«Los mejores días»: pura maestría

En el 2007 llegó un manuscrito al Premio Nueva Novela del diario bonaerense “Página/12”. Se titulaba “Las primas” y narraba la historia de una familia disfuncional donde convivían la madre, una tía virgen, una pintora con deficiencias mentales a quien un profesor ha dejado embarazada, una demente incapaz de controlar los esfínteres y una prima tenebrosa. Comenzaba con una sencilla frase: “Mi mamá era maestra de puntero, de guardapolvo blanco y severo”. 

Era tal prodigio de audacia formal y narrativa, que el jurado pensó que la autora, que empleaba el pseudónimo de “Beatriz Poltriani”, debía ser jovencísima y audaz, muy audaz. Cual fue la sorpresa al comprobar que, en realidad, “Las Primas” había sido escrito por una señora de 85 años. Era Aurora Venturini. Obviamente, obtuvo el galardón. 

Portada de "Los mejores días" de Magalí Etchebarne (editorial Las Afueras)

Al abrir “Los mejores días” (Editorial Las Afueras) la anécdota se repitió, pero al revés. Es tal la fuerza narrativa, la complejidad de los sentimientos y la agudeza de la observación, que creí que Magalí Etchebarne, de quien no había leído nada, debía ser una señora con una larguísima trayectoria literaria. Consolidada, premiada, de prestigio. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que es una joven bonaerense, nacida en 1983, y que a pesar de que ha publicado algunas antologías de cuentos cortos, “Los mejores días” es su primer libro. 

Y qué libro. Pocas veces un primer libro alcanza una cuota semejante de maestría. 

Decía el escritor y crítico argentino Elvio Gandolfo, refiriéndose a la gran Hebe Uhart, que “hay escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”. En pocos años, háganme caso, a esta lista habrá que añadir el nombre de Magali Etchebarne

Aunque habría que puntualizar que Etchebarne, además de mirar, disecciona y, sobre todo, ausculta. En “Los mejores días” nos sorprende con ocho relatos, supuestamente costumbristas, en donde indaga en la intimidad de las relaciones humanas. Da voz propia, con una fuerza inusitada, a situaciones cotidianas, sin aparente interés ni valor, pero que encierran un torbellino emocional por el que la autora transita con admirable agilidad y diligencia. 

Son relatos donde la sensibilidad de la escritora convive con la dureza del ambiente. Y así emergen los poderosos susurros de mujeres –madres, hijas, abuelas, amantes—que dejan atrás el silencio para explorar y enfrentarse a dudas y traiciones, amores y tragedias. Hay sexo e inseguridades, obsesiones, traumas y dolor. 

Es difícil plasmar la complejidad de sentimientos tan poliédricos y poderosos. Pero ahí reside una de las grandezas de este libro: la manera de escribir, sintética y rotunda, paciente pero con ritmo, con la que Etchebarne nos regala frases lapidarias de sabiduría. Sirvan de ejemplo: “Un hombre, me dijo una vez mi mamá, es un animal pequeño que se ve inmenso”; “las mujeres de esta familia no engendran a sus hijos, se los traen de lugares”; “cuando baja de la sala de operaciones, es otra madre. Está aterrada y es anciana para siempre”.

En cuanto acabé el libro (el cuento “Cosita preciosa” fue mi favorito, aunque reconozco que el último, “Capitán”, es el colofón perfecto), necesitaba indagar más sobre el origen de esta obra. ¿Cómo llegas en tan poco tiempo a un estilo tan puro, profundo y magistral?

Leo en entrevistas que ha concedido Etchebarne que en su casa no había biblioteca, aunque su madre leía por las noches y guardaba libros en un altillo. Entre ellos estaba “Flores robadas en los jardines de Quilmes”, de Jorge Asís, publicado en 1980, en plena dictadura militar. Magalí lo leyó a escondidas con tan sólo once años. No es, ni de lejos, literatura juvenil: era un libro narrativamente complejo que revisaba la militancia política de los años setenta; un libro que levantó ampollas, tanto en la derecha como en la izquierda, pero que, con el tiempo es considerada la mejor novela de la dictadura de Videla, junto con “Respiración artificial” de Ricardo Piglia

Con semejante lectura iniciática, no es de extrañar que Etchebarne entienda la literatura como un ejercicio de introspección y liberación, capaz de desentrañar los vericuetos más profundos de un cerebro ajeno. 

En su estilo se nota, además, la influencia de dos autoras argentinas: Hebe Uhart y Aurora Venturini. De la primera se decía que era la mejor escritora de Argentina (algo que ella, humilde y sin afán de grandeza, fama o de narcisismo, negaba tajantemente). Sus cuentos, desde luego, la consagraron como una gran “espía de la mirada”, una narradora de lo íntimo e ínfimo capaz de transformar el más pequeño detalle en una apasionante historia. 

Etchebarne ha heredado ese don de observación sagaz y agudo, ese ojo crítico para transformar lo insustancial en magistral, para bucear por debajo de la superficie. 

A lo que añade, al mismo tiempo, la capacidad de tejer personajes poliédricos en la línea de Aurora Venturini, otra gran dama de la literatura argentina contemporánea. Son los suyos personajes que parecen insignificantes, presos de vidas vacías, hasta que en las manos de Etchebarne se transforman en fuentes de sabiduría. 

La lista de influencias podría seguir: Rodolfo Fogwill, por ejemplo, también tiene mucho eco en su obra, y William Faulker y Lorrie Moore y Claire Keegan y Marguerite Duras, de cuya obra “El amante” se considera una gran admiradora. 

Con semejantes influencias, con tal formación, y con un trabajo tan serio detrás (esto también hay que subrayarlo), no es de extrañar que el resultado sea de tal virtuosismo. 

Simplemente, esperamos seguir leyendo muchos más libros de esta magnífica autora en el futuro. 

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