sustantivos: ciencia, humor, fantasía.

¿Tu científico/a favorito/a?

Si solo puedo elegir uno, Richard Feynman.

¿Tu teorema matemático favorito?

Elegiría una teoría: la teoría de relatividad general de Einstein.

Una duda: ¿es verdad que Einstein de pequeño era malo en matemáticas?

No. En realidad, las matemáticas le fascinaron desde pequeño y disfrutaba inventando demostraciones diferentes a las que encontraba en los libros.

Tengo que reconocerte que de pequeña me fascinaba la ciencia (me encantaba Marie Curie), y no me perdía un capítulo de “El cuerpo humano” o “Érase una vez los inventores”, pero en cambio estudiar Física y Química en el instituto fue una tortura para mí. ¿Por qué no somos capaces de enseñar estas materias de manera menos traumatizante?

Yo creo que aquí concurren diversos factores. Para mí, uno de los principales problemas radica en que esas materias, a menudo, se enseñan de manera demasiado teórica. Por supuesto que hay científicos teóricos, pero el interés de muchos investigadores por la ciencia se ha despertado a través del contacto directo con los fenómenos, ya sea en la naturaleza o cacharreando en un laboratorio. Yo atravesé toda la primaria y la secundaria sin hacer un solo experimento en clase. La base de la ciencia es la exploración de la naturaleza, la experimentación. Si no, es como aprender música leyendo manuales de armonía y contrapunto sin escuchar una sola canción o una sonata, o aprender literatura solo con libros de texto, sin abrir una novela. Hay muchas personas que han estudiado física o química y nunca han entrado en contacto realmente con la materia. 

Ahora se habla mucho de la importancia de las STEM. Sin embargo, y aunque han mejorado mucho las cosas, las mujeres no acabamos de decantarnos por carreras científicas. Hay estudios que revelan que, de pequeños, tanto niños como niñas muestran un interés similar por las matemáticas y las ciencias, pero al llegar a la adolescencia, las chicas se van a letras o a humanidades. ¿Por qué no somos capaces de despertar vocaciones científicas entre las chicas?

Es un problema complejo y va por especialidades. Creo que con el paso de los años la situación va a mejorar, pero hay que atacar muchos frentes. Una de las dificultades más sutiles radica en la enorme desproporción entre la cantidad de modelos de físicos, matemáticos e ingenieros masculinos, reales o sacados de la ficción, frente a los modelos femeninos. Una desigualdad que se debe a que la ciencia, durante siglos, ha sido una actividad elitista, financiada y sostenida por sociedades machistas. ¿Quiénes siguen siendo los científicos por antonomasia? Einstein, Newton, Galileo, Darwin… Sheldon Cooper, Tony Stark, Walter White…

Dedicaste uno de tus libros a una matemática alemana, Emmy Noether, una de las pocas mujeres cuyo nombre aparece en los libros de Historia de las Matemáticas. Sin embargo, y aunque fue una matemática buenísima, no es conocida por el gran público. ¿La ciencia discrimina a las mujeres o, simplemente, hay pocos matemáticos –hombres y mujeres– que sean famosos?

Sin duda, el peso de la mujer dentro de la historia de la ciencia ha venido condicionado por el sexismo, una interferencia que ha sido más acusada en este ámbito de creación que en otros, como la literatura o el arte. Pero también creo que Emmy Noether trabajó en un campo, el álgebra abstracta, particularmente abstruso y difícil de popularizar. El gran público tampoco conoce a otros matemáticos contemporáneos que investigaron en la misma área, como Emil Artin o incluso David Hilbert (uno de los más influyentes de toda la historia de las matemáticas).

Hablemos de tus libros. ¿Cuándo comenzaste a escribir?

Casi en cuanto pude hacerlo, de niño. Me resultaba frustrante que los libros que me gustaban se acabasen, así que me dedicaba a escribir continuaciones. Era una manera de permanecer en mundos de ficción de los que no quería marcharme.

¿Qué libros te marcaron de pequeño? ¿Y en la adolescencia?

De pequeño, me encantaban los libros de Tove Jansson, Otfried Preussler y Erich Kästner. Más adelante, Stevenson, Poe, Dumas, Conan Doyle, Kipling, Rider Haggard, Walter Scott, Agatha Christie… Durante la adolescencia, desarrollé una obsesión por la ciencia ficción que prácticamente excluía todo lo demás.

¿Qué tres libros recomiendas a todo el mundo? (no tiene por qué ser científico, puede ser de cualquier materia…)

Si respondo dentro de un minuto, te diría otros tres. Así, a bote pronto, se me ocurren Tala de Thomas Bernhard, la Odisea de Homero, Arcadia de Tom Stoppard.

¿Cuál es, en tu opinión, el mejor libro de divulgación científica de la historia?

El origen de las especies, de Darwin.

¿Qué libros de ciencia ficción realmente pueden despertar vocaciones científicas?

Creo que cualquiera que transmita fascinación por el universo, los científicos o los fenómenos de la naturaleza. Por ejemplo, Cronopaisaje de Gregory Benford, Los propios dioses de Isaac Asimov o Cita con Rama de Arthur C. Clarke. Otros muchos pueden despertar vocaciones literarias, como cualquiera de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick.

¿Cuál es tu proceso de escritura?

Suelo empezar escribiendo a mano, textos un tanto inconexos, de manera más o menos caprichosa. Se trata de descripciones de personajes o lugares, escenas que despiertan mi curiosidad o que me emocionan, que simplemente me atraen hacia un universo o historia particular. Luego intento construir una trama a partir de situaciones que tengan interés dramático. Después de todo ese trabajo previo, me siento al ordenador a escribir, a ver qué sale, descartando gran parte del trabajo anterior.

¿Cuáles son tus referentes?

En el caso de la ficción, me resulta casi imposible citar un número reducido de autores. Me resulta más fácil en el terreno de la divulgación científica: Richard Dawkins, Stephen Jay Gould, Oliver Sacks, Carl Zimmer, Dian Fossey o Martin Gardner.

De todos los libros que has escrito, ¿tienes algún favorito?

Siento cierta debilidad por algunos libros que asocio a determinadas experiencias que viví mientras los escribía. Disfruté particularmente escribiendo El detective ausente y El bestiario de los números.  

Hablemos de tu último libro, “Los devoradores de mentes”. ¿Cómo surgió la idea? ¿Cómo fue el proceso de creación del libro?

En su génesis concurrieron la fascinación por los parásitos de su editor, José Díaz, y mi interés por el tema, que se había despertado mientras me documentaba para escribir un libro sobre la evolución. Me atraían en particular los parásitos que alteran el comportamiento de sus huéspedes, cuya voluntad parecen dominar a su antojo. Me apetecía la idea de combinar ciencia, terror y humor. Escribir un libro sobre zombis que realmente existen en la naturaleza. 

El libro tiene unas ilustraciones fabulosas de Celsius Pictor. ¿Cómo fue la relación con él? ¿Determinasteis juntos cómo tenían que ser las ilustraciones o fueron procesos separados?

Fueron procesos separados, aunque hablamos una vez, al comienzo de todo el proceso de ilustración. Después de ver su trabajo, creo recordar que le dije que, por mi parte, podía hacer prácticamente lo que quisiera. Al tratarse de un libro infantil, tuve cuidado de no cargar las tintas en los aspectos macabros, y lo hice a través de una combinación de elipsis y humor. Las maravillosas ilustraciones de Celsius, con su versión casi steampunk de los animales, consiguen el mismo efecto de una manera particularmente elegante.

Te tengo que reconocer que soy una fan de tu libro “El bestiario de los números”. Me apasiona (los textos, las ilustraciones, el sabor tan medieval que tiene…). De nuevo, háblame un poco de este libro (de dónde surge la idea, cómo le diste forma, etc.).

Suelo simultanear la lectura de varios libros y, por casualidad, me encontré leyendo al mismo tiempo el Manual de zoología fantástica, de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, y The Penguin Dictionary of Curious and Interesting Numbers, de David Wells. Por alguna razón, tuve la sensación de que los dos libros hablaban de lo mismo. A partir de ese parentesco encubierto, se me ocurrió crear un bestiario de inspiración medieval en el que las criaturas fantásticas fueran números con propiedades sorprendentes. Aunque la noción me atraía mucho, intenté varios enfoques, sin que el libro terminase de cuajar. No paraba de darle vueltas cuando se lo comenté a mi amiga, María Espejo, que es ilustradora. Le idea le encantó y dibujó los bocetos de varias criaturas numéricas. No eran números con patas y ojos, sino una especie de artrópodos, en cuyo cuerpo se integraban de manera natural los números. En cuanto vi las imágenes, surgieron los textos y los pequeños cuentos del libro sin dificultad. 

Otro de tus libros que me gusta mucho es “El detective ausente” (sale Marie Curie).  ¿De dónde salió la idea para el libro?

De niño me fascinaba El misterio del cuarto amarillo, de Gaston Leroux. Un crimen ocurre en el interior de una habitación en la que es imposible entrar y de la que es imposible salir. La explicación que se ofrece al final del libro resulta absolutamente convincente. Siempre fantaseé con hacer algo parecido. El detective ausente rinde homenaje a los principales autores que cultivaron el subgénero de los misterios de cuarto cerrado, como John Dickson Carr o Israel Zangwill. 

¿Tienes pensado escribir algún libro que no sea de divulgación científica? ¿Nunca has pensado en escribir sobre ciencia ficción?

He escrito dos o tres libros de ficción para niños que se podrían encuadrar dentro del género de la ciencia ficción, pero me gustaría escribir alguna historia para adultos.

¿Qué proyectos de futuro tienes?

No caer en la tentación de escribir sobre pandemias o coronavirus. Y escribir un par de libros de ficción pura para niños, sin ciencia.

Courbett Magazine

Courbett Magazine es una revista digital y plataforma transmedia dedicada a la edición independiente, el diseño y la promoción del talento.

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