Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

courbett_book vintageYves Saint-Laurent podía llamarle un día cualquiera y soltarle algo así como “quiero serpientes, cocodrilos y caimanes”. La jornada podía seguir con la petición de Karl Lagerfeld, alma de Chanel, de crear algo sobre “Rusia”. Luego vendrían Lacroix, o más tarde, Jean Paul Gaultier, todos demandándole lo mismo: hacer realidad los sueños más suntuosos, y a primera vista imposibles, de los más refinados talleres de la alta costura parisina. Y él los atendría a todos, sonriendo siempre, con su “charm” característico de “bon vivant”, y se pondría manos a la obra en su atelier de tres plantas en el barrio de Montmartre, cerca del Sacre Coeur. No había nada que Monsieur Lesage no pudiese hacer.

Yves Saint Laurent le pidió en 1988 que crease dos chaquetas inspiradas en los cuadros de Van Gogh. Dicho y hecho: sólo la primera (basada en los famosos lirios) requirió 250.000 lentejuelas en 22 colores distintos, 200.000 perlas que hubo que coser a mano una a una y 249 metros de cinta. Pero después de 770 horas de trabajo artesanal, la chaqueta estaba lista. Eso sí, al módico precio de 60.000 dólares de la época.

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La famosa chaqueta para Yves Saint Laurent inspirada en los girasoles de Van Gogh

No sería su producción más cara (un vestido completamente bordado en su atelier costaba, como mínimo, 100.000 dólares), ni tampoco la más excéntrica (llegaría a reproducir la piel de leopardo para Gaultier), pero sí una de las más icónicas. La prueba, además, de que todos los grandes diseñadores franceses confiaban ciegamente en este maestro del bordado que, irónicamente, no sabía ni hilar una aguja ni coser un triste botón. A pesar de que, como él siempre decía, prácticamente nació “entre lentejuelas y cuentas de cristal” o, al menos, se crió rodeado de ellas.

 

François Lesage, fallecido en 2011 en Versalles, era el mayor exponente del bordador de la alta costura, el maestro detrás de las grandes marcas, de Chanel a Dior, de Saint Lauren a Lacroix, Givenchy y Oscar de la Renta. No ha habido prácticamente ninguna pasarela parisina de “haute couture” de las últimas décadas que no haya llevado alguna de sus creaciones. “De la misma manera que no hay fiesta nacional sin fuegos artificiales, no puede haber vestido sin bordados”, sentenció Lagerfeld, y Karl (como Lesage le llamaba) nunca dejó de contar con sus servicios.

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Hoy, la Maison Lesage custodia más de 70.000 muestras de bordados creados para las principales casas de alta costura durante más de un siglo. Desde antes, incluso, que la Maison Lesage se llamase así y fuese conocida como el taller de Albert Michonet, su fundador en 1858, en pleno Segundo Imperio Francés. Fue Monsieur Michonet quien bordó los trajes de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, y también quien facilitaba telas bordadas a Charles Frederick Worth, fallecido en 1895 y que está considerado como el primer diseñador de alta costura.

Fueron los padres de François, Albert y Marie-Louise Lesage, quien compraron la compañía en 1924. Albert, originario de París, había hecho fortuna como director de moda femenina en los almacenes Marshall Field’s de Chicago y, a su vuelta a Francia, comenzó a trabajar con Monsieur Michonet. Allí conoció a Marie-Louise Favot, formada en artes decorativas y que trabajaba como encargada de bordados para la firma de modas Madeleine Vionnet.

El negocio, al principio, fue viento en popa. La década de los veinte destacaba por los excesos y los diseñadores del momento, de Poiret a Coco Chanel, pasando por Vionnet, reprodujeron en sus creaciones el gusto por la irreverencia y la exuberancia. El taller Lesage era uno de los principales bordadores del momento, junto con René Bégué, su eterno rival. Coco Chanel, de hecho, nunca compró a los Lesage ningún bordado porque trabajaban para Madeleine Vionnet, una de sus principales competidoras. Aún así, el negocio no tuvo problema alguno en prosperar y, un poco más tarde, se hicieron proveedores prácticamente exclusivos de Elsa Schiaparelli, una de las grandes damas de la costura, y enemiga acérrima de Chanel.

Fue Schiaparelli, además, quien evitó que los Lesage acabasen en la ruina. Después de la Gran Guerra, en los treinta, cayó en picado la demanda de bordados y los Lesage estuvieron a punto de quebrar. En último momento, Schiaparelli les hizo un gran encargo y les salvó. Con ella acabarían realizando dos de sus creaciones más famosas: los diseños artísticos de Cocteau y la colección Zodíaco.

No sería, sin embargo, la única vez que la empresa lo pasase francamente mal. Después de la segunda Guerra Mundial, otra vez estuvieron a punto de desaparecer y a Albert Lesage no le quedó más remedio que reconvertirse en agente de telas para salir adelante. No es que los bordados desaparecieran. En 1947, de hecho, Christian Dior presentó su famosa colección “New Look” donde habían telas bordadas, pero se habían decantado por las de René Bégué.

lesageFrançois, el hijo de la pareja, vio como la empresa sobrevivía a base de esfuerzos. Desde muy pequeño había demostrado un gran talento como diseñador: heredó de su padre la pasión por el dibujo y de su madre, por el color. Cuando, con dieciocho años recién cumplidos, tuvo que hacerse cargo del taller por primera vez (sus padres estaban de viaje), sorprendió a todos con un magnífico diseño inspirado en el “Nacimiento de Venus” de Boticelli. El cliente, italiano, quedó encantado.

A los diecinueve fue enviado a Estados Unidos para que aprendiese inglés. En Los Ángeles vivía su madrina, Simone Bouvet de Lozier, quien lo introdujo en la comunidad de “expats” franceses y le puso en contacto con el actor galo Charles Boyer. Gracias a él entró en contacto con Hollywood y llegó a trabajar para la icónica Edith Head, responsable de vestuario de las principales producciones de la época. Tan bien le fue que creó su propio taller, en Sunset Boulevard: importaba los diseños de Francia y contrató a un grupo de exiliados cubanos para bordarlos.

La mismísima Marlene Dietrich llegó a a requerir sus servicios: “le encantaban los trajes ajustados y, sobre todo, lujosamente bordados porque transformaban su cuerpo en una joya”, reconoció años más tarde.

En 1949, la muerte de su padre le obliga a regresar a Francia y a hacerse cargo del negocio. Durante unos años no le quedó más remedio que ir por París cargado con maletas de muestras e intentar convencer a las casas de moda de que contasen con sus diseños. Hacía lo que hacían todos en aquel momento: hacer cola frente a las casas de moda, entrar por las puertas del servicio, surgir por escaleras medio escondidas y cruzar los dedos para que el maestro o maestra estuviera de buen humor aquel día.

Pronto, sin embargo, comenzó a tener suerte. En medio de una especie de venganza, los gustos cambiaron, y los diseños de Rébé, más abultados y floridos, pasaron de moda. El estilo que impuso François, más lujoso en los materiales, con adiciones de paillettes de plástico y detalles en metal, irrumpió con fuerza.

Los grandes nombres de la década dorada de la moda francesa, Jacques Fath, Pierre Balmain y Cristóbal Balenciaga, comenzaron a hacerle encargos. Luego vino Dior y, sobre todo, años más tarde, llegaron sus dos clientes más apreciados: Hubert de Givenchy e Yves Saint Laurent. Los americanos también acabarían sucumbiendo a sus encantos, y Calvin Klein, Bill Blass o Oscar de la Renta le encargaron bordados. Además, Lesage se encargó de nutrir a jóvenes talentos y así es como ayudó a creadores que comenzaban, como Christian Lacroix (quien considera a Lesage como su “padrino en la moda”) y Jean Paul Gaultier.

 

No todo fueron alegrías, ni mucho menos. La irrupción del prèt-a-porter a finales de los sesenta estuvo a punto de constarle la compañía, pero luego en los setenta, con Saint Laurent, se recuperó el gusto por lo suntuoso y refinado. De hecho, fue la colaboración de ambos quien dio pie a considerar la ropa profusamente bordada a mano como la quintaesencia del lujo.

Con el nuevo siglo, y la caída de la alta costura, los deudas volvieron a acumularse. Tan sólo les salvó la ayuda de Karl Lagerfeld, quien en 2002 hizo que Chanel comprara el taller (aunque pueden seguir trabajando para varias marcas). Con Lagerfeld se estableció una relación comercial y también una sincera amistad personal. La casa Chanel le llamaría al principio de cada colección y le daría tres o cuatro indicaciones: “Rusia”, por ejemplo, o “el mar”. A partir de ahí, y sin mucha más guía, Lesage elaboraba unos treinta diseños distintos, de los cuales Lagerfeld escogía tres o cuatro. Luego, a toda prisa, las más de cincuenta artesanas de su atelier tejían metros de los diseños y los pasaban a las modistas de Chanel.

Era un trabajo frenético pero apasionante que nunca quiso abandonar. Hacia el final de su vida, François recibió toda suerte de elogios y premios. Los museos de moda le dedicaron exposiciones, le concedieron la “Legión de Honor” y, poco antes de morir, recibió la mayor distinción cultural de Francia: ser nombrado “Maître d’Art”, maestro de las artes. Nada mal para este “petites mains”, manos pequeñas, como designan los franceses a los artesanos destacados, que hizo realidad los sueños más lujosos.

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