Manual de emergencia para leer a Muriel Spark

Courbett Magazine

A primer vista, los libros de Muriel Spark parecen meras distracciones placenteras, novelitas amenas con las que pasar una tarde agradable: son sencillas, entretenidas y están muy bien escritas. Tomen como referencia el inicio de “La plenitud de la señorita Brodie”, sin duda su gran obra maestra: “Cuando hablaban con las niñas de la Escuela Marcia Blaine, los chicos se quedaban detrás de la bicicleta con las manos apoyadas en el manillar, lo que hacía que las bicicletas actuasen como barrera protectora entre ambos sexos”. No puede ser más insípido. 

Pero que nadie se lleve a engaño. Muriel Spark no escribió una sola novela facilona en su vida y bajo esas apariencias relamidas y esos títulos a veces tan cursis (“Muy lejos de Kensington”, “Las señoritas de escasos medios”), se esconden obras de gran calado: inteligentes, incómodas, incisivas. 

Aviso: todas sus creaciones suelen ser violentas, siempre crueles y a veces incluso sádicas. Pero, al mismo tiempo, son irónicas y divertidas, con una sátira muy bien estudiada y un humor cáustico, sublime. En Muriel Spark hay descaro y desenfado expresado a través de frases que saben a caricias. Ésa, quizás, es su gran característica: sus obras son increíblemente serias y profundas, pero escritas con una asombrosa y envidiable levedad.

De hecho, su lectura resulta tan ágil y placentera que durante años a Muriel Spark no se la ha sabido etiquetar: ¿era una simple escritora de bestsellers bien trabados y con frases magistrales, o había algo más? La respuesta ha sido variada: para Graham Greene era una escritora consumada, muy comparable en estilo —aunque no en el fondo— a Evelyn Waugh. Joyce Carol Oates se ha reconocido una fan total. Ali Smith es una gran admiradora. Sin embargo, durante muchos años —demasiados— la tildaron de dama estrafalaria y desdeñaron a sus personajes como meros “psicóticos, lisiados y siniestros” (Norman Mailer dixit). La prestigiosa Universidad de Edimburgo tardó años en incluirla en los temarios de literatura. 

Sin duda, encasillar a Muriel Spark es imposible. Sinceramente, también es irrelevante. Porque lo único que realmente importa es que fue una gran dama de las letras con un talento narrativo descomunal. Una mujer que supo dar forma a novelas complejas y, encima, hacerlas accesibles y apetitosas para el público en general. Es cierto que no formó parte de ningún movimiento literario –ni tampoco creó ninguno–, pero supo aprender de los mejores de diversos campos y sabía detectar el talento literario.

“Si quieres ser escritor, no creo que haya un mejor sitio para comenzar que los libros de Muriel Spark”, dijo el periodista Alan Taylor, creador de la Scottish Review of Literature. Y algo de razón tenía. 

Por dónde empezar a leer a Muriel Spark: La plenitud de la señorita Brodie“, publicado en castellano por Pre-Textos con traducción de Silvia Barbero Marchena.

El libro se sitúa en el Edimburgo de los años treinta, antes de la guerra. En un colegio de señoritas, una de las maestras, la señorita Brodie, selecciona cada año a un grupo de “alumnas especiales” a las que “rescata” de una educación tradicional e insulsa e inculca en cambio sus ideas morales, estéticas y políticas. Pero sus métodos pedagógicos entrarán en conflicto con las convenciones establecidas, a la vez que irán derivando hacia una clara y consciente manipulación de la mentalidad de sus alumnas, hasta el punto de urdir para ellas estrategias sexuales arriesgadas.

La mujer que se divertía escribiendo

A Muriel Spark no le costaba nada escribir. De hecho, le resultaba tan fácil que hasta lo encontraba divertido. De ahí que cuando murió, en el 2006, dejara la friolera de 22 novelas, infinidad de poemas, obras de teatro, biografías, ensayos y unas memorias. 

En todas hay señas de identidad comunes: casi todos sus personajes son mujeres. Casi todas sus novelas se sitúan en ambientes poblados únicamente por mujeres: orfanatos, escuelas de señoritas, pensiones para mujeres pobres, abadías. 

El arquetipo de sus novelas es una mujer inteligente, normalmente de mediana edad y generalmente escritora o al menos creativa, un tanto solitaria y con claros instintos criminales. Alguna, como la propia señorita Brodie, es admiradora del fascismo de Benito Mussolini. Lise, la protagonista de “El asiento del conductor”, viaja conscientemente al encuentro de su asesino. “Las mujeres de Muriel Spark”, dijo el New Yorker, “no sólo son poco simpáticas. Sus mujeres son monstruosas y, además, se comporta monstruosamente mal con ellas”. 

Muriel Spark no era una feminista ideológica, pero sus protagonistas son fuertes y los hombres son, muchas veces, irrelevantes. En la vida real, Muriel Spark tuvo muy mala pata con los hombres que conoció y reconoció que tenía “mal ojo para los hombres”.

Además, Muriel Spark decía que de pequeña nunca acunó a sus muñecas: se limitaba a darles órdenes. Había quien decía, además, que no era excesivamente sociable: “trataba a la gente como kleenex”, dijo el escritor Ved Mehta (hay quien lo ha negado). 

Sea como fuera, quizás por esa vena de dominación tan temprana —y por todos los durísimos episodios de su vida, que tuvo demasiados— Muriel Spark siempre sintió una fascinación por el sufrimiento. De ahí que sus personajes sean llevados al límite. Sin duda, no tiene piedad con ellos. 

La editorial Impedimenta nos trajo Las señoritas de escasos medios con traducción de Gabriela Bustelo.

Es una divertidísima novela de costumbres basada en el austero Londres de después de la Segunda Guerra Mundial. En concreto, trata de las andanzas y desventuras de un grupo de chicas que viven en un club residencial para mujeres solteras y que tratan, con más o menos atino, de ligar con hombres.

Los orígenes de la señorita Camberg

Muriel nació en Edimburgo en 1918 como Muriel Camberg. Su padre era ingeniero; su madre, maestra de música. Él era judío; ella, presbiteriana, religión en la que crío a su hija. La pequeña fue a una escuela para señoritas, destacó enseguida en concursos de poesía y leía a espuertas: Scott, Swinburne y Browning

Hizo un curso de Escritura Creativa en el Heriot Watt College, pero nunca fue a la universidad: ni sus padres se lo podían permitir ni a ella le interesaba (“Las chicas más mayores que estudiaban en la Universidad de Edimburgo eran aburridas, sin estilo ni encanto (…) Ni siquiera sabían quién era Gary Cooper”). 

Se casó muy joven, con tan sólo diecinueve años, con un tal Sydney Oswald Spark (ella lo llamaba S.O.S.), un hombre mucho mayor con ella y violento, con una personalidad borderline. Con él se fue a vivir tres años a Rhodesia (hoy Zimbawe) y allí tuvo a su único hijo, Robin. La situación en el matrimonio era tan insostenible que ella pidió el divorcio y se trasladó a Londres, sola. Su hijo llegaría un año más tarde, pero Muriel lo envió a vivir a Escocia con sus abuelos. Lo único que le quedaría de aquel marido cruel sería el apellido: “Camberg era un buen nombre, pero sin encanto. Spark me parecía que tenía ingredientes de vida y diversión”. 

En Inglaterra le esperaría una vida muy dura y sin dinero: trabajó para los servicios de Inteligencia británicos y luego, en 1947, se convirtió en la Secretaria General de la Poetry Society de South Kensington. También editaba su revista, Poetry Review, pero fue despedida cuando se atrevió a decir que había valor en la poesía modernista. 

Ganó un premio del diario Observer, valorado en 250 libras, “por entonces una auténtica fortuna”. Muriel lo explicó en sus memorias:

“Cuando vi el anuncio me puse a escribir “The Seraph and the Zambesi” en folios sin valor. Era lo primero que encontré. Luego tenía que pasarlo a máquina y me di cuenta que no tenía papel de mecanografiado. Le gorroneé un poco al propietario de una tienda de arte que había cerca de South Kensington, pasé a limpio el texto, puse mi seudónimo “Aquarius” en el sobre y mi nombre y dirección en el interior, y lo envié por correo al “Observer” esa misma tarde.

Escribió bastante más: un estudio sobre Mary Shelley, un tributo a Wordsworth, poesía y algún que otro cuento corto. Pero su faceta creativa no la satisfacía en exceso, las deudas se acumulaban y Muriel Spark no pudo soportarlo: tuvo una crisis emocional en 1954

La crisis fue también física. En la Inglaterra de postguerra, la comida escaseaba y ella, como mujer de pocos medios, tenía que sobrevivir a base de cordero frío, remolacha y Cornish pasties. Con lo que estaba rellenita, pero al mismo tiempo anémica. Por ello, comenzó a tomar pastillas para adelgazar y también Dexedrina, entones una anfetamina de moda que se decía que quitaba el hambre.

No es de extrañar que, aparte de colapsarse físicamente, comenzara a escuchar voces y a sufrir alucinaciones (algunas incluían hacer crucigramas y descifrar enigmas con T.S. Eliot)

Hasta que no se convirtió al catolicismo no solucionó su crisis. Su amigo Graham Greene, el también un católico convertido, fue quien se apiadó de ella. Le enviaba dinero y vino, pero le pidió a cambio que jamás rezara por él. 

Una católica poco común

Muriel Spark se convirtió realmente en escritora al mismo tiempo que se convertía en católica. Y no es casualidad: el hecho de desligarse de las rigideces protestantes hizo que pudiera dar rienda suelta a su estilo, mucho más visceral. El catolicismo, además, le ofreció un punto de apoyo: hasta ése momento, no sabía ni quién era ni de dónde venía. Demasiados cambios de domicilio, demasiadas contradicciones doctrinales, excesiva violencia. Aferrarse a algo le permitió crear. El catolicismo, con su insistencia en la perseverancia frente al dolor, le ofreció salir adelante. Además, aprendió una lección que se convertiría en la máxima de su vida: “go on her way rejoicing”, seguir adelante mientras disfrutas.

Tres años después de su conversión, cuando tenía ya 39 años, publicaba su primera novela, The comforters. Luego vinieron cuatro novelas más muy seguidas. The comforters es una novela claramente autobiográfica: la protagonista es una novelista en ciernes, Caroline, que oye voces que le dictan la novela. También, como Muriel, Caroline se ha convertido recientemente al catolicismo.

Hay que decir que Muriel Spark nunca fue una católica dogmática, desde luego, ni estaba de acuerdo en todos los dogmas de su nueva religión. Richard Holloway dijo una vez que era una “católica de cafetería”, en el sentido de que pedía lo que le interesaba. Además, era perfectamente consciente las limitaciones de la Iglesia católica y no dudó en poner de protagonista de alguna de sus obras a alguna que otra monja corrupta (lean La abadesa de Crewe para más señas).

Pero, sin duda, su nueva espiritualidad católica, con todos sus pros y contras, marcó un nuevo rumbo en su vida. Y también en sus obras. En algunas de sus novelas, como en “El asiento del conductor” (1970), hay una muerte anunciada desde el principio. Muriel también exploró la superstición en “Las señoritas de pocos recursos” (1963) y en “Los solteros” (1960). En muchos libros hay continuos rituales, aunque normalmente laicos. 

Muriel Spark alcanzó la fama mundial con su sexta novela, “La plenitud de la señorita Brodie”, probablemente su mejor obra y la que más beneficios le reportó (Muriel lo llamaba “mi vaca lechera”). Es breve, intensa y brillante: todos los elementos para convertirse en el perfecto clásico.

Reinventarse una y otra vez

Sus éxitos como escritora hicieron que algunos (supuestos) amigos le comenzaran a tener envidia. Muriel no lo soportó y, en 1963, puso tierra de por medio: se fue a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la reverenciada revista New Yorker.

Cuatro años más tarde ponía rumbo a Roma. En Italia, Muriel Spark se reinventó como una gran dama: iba siempre perfectamente vestida, peinada y maquillada. Llevaba ropas caras, pieles y joyas de postín. Alquiló un bonito apartamento cerca del Vaticano, lo decoró con muebles escandinavos y comenzó a codearse con los intelectuales italianos (y más de un aristócrata). 

Con semejantes influencias, su prosa cambió. Pero el resultado no fue del todo positivo. Publicó “The Mandelbaum Gate” en 1965, un relato muy ambicioso sobre la política en Oriente Medio y, cinco años más tarde, un intento de nouveau roman francesa que no merece mayor apunte. 

Leer a Muriel Spark es un placer. Ahora que @BlackieBooks ha recuperado "La entrometida" (con una cubierta buenísima, por cierto) os dejamos un manual de emergencia  para conocer la obra de esta gran dama de las letras.

No fue, de hecho, hasta “Loitering with Intent” (1981), aquí traducido como “La entrometida”, que Muriel recuperó su voz y su frescura. Personalmente, creo que es uno de sus mejores libros, y no sólo por lo rocambolesco de la trama (hay chanchullos, sobornos, amantes y un misterioso club dirigido por un millonario excéntrico). También es una novela dentro de una novela, porque la protagonista, Fleur Talbot, es una novelista en ciernes que trata de dar forma a un libro mientras sobrevive en medio de circunstancias adversas y, a través de ella, Spark aprovecha para deslizar reflexiones sobre su modo de entender el oficio de escritor y sobre la literatura. Una auténtica delicia.

En 1968, Muriel Spark conoció a la artista Penelope Jardine, con la que se instaló en la Toscana, en el pueblecito de Oliveto. Allí murió en el 2006. Su epitafio nos lo desvela uno de sus libros: “Espero que quienes lean mis novelas sean lectores de buena calidad. No me gusta pensar que una persona vulgar lea mis libros”.

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