Mary Austin La tierra de la lluvia escasa

La mujer que amó la tierra de lluvia escasa

Courbett Magazine

Al este de las Sierras, al sur del Panamig y Amargosa, incontables millas al este y sur, se encuentra el País de las Fronteras Perdidas. 

Los indios ute, paiute, mojave y shoshoni habitan sus límites, tan adentro en el corazón de esta tierra como el hombre ha osado penetrar. Es la tierra y no la ley la que marca las fronteras. Desierto es el nombre que lleva sobre el mapa, pero los indios tienen un nombre mejor. Desierto es un término impreciso para indicar tierra que no ayuda al hombre; si la tierra puede morderse y romperse para tal fin no está probado. Nunca está vacía de vida, por seco que sea el aire y ruin el suelo. 

La tierra de la lluvia escasa, de Mary Austin, publicada por Volcano.

Esta es la naturaleza de esa tierra. Hay colinas, redondeadas, cortadas, quemadas, surgidas en medio del caos, pintadas de bermellón y cromo, que aspiran a llegar a la cota de nieve. Entre las colinas yacen planicies elevadas anegadas de un intolerable destello solar, o valles estrechos ahogados en una neblina azul. La superficie de la colina está rayada de ceniza y negro, flujos de lava sin erosionar. Tras la lluvia, el agua se acumula en los huecos de los pequeños valles cerrados y, al evaporarse, deja planicies áridas de puro desierto que reciben el nombre local de lagos secos. Allí donde las montañas son escarpadas y llueve copiosamente, el lago casi nunca está seco, es oscuro y amargo, bordeado por los florecimientos de los depósitos alcalinos. Una fina corteza de ellos yace a lo largo del marjal, sobe la zona vegetal, que no es ni hermosa ni fresca, En los anchos baldíos abiertos a los vientos, las arenas se desplazan en remolinos sobre los robustos rechonchos y, entre ellos, el suelo muestra rastros salinos. La escultura de las colinas aquí se debe más a la erosión del viento que a la del agua, aunque las tormentas veloces a veces dejan una cicatriz que dura varios años. En todos los desiertos del oeste hay ensayos en miniatura del afamado y terrible Gran Cañón, al que, si uno permanece lo suficiente en estas tierras, llegará al fin. 

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El libro “La tierra de la lluvia escasa” se abre y aparece una fotografía en blanco y negro que tomó Ansel Adams en 1929, más o menos, de la escritora Mary Austin, autora de la obra. No es una foto excesivamente agraciada: la mirada huidiza y arisca, amenazadora, con el gesto fruncido y los labios prietos con un ademán esquivo. Por lo que cuenta Terry Tempest Williams en el prólogo, a Mary Austin nunca le gustó ese retrato. “Me atrevo a decir que eres capaz de deshacerte de esa horrible sonrisa de suficiencia, y de ese cansancio alrededor de la boca”, protestó Austin al fotógrafo, “de la postura de la cabeza con el rostro bajo y hacia delante, y de los hombros caídos que, no solo no me son característicos, sino que contradicen el efecto que aún necesito producir sobre mi público”. No se sabe si Adams le contestó, pero sí se conoce que el retrato no era malintencionado; ni mucho menos. Porque Ansel Adams la admiraba profundamente, hasta el punto que dijo de ella: “Pocas veces he conocido a alguien con tal poder y disciplina intelectual y espiritual”. 

En la solapa del libro, la editorial Volcano ha tenido el acierto de colocar una fotografía que revela mejor la personalidad de esta autora intrépida y valiente, con esa fuerza descomunal a la que hacía referencia Adams. Tiene una mirada nítida, un gesto desafiante, una expresión alerta. Es de una belleza sincera y directa. Es un retrato —éste, sí—que refleja a una mujer fuerte, intrépida y con un carácter a veces gruñón y tosco, cuya determinación en la vida, e inmensa valentía, iban a la par de una sensibilidad elevadísima para captar la belleza más pura de lo que la rodeaba.

Mary Austin amó a la naturaleza desde muy pequeña. En sus memorias recuerda el momento epifánico en que, con «cinco o seis» años, y a la sombra de un viejo nogal que parecía «alcanzar el infinito en todas sus inmensidades de azul», sintió como «de repente, después de un momento de quietud, la tierra y el cielo y la hierba que se mecía en el aire, y la niña en medio de todos ellos, se fusionaron como si fueran uno sólo, sintiendo el pulso de la conciencia». Años más tarde, cuando se trasladó al desierto de Mojave, donde viviría muchos años, sentiría ese mismo éxtasis de comunión con los elementos. Mary Austin adoraba lo sublime de esas tierras agrestes americanas, de California y Nuevo México. Las tierras áridas de la frontera, las tierras de «lluvia escasa». Y en sus libros se dedicó a explicar y plasmar, de manera casi mística, la singularidad de aquella región rigurosa y difícil, prácticamente inerme, pero que encerraba una riqueza de sensaciones. En este libro, en «La tierra de la lluvia escasa», su gran obra sin duda, recoge doce ensayos, historias y viñetas que dan cuenta de su pasión por las montañas, valles y ríos que la envolvían, la lluvia que la mojaba y el aire que respiraba.

«Los días en los que las hondonadas están empapadas de una riada cálida de color burdeos, las nubes llegan caminando por el cielo, planas y de color gris perla por debajo, redondas y de color perla blanca en la parte superior. Se reúnen como una bandada de aves, se mueven en el nivel de las corrientes que ruedan por los picos, estrechan sus manos y se establecen con el aire más frío, echando un velo sobre aquellos lugares donde hacen su trabajo. Si su reunión o partida tiene lugar al amanecer o al atardecer, como suele ocurrir, podrá ver el esplendor del apocalipsis».

Pero la inmensidad del desierto no fue lo único que la atrapó. Mary Austin fue también una mujer comprometida, una activista por los derechos las mujeres y, sobre todo, por los derechos de los pueblos indios y de los espacios naturales. Y desarrolló su activismo a principios del siglo XX (“La tierra de la lluvia escasa” se publicó en 1903), en un momento en que prácticamente nadie creía en el ecologismo y, mucho menos, en los derechos políticos de los nativos americanos. En el libro «La tierra de la lluvia escasa», de hecho, dedica uno de los ensayos a «La tejedora de cestos», donde habla con admiración y cariño de Seyavi, una paiute sola y con un hijo a su cargo.

«Seyavi hacía cestas por amor y las vendía por dinero en una generación que prefería usar ollas de hierro. Toda mujer india es una artista; ve, siente, crea, pero no filosofa acerca de su proceso. Los cuencos de Seyavi son maravillas de precisión técnica, por dentro y por fuera, no se encuentran fallos en ellos, sino el más sutil de los atractivos en la sensación que nos advierte de la humanidad que alberga la manera en que el dibujo se extiende hacia la boca del cuenco».

La reivindicación de las mujeres es una gran constante en la obra de Mary Austin. Muchos años antes de que en 1974 François d’Eaubonne acuñase el término «ecofeminismo», Mary Austin ya lo practicaba, aunque sin nombrarlo. En varios pasajes se reivindica la feminidad de la naturaleza, en su vertiente de creadora, pero también refiriéndose al hecho de que la liberación de las mujeres y la protección del medio ambiente van de la mano, una idea que tratará en muchos de sus libros. Escuchar a las mujeres y escuchar a la naturaleza para Mary Austin serán sinónimos.

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Mary Austin, nacida en 1868 en Illinois, en el norte del país, e hija de una capitán de la Guerra de Secesión, fue parte de una de esas familias de colonos que se afincaron en California. Allí descubrió una tierra desértica, pero de una belleza rugosa y seca, que la dejó asombrada. Su admiración la llevó a escribir ensayos que publicaría en publicaciones de referencia, como Harper’s o The Atlantic Monthly. En 1903, a los treinta y cinco años de edad, escribió su gran obra, esta “La tierra de la lluvia escasa”, que fue un gran éxito y que ahora Volcano publica en castellano con una excelente traducción de Eva Gallud que respeta, ya no sólo la exquisitez de la prosa, sino también la musicalidad del texto. 

Porque Mary Austin escribía de una manera lírica, con una cadencia rítmica que se aproxima a la poesía. Es un texto elevado y minucioso, de elegancia victoriana, repleto de adjetivos que elevan la mirada y la mente: “Hay colinas, redondeadas, cortadas, quemadas, surgidas en medio del caos, pintadas de bermellón y cromo, que aspiran a llegar a la cota de nieve”. Disfrutad, por ejemplo, de este pasaje:

«Se agrupan en las subidas de los caminos abiertos, las orillas del río y los bordes del arroyo; suben por las tierras húmedas de escuálidos manantiales; se agolpan y superan viejas morrenas; rodea las ciénagas turbosas y se separan y se encuentran cerca de lagos transparentes y quietos; escalan los barrancos rocosos; atormentados, inclinados, persistentes hasta llegar a la puerta de la tormenta como sacerdotes altos que rezan por la lluvia. Los vientos primaverales elevan nubes de polvo de polen, más fino que el incienso, y lo esparcen sobre los elevados altares manchando la nieve «.

Lo más interesante es que, en las manos de Austin, la naturaleza cobra otra vida propia, acompasada a instintos humanos: los elementos climáticos «lloran», algunos «sangran», todos «sienten». También hay una defensa acérrima de los animales, incluso de los más salvajes, a los que considera que no sabemos comprender:

«Hemos caído en un uso muy poco cuidadoso al hablar de criaturas salvajes como si tuvieran ciertas limitaciones que impidieran su actividad. Cuando decimos de unos y de otros que son merodeadores nocturnos, quizás solo es cierto mientras aquello de lo que se alimentan llega más fácilmente por la noche, y saben bien cómo ajustarse a las condiciones en las que la comida es más abundante durante el día. Y su rendimiento habitual es en gran medida cuestión de mejor visión, olfato y oído y una mejor memoria visual y auditiva que de las que osaría presumir un humano».

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En los últimos años la literatura sobre la naturaleza está viviendo un renacimiento gracias, básicamente, a mujeres escritoras (“La chica salvaje”, de Delia Owens, sería la prueba más reciente). Sin embargo, hasta hace bien poco el género parecía estar reservado exclusivamente, o casi, a los hombres. Tanto es así que en los manuales, incluso los académicos, las mujeres escritoras tenían un papel residual. El “Norton Book of Nature Writing” (1990), por ejemplo, sólo nombra a quince mujeres; en cambio, hay noventa y cuatro hombres. 

¿Es porque hubo pocas mujeres escribiendo sobre la naturaleza? En absoluto. De hecho, hubo muchas. Se ha demostrado, por ejemplo, que la mitad de los ensayos sobre naturaleza que se enviaron al “Atlantic Monthly”, entonces una de las revistas de referencia, a finales del siglo XIX estaban escritos por mujeres. Y también a principios del siglo XX descubrimos a autoras —algunas muy famosas en su momento— que describieron la naturaleza más salvaje. 

Sin embargo, los que han pasado a la posteridad como los grandes escritores de la naturaleza son los hombres, comenzando, por supuesto, por el gran Thoreau, que publicó “Walden” en 1854. También tenemos en el panteón a John Wesley Powell (“La exploración del Río Colorado”, 1875) o John Muir (“Las montañas de California”, 1894). Lo que tuvieron en común —y lo que más lo diferenció de las mujeres— es que todos desafiaron límites y se enfilaron en lo desconocido, viviendo incluso en medio de la naturaleza más salvaje. Thoreau, por ejemplo, vivió dos años en una pequeña cabaña en medio de un bosque, prácticamente aislado. John Muir fue un gran explorador: a los treinta y un años cambió radicalmente de vida (trabajaba en un taller de carruajes, donde sufrió un grave accidente en el ojo) y realizó un largo viaje (caminó más de 1.800 km) desde Indianópolis hasta el Golfo de México, después a Cuba, Panamá, California y el valle de Yosemite, donde finalmente se instaló en una cabaña. 

A las mujeres de aquella época no se les permitía tales aventuras. Hubiese sido impensable una mujer viviendo sola en medio de un bosque despoblado (o la hubiesen tachado de loca). Por ello, sus escritos no eran tan audaces y estaban, necesariamente, más constreñidos a un espacio doméstico. Y ello les supuso el anonimato. El público estadounidense estaba ávido de adrenalina, quería paisajes fastuosos y fantásticos, viajes imposibles, narraciones audaces; no quería un ambiente familiar y descripciones pormenorizadas de sencillos riachuelos y preciosos pajarillos, por muy bien escrito que estuviesen. 

Y no es que estuviesen bien escritos, es que estaban . El primer libro naturalista escrito por una mujer, “Diario rural”, de Susan Fenimore Cooper (que aquí publicó recientemente Pepitas de Calabaza con traducción de Esther Cruz Santaella), es una auténtica delicia sobre sus experiencias en un pueblo sin progreso. Pero es un libro que se centra en lo cotidiano, en lo pequeño y colectivo. Otro libro fascinante, “The Friendship of Nature: A New England Chronicle of Birds and Flowers”, de Mabel Osgood Wright (1894), también es una pequeña joya, pero es intimista y no sale de los confines de Connecticut. 

Además, en los libros de todas ellas la naturaleza no es algo ajeno al ser humano, sino parte consustancial de él, hasta el punto que las flores, los árboles y todos los animales que describen, insectos incluidos, y también los más salvajes, parecen parte de la familia. No es una exageración: Gene Stratton Porter consideraba que los pájaros con los que creció rodeada eran sus iguales y Brenda Peterson llegó a considerar a los árboles sus ancestros. 

En todos los libros escritos por mujeres hay, también, un interés muy maternal por describir todos los cambios a través de las estaciones, por cuidar cada aspecto de ellos y asegurar su supervivencia. No es de extrañar que, a principios del siglo XX, muchos libros naturalistas escritos por mujeres llevasen la palabra “Home”, hogar, destacado en el título, como una manera de reforzar este vínculo: Gene Stratton Porter escribió en 1919 “Homing with the Birds”, por ejemplo. Lo que ha creado una suerte de escuela que se ha mantenido en el tiempo (el libro más naturalista de Ursula K. Le Guin, sin ir más lejos, se tituló “Always Coming Home”). 

Hubo otro elemento: la pasión que rozaba el misticismo, la emoción. Muchas mujeres naturalistas fueron criticadas duramente y desprestigiadas por verter sentimientos en los textos, lo que se consideraba sacrílego o, como mínimo, contrario al espíritu científico —entiéndase: frío y desapasionado— que se consideraba que debía regir un texto sobre la naturaleza. Muchas escritoras, por ejemplo, se negaron a matar pájaros para analizarlos y prefirieron observarlos en libertad. Pero aquello, por aquel entonces, no se entendía: a los pájaros se les diseccionaba, no se les describía poéticamente, concediéndoles un alma elevada. 

Escribir de manera más personal, con implicación y determinación, era fuente de mofa y escarnio. Y motivo para dejar libros de mujeres en el olvido. 

El libro de Mary AustinLa tierra de la lluvia escasa” tiene que entenderse en este contexto, aunque también hay que tener en cuenta que ella fue la que llevó esta dosis de “sentimiento”, de “implicación personal”, a las cotas más elevadas, llegando a descripciones de gran misticismo. Aunque conocía la Historia Natural, tenía conocimientos científicos y era una gran aficionada a la botánica, Mary Austin no permitió que su cerebro más racional empañara su visión del desierto que tanto amó. Quería transmitir esa pasión, esa veneración por los detalles más pequeños, y rechazó tajantemente las aproximaciones más cientificistas, asépticas, a las que consideraba “el ritual masculino de la racionalización”. Sobre todo, Mary Austin consideraba que el estudio naturalista se debía realizar desde el juicio intuitivo, lo que para ella era la gran aportación que podían —y debían—hacer las mujeres.  Había que poder maravillarse, deleitarse en el placer de la contemplación, sentir la naturaleza, fusionarse con ella. 

Un crítico literario, Steven Palmé, consideraba que Mary Austin “había hecho por el desierto lo que Thoreau hizo por Nueva Inglaterra”, y no exageraba. Mary Austin es capaz, no sólo de describir el desierto, sino de darle voz propia. De transportar sus susurros y silencios; de congelar en palabras su belleza áspera e indómita. Mary Austin nos ofrece en sus páginas la naturaleza más mística, más elevada, envuelta de conciencia y vida. 

«Es una pena que hayamos dejado morir el don de la improvisación lírica. Sentada a solas sobre algún peñasco gris sobre el bosque que lo rodea, el alma se eleva para cantar la Ilíada de los pinos. No hay más voz que el viento y ningún sonido de los árboles llega hasta los lugares altos. Pero las aguas, las pruebas de su poder, que bajan las escorrentías empinadas y pedregosas, las desembocaduras de las lagunas bordeadas de hielo, los jóvenes ríos balanceándose con la fuerza de su corriente, cantan y gritan y trompetean en los saltos, y su ruido llega más allá de las agujas del bosque. Desde estas torres verá cómo se llaman y se encuentran en las esbeltas gargantas, cómo corren torpes por los prados, pues necesitan las paredes escarpadas que las contengan y les muestren el camino, y cómo alegran a los pinos». 

Menos mal que se ha recuperado su obra.

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